Vientos de ira 43
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Petra, Pili y los niños llevaban hospedados en Badajoz varios días, esperando con ansiedad la llegada de los demás.

Les habían recomendado no hacer ostentación del dinero que llevaban y las dos hermanas habían elegido una modesta pensión que regentaba una viuda que se había visto obligada a alquilar varias habitaciones de su casa para poder sobrevivir.

Se notaba que venía de buena familia por sus modales, por la hechura de sus vestidos ajados y por ese vano intento de que no se notara su pobreza.

Sin embargo, todo el edificio se veía deteriorado y las comidas eran escasas e insustanciales.

Para hacer las necesidades, había que bajar a una especie de jardincillo, donde habían levantado con unos tablones viejos un escusado que se atascaba con cierta facilidad.

Todos los días, la extraña familia iba a misa de doce, asistía al oficio con desgana y volvía a la pensión decepcionada. Era allí, en la iglesia, donde esperaban encontrar a Paola y los demás; en eso habían quedado.

La ciudad estaba atestada de colas por las cartillas de racionamiento, también para coger algo de carbón, pero las hermanas procuraban estar en la calle lo mínimo posible, porque los soldados aún permanecían entre la población y no querían tener que dar demasiadas explicaciones de su estancia.

Esa parte de Extremadura era una zona de contrabando, donde las familias sacaban un sobresueldo cruzando al país vecino y volviendo con productos como harina, café o tabaco, que luego vendían de estraperlo.

Estas actividades generaban una tensión constante entre los pacenses y las autoridades, donde nadie pasaba desapercibido.

La tristeza, la desconfianza y el miedo campaban a sus anchas; la guerra había dejado heridas que sangrarían durante muchos años más.

Y así, en esa suerte de arresto domiciliario, las mellizas y los niños pasaban sus días a la espera.

Adrián se aburría todo el día encerrado y no paraba de pedir comida y Carmencita estaba muy preocupada, deseando ver a su madre y comprobar que no le había pasado nada.

En el fondo no terminaba de comprender todo lo que ocurría, por qué no habían podido ir todos a recoger a su hermana pequeña y, mientras, aquella expectación se les hacía eterna.

Paola y Manuel caminaron sin descanso durante casi un mes hasta llegar a Badajoz.

Podrían haber tardado menos si no hubieran tenido que sortear todo aquello que consideraban un peligro.

Dejaban a un lado caminos y carreteras y caminaban campo través, siguiendo la dirección que marcaba la vieja brújula del miliciano.

Alguna vez se perdieron y muchas se desviaron para evitar poblaciones, ríos o zonas a las que era imposible acceder.

Llegaron famélicos, no habían tenido muchas oportunidades de comer en condiciones y estaban afligidos por la derrota que suponía haber dejado a la pequeña Paola atrás.

Durante el trayecto su madre había tenido accesos de profunda tristeza, pero Manuel siempre calmaba su alma asegurándole que, de una manera u otra, conseguirían reunirse.

Ahora parecían sentirse más animados con la esperanza del próximo reencuentro con el resto de la familia.

En aquella última jornada hacía mucho frío, la lluvia se había presentado sin previo aviso y las sendas se convirtieron en un barrizal.

—¡Lo que nos faltaba! —había rezongado Paola cuando las primeras gotas comenzaron a caer.

—Demos gracias por estar a un paso de la ciudad, al menos no nos ha llovido en todo el recorrido.

Ella lo miró de reojo y pensó que últimamente parecía mucho más optimista.

Sonrió al pensar en los posibles motivos y alargó la mano para enlazarla con la suya.

Avistaron el perfil de Badajoz entre la bruma, la lluvia había arreciado y estaban empapados.

Apenas eran las nueve de la mañana, demasiado pronto para ir a la iglesia, por lo que decidieron permanecer en un chozo de pastores con el que se toparon a las afueras de la ciudad.

No era gran cosa, pero al menos tenía un techo bajo el que cobijarse, aunque eso sí, con algunas goteras.

Se acurrucaron el uno junto al otro y esperaron guarecidos a que pasara el tiempo para visitar la catedral, punto de encuentro con sus vecinas, que debían de haber llegado allí hacía varios días.

Cuando unas horas más tarde Pili y Petra, seguidas de los niños, aparecieron por el final de la calle, procurando no empaparse, la pareja ya esperaba a las puertas de la basílica.

Fue un momento muy frío. A los pequeños los habían aleccionado para que se comportaran como si se tratara de un encuentro casual, pero, aun así, Carmencita, con cara de felicidad, se colocó junto a su madre y no se separó ni un instante durante toda la conversación.

La niña había aprendido hacía tiempo a no preguntar lo que no se le contaba de antemano, de modo que se limitó a observar con curiosidad a Manuel.

Sin embargo, su hermano pequeño aún tenía mucho camino por recorrer en lo concerniente a la discreción, así que el momento que Paola había estado temiendo no tardó en llegar y, sin dejar de tirar con insistencia de su manga, Adrián preguntó al fin:

—Mamá, ¿quién es este señor?

Todos sonrieron ante el intento de susurro del pequeño y, sin más demora, su madre procedió a explicarle que se trataba de un viejo amigo que, a partir de ahora, los acompañaría en su viaje.

Carmencita, astuta como era para su corta edad, no perdió su mirada suspicaz, pero Adrián se dio por satisfecho enseguida y la charla continuó con normalidad.

No mucho después, Manuel se despidió de todos, dejando a Paola con los suyos mientras él empezaba a moverse para encontrar la forma de cruzar clandestinamente al país vecino.

Pili le previno. En sus conversaciones con la dueña de la pensión había oído hablar de los contrabandistas y de la persecución que sobre ellos pesaba por parte de los carabineros que estaban por toda la frontera.

El miliciano agradeció la información y se marchó.

Los demás se encaminaron a la pensión, donde Paola alquiló otra habitación.

La propietaria no la miró con muy buenos ojos porque llegaba con un aspecto deplorable, y si no hubiera sido por la mediación de Pili, que había hecho buenas migas con la viuda, probablemente no habría cedido en dar alojamiento a aquella pordiosera.

La melliza había tomado la costumbre de bajar muchas tardes con doña Bernardina, así se llamaba la dueña de la posada, a hacer el paripé de tomar café.

La señora preparaba una pequeña mesita con unas tazas de primorosa porcelana, un azucarero y una lecherita, pero en realidad, bebían achicoria aguada, el azucarero estaba vacío y manchaban la mezcla con una gota de leche —y no todos los días—.

No hacía Pili ningún comentario sobre aquellas escaseces, se sentaba y escuchaba, de la dama venida a menos, pequeños cotilleos que a nadie importaban.

De vez en cuando salía a relucir el tema de la Raya, del contrabando, de los exiliados, y entonces doña Bernardina bajaba la voz y era en esos momentos en los que la hermana de Petra ponía más atención en la conversación, tratando de enterarse de cualquier cosa que pudiera serles útil.

Para mantener esos encuentros, Pili siempre aparecía con unos dulces que conseguía en la pastelería La Cubana a un precio considerable y que, suponía, eran la excusa para que ambas pasaran el rato.

Nunca se sabía hasta qué punto podía ser importante la ayuda de alguien en un lugar desconocido, por eso aguantaba los aires de grandeza de aquella mujer, que ya no tenía donde caerse muerta y que, antes de ponerlos sobre la mesa, miraba con ojos golosos los pasteles de su inquilina.

Y ahí estaba la respuesta a sus esfuerzos, cuando la señora, aun viendo el aspecto sucio y desaliñado de Paola, le permitió coger una habitación.

—Si usted responde por ella, tendré que fiarme, pero entienda que la apariencia de su amiga deja mucho que desear.

—Lo sé, lo sé. Llega de un largo viaje y he creído entender que sufrió un robo. Ya sabe cómo andan los caminos de revueltos. —Y le daba golpecitos en la mano con cara de circunstancias, prometiendo bajar por la tarde a tomar café.

Y así Paola pudo alojarse en una ínfima habitación que tenía una cama, una silla, un aguamanil y una diminuta ventana cuyo paisaje era un muro descolorido, pero nada de esto pudo con su ánimo.

Se lavó con un agua que estaba helada y un jabón con aroma a rancio que le devolvió la vida, se vistió con ropas limpias de su modesto equipaje que habían cargado las vecinas y sintió el calor volver a su cuerpo.

Guardó el hacha debajo de la cama; lo demás lo desechó, ya eran andrajos que no servían de nada.

Cuando se estaba desenredando su raquítica melena, llamaron a la puerta.

—Soy yo, Petra —susurró su amiga pegada al marco.

Paola abrió y allí estaba su vecina con un cuenco humeante entre las manos.

—Ten, para que se te temple el corazón. —La miró de arriba abajo y pareció dar su conformidad al cambio—. Ya pareces una mujer honrada, aunque se te vea triste.

Durante el trayecto desde la catedral a la posada, Paola había puesto al día a sus vecinas de su fracaso y de las penurias y las tristezas que había sufrido hasta llegar allí.

Evidentemente suprimió toda mención de Manuel y su reciente relación, para eso ya habría tiempo más adelante.

También les había asegurado que estaba decidida a volver a por la niña en cuanto fuera posible, no queriendo tomar en cuenta la mirada de desaliento que se habían cruzado las dos hermanas.

Cogió el recipiente con la sopa y se sentó en la cama. Petra la siguió.

—No sé cómo lo consigue, pero se ha metido a la estirada esa en un bolsillo.

Paola la miró sin comprender mientras soplaba con fuerza.