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Paz había estado triste toda la semana y, por recomendación de sus abuelos, no le había contado a nadie que se iba del pueblo; las paredes estaban atentas a cualquier movimiento y no sabían qué peligro podía cernirse tras unas palabras dichas en un momento y lugar inadecuado.
Tan apagada estaba la niña que una tarde la maestra abordó a Carmen en la calle y le comunicó su preocupación.
La abuela disimuló y confesó a la profesora que también la había notado triste últimamente, lo que había achacado a la ausencia de su familia.
—Ya sabe cómo son los niños, lloran y ríen sin que pase un minuto entre ambas cosas. Alguna amiguita le habrá hablado de su madre y ella se ha sentido mal. Es lo único que se me ocurre, otro motivo no encuentro.
—Es una niña excepcional, inteligente, trabajadora y muy dispuesta a cumplir lo que se le manda; no es holgazana como otros, por eso me he inquietado tanto.
Siempre ha mostrado ilusión y ganas de aprender, pero en estos últimos días parece ajena a todo lo que pasa a su alrededor —le indicó la maestra con preocupación.
—Hablaré con ella, doña Florencia. Muchas gracias.
Y se despidieron, yendo cada una en una dirección diferente.
El último día antes de su partida, la niña se levantó con dolor de tripa y vomitó el desayuno. Su abuela le tocó la frente y reconoció que estaba caliente, por lo que la llevó de vuelta a la cama y salió al portón para mandar recado a la maestra con alguna de las niñas que pasaban por su puerta.
—Abuela...
—Dime, Paz —contestó sacando del armario la poca ropa de la pequeña, para luego doblarla metódicamente.
—No me quiero ir.
—Ya hemos hablado de eso y creí que te había quedado claro.
—Pero es que cada vez que lo pienso se me pone una cosa aquí —se señaló el estómago— y siento ganas de vomitar.
Acababa de pronunciar la última palabra cuando salió disparada hacia el patio. La abuela la siguió y observó con una enorme tristeza cómo la criatura devolvía otra vez.
—¿Ves? —dijo la pequeña entre lágrimas y saliva—. Me pone enferma salir de aquí.
Carmen estaba abatida, a la inminente marcha de su nieta se unía la incertidumbre por el futuro de sus hijos, de Paola, de José.
Le hubiera gustado llorar, gritar, quejarse, pero ni siquiera eso se lo podía permitir; Paz no debía verla en semejantes condiciones, no debía adivinar su sufrimiento porque aumentaría su zozobra.
Sacudió la cabeza y suspiró. Todo estaba en manos de Dios, ella no tenía posibilidad de cambiar nada.
—Vamos, Paz, a la cama. —Y cogiéndola en brazos la llevó a la habitación. Le tocó la frente, estaba segura de que tenía fiebre. La arropó bien y siguió con su dolorosa tarea.
—Me voy a poner fatal si dejas que me vaya —insistió la nieta con esa cabezonería que solo se le puede perdonar a un niño.
—Yo no puedo hacer nada, tu madre quiere estar contigo y así tiene que ser.
—¡Pero ella me dejó aquí y se quedó con mis hermanos!
—¡Y vuelta la burra al trigo! Me estoy enfadando, cariño. Intenta dormir un rato, ¿entendido? Vas a irte pase lo que pase. Mamá viene desde muy lejos a por ti y no quiero oírte refunfuñar más.
Enfadada y triste, Paz se dio la vuelta en la cama, se tapó hasta las orejas y lloró bajito.
Carmen acabó de colocar las cosas y se llevó, además de unos calcetines para zurcírselos antes de que se fuera, una pena que no le cabía en el pecho.
Le dolía el alma o el corazón o la vida.
Le dolía algo, muy profundo y muy cortante, pero no sabía definirlo.
Al final de la tarde, la niña apareció en la cocina.
Se había vestido, se había peinado y había cogido el hatillo que preparó su abuela por la mañana.
Tenía los ojos hinchados y rojos de tanto llorar y no quiso mirar a nadie.
Manolo y su padre tomaban un chato alrededor de la mesa esperando que Carmen terminara la cena.
Se aupó en un taburete, que era demasiado alto para ella, frente a una ventana, con sus cosas a los pies y se dispuso a esperar balanceando las piernas.
Nadie dijo nada, las palabras sobraban; la tristeza sobrevolando el hogar hablaba por sí sola.
Paola llegó a las afueras del pueblo, hacía rato que había caído la noche y las callejuelas estaban desiertas.
Las amarillentas luces de las velas temblaban en las ventanas y otorgaban al lugar el aspecto de una maqueta irreal.
La taberna seguía abierta y los últimos clientes se despedían entre palabras malsonantes, producto del alcohol.
Decidió dar un rodeo para evitar encontrarse con alguien conocido con quien tuviera que inventarse explicaciones de su llegada a aquellas horas intempestivas.
El hogar de sus padres estaba justo al otro lado, donde acababan las casas, en el camino que conducía a las eras.
Se sentía una fugitiva que iba a cometer alguna fechoría caminando entre las sombras atestadas de zarzas y maleza.
Vislumbró el muro del patio y el corazón le dio un vuelco; hacía tantos años que no veía a su familia que temió que no la reconocieran.
Cuando llegó a la parte trasera del muro, giró para dirigirse al portalón de entrada y, en ese momento, el sonido de un motor interrumpió la noche.
La iluminación de muchas casas desapareció, se habían soplado de golpe las velas y Paola, sin saber qué hacer, se dio la vuelta y a toda prisa se sumergió de nuevo en las sombras para que su presencia no fuera visible.
Temblaba, aunque no hacía frío, pero sabía que era por la angustia de estar tan cerca y tan lejos a la vez.
Se agachó y se pinchó con algún cardo, pero decidió no moverse; el golpe seco de unas puertas al cerrarse y los golpes en el portón de su casa no admitían dudas.
Marcial, Carmen y su hijo también escucharon el motor y se miraron aterrados. No había tiempo que perder. En un movimiento rápido, Manolo cogió a la niña y la sacó de la cocina, rumbo a su cuarto, intentando no hacer ruido.
—¡Métete en la cama! —ordenó—. Y ni se te ocurra aparecer por la cocina.
Volvió y comprobó que ya habían hecho desaparecer el hatillo. Se sentó a la mesa junto a su padre y le apretó el brazo. Sonaron los golpes en el portón.
—Déjeme a mí, padre. —El muchacho se levantó y se dirigió a la entrada—. ¿Quién va? —preguntó como si tuviera dudas de quién aporreaba la puerta esa noche.
—¡Abra a la Guardia Civil!
Manolo abrió el portón y se encontró a la pareja que los visitaba regularmente desde hacía algunos meses.
—Buenas noches —los saludó.
Los guardias no se anduvieron con cortesías.
—¿Ya volvió su hermano?
Negó sacudiendo la cabeza.
—Sigue en Madrid, no sabemos nada de él.
—¿Y su sobrina?
Aquella pregunta lo desconcertó, lo cogió por sorpresa, aunque trató como pudo de disimular.
Nunca habían preguntado por ella y aquel día precisamente esa cuestión atufaba a traición.
Sus sentidos se pusieron alerta y su intuición le advirtió de que un peligro cercano y real los rondaba aquella noche.
—¿Paz? Está durmiendo a estas horas.
—Nos gustaría hablar con ella.
—¿Y no pueden venir mañana? No se encuentra muy bien, se levantó con fiebre, incluso no ha podido ir al colegio.
—Ya nos ha informado la maestra de que la niña no ha asistido hoy a clase. —Y una sonrisa felina se posó en los labios de aquel hombre desagradable—. Necesitamos hablar con ella ahora.
Manolo estaba horrorizado: la Benemérita preocupándose de saber si una niña había asistido al colegio, presentándose por la noche para hablar con una cría y empeñándose en levantarla de la cama a pesar de que no se encontraba bien. Allí estaba sucediendo algo muy raro.
—Está bien, pasen.
Los tres hombres entraron en la cocina, donde una Carmen desencajada los miró con desconfianza.
—Madre, despierte a Paz y tráigala a la cocina. Estos señores quieren hablar con ella.
Temblando de miedo, la mujer salió hacia la habitación, mientras Marcial les ofrecía un vaso de vino para intentar suavizar la tensión, pero lo rechazaron.
Manolo miraba a los guardias una y otra vez, porque habría jurado que aquella situación les resultaba cómica por un motivo que a él se le escapaba.
Se miraban constantemente y hacían gestos de complicidad que nadie más que ellos comprendía.
Por fin, apareció la abuela con su nieta en brazos. Paz hizo una actuación estelar poniendo cara de recién levantada, mientras los guardias la observaban como si hubieran visto un fantasma. El silencio que se gestó durante interminables segundos fue incomprensible para la familia.
—Aquí está mi sobrina.
Los dos hombres se miraron con desconcierto. Uno de ellos pareció retomar la compostura y se dirigió a la niña.
—¿Por qué no has ido hoy al colegio? —le preguntó esa ridiculez con cara de pocos amigos.
Paz notaba los brazos de su abuela temblar y la mirada suplicante de su tío, que parecía avisarla del peligro.
—Estaba malita. La abuela me ha dicho que tenía fiebre y además he devuelto todo el desayuno.
—Pues no parece que estés muy enferma ahora.
—Llevo todo el día en la cama y estoy mejor. ¿Ya me puedo ir a dormir? ¡Tengo mucho sueño!
—¡No! —sonó la voz atronadora de uno de los guardias y asustó a la pequeña.
—¿Y tu madre? —dijo el otro.
Paz no salía de su perplejidad, no creía que aquel señor conociera a su madre. Se giró y miró a su tío, que le recomendó prudencia sin decir una sola palabra. Entendió que algo no iba bien e intuyó que de lo que dijera dependían muchas cosas.
—No lo sé. En Madrid, supongo.
—¿Y cuándo viene a por ti? Tenía entendido que te iba a recoger hoy —preguntó el mismo guardia con malicia.