Vientos de ira 40 #3
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—Me gustaría quedarme contigo. —La voz de José le sobresaltó.

Se volvió y vio al muchacho apoyado en la puerta.

—No sabes lo que dices. Aquí no tienes ningún futuro más que una bala entre los ojos.

Siguió mirando al infinito con melancolía.

—Pero tú vives aquí y no parece que te disguste.

—Yo no tengo nada que perder y tú tienes todo por ganar.

¿Te parece poco? Algún día vendrán a por mí, antes o después me atraparán, porque están seguros de que doy cobijo a los de las montañas, que los ayudo de una forma u otra, pero aún no han podido demostrarlo y la lástima que inspiro a los del pueblo me protege.

No sé hasta cuándo. ¿Ese es el futuro que quieres? ¿Esperar que te coloquen en un paredón?

José no dijo nada, pero se acercó lentamente a su amigo y se sentó en la misma piedra, dándole la espalda.

—No —dijo por fin—. Quiero algo mejor, pero aquí, entre estos montes y estos campos. No quiero irme lejos. Esto es lo que siempre he conocido, lo que me hace feliz, simplemente respirar este aire me da vida. ¿Tú te irías?

—Yo no, nunca. Todo lo que me queda está en el cementerio, bajo tierra.

Pero tú eres distinto. Tu vida aún tiene que empezar.

Puede que parte de mí te entienda, pero hay personas malvadas, debes asumirlo de una vez; personas que disfrutan con el sufrimiento de otros, personas llenas de egoísmo y envidia, personas que no pueden soportar que alguien tenga lo que ellos no tienen.

Son sujetos nocivos, que no paran hasta infligir el mismo daño que ellos creen sufrir, y cuando sospechan que estás en su camino, no dudan en acabar contigo.

Sé que es injusto lo que te ocurre, pero al menos tienes opciones.

Reza para que nunca te veas sin ninguna salida.

José tenía perdida la vista, cargados los ojos de añoranza en la negrura de unos árboles que ya era imposible distinguir y pensaba en las palabras que Leandro acababa de pronunciar.

Distinguió en su discurso un alma atormentada, un hombre roto, un ser al que la vida no le debía nada, para el que el futuro era solo sinónimo de dolor.

Y comprendió lo que intentaba explicarle, comprendió que él vivía en aquella cabaña porque a poca distancia, en un pequeño camposanto, se encontraba lo único que le importaba; el resto, le traía sin cuidado, incluso su propia existencia.

Por eso, no tenía miedo a los civiles, por eso esperaba con paciencia su final, porque sentía que ya estaba muerto.

La tristeza por la injusticia le cayó como una losa, incluso la rabia le vino a hacer una visita. Le hubiera gustado poder hacer algo por él, por su melancolía aterradora; poder consolar de alguna forma tanto pesar. Pero sabía que era una causa perdida. No se puede devolver a los muertos la vida.

Tomó una decisión.

—De cualquier modo, no me iré. No podría vivir lejos de aquí; solo con pensarlo se me hace un nudo en el estómago que apenas me deja respirar.

No concibo dejar de ver a mis padres, a mi hermano.

Estoy decidido, sé que es peligroso, pero estoy dispuesto a asumir los riesgos.

Me quedaré en el monte; si me dejas, contigo; si no, buscaré otro lugar.

—Si es lo que quieres, sea.

Tris levantó la cabeza como si hubiera entendido y Leandro le rascó su gran cabezota gris. El perro volvió a tumbarse y el silencio se hizo uno con las estrellas.

A la mañana siguiente, cuando Paola se levantó, ya había tomado una decisión.

Como les había dicho a los hombres la noche anterior, a ella no la perseguía nadie por ningún motivo, tenía su documentación en regla y no tenía por qué ser noticia que una madre quisiera recoger a su hija después de tanto tiempo.

Le parecía la mejor opción y así se lo comentó a todos cuando estaban desayunando.

—¿Y si te preguntan por José? —objetó Leandro.

—Diré que no sé nada de él desde que dejé Madrid.

—Entiendo que sabes lo que eso significa.

Paola lo miró confundida y él continuó.

—Se supone que vienes de la capital a recoger a tu hija para volver después a tu casa.

—Encendió un cigarro que llevaba unos instantes liando y ofreció otro a Manuel, que observaba con ansia el tabaco—.

Si tu hermano no ha venido, es que sigue allí por algún motivo.

Te piden la dirección, dan aviso y, si encuentran la casa cerrada, las sospechas de lo que sea que buscan se convertirán en certezas.

No sé quién está detrás de todo esto, quién odia a tu familia, pero tiene mucho interés en joderte, José.

Ya os dije ayer que los civiles molestan a vuestros padres un día sí y otro también.

Paola se dejó caer en una silla, desalentada, y todo el coraje con el que había amanecido se desvaneció.

—Baja esta noche, Paola —intervino José con decisión—. No me importa lo que sospechen de mí. Coge a la niña y salid de aquí. Yo ya he decidido quedarme con Leandro.

Ella lo miró indecisa.

—Tiene razón tu hermano —habló Manuel entre las volutas del humo—.

Si él va a quedarse y nosotros nos vamos, poco importa quién lo busque y dónde.

Aquí no podemos permanecer mucho tiempo.

La fecha que diste a tus padres era la de hoy, tu hija te estará esperando, y cuanto más se acerque el invierno todo será peor.

Leandro seguía sin verlo claro, pero Paola asintió con un toque de ilusión. Agradeció infinitamente a Manuel que no le recordara que ya le había expuesto muchas dudas sobre aquella aventura, que ella no quiso escuchar, empecinada como estaba en ir a por la niña.

El plan quedó trazado de manera definitiva.

Una vez que cayera la noche, bajaría al pueblo.

El primer tramo lo haría acompañada de Leandro, no fuera a perderse, y después continuaría sola, recogería a su hija, hablaría con sus padres y volverían las dos hasta la carretera, donde esperaría Manuel, para emprender la huida.

El día pasó en un suspiro y la noche cayó en silencio, decorada con un manto de estrellas que brillaba de un modo especial en el firmamento.

El frío de los últimos días había atemperado y el viento estaba escondido.

Leandro y Paola se despidieron del miliciano y de José y emprendieron el camino.

Manuel se quedó intranquilo. Le gustaba el control, o al menos estar presente, cuando había demasiada incertidumbre, pero esta vez le tocaba esperar.

Vio a Paola marcharse y su instinto no le transmitió nada bueno; no sabía por qué, pero la preocupación lo ahogaba más que de costumbre.

—Volverán pronto —le dijo José, intuyendo sus pensamientos mientras le palmeaba la espalda.

—No sé... Algo no va bien. No puedo explicarlo, pero me asusta dejarla ir sola.

—Es astuta y sabe defenderse, ya verás cómo en poco tiempo estáis rumbo a Portugal.

—Ojalá... Pero hubiera preferido ir yo.

—No hubieras podido, mis padres ni siquiera te conocen y no te habrían dejado a la niña.

El miliciano tuvo que reconocer que tenía razón, pero la inquietud no amainaba.

—Manuel —lo llamó de pronto el joven.

Él se volvió y dejó de observar durante unos instantes el camino por el que habían desaparecido Leandro y Paola.

—Dime.

José se sentó en la piedra en la que le había confesado a su amigo que se quedaría. Reflexionó un momento, tal vez no era buena idea, pero un pensamiento le rondaba la cabeza desde que había estado en Madrid y le urgía una respuesta. Decidió lanzarse, no volvería a tener otra oportunidad.

—¿Qué hay entre mi hermana y tú?

Manuel se quedó pasmado. Entre sus muchas preocupaciones, lo último que se esperaba era aquella cuestión. Primero sintió un ápice de ira, después trató de tranquilizarse.

—No sé a qué viene esa pregunta ahora y no creo que sea a mí a quien tengas que hacérsela —trató de eludir la respuesta.

—Simplemente quiero saber en manos de quién va a estar mi familia.

—Me dejaría morir antes de que le pasara algo a ella o a los demás. ¿Te basta con eso?

—¿Os queréis?

—¡Claro que nos queremos! Somos amigos desde hace muchos años.

—No te hablo de ese tipo de querer, tú ya me entiendes.

—Sé qué me preguntas, pero no puedo contestarte. Si quieres saber si estoy enamorado, la contestación es que la amo desde que la vi por primera vez; es lo más que te puedo confesar. Los sentimientos de tu hermana se los tendrás que preguntar a ella.

—No es necesario, me basta con saber que la cuidarás y a mis sobrinos también. No hago más que preguntarme si he tomado la decisión correcta, si no soy egoísta por no querer ir con vosotros.

—Nunca sabes si la decisión que tomas es la correcta y para cuando quieres enmendarlo es tarde.

Así que deja a tu instinto y a tu corazón que decidan por ti.

Aquí también puedes ayudar a los tuyos, tienes más familia.

No te castigues, no merece la pena. Te juro que los cuidaré más que a mi vida; quédate tranquilo.

Y se sentó al lado de José en silencio, y juntos contemplaron aquel cielo nocturno plagado de titilantes estrellas, mientras esperaban con desazón el momento de bajar a la carretera.