Vientos de ira 43 #2
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43 #2

—Me refiero a mi hermana. No veas el cariño que le ha cogido doña Bernardina en estos pocos días.

Le saca lo que quiere. Yo creo que es por los pastelillos que le trae.

La señora —y lo dijo con retintín— quiere mantener su exquisita educación en la mesa, pero ve los dulces y se le escapan las manos; no se mete todos en la boca a la vez porque se ahogaría.

Si te lo digo yo: cuando el hambre aprieta ni educación ni zarandajas.

Paola sonrió y su amiga la miró con curiosidad; lo lógico era que estuviera desolada, pero dentro de la tristeza la encontraba distinta.

—¿Y tú por qué andas tan feliz? Esos ojos...

La muchacha se sonrojó y la vecina ató cabos a toda velocidad.

—Ya lo decía mi madre: el hombre es fuego, la mujer estopa y viene el diablo y sopla.

—¡Petra!

Y se echó a reír mientras su vecina también dejaba en libertad su risa. No habían tenido últimamente cosas por las que alegrarse y aquella simple insinuación rompió la tirantez.

Cuando terminó de comer, fue a visitar a sus hijos. Su aspecto era muy distinto al de la mujer sucia, desaliñada y empapada de la catedral. Se alegraron mucho de verla y pasaron la tarde charlando de todo y de nada.

Ya de noche, Paola durmió de un tirón; hacía demasiado tiempo que no descansaba en una cama y sus huesos agradecieron la comodidad, pero antes de abandonarse al sueño dedicó un pensamiento a su pequeña y, en la soledad de la diminuta habitación, lanzó una promesa a la noche.

—Pronto volveré a por ti.

Solo restaba esperar que Manuel llegara con buenas noticias.

A la mañana siguiente Pili y Paola fueron a la catedral a misa de doce.

Cuando llegaron, divisaron al miliciano sentado en un banco lateral de la nave central, oculto en las sombras de aquellos muros centenarios.

Estaba encorvado, como si rezara, aunque en realidad lo que doblaba su espalda era la preocupación, el miedo y la intranquilidad por el peligro que iban a correr.

Parecía agotado, sabían que había pasado la noche en el chozo que descubrieron el día anterior, pero Paola sospechaba que pocas horas le habría podido robar al sueño.

Había dejado de llover, pero la temperatura se había desplomado y hacía mucho frío en aquel templo medio lleno de mujeres devotas vestidas de negro con el velo sobre la cara.

Asistieron al oficio sentados muy cerca, él delante y ellas detrás, pero no cruzaron una palabra hasta que el sacerdote no acabó y se retiró.

—Tenemos que hablar —dijo Manuel sin volver la cabeza—, pero aquí no. Hay que salir de la ciudad.

Quedaron en verse al caer la tarde en el chozo. Después abandonaron la iglesia por puertas diferentes simulando que no se conocían.

Ya se iba llenando el camino de sombras cuando Paola apareció envuelta en una gruesa manta, que había comprado a los estraperlistas, y en su cintura volvía a sentir la seguridad de su sempiterna hacha.

Se acercó despacio, con los sentidos alerta, escuchó la noche y sus murmullos y no encontró nada raro.

Se escondió tras unas enormes piedras, precavida, justo al lado del chozo, y esperó un rato más.

Al ver que todo parecía normal, se decidió.

Estaba a punto de empujar el portón de ramas secas cuando salió Manuel.

Se abrazaron y enseguida se colaron dentro.

—¡Tenía tantas ganas de verte!

Ella sonrió. Hacía poco más de un día que se habían separado, pero parecía una eternidad. Manuel volvió a abrazarla, la miró a los ojos y la besó. Continuaron besándose con pasión unos instantes y con un suspiro se separaron.

—¡Cuéntame! ¿Qué has averiguado?

El miliciano se colocó un poco más lejos y apoyó la espalda en la pared.

—Al parecer, tal y como nos dijo Pili, la zona está plagada de bandas de contrabandistas muy organizados. Cruzando el río Guadiana llevan y traen las mercancías, pero también hay varios puestos de carabineros en el lado español y de guardiñas en el portugués.

—¿Tenemos que cruzar un río? —Paola se puso seria.

—Me temo que sí, y es bastante ancho, aunque parece ser que hay vados.

—¿Y qué es un vado?

—Pues es una zona donde cubre menos y se puede pasar a pie, pero no deja de ser peligroso y arriesgado; en el agua eres un blanco fácil.

—Yo no sé nadar. —Le tembló la voz.

—Ni yo.

—¿Y los niños? ¿Cómo cruzarán los niños? —La angustia ya había teñido el rostro de la mujer con su manto de impotencia—. No creo que podamos hacerlo, en serio que no. Habrá que buscar otras opciones, un lugar donde instalarnos sin tener que atravesar este maldito río. No lo sé, Manuel, yo...

—Tranquila, cariño. Primero vamos a ver las posibilidades.

Buscar otro lugar es más complicado todavía.

Piensa en la dureza del camino que hemos hecho desde tu pueblo, y eso que íbamos tú y yo solos.

Ahora imagina que hubiéramos ido todos. Hemos escapado por los pelos en más de una ocasión, ¿crees que no llamaríamos la atención tres mujeres, dos niños y un hombre?

Paola tuvo que aceptar que tenía razón. Echarse atrás no era una buena opción, pero pensar en cruzar el río le producía una ansiedad que a duras penas lograba controlar.

Si ella no sabía nadar, ¿cómo podría proteger a sus hijos?

Trató de serenarse, había que hacerlo, lo que no alcanzaba a comprender era cómo.

El miliciano interrumpió sus pensamientos en ese instante:

—Pero hay otra solución.

La esperanza asomó inmediatamente a sus ojos, cargados de preocupación, y Manuel puso un gesto de disgusto porque ninguna de las alternativas era buena y no quería generar falsas expectativas para luego decepcionarla de nuevo.

—He conseguido hablar con una especie de cabecilla de una de las cuadrillas de contrabandistas.

Hubiera sido imposible encontrarlo o que alguien me hubiera ayudado, pero un golpe de suerte ha jugado a nuestro favor: me he topado con un camarada.

Me ha reconocido, me ha saludado y por él he podido contactar con el tal Lince, que es quien me ha contado lo que te he dicho.

»Me ha explicado que es peligroso, no te lo voy a negar, y cuando le he mencionado que viajamos con dos niños, se ha llevado las manos a la cabeza.

Sin embargo, su tono ha cambiado cuando le he comentado que podíamos pagar.

Entonces se ha quedado callado y me ha conducido a una casa en la que me ha presentado a un tal Manco . Como ves, nada de nombres.

»El Manco es más que un contrabandista, tiene pinta de ladrón y delincuente, pero al parecer organiza pasos del río en algún tipo de embarcación y facilita, además, la documentación.

No me da buena espina y me fío poco de esa clase de tipos, pero me pareció que era la única posibilidad de cruzar la frontera con un mínimo de garantías. Nos pide una pequeña fortuna.

—¿Aunque no te fíes? ¿Y si nos la juega?

Manuel se tocó la cintura y sacó la pistola.

—Cada uno maneja sus cartas. Tú aún tienes el hacha, ¿verdad?

Paola asintió.

—Pero ¿qué pretendes con eso? ¿Vas a cruzar disparando y yo a hachazo limpio?

Manuel sonrió con nerviosismo e hizo sonreír a su compañera. En aquellas horas de tensión y duda les permitió relajarse un minuto para respirar el optimismo que se había esfumado.

—No, por el amor de Dios. —Volvió a ponerse serio—. Quiero decir que si las cosas se ponen feas podremos defendernos.

A Paola no le convencía nada ese plan y se quedó pensativa un instante.

—Quería creer que lo peor había pasado, que esto sería más fácil, pero veo que me equivoqué otra vez. ¿A qué locura os he conducido? —se lamentó.

—Si fuéramos solo nosotros dos, sería sencillo. Nos uniríamos a los mochileros que cruzan a diario y ya está. Pero recuerda que tenemos que pasar a dos niños y a tus vecinas. Pili está más ágil, pero ¿te imaginas a Petra con el agua por el cuello?

—Está bien. ¿Qué propones? —Comprendió que el miliciano tenía razón, no había otra salida.

—El Manco nos pasará de noche en una barcaza; nos proporcionará documentación falsa, un guía que nos lleve y una dirección para que nos alojemos los primeros días.

Una vez que estemos allí, nos acogerá una familia portuguesa; todo ello por un precio escandaloso.

He regateado mucho para que pensara que eran todos nuestros ahorros.

Si ese tipo huele que tenemos mucho más, estamos muertos, nos ahogará él mismo con sus propias manos. Solo se ve codicia en sus ojos.

—¿Ya has hablado de dinero? No había entendido eso. ¿Has regateado sin saber si lo iba a aceptar? —Se sentía un poco molesta.

—¡No tenemos otra salida, Paola! ¡Qué más quisiera yo!

No hubiera negociado jamás con un sujeto como él, desconfía hasta del aire que respira, destila maldad por todos sus poros, pero no hay alternativa.

Además, según me ha contado mi camarada, si queremos cruzar, cuanto antes mejor; el río cada vez baja más crecido y sus aguas están más frías.

Me ha prevenido contra el Manco, pero también me ha confesado que es el único que puede hacerlo en toda la comarca en estas fechas.

Paola suspiró profundamente. Estaba agotada, en cada nueva prueba que les ponía el destino iba perdiendo poco a poco la vida, las fuerzas y la esperanza.

Un río los separaba de la libertad y no sabían nadar; era una paradoja absurda que representaba lo que había sido su vida en los últimos años.

Se subirían, sin saber si serían capaces de llegar, en una barca que un tipo del que no se fiaban les ofrecía, con un guía que no conocían y que probablemente fuera de la misma calaña que su jefe.

Llevaban dos niños de los que se tenían que preocupar, una pistola y un hacha para defenderse.

Aquello no tenía ni pies ni cabeza, olía a desastre y, sin embargo, era su única salida; ya no podían dar marcha atrás.

—Necesito aire.

Salió al frío de la noche y sintió la brisa gélida acariciar sus mejillas.

Perdió su mirada en el infinito y procuró controlar toda la ansiedad que no la había abandonado desde que habían comenzado a hablar.

Manuel salió tras ella. Comprendía toda la zozobra que intuía en su corazón, tal vez porque él mismo no confiaba en la suerte.

La abrazó por detrás y ella sujetó sus manos.

—No vamos a salir de esta, ¿verdad? —La voz de Paola sonaba a derrota.

Se giró y clavó los ojos en su pareja.

—¡Claro que saldremos! —exclamó él—. No digas eso, mi amor. No te he encontrado para perderte, eso te lo aseguro.

—Pero no somos invencibles, todo lo contrario, somos tan vulnerables que cualquier cosa puede salir mal. Me aterra pensar que vamos a subirnos a la barca de un delincuente para cruzar un río sin saber nadar, con dos criaturas que...

No pudo seguir, apretó los labios para que no le temblaran y se concedió un par de lágrimas rebeldes. Cogió aire y cerró los ojos con fuerza. Después renació como por ensalmo.

—Lo conseguiremos —dijo al fin muy bajito, entre dientes—. No he llegado hasta aquí para rendirme, no he perdido tantas cosas en el camino para rendirme, no he luchado tanto para que cruzar un río me detenga. ¡Lo tenemos que conseguir!

Paola se daba fuerzas verbalizando su frustración, tratando así de conjurar todos sus temores.

Manuel asistía a ese resurgir en silencio, admirando un valor que ella le hacía recuperar también a él.

Se había hecho tarde, el frío era intenso y no era seguro volver a la ciudad a aquellas horas.

Sin mediar palabra entraron de nuevo al chozo y se cubrieron con la manta y así, abrazados, durmiendo a ratos, llorando a veces para besarse después, pasaron la noche.

Las indecisiones regresaron con las primeras luces del día.

Paola no quería compartir los peligros a los que se enfrentaban con los demás, no quería ver más sufrimiento, más dudas, no quería dar más explicaciones, pero Manuel consideró que no era justo.

Que los niños vivieran en su ignorancia le pareció bien, pero que Petra y Pili caminaran hacia un futuro peligroso e incierto sin tener siquiera la posibilidad de elegir, le resultaba cruel.

Así se lo hizo saber a su compañera y ella tuvo que confesarse que tenía razón, pero pidió al miliciano que fuera él quien explicara el plan.

Ella temía no ser capaz de hacerlo, no poder imprimir a sus palabras suficiente optimismo y añadir más inquietud a la que de por sí ya sufrían.

Las hermanas escucharon a Manuel en silencio, con el semblante serio.

Al parecer no iba a ser nada fácil aquel último tramo del viaje, algo que ya habían imaginado.

En pocas palabras, les vino a decir que estaban en su derecho de abandonar aquella aventura y que siempre tenían la posibilidad de regresar a su casa.

Cuando terminó de hablar, las dos se miraron y entre ellas no hicieron falta las palabras.

—Iremos con vosotros —dijeron—. No vamos a dejaros ahora, después de lo que nos ha costado llegar aquí.

Paola les agradeció con una profunda mirada cargada de cariño aquel gesto.

—Y, por cierto —añadió Petra con una sonrisa apagada—, nosotras sí sabemos nadar.

Antes de morir, papá nos llevaba al río en verano y allí nos enseñó a no ahogarnos, aunque dudo que en estas circunstancias y con este río tan crecido tenga demasiado valor.

Pero no temas, niña, la barca llegará a la otra orilla sin contratiempos. Ya lo verás.