Vientos de ira 41 #4
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—Este lugar no es nada seguro esta noche y probablemente no lo será en bastante tiempo.

Me extraña que los guardias todavía no hayan pasado por aquí a dar la murga.

Es cierto que Paola tuvo la sangre fría de alejarlos, pero cuando se cansen de dar por el culo en aquella zona, vendrán a jodernos aquí.

—No la veo en condiciones, está muy débil; no sé si es recomendable hacerla caminar —dijo el miliciano mientras trabajaba de forma eficaz limpiando los arañazos.

—No se trata de lo recomendable o no que sea, se trata de que esos hijos de puta están ansiosos por cazar carne fresca.

—Se volvió hacia José y dijo—: Si ya la habían tomado con vuestra familia, agarraos, rezad todo aquello que sepáis, porque esta noche tu hermana se ha pasado por las narices las órdenes de los civiles y eso sí que no se lo van a perdonar.

Ella volvió a abrir los ojos y miró a los tres hombres que estaban a su alrededor como si acabara de verlos por primera vez.

—Tengo que ir a por mi pequeña —dijo con un hilo de voz.

Un profundo silencio fue la contestación. Solo el sonido del viento al acariciar los árboles se escuchaba en aquella estancia, que olía a jabón de aceite que hacía el propio Leandro.

—Me parece que va a ser imposible. —La voz de Manuel denotaba tristeza—. Sería absurdo.

Paola se incorporó con una sorprendente fuerza, los ojos febriles brillaban en su rostro como teas incandescentes y, de un manotazo, se deshizo de los cuidados de su amigo y los miró con furia.

—¡He venido aquí a por mi hija y no me iré sin ella! —sentenció.

Esta vez fue Leandro quien intervino.

—Lo siento, mujer, pero sería un suicidio y nos arrastrarías a todos en tu locura.

Ella se recostó de nuevo y suspiró.

—Volveré mañana, de día. Nadie sabe que era yo la de esta noche; podría haber sido cualquiera, hasta uno de esos de las montañas. —Era consciente de que se engañaba a sí misma, y las lágrimas empezaron a anegar sus ojos—. No puedo irme sin ella.

Leandro suspiró contrariado por esa cabezonería maquinal.

—No irás. ¿Tú te has visto? ¡Estás empecinada en un imposible, joder!

Si bajas, te arrestarán según pongas un pie en ese pueblo, te interrogarán y cantarás hasta lo que no sabes.

Me delatarás a mí, a tu hermano, a tu amigo y hasta a los hombres que esta noche te han ayudado.

No, mujer, no. Tendrás que seguir sin la niña, ya volverás a por ella más adelante.

—¡No, no y no! ¡Iré a por mi hija! ¡Me da igual lo que digáis! —exclamó y trató de levantarse de nuevo. Al apoyar el brazo lastimado, sintió un dolor agudo y un quejido incontrolado salió de sus labios.

—¡Tranquilízate! —Manuel la sujetó por los hombros para impedir que se levantara otra vez y le acarició el rostro—. Estás herida, cualquiera que te viera sabría que eras tú la fugitiva. Leandro tiene razón, estamos todos en peligro; debemos irnos.

—¡Manuel, no me hagas esto! Tú no. ¡No puedo dejarla aquí, no puedo! —Y volvió a arreciar el llanto—. Creía que me ayudarías, que estarías conmigo.

El miliciano sentía que su corazón se hacía añicos con cada palabra, con cada acusación, con cada negativa.

No podía ceder a aquellos deseos irracionales, pero anhelaba tanto poder ayudar que estuvo a punto de proponer una locura.

Sin embargo, miró al leñador y este, intuyendo sus intenciones, negó con el semblante severo.

Manuel no supo qué hacer para mitigar un poco el dolor de aquella madre desconsolada.

—No te angusties, estará bien. Está con tu madre —dijo al final, con tono de rendición—. Mandaremos a alguien a que la recoja en cuanto nos hayamos establecido.

Finalmente, tras largos minutos de llanto desgarrador, Paola tuvo que claudicar. Una bala le había rozado aquella noche, se había arañado todo el cuerpo, había pasado frío y miedo, pero nada de eso le importaba, ni el dolor ni las heridas. Lo único que le partía el alma era el fracaso.

Descansaron apenas una hora y partieron. Atrás quedaba José, que se despidió de ellos con Tris entre sus piernas; Paz, que, frente a lo que pensaba su madre, dormía tranquilamente desde hacía horas; su familia y su pueblo.

Paola caminaba sin ilusión, vestida con ropas de hombre, en un silencio empecinado y con el corazón destrozado, y Manuel, a su lado, trataba de consolarla, pero rechazaba sus intentos con una furia injusta, como si él fuera el culpable de su desventura.

Las estrellas se habían ido cubriendo lentamente por un manto de nubes blanquecinas; parecían no querer ser testigos del dolor de aquella mujer que caminaba con desgana, dejando a cada paso un trozo de su alma.

Quedaban muchos kilómetros por delante, muchos peligros, muchas angustias, demasiada maldad, pero ella, en esos momentos, no pensaba más que en el fracaso, en la pena de su niña aguardando a que llegara la madre que tanto había esperado.

Se imaginaba, de forma equivocada, a la criatura que dejó marchar de su lado, tan pequeña, tan vulnerable, sentada en las rodillas de su abuela, ilusionada por volver a estar cerca de la familia, y esa imagen atormentaba su caminar.

Se regodeaba en su dolor culpándose de la derrota, sacando mil defectos a ese plan ridículo de recuperar a su hija.

Fantaseaba con que los inmensos ojos verdes de su niña se habrían llenado de lágrimas, que no podría dormir aquella noche, que se habría sentido engañada, y buscaba, arrastrada por un instinto malsano, la mejor manera de infligirse dolor, de canalizar la ira que se desbordaba por cada milímetro de su piel.

Caminaron toda la noche, él impotente, ella atormentada, en un silencio doloroso que les oscureció el alma.

En casa de Marcial habían oído el jaleo, las carreras de los guardias persiguiendo a alguien, los chillidos de aquella mujer que indicaba el camino por el que había huido el fugitivo.

Manolo había salido al portón y, por delante de él, había visto a los dos hombres internarse a la carrera por el callejón, desaparecer entre la maleza y dar el alto a gritos.

No tuvo duda de que uno de sus hermanos huía en aquellos momentos de los guardias y le hubiera gustado echar una mano, pero no tenía ni idea de qué hacer ni hacia dónde dirigirse.

Cerró los puños con impotencia, aterrorizado, y terminó por estrellar uno de ellos contra el marco.

Paola había sido tan críptica en sus mensajes que no sabía qué se proponía exactamente.

Cuando entró de nuevo en la cocina, Carmen sollozaba muy bajito y Marcial a su lado le daba palmadas en la mano para consolarla.

Nunca había visto a sus padres en una actitud tan cariñosa y por unos momentos los ojos le brillaron más de la cuenta.

La pequeña Paz se había vuelto a encaramar en el taburete del que le colgaban los pies y miraba distraída las ascuas de la cocina, pero su tío habría jurado que, rodeada de su ignorancia, sonreía.

—¡Vamos, a la cama! —Ayudó a la niña a bajar dándole la mano y la acompañó a su cuarto.

—¿Ya no va a venir, tío? —La sonrisa infantil no admitía duda en cuanto a sus sentimientos.

—No, Paz, ya no viene nadie —contestó Manolo con preocupación, sintiendo la presión de su mano.

—¿Nunca?

La miró con severidad y la niña se puso seria.

—Lo siento, tío, es que yo quiero estar con vosotros y Dios ha escuchado mis rezos.

Tras dejar a la pequeña acostada, Manolo se cruzó con sus padres en el diminuto recibidor y besó a su madre en la frente.

Volvió a salir, abrió el portón con cautela y aguzó los oídos.

El pueblo estaba en silencio. Se preguntó quién sería la malnacida que había delatado a sus hermanos, no había reconocido la voz.

Se sentó junto a la puerta y esperó, se quedó medio dormido hasta que el sonido de un motor que se alejaba lo despertó.

No podía dilucidar si los civiles se iban con o sin presa; se enteraría al día siguiente.

Eso era lo bueno y lo malo de los pueblos, no había secretos.

Y como estaba muerto de frío, decidió entrar en la casa y tratar de descansar. Nada más podía hacer aquella noche.

A la mañana siguiente, la familia de Carmen fue a misa de doce como todos los domingos; era casi obligatorio para que nadie te mirara mal.

A la salida, Leandro se hizo el encontradizo, saludó y, al estrechar la mano de Marcial, dejó en ella una nota.

Le preguntaron cómo se encontraba y se despidieron; sabían que estaban demasiado expuestos.

—Al cementerio voy, a visitar a los míos —elevó un poco la voz el leñador.

Algunos vecinos bajaron la vista y otros miraron con lástima a aquel hombretón que cada domingo se acercaba al cementerio para limpiar las lápidas y charlar un rato con los suyos.

Ya en la seguridad de su hogar, Marcial entregó la misiva a su mujer, que la leyó en alto. Era una breve nota escrita con un carboncillo y una letra mal formada.

todos estan asalbo.

La familia respiró aliviada.

Por la tarde, Carmen entró en la cocina y descubrió a Paz inclinada sobre una hoja de papel con un lápiz en la mano, con un gesto de absoluta concentración; sacaba media lengua y repetía para sus adentros las palabras que estaba escribiendo.

—¿Tareas para la señorita Florencia? —preguntó entrando con un puñado de ropa entre los brazos.

—No, es una carta para mi madre —contestó la nieta levantando la cabeza un instante.

—¿Y qué le cuentas?

—¿Se la mandarás cuando puedas? —Su abuela sintió una punzada de lástima. Comprendía la tristeza de la niña, pero no sabía qué decir para evitar que volviera a pensar que la habían abandonado.

—No pudo recogerte, cariño, pero lo intentó, te lo aseguro. Te quiere muchísimo y estoy segura de que volverá a por ti. Te prometo que en cuanto sepa dónde anda, se la mando.

La pequeña, satisfecha, volvió a enfrascarse en su tarea.

—No me has dicho qué le cuentas —insistió con gesto cariñoso Carmen.

—No te va a gustar —replicó sin levantar los ojos del papel.

La buena mujer pensó que sería una lista de reproches.

—Seguro que no es tan malo.

Paz dejó el lápiz sobre la hoja y giró la cabeza hacia su abuela, puso un mohín reflexivo y suspiró.

—Le estoy diciendo que no quiero que vuelva, que ya tiene dos hijos y que tú no tienes ninguno pequeño, y que yo te ayudo. Le digo que estoy muy contenta y que el pueblo me gusta mucho. ¡Ah!, y también que el tío Manolo es como un padre.

Carmen se quedó de piedra, parada en el centro de la cocina con la ropa en suspenso, sin saber qué decir.

La niña clavaba sus inmensos ojos verdes esperando su reacción, su enfado, pero no se produjo.

Era tan complicado abrazar y regañar a la vez que no supo cómo responder.

Todos estaban abatidos, compungidos y, paradójicamente, ella se sentía feliz de que su madre no hubiera llegado para llevársela.

No supo si era alivio lo que, contra natura, sintió, pero una leve sonrisa se formó, de manera irremediable, en la comisura de sus labios.