Vientos de ira 41 #2
91%

41 #2

Su tío tensó todos los músculos, sintió su corazón latir a toda velocidad y por un momento le faltó el aire.

Carmen no pudo soportarlo y, tras dejar a la niña en el suelo, se desplomó en una silla como si estuviera agotada.

Marcial se mantuvo igual de taciturno que siempre.

Todos temían que, en su ingenuidad, la pequeña dijera la verdad y esperaban con ansia las palabras que iban a salir de su boca.

—Tampoco lo sé, señor. Espero que nunca —dijo ella con fingida inocencia.

—¿No quieres volver con tu madre? —Los guardias cada vez estaban más extrañados. El chivatazo estaba siendo un fiasco: desde la aparición de la cría, todo se había desmoronado.

—No —contestó con rotundidad, frotándose los ojos y abriendo la boca en un bostezo—. Prefiero que ella se quede en Madrid y me deje en el pueblo para siempre.

Poco más había que rascar. Los agentes habían recibido un soplo con la información fidedigna de que Paola acudiría a por su hija aquel día, y habían esperado hasta la noche para comprobar que la niña había desaparecido y poder así empezar a actuar contra toda la familia, porque aquel secretismo no podía esconder nada bueno.

El hijo, ese José, se les había escurrido entre los dedos y eso les había costado una buena reprimenda.

Se habían frotado las manos esperando poder pillar a la tal Paola y sacarle la información que deseaban, y si iba acompañada de su hermano, muchísimo mejor: dos pájaros de un tiro. Pero nada había salido como esperaban.

Se fueron.

—Pero ¿cómo lo han sabido? —preguntó Carmen cuando desaparecieron. Se levantó y se llevó las manos a la cabeza.

—Espero que Paola no venga, que haya sido prudente y esté vigilando.

—No digas sandeces, hijo. Tu hermana aparecerá esta noche si no ha tenido otros contratiempos. —Marcial salió de su mutismo para contradecir a Manolo.

—Pues si es así, estamos perdidos, porque estos no se van a rendir tan fácilmente, padre. —Cogió a Paz, la sentó en sus rodillas y la felicitó—. Lo has hecho muy bien.

La niña sonrió por primera vez en aquel aciago día, se agarró al cuello de su tío y se hundió en su pecho confiada, esperando de todo corazón que su madre se asustara de esos señores tan malvados y no acudiera a la cita.

Ajena a los pensamientos de su hija, Paola vio cómo los guardias salían de su casa y se hundió aún más en la maleza.

Aunque los oía hablar, desde donde estaba no pudo descifrar lo que decían.

Ni siquiera miraron hacia su escondite. Los vio desaparecer en la oscuridad, escuchó el motor y esperó un buen rato hasta que estuvo segura de que el camino ya estaba tranquilo.

Sabía que era una temeridad, desconocía los motivos de aquella intempestiva visita, pero no dudaba, a tenor de lo que les había comentado Leandro, de que tendría que ver con su hermano.

No calibró los peligros, no fue prudente; el ansia por ver a su hija, por llevársela con ella, pudo más que el sentido común.

Desoyó su intuición, las señales de alarma que todos sus sentidos le lanzaban; estaba empecinada, no veía más allá, solo tenía en mente su objetivo.

Se convenció de que los civiles se habían ido, que aquello era una visita de rutina, y confiaba en que no se repitiera aquella noche.

Sentía los latidos del corazón en cada centímetro de su piel, cogió aire lentamente, lo soltó y se levantó.

A cada paso que daba, las zarzas y los cardos pinchaban sus piernas, pero apenas notaba esa insignificancia.

Llegó a la callejuela donde el muro del patio de su casa era más alto, se pegó a la pared de adobe y reconoció el aroma que flotaba siempre en su pueblo.

Caminó despacio, amparada por las sombras con todos los sentidos alerta y, estaba a punto de alcanzar el portón, cuando vio la luz.

En un primer instante se quedó paralizada como un gazapo deslumbrado, sin saber si correr o rendirse.

—¡Está aquí! ¡Viene por este lado!

Le sorprendió que fuera una voz de mujer.

—¡Alto a la Guardia Civil! ¡Alto!

Los guardias llegaban corriendo desde el otro lado, desde el camino que conducía a las eras, y en el silencio de la noche sus botas retumbaban en el suelo como las herraduras de un caballo que está a punto de llevarse por delante cualquier cosa que encuentre a su paso.

No fue consciente de lo que hacía, no le dio tiempo de sopesar las posibilidades ni los riesgos, no se paró a pensar que ella no había hecho nada, que sus papeles estaban en regla; nada de esto la detuvo y en su mente solo se abrió, compacta, una idea: huir.

Se dio la vuelta con la agilidad de un felino y corrió por la callejuela cortada hasta hundirse en la oscuridad y en la maleza de nuevo, pero esta vez no se escondió, siguió corriendo mientras sentía las púas clavarse en sus piernas.

—¡Por allí, por allí! ¡Se fue por allí! —De nuevo aquella voz de mujer desconocida, delatora.

Paola seguía avanzando; no podía correr en condiciones porque su ropa se iba quedando atrapada entre las zarzas y, cuanto más estiraba, más se clavaban y enredaban sus ramas.

Resopló ofuscada. Los perseguidores ya estaban en la calle que ella acababa de dejar y pronto aparecerían a su lado.

Oyó cómo saltaban, cómo blasfemaban, cómo apartaban las ramas con algún objeto.

Estaba perdida; sus pasos eran lentos y solo disponía de sus manos para librarse de aquel laberinto caótico que era el zarzal.

Había dejado su hacha en manos de Manuel y ahora estaba arrepentida de su decisión; no había previsto tener un altercado.

En su desesperación, entre sus lágrimas de impotencia, entre los continuos altos de sus perseguidores, una idea surgió de repente.

Ni un segundo dedicó a plantear su viabilidad; dejó actuar al instinto, simplemente se arrojó como un sediento se lanza sobre el agua sin pararse a pensar si es potable.

Se fue desnudando, dejando las prendas atrás a medida que estas se quedaban enganchadas en las plantas, y cuando ya no tuvo más que quitarse, a excepción de los paños menores, siguió en su empeño.

La maleza arañaba su carne con saña a cada paso que daba, pero ella se negó a emitir gemido alguno.

La negrura de la noche era total, solo unas tímidas estrellas en el firmamento daban un halo de claridad que quedaba deslucido por la vegetación.

Paola oía a los guardias, pero no estaban tan cerca como antes, posiblemente se habían despistado en el zarzal.

Sin luz, era difícil seguir una dirección exacta y ellos también tenían dificultades.

Se dio de bruces con un murete de piedra; caminaba con tanta furia que estrelló su rodilla contra la roca al dar un paso.

Ahogó un lamento, cerró los ojos un instante y, aunque parecía que solo había sido un golpe, le dolía como si le hubieran arrancado la articulación de cuajo.

Agotada, sin pensar, se subió sobre las piedras para saltar ese obstáculo y, en ese momento, sonó un disparo, y la voz de aquellos hombres que volvían a darle el alto se escuchó nítida en la noche.

No pudo por menos que maldecirse por su imprudencia.

Su desesperación le hacía cometer errores; encaramada a aquellas piedras, era un blanco fácil y se había hecho visible.

Dejó atrás la cerca y salió a un camino. De inmediato se orientó. Sabiendo dónde estaba, continuó corriendo hacia la derecha como una loca, hacia el monte, porque no pensaba acudir a la cita con Manuel; pondría en peligro a todos si lo hacía.

Sonó otro disparo y esta vez una quemazón surgió de su brazo derecho, pero ella siguió corriendo sin cederle un segundo al pánico.

Corrió y corrió hasta que no le quedó un ápice de aliento, hasta que le empezaron a quemar los pulmones de puro agotamiento.

Ni un disparo más, ni un grito de alto, ni las botas tronando contra el suelo.

Por fin se paró para tomar resuello junto a unas enormes encinas, con las manos en los muslos y la espalda hacia delante y se dio cuenta de que el más absoluto silencio la acompañaba.

No podía saber que los guardias se habían rendido mucho antes; uno por su peso y otro por su edad, ninguno de los dos podía seguirla.

Tras un brevísimo descanso continuó monte arriba, aún tratando de correr, pero sin éxito.

Las heridas de las piernas quemaban, el brazo le dolía, estaba aterida de frío y el corazón latía desbocado por el miedo y la rabia de no haber podido llevarse a la pequeña Paola.

Se fue tranquilizando poco a poco, la respiración se acompasó y decidió pararse a la vera del camino para decidir qué hacer a partir de ese momento.

Lo que no era antes, lo era ahora: una fugitiva.

Entonces lo oyó y su ansiedad volvió a dispararse.

Era un motor renqueante que subía por el camino.

Se levantó como un resorte y comenzó a correr de nuevo, pero campo través.

Aún no había llegado a la zona más boscosa y en aquella dehesa, con los faros de un coche, era perfectamente visible.

Según corría, se planteaba otras opciones, si no sería mejor echarse al suelo y dejar que pasaran de largo, pero la duda se resolvió sin necesidad de que lo meditara ni un segundo más: la claridad de los faros que se acercaban venía acompañada de luces laterales que probablemente procedían de linternas, por lo que continuó con su carrera frenética sin saber hacia dónde.

Cruzó a toda la velocidad que le permitían sus piernas la pequeña dehesa donde se perfilaba algún animal y donde, diseminadas aquí y allá, se levantaban inmensas encinas, y fue al pasar junto a una de ellas cuando una mano sujetó con fuerza su brazo y la hizo trastabillar y caer al suelo.

Echó mano a su cintura y, por segunda vez, se acordó de su hacha y fue consciente de su desnudez.

Se levantó de un salto e iba a salir de nuevo a la carrera cuando esa misma mano la agarró por detrás, le tapó la boca y la empujó contra el tronco del árbol.