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Paola luchó por soltarse; con las manos intentaba dar puñetazos que se perdían en el aire y se contorsionaba dando patadas y tratando de liberarse de aquellos brazos.
—¡Quieta, mujer, nos van a atrapar a todos! —susurró una voz profunda y quebrada en su oído.
Pero ella no se fiaba de nadie, solo quería seguir su camino. El hombre la aferró con más fuerza y ella pensó que moriría asfixiada, por lo que tuvo que ceder y contenerse un poco.
—Escucha, no tengo ninguna intención de hacerte daño —volvió a susurrar el desconocido—. Huyes de los civiles como nosotros, pero si no te calmas te rompo la crisma. No sé de dónde has salido, pero nos pones en peligro.
Paola trató de volverse y sintió cómo las manos aflojaban la presión.
—Ahora voy a soltarte, pero no salgas corriendo, ¿de acuerdo?
Ella asintió. El hombre la fue liberando lentamente.
En un primer momento, su intención era escapar, pero después lo pensó mejor: aquel tipo había hablado en plural, lo que quería decir que eran más, supuso que los hombres del monte que había mencionado su hermano, aquellos para los que la guerra aún no había acabado.
—¡Agáchate y abraza el árbol! —ordenó aquella voz indefinida.
Paola no comprendió, se giró para ver qué trataba de decirle y se encontró con un rostro barbudo en el que solo brillaban los ojos. Una gorra tapaba su cabeza y sostenía una escopeta que acababa de rescatar del suelo.
—¡Vamos! —insistió el hombre.
Ella se giró e hizo lo que el desconocido ordenaba sintiendo cómo él se abrazaba a su lado y tiraba de algo que cayó sobre ellos, como si la encina hubiera hecho descender sus ramas para protegerlos.
—Y ahora silencio —volvió a susurrar.
El sonido del motor estaba encima, más allá de la dehesa, renqueante, y de repente se paró y todo quedó en silencio.
El canto de un búho rompió la noche justo en ese momento y, para su desconcierto, el hombre que tenía a su lado reprodujo un canto parecido, pero más cortante.
Se oían pisadas, comentarios lejanos incomprensibles.
Los guardias estaban inspeccionando la zona, pero se habían decidido por el lado contrario y sus linternas cada vez se alejaban más.
Nuevamente cantó el búho.
—¡Vamos!
Cogiendo de la mano a Paola, el desconocido salió de aquella red y comenzó a correr como si conociera palmo a palmo aquel terreno.
Ella lo seguía como podía. Estaba casi desnuda y le dolía todo el cuerpo, pero no se quejó ni una sola vez, pues su intuición le decía que, si había una forma de salir de aquel enredo, sería de la mano de quien galopaba delante de ella.
Le faltaba el aliento y cada vez sentía más debilidad y más frío.
—¡No te pares! Un poco más y ya estamos. —El hombre imprimió más velocidad a su carrera.
Había que hacer un último esfuerzo y lo sabía.
Se aferró a la mano que la sujetaba y apretó los dientes de rabia, impulsando con ella una y otra vez las piernas en su carrera.
No tenía ni idea de adónde se dirigían, pero dejaron atrás la dehesa y se internaron en una zona más arbolada.
El olor a pino y a humedad inundó sus sentidos.
Se podían escuchar más pisadas, ramas rotas aquí y allá y algún susurro.
El hombre paró en seco, se giró y bajó por una especie de sendero pedregoso.
A Paola aquel giro la cogió desprevenida y estuvo a punto de caer.
La noche era cerrada y las estrellas que los habían acompañado en la zona más despejada apenas se veían ya entre las copas de los árboles.
Corría a ciegas, el sonido del agua irrumpió en sus oídos y dedujo que estaban cerca del riachuelo, aunque desconocía a qué altura.
Por fin su salvador paró, se dio la vuelta y Paola, consciente de su desnudez, se sentó en el suelo y trató de taparse.
El hombre barbudo se quitó su chamarra y se la tendió sin decir nada.
Ella se la puso, le quedaba enorme, pero sintió el calor inmediatamente, así como un olor a leña quemada y mugre.
Aún no se habían dirigido la palabra cuando apareció otro individuo y otro y otro; parecían salir de la nada, llegaban sin aliento y se detenían para recuperar el resuello.
—¿Y esta? —preguntó el que llegó inmediatamente después que ellos mientras la señalaba.
El barbudo se giró hacia ella con gesto inquisitivo.
—¿Por qué te perseguían?
Paola se calló durante un momento. No le parecía que aquellos fugitivos fueran a hacerle nada malo, podrían haberla dejado a su suerte y, sin embargo, la habían protegido, así que, aunque solo fuera por agradecimiento, decidió contarles la verdad.
—Quería recuperar a mi hija que está con mis padres.
—¿Y por eso te perseguían? —volvió a tomar la palabra el de la barba.
—Es algo más complicado —respondió ella ajustándose más la chaqueta—. Los guardias civiles buscan a mi hermano, no sabemos por qué, y él se vino a Madrid, que es donde vivo, es decir, donde vivía.
—¡Yo te conozco! —dijo de repente una voz a su espalda—. Eres la Paola, la hija de la Carmen, la del Marcial.
Se volvió y vio a un joven que la miraba sonriente.
—Soy amigo de tu hermano José y escuché que se había largado a Madrid.
El de la barba los miraba desconcertado, pero no podían perder más tiempo.
—Tenemos que seguir subiendo, ¿podrás?
Lo pensó un instante, no sabía si seguir con aquellos rebeldes o intentar acercarse a la carretera ahora que parecía que los civiles habían perdido su rastro. Por fin se decidió.
—Me esperan abajo, en el cruce del camino, el de la piedra.
—¿Quién te espera?
—Mi hermano José, un amigo y Leandro el de...
—Conocemos a Leandro muy bien —interrumpió las explicaciones su salvador, que la miraba de frente mientras se acomodaba al hombro el fusil—, pero hoy es peligroso volver a acercarse al pueblo.
—No puedo dejarlos ahí. Pensarán que me ha pasado algo, quizá traten de indagar y tal vez sean ellos los que sufran las consecuencias de lo que he intentado hacer. —Paola no se imaginaba lo que estarían padeciendo ante su ausencia—. No, voy a bajar a avisarlos, pero os agradezco la ayuda.
—¿Qué piensas, Segis? —El que había acompañado a Paola todo el camino miraba con los brazos en jarras a un compañero que parecía ser el jefe.
El tal Segis miró a sus compañeros, se rascó la cara y asintió levemente. Al parecer, eran capaces de comprenderse sin palabras.
—Dile al Rubio que, con cuidado, baje y avise, y les diga que los esperamos en la cabaña. —Y dirigiéndose a Paola le informó—: Subirán ellos.
Aceptó el plan sin rechistar y se pusieron en marcha. Estaba aterida de frío y agradeció que comenzaran a moverse y, sobre todo, que se alejaran un poco del riachuelo del que se desprendía una terrible humedad.
Más de tres horas después, caminando por el monte, llegaron a la cabaña de Leandro, donde ya los esperaban desde hacía un buen rato.
Manuel, ansioso, había tratado de descubrir a Paola entre aquellos hombres que se acercaban, pero arrebujada en el chambergo parecía uno más, caminaba sin voluntad, derrotada, rota, herida.
Al alcanzar su destino, todos se dispersaron y su figura se perfiló abandonada en el centro de la pequeña explanada; estaba desorientada.
Manuel, devorado por la incertidumbre de perderla, la descubrió entre las sombras y, en unas zancadas, estuvo a su lado y la abrazó.
Su amiga pareció volver de un mal sueño, devolvió el abrazo con fuerza y se echó a llorar.
—¡No lo he conseguido! ¡No lo he conseguido! Estaban esperando nuestra llegada. No sé cómo lo han sabido, pero estaban allí. ¡He puesto a todos en peligro! ¡A vosotros y a mi familia! Si no me llego a encontrar con ellos... —Y rompió a llorar.
Manuel trataba de calmarla con palabras de cariño, pero ella no atendía a razones.
Los hombres de las montañas se marchaban.
En su mente aturdida, Paola recordó que llevaba el abrigo de uno de ellos.
Sin embargo, no se lo quería quitar; su desnudez la avergonzaba.
Iba a poner una disculpa, cuando el fugitivo de la barba se adelantó.
—La zamarra se la dejas al Leandro, ya me la hará llegar, pero no te olvides, que las noches ya son duras en el monte como para hacerlas peor, y esa chaqueta es de las buenas.
—Nos vamos ahora mismo —dijo al que llamaban Segis después de saludar al leñador—. La noche está revuelta, no queremos sorpresas. Y que esta no baje o acabará con un tiro o algo peor. Nos vemos.
Y sin entrar siquiera a la cabaña, se dieron media vuelta y desaparecieron en la oscuridad. Un muchacho de apenas doce años salió corriendo tras ellos. Los oyeron hablar entre las sombras.
—Tú no vienes, Rubio; otra vez será. Baja al pueblo, que allí nos haces falta, que nadie te eche de menos.
El crío obedeció y pasó frente a Paola y los demás como una exhalación, sin decir ni una palabra.
En ese momento, sin previo aviso, sin un quejido, ella cayó de bruces al suelo.
Se quedaron todos paralizados. El primero en reaccionar fue Manuel, que la tomó en brazos y con premura la llevó al interior, donde a la luz de una vela pudieron observar su verdadero estado.
Medio desnuda, tenía las piernas ensangrentadas y llenas de arañazos de distinta profundidad; también el vientre, las manos y, en el brazo, casi a la altura del hombro, se abría una fea herida de bala que tenía el aspecto de haber sangrado mucho.
El proyectil había salido por detrás, pero no parecía que hubiera tocado el hueso.
Poco después, Paola abrió los ojos, desorientada, y observó durante un instante cómo Manuel se afanaba en curarla.
Escocía. Volvió a perder el conocimiento.
Leandro, a pesar del estado de la mujer, les recomendó marchar.