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Manuel fijó con el Manco la salida para dos noches después; no habría luna y eso los protegería.
Aquel sujeto pretendía que pagaran por adelantado, pero él se negó en redondo; aquello hubiera sido una sentencia de muerte, un suicidio acordado.
Solo el dinero podría ofrecerles una oportunidad.
Después de mucho discutir y de amenazar con no hacer el cruce, el Manco comprendió que el miliciano era un hueso duro de roer y que la desesperación no le nublaba las entendederas, por lo que acordaron finalmente pagar un veinticinco por ciento de adelanto y el resto al llegar a la otra orilla.
—Pagarás al guía —le había dicho con cara de pocos amigos—, y no trates de joderme que no sabes con quién te la juegas.
—Lo mismo digo —había respondido Manuel—. Si tu guía quiere volver, que no me ande tocando los cojones.
Se midieron con la mirada y dejaron zanjado el asunto.
Manuel volvió con el rostro tenso y la preocupación lamiendo sus pasos. Había quedado en reunirse con toda la familia cerca de la catedral para informarles de lo sucedido.
—En la barca irán dos sujetos: el guía y el remero.
De mí se pueden esperar una respuesta en caso de ataque, de ti no —dijo mirando a Paola—.
Si ves cualquier cosa rara, encárgate del de los remos.
Procura que las palas no se caigan al agua o quedaremos a merced de la corriente, pero si tienes que mandar al tipo al fondo, no lo dudes.
Yo estaré pendiente en todo momento del guía; es la mano derecha del Manco y es el que lleva las órdenes, buenas o malas.
—¿Y nosotras? —preguntó Pili.
—Petra que se ocupe de los niños. Mantenlos siempre fuera del alcance del guía, lo más lejos posible. Si coge a uno de ellos y lo lanza al agua, lo tenemos todo perdido. Hay que evitar cueste lo que cueste que se acerque; ellos son nuestro punto más débil. Y tú, Pili, ayuda según veas la situación.
Paola miraba a Manuel y volvía a ver al soldado ordenando la estrategia a sus tropas. Sintió un profundo temor, intuyó que estaba convencido de que aquellos tipos no jugarían limpio.
—Te oigo dar órdenes y me muero de miedo —dijo Petra, de repente, con un tono cargado de ingenuidad—. ¿En serio crees que ese hombre va a ser tan malvado como para lanzar a una criatura al agua? ¿Tan insensible como para hacernos daño, aunque vayamos a pagar?
Él la miró con ternura. Hay almas en este mundo que ni en los momentos más difíciles son capaces de concebir la maldad humana y envidió esa inocencia desconcertante.
—Estoy seguro de que va a intentar algo.
He visto a muchos individuos de esa calaña en la guerra.
Luchan por ellos mismos, por salvar el culo, por enriquecerse lo antes posible, por salirse con la suya en todo momento.
Quería que pagáramos por adelantado, ¿sabéis lo que hubiera hecho a continuación?
Asintieron. Petra los observó angustiada como una niña.
—No bajéis la guardia —continuó Manuel—. Nuestras mejores bazas son que somos más y que no se esperan que luchemos. Creerán que con neutralizarme a mí todo está hecho y de vosotras se preocuparán muy poco. No saben cuánto se equivocan.
Las últimas palabras las dijo mirando a Paola que, sentada junto a Pili en uno de los bancos de la catedral, reflexionaba sobre aquellas últimas indicaciones mientras se concentraba en el tembloroso movimiento de las velas.
Todo estaba preparado.
Dos días más tarde, a la hora convenida llegaron a la margen del río. Cada uno llevaba un pequeño hatillo con sus cosas, y lo de valor iba repartido entre la bolsa de Manuel, que pagaría el viaje, y la de Carmencita, para despistar. Allí los esperaban los hombres del Manco.
Se adelantó un tipo enjuto del que apenas veían más que la tea del cigarrillo que se estaba fumando, una mano sarmentosa y una calva incipiente que brillaba grasienta. Se paró frente a Manuel y extendió la mano. El miliciano se la estrechó.
—Soy Matías, el guía. El Manco me ha hablado de tres mujeres, dos niños y tú —susurró. Tenía una voz rasposa y el aliento le olía a vino.
—Eso es —respondió, escueto, Manuel.
—Salgamos ya, a estas horas deberían de estar por la zona de arriba.
—¿Quiénes? —inquirió el miliciano.
—Los carabineros —aclaró el tal Matías.
La barca estaba en el agua, pegada a la orilla, era muy vieja y bastante pequeña para ocho personas y a Manuel lo inquietó tener que ir tan pegados. Dentro ya había dos hombres sentados y uno más la sujetaba a la orilla.
—¡Vamos! ¡Adentro!
—Espera un momento. —El miliciano se paró en seco y los demás tras él—. El trato era que nos acompañarían el remero y el guía, nadie más.
—Pero ya aprovechamos el viaje, es...
—¡No me jodas! Un trato es un trato.
—Pero ¡qué más da, cojones! Tardaremos unos minutos en cruzar a la otra orilla.
—Dile a uno de esos dos que salga de ahí o la barca no va a ningún sitio —amenazó Manuel.
Matías se encaró y por un momento todos pensaron que estaban a punto de liarse a palos. Paola echó mano a su cintura y Petra atrajo a los niños, aterrorizados, hacia sí, pero contra todo pronóstico, el guía sonrió de forma lobuna y levantó las manos en señal de paz. Claudicaba.
—De acuerdo, de acuerdo. No vamos a discutir por tan poca cosa... ¡Santi! Te quedas para la próxima.
Sin decir una palabra, uno de los dos hombres se levantó y salió con agilidad de la embarcación.
—Ahora —dijo Matías con sorna—, si hacen el favor de subir de una puta vez, les estaré muy agradecido. Como sigamos poniendo pegas, nos van a pillar.
Se subieron. La barca se movía de forma peligrosa mientras se iban sentando. Paola entró temblando. Se agarró con fuerza a la madera y pensó que volcarían con cada vaivén.
—¿No quieres ponerte aquí, a proa conmigo? Es el mejor sitio. —El guía se dirigía a Adrián, al que aquello le parecía una aventura.
—¿Puedo? —preguntó el niño inocentemente mirando a su madre.
—¡Quédate donde estás! —gritó Paola con un toque de histeria que no controló.
Su hijo, que ya hacía ademán de levantarse, se sentó de nuevo.
—Joder con la madre... ¡Que no me lo voy a comer, coño!
Ella miró entonces a Manuel con los ojos incendiados de pánico y él le indicó con un gesto de la mano que se serenara. Apretó su hombro al pasar y se colocó junto al guía.
En aquel medio desconocido, Paola se sentía insegura.
Hasta entonces sabía que controlaban la situación, pero ella estaba a punto de estallar, había comprobado que las cosas se iban sucediendo tal y como había vaticinado su compañero, lo que quería decir que en un momento u otro esos tipos intentarían algo, aún no sabía qué, pero algo que los pondría en peligro a todos.
Miró a sus hijos y comprobó que Pili y Petra los llevaban bien sujetos.
Empezaron a moverse. La embarcación se separó lentamente de la orilla empujada por los que allí se quedaban y el remero, con cautela, comenzó a bogar.
—Y ahora, absoluto silencio —susurró Matías—, cualquier ruido puede llegar muy lejos.
Solo el chapotear rítmico de los remos se escuchaba mientras se internaban en aquella oscuridad acuosa.
Paola temblaba, se agarraba con tanta fuerza al borde de madera, que los nudillos se le pusieron blancos; a la incertidumbre por lo que podía pasar, se unía el terror de que alguno se cayera al agua y que se ahogase sin remedio.
Manuel, por su parte, no quitaba ojo al guía que, de espaldas, miraba distraído la otra orilla en un peligroso silencio. Tenían que avanzar en diagonal porque la corriente los arrastraba, lo que hacía el trayecto más largo.
Al cabo de unos minutos, estaban ya tan cerca de la otra orilla, que durante una brevísima porción de tiempo el miliciano se preguntó si sería tan sencillo, si llegarían al otro lado, pagarían y podrían respirar tranquilos, pero no había acabado de conformar ese pensamiento cuando el guía se dio la vuelta y sus ojos brillaron en la oscuridad.
En las manos sostenía una enorme navaja que relucía en la penumbra.
En ese mismo instante, el otro sujeto dejó los remos colgando y se levantó a su vez, sacando de su cinto una navaja también.
—Fin del trayecto —cantó con sorna Matías—. Salten y no les haremos nada. Si mis cálculos no fallan, aquí tocan fondo y podrán, con un poquitín de esfuerzo, llegar a la orilla, pero el equipaje se queda a bordo.
Paola, mientras oía las últimas palabras del guía, agarró el hacha con furia. Como había presagiado Manuel, los dos hombres se enfrentaban al miliciano sin preocuparse lo más mínimo de las mujeres, a las que consideraban inofensivas, entretenidas en cuidar a los niños y morirse de miedo.
Manuel parecía sorprendido y no se movió.
—¡Controla este trasto! —le gritó Matías al remero, y mirando al miliciano le indicó que no se moviera.
La corriente los arrastraba despacio. El otro tipo se giró, se sentó y volvió a remar para evitar que la barca siguiera su curso.
Paola miró la negrura del agua y tragó saliva.
Estaba aterrorizada, no sabía si sería capaz de superar ese pavor que la paralizaba, ese pánico a caer.
Decidió tratar de no pensar más en el agua.
Tenía que esperar el momento adecuado, y Matías había dicho que allí ya hacían pie.
Una vez controlada la embarcación, el remero se levantó de nuevo, miró un instante a las mujeres y a los niños que, sin moverse de su sitio, lo observaban mudos y asustados, y se dio la vuelta confiado. Tenían que encargarse del hombre, el único elemento peligroso de aquella estúpida familia.
Dio dos pasos tambaleantes y sintió un dolor punzante en la espalda que lo obligó a soltar la navaja.
—Pero ¿qué...?
No le dio tiempo a terminar la frase cuando Paola volvió a hundir el hacha, esta vez cerca del cuello. Había apuntado a la cabeza, pero entre la oscuridad y el movimiento de la barca, había errado de nuevo. El sonido de un hueso al astillarse envolvió la noche y un gemido lo siguió.
El remero cayó de rodillas.