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Manuel y Paola dejaron el pueblo de madrugada. Pronto abandonaron la carretera y se internaron en los campos en busca de refugio. Probablemente todos los guardias civiles de la zona los estuvieran buscando en esos momentos y era muy peligroso no poner kilómetros de por medio.
Caminaban mimetizados en las sombras y al más leve sonido se escondían raudos para comprobar que nadie los perseguía.
La suerte y la decisión de abandonar su propósito fueron su salvación porque nadie pensó que una madre no volviera en busca de su hija, que no intentara, una vez más, de algún modo, recuperarla, y centraron todos sus esfuerzos en peinar las inmediaciones del pueblo y vigilar la casa de los padres de Paola, mientras ellos dos, vencidos, se alejaban lo más rápido que podían.
Paola se mantenía en el mismo obstinado silencio con el que dejó a su hermano, al que dedicó sus últimas y cariñosas palabras.
Sabían que los guardias subirían a la cabaña; si no aquella noche, a la siguiente, por lo que dejaron a Leandro y a José planeando su escondite.
Después de eso, no había vuelto a abrir la boca.
Estaba ofuscada, se sentía maltratada por el mundo y ni siquiera era consciente de con quién caminaba ni hacia dónde iba.
Todo a su alrededor era odioso, las tierras que transitaban, los árboles que quedaban atrás, el viento y el frío; todo despertaba en ella un rechazo atávico, una ira apelmazada.
En su mente solo una idea, la derrota; solo un sentimiento, la pena; solo un objetivo, recuperar a su hija lo antes posible.
Caminaron todo aquel día sin incidentes, evitando poblaciones y personas.
De momento llevaban las provisiones que les había facilitado Leandro.
Cuando cayó la noche, Manuel comenzó a buscar un sitio en el que refugiarse para dormir un poco.
Paola lo seguía de un lado a otro como un autómata, sin voluntad, y, por fin, en lo alto de un repecho vislumbraron una vieja ermita en ruinas.
Tenía casi todo el techo hundido, pero había un par de bancos de madera tosca que estaban en buenas condiciones en un rincón en el que las vigas aún no habían cedido.
El miliciano, como buen soldado, inspeccionó el lugar y los alrededores y no encontró nada sospechoso; corrió los bancos contra la pared y dejó las cosas apoyadas sobre ellos.
La noche era fría; las nubes habían ido compactándose a lo largo del día y el cielo carecía de estrellas.
Tampoco había luna, lo que hacía que la oscuridad fuera total.
Sacaron un poco de pan, queso y cebollas y cenaron en silencio.
Los sonidos de las sombras reverberaban en las palabras que no se estaban pronunciando, llenando a Manuel de incomodidad y de una angustia desconocida que atenazaba sus entrañas.
El miedo que no sentía por su suerte, lo sentía por aquel terco mutismo.
Ni siquiera se atrevió a curarle las heridas a Paola.
Se tumbó en el banco mirando el techo y puso las manos bajo la nuca.
Las telarañas y los nidos abandonados competían por el espacio.
Junto a él, Paola se acostó también, pero de lado, dándole la espalda.
Manuel se sintió cobarde y por un instante tuvo el deseo de huir.
Ya había perdido la batalla con aquella mujer una vez, cuando se había enamorado de otro y había decidido casarse y formar una familia con él, y no quería volver a sentir ese sufrimiento de nuevo, pero en contra de lo que deseaba, se quedó allí, ahogado en la zozobra de un sinsentido que no era capaz de entender.
Estaba decepcionado, parecía que ella lo hubiera convertido en el culpable de todas las desgracias de su existencia, cuando había dedicado todos sus esfuerzos a protegerla, ayudarla y a tratar de comprenderla.
Perdido en estos desdichados pensamientos estaba cuando ella se giró y lo miró.
—A veces soy injusta contigo —dijo—. Regañé a mi hermano por un comportamiento que ahora estoy teniendo yo, quizá por eso me da tanta rabia. —Y sus palabras, después de horas de silencio pertinaz, atronaron el espacio.
El miliciano siguió mirando el techo. La angustia que se agarraba a sus entrañas no cedía y no tenía ni las fuerzas ni las ganas necesarias para hablar. Temía que todo fuera a peor, que las palabras se enzarzaran en reproches y los reproches caminaran hacia el rencor.
—Tú no tienes la culpa de nada —continuó Paola—.
Tú no dejaste marchar a tu hija, ni te empeñaste en ir a buscarla sin pensar en las consecuencias.
Tú lo único que has hecho todo este tiempo ha sido cuidarme, darme buenos consejos y ser mucho más prudente que yo.
Y, sin embargo, la ira que arrastro, el odio que me ahoga, lo pago contigo. Espero que sepas perdonarme.
El silencio se instaló de nuevo entre ellos.
Paola esperaba una respuesta que no llegaba y comenzó a temer que hubiera rebasado el límite de la paciencia de su amigo.
¿Qué haría si él decidía largarse? Nunca se lo había planteado porque había dado por supuesto que siempre estaría allí, que nunca le fallaría.
Desechó este pensamiento. No se iba a arredrar por nadie; aún la ira le daba fuerzas.
Haría lo que siempre había hecho, seguir adelante.
Pero sin él... Un calor surgido del fondo de su alma invadió su cuerpo, llenándolo de pesar.
—¿No vas a decir nada? ¿Te estás vengando? —Le comía la impaciencia.
—Me faltan las fuerzas —dijo Manuel al fin—. Yo también quería que las cosas salieran de otra manera, también habría deseado que en este momento camináramos junto a tu hija, pero casi nunca conseguimos lo que queremos y en eso soy especialista.
—Lo siento —insistió ella—. ¡Es que estoy tan decepcionada!
—¿Qué somos? —preguntó de repente el miliciano.
—¿Qué somos, de qué? —lo miró extrañada, no entendía lo que le quería decir.
—Camino a tu lado, te cuido, me preocupo. Cuando te esperaba y no llegabas creí morir, hubiera salido en tu busca sin pensarlo ni un instante si aquel zagalillo no hubiera venido a avisarme. Me dejaría morir si con ello lograra tu felicidad; me dejaría morir, literalmente, por ti.
Manuel no se había movido, seguía con los ojos fijos en las vigas, más allá, en un cielo cuyas estrellas se habían negado a salir.
—Pero hoy, en este silencio eterno del camino, al que me has condenado, no sé muy bien por qué, me he hecho mil preguntas y la más importante es esa.
Yo sé lo que eres para mí, no tengo dudas porque lo eres todo, pero quizá me estoy confundiendo, quizá esta aventura deba acabar cuando estés a salvo, cuando haya cumplido mi deber —concluyó exhausto.
—¿Soy un deber? —Paola encontró el medio de desviar la conversación. Se incorporó y se sujetó la cabeza con la mano para mirarlo.
—No lo sé, dímelo tú.
—¿Yo? No te entiendo. Si soy o no un deber para ti es cosa tuya.
—No, cariño, te equivocas. No sé cuál es mi sitio, tal vez porque mi corazón no sabe hacerlo de otro modo, siento que debo ponerte a salvo.
Pero quiero más, mucho más. No deseo volver a convertirme en el amigo que escucha tus secretos, el que acompaña tus penas, el que te verá desaparecer del brazo de otro. Yo...
Manuel calló, tenía un enorme nudo en la garganta y le costaba explicarse. Ella, con la cabeza apoyada en la mano, lo observaba en la oscuridad. Tomó aire, se incorporó y se rodeó las rodillas con los brazos. Él, sin moverse, buscó las fuerzas necesarias para seguir.
—Yo te amo, te he amado desde el primer día que te vi y sé que puede sonar a folletín, pensarás que las personas no pueden enamorarse con un solo vistazo, pero a mí me ocurrió y cuanto más te conocía, más me enamoraba.
Y qué mayor prueba de amor que estar aquí, después de tantos años, con el sentimiento intacto, igual de hiriente, igual de maravilloso.
Después de que te fueras con Adrián, de que formaras una familia, de que lo perdieras, después de todo eso, del dolor que sentí por tu marcha y de la alegría por el reencuentro, mi amor sigue ahí, en el mismo punto en el que ha estado siempre, a la espera de ti.
Pero si voy a convertirme en el amigo, quiero saberlo, porque quiero estar preparado para la despedida.
Manuel dejó de hablar. Su espíritu había quedado en paz, aquella era una deuda cuyo pago se debía a sí mismo desde hacía ya demasiado tiempo.
Suspiró y cerró los ojos. Un alivio que llegaba de sus entrañas lo envolvió y lo liberó de todos aquellos años de secretos a medias, de conversaciones incompletas.
Su amor era ahora transparente y eso le hacía sentirse bien.
Paola, a su lado, se balanceaba; no había calibrado la magnitud de su actitud egoísta.
Llevaba años disponiendo, luchando, sobreviviendo y se había acostumbrado a ser ella y solamente ella la que decidía sobre el destino de los demás, siempre hablando de sí misma, siempre hablando de sus ausencias, de sus faltas, de sus tristezas.
Reconoció que Manuel se había convertido en la roca que sujetaba su mundo cuando este se tambaleaba, pero las rocas son eso, materia sin vida y, en su certeza, no pensó en el sufrimiento de aquel hombre al que ella alimentaba con migajas.
Se dio la vuelta y lo observó. Con los ojos cerrados parecía satisfecho consigo mismo, y un impulso que no controló, provocado por el miedo de perderlo, la hizo tumbarse junto a él y abrazarlo.
Él abrió los ojos, sorprendido, y la miró.
Ella le sonrió. Quizá eran innecesarias muchas de las palabras que aún quedaban por decir, porque acababan de perder su sentido.
Y por primera vez, fue ella quien se acercó a sus labios y lo besó.
Manuel cerró los ojos con fuerza y una lágrima solitaria se precipitó hacia su sien, dejando un leve cosquilleo en su cara.
Alargó los brazos y rodeó el cuerpo maltratado de su compañera, de su amiga, de la que deseaba que se convirtiera en su mujer.
—¿Qué somos? —repitió con un hilo de voz que se ahogaba en el miedo a la respuesta.
—¿Unos pecadores?
Manuel negó con la cabeza.
—¿Unos fugitivos?
Volvió a negar, componiendo un gesto de fingida impaciencia. Lo tranquilizaba aquel juego absurdo.
—¿Unos estúpidos?
—Por ahí creo que vas mejor.
—¡Bobo!
Se volvieron a besar y aquel hombre enamorado ya no necesitó más palabras porque sus bocas y sus cuerpos se dijeron todo aquello que se debían desde hacía muchos años.
Fue una noche especial porque en un lugar derruido, en unos bancos desvencijados y sucios, bajo un cielo opaco, ateridos de frío, se amaron.
Y todo aquello que les rodeaba dejó de existir durante unas horas, los hijos, la guerra, los dolores, Adrián, el mundo desagradable que se esparcía a su alrededor se hizo a un lado durante ese breve periodo de tiempo para darles un respiro, para permitirles rozar la felicidad unos instantes.
Manuel pensó que todo en su vida había valido la pena solo por confluir en ese momento, por sentir lo que lo anegaba, por besar aquellos labios que tanto había deseado, acariciar aquella piel y llenarse de ese cuerpo con el que jamás había dejado de soñar.
Durmieron abrazados. Paola no podía creer lo que había pasado.
Por primera vez los remordimientos no habían hecho acto de presencia, probablemente su corazón había necesitado recorrer un camino desolador, donde el dolor era el único horizonte, en busca de una catarsis que diera origen a otra vida.
Nunca dejaría de querer a su marido, siempre estaría en su corazón, en su recuerdo, en su vida.
Pero aquella historia tenía un punto final que ella acababa de escribir y en estas nuevas páginas de su existencia surgía un sentimiento arrebatador por el hombre que, junto a ella, miraba un cielo sin estrellas.
A pesar de todo lo que siempre pensó, para su sorpresa tuvo que reconocer que se había vuelto a enamorar.