Vientos de ira 40 #2
88%

40 #2

—¡Ya salió el soldado! Podrían haberlos ayudado. Si todo el pueblo se pusiera de acuerdo...

Paola apretó el brazo de su hermano.

—Déjalo, José.

—No quiero dejarlo, no sé por qué no puedo dar mi opinión.

Manuel se paró, volvió sobre sus pasos y se encaró con él. El rostro severo, la mandíbula apretada, se mordió el labio inferior y respiró con fuerza.

—Esas gentes —y señaló a ninguna parte, ya se habían alejado demasiado— están horrorizadas.

La mayoría de los hombres fueron a luchar y no volvieron, pero lo peor es que, de esos que ves ahí, de los que consuelan y dan palmaditas en la espalda, de los vecinos de toda la vida no te puedes fiar.

Los que eran antes amigos, ahora son enemigos.

Con un solo comentario puedes acabar con un tiro en la cabeza, tal y como hemos visto.

El odio se ha hecho endémico en este bendito país, por eso te recomendaría que cuidaras mucho tus palabras y tus juicios y, sobre todo, si quieres sobrevivir, nunca subestimes el miedo.

Y continuó andando.

José lo siguió, apretando el paso.

—No hay que dejar a esos verdugos hacer lo que les venga en gana, ¿no crees?

—Yo ya no creo nada. Con salvar mi pellejo y el de la gente que me importa me doy por satisfecho, las justicias las abandoné hace tiempo.

José iba a seguir, pero Paola lo alcanzó y con la mirada le rogó silencio.

Todos se sentían desgarrados por la escena que acababan de contemplar.

A Manuel se le iba la vida en arrepentimiento, como si solo él tuviera que cargar sobre sus espaldas todos y cada uno de los muertos de aquella triste y desastrosa guerra.

Hubiera querido chillar, salir de su escondrijo, proteger a aquellos hombres y gritar que todo lo que estaba ocurriendo era una locura sin razón de ser, pero hubiera sido inútil y temerario.

Paola avanzaba a su lado, sobrecogida. La frialdad del disparo, su sonido rotundo, había abierto en su corazón una brecha que vislumbraba el horror de lo que podía agazaparse en cualquier rincón. Se sintió frágil lejos de casa y el camino se le antojó mucho más peligroso.

Las siguientes jornadas transcurrieron con cierta tranquilidad. Caminaron por sendas perdidas y pedregales que les lastimaban los pies. Las temperaturas seguían descendiendo y las noches eran cada vez más duras, por lo que intentaban siempre buscar algún tipo de refugio en el que guarecerse.

A medida que se acercaban, las dudas de Paola crecían y empezaba a maldecirse por no haber seguido los consejos de Manuel, por no haber vuelto a por su niña más tarde, cuando el camino fuera más sencillo.

Ahora ya no tenía sentido echarse atrás.

Pero, por otro lado, una creciente emoción iba adueñándose de ella con cada nuevo kilómetro: la esperanza de reencontrarse con su pequeña Paola a la que hacía tanto que no veía, quien se había convertido en su motor, en lo que le daba la fuerza que necesitaba para superar la dureza del viaje.

Cuando ya estaban a poca distancia del pueblo, decidieron hacer un descanso para trazar un plan. Era el momento más delicado. No podían aparecer allí como si nada y recorrer las calles hasta la casa de sus padres, a la vista de todos.

—Tendremos que esperar por aquí hasta que caiga la noche —dijo Manuel. Se sentó sobre una piedra y dejó a un lado el palo que lo ayudaba a caminar. Se quitó un zapato, lo zarandeó y unas piedrecitas cayeron al suelo.

—Yo tengo una idea mejor. —José se sentó cerca del miliciano.

—Te escuchamos.

—Podemos subir al bosque. Allí hay un antiguo refugio que está reconvertido en casa, el lugar donde estuve escondido, donde vivía Leandro.

Paola ya conocía la historia, no así Manuel, que lo miró sin comprender, por lo que el muchacho se vio en la obligación de hacer una pequeña aclaración.

—Se trata de un vecino del pueblo que, después de que mataran a su familia, decidió retirarse al bosque, donde vive desde entonces. Él me acogió cuando las cosas se pusieron feas, por eso conozco la zona como la palma de mi mano.

»No sé si Leandro vivirá aún ahí, cuando me fui lo habían apresado, pero, aunque estuviera, es un tipo del que se puede uno fiar.

Allí estaremos a salvo. En la casa podemos descansar, cazar algún conejo, comer caliente y echar un vistazo a la situación.

Incluso uno de nosotros, de noche, si las cosas están tranquilas, puede bajar a por la niña.

Decidieron que era una buena idea. Retomaron la marcha y llegaron a la cabaña cuando ya anochecía.

Los ladridos de Tris les dieron la bienvenida.

Paola se quedó petrificada al ver cómo se les echaba encima el enorme perrazo, pero cuando saltó sobre su hermano y lo cubrió de lametazos, no pudo por menos que sonreír.

La claridad de alguna vela bailaba, iluminando la puerta que acababa de abrirse.

—¿Quién va? ¡Tris! ¡Ven aquí!

—Leandro, ¡soy yo, José!

Se hizo un silencio correoso.

—¡José, muchacho! ¿De verdad eres tú? ¡Me cago en la madre que te parió! ¿Se puede saber qué se te ha perdido por estas tierras?

Los tres se aproximaron seguidos de Tris, que saltaba sin cesar alrededor del joven. Leandro los esperó apoyado en el dintel.

—No sé si recuerdas a mi hermana Paola. —José hizo la presentación según llegaban a la puerta.

—¡Cómo no! ¡Cuánto tiempo sin verte! —Miró a la mujer de hito en hito y le alargó la mano. Era evidente que se había quedado sorprendido por su aspecto y ella se sintió un poco avergonzada, pero no dijo nada, simplemente estrechó aquella mano callosa.

—Y este es Manuel, un amigo suyo.

—Será mejor que hablemos dentro —comentó el leñador.

Los hombres también se estrecharon las manos y todos juntos entraron en la cabaña, mientras Leandro le palmeaba la espalda a José.

En el hogar, un puchero borboteaba llenando la estancia de un delicioso aroma a comida.

Hacía una agradable temperatura allí dentro y el anfitrión los invitó a sentarse y, a continuación, les ofreció un plato del apetitoso guiso.

Lo engulleron con ansia y, una vez que saciaron el hambre y la sed, Paola agradeció aquella hospitalidad y después relató el motivo de su viaje.

—Mi madre ya está avisada de que recogeremos a la niña —explicó—, pero no nos espera hasta mañana por la noche.

—Por eso no tengáis problema. Podemos apañarnos en esta vieja casa, no es muy grande, pero haremos hueco —ofreció el leñador—.

Lo que no se me ocurre es cómo traer a la niña.

Podría bajar yo a por ella, pero sería muy sospechoso.

La gente del pueblo sabe que no paso por allí a menudo y, si la cría desaparece después de mi visita.

.. Al día siguiente empezarían los cotilleos y la persecución no se haría esperar.

Paola negó con la cabeza.

—No es una buena opción. Mejor bajaré yo, que soy su madre.

Leandro torció el gesto.

—También es muy peligroso. En este pueblo ya no te puedes fiar de nadie y todos los vecinos saben que los civiles andan detrás de tu hermano. Se supone que él está contigo en Madrid, echándote una mano. Es lo que tus padres han repetido hasta la saciedad.

—No entiendo dónde está el problema —protestó Paola—. Es mi hija y he decidido llevármela de nuevo a casa. Yo no estoy acusada de nada y no tengo que esconderme de nadie.

—No es tan sencillo, sigue siendo peligroso —comentó pensativo Manuel, que tomó el vaso y bebió un trago de vino—. Si todos saben que tu hermano está viviendo contigo y llega a oídos de los guardias tu presencia en el pueblo, es posible que te detengan para que reveles el paradero de José.

Leandro se levantó a remover las ascuas.

—Venir aquí ha sido una locura —dijo al fin—.

Los civiles visitan a vuestros padres cada vez que pasan por el pueblo.

No sé qué fijación tienen contigo, José, incluso han preguntado tu dirección en Madrid.

Si apareces y coincides con ellos, vas al cuartelillo de cabeza.

De momento, Marcial me dice que va todo bien, pero yo sé que viven atemorizados.

Si supieran que estáis aquí, se morirían del disgusto y de la felicidad a partes iguales.

Se volvió a sentar y se echó vino en el vaso.

—¿Y si vas tú? —preguntó el leñador señalando a Manuel—. En el pueblo nadie te conoce. Serías un forastero más que tiene el encargo de llevarse a la niña, incluso podrías decir que eres su padre y nadie lo pondría en duda.

Los recién llegados se miraron en silencio y no supieron qué decir. Leandro se dio cuenta de que algo se le escapaba y, desconcertado, los miró uno a uno en busca de respuesta.

—Él es un soldado republicano que ha vuelto del exilio y del que nadie sabe nada. No tiene ni papeles. Vivía escondido en el tejado de mi casa. —Paola lo dijo de un tirón, como si recitara una plegaria.

—¿En serio? ¿Un fugitivo? —Leandro clavó sus ojos en el miliciano, sorprendido. Este asintió.

—Pensé que habría amnistía —contestó Manuel—. Fui un ingenuo, me creí la propaganda del dictador.

—¡Lo que nos faltaba, joder! ¡Podríais haber traído al propio Alcalá Zamora! —Y para sorpresa de todos, el leñador se echó a reír—. En fin, que la cosa se va complicando.

Un silencio incómodo se posó en la diminuta sala mientras buscaban una solución airosa que no alcanzaban a encontrar.

—Creo que estamos demasiado cansados para pensar —concluyó Manuel—. Mañana veremos todo con más claridad.

Y estuvieron de acuerdo en dejar las decisiones importantes para el día siguiente.

Poco después, Leandro salió al relente de la noche, se sentó en una gran roca que había cerca de la puerta y encendió un cigarro.

Supuso que ya todos dormían y los envidió.

Él tenía dificultades para atrapar el sueño y, cuando lo hacía, este se poblaba de pesadillas.

Por eso esperaba hasta que el cansancio lo vencía.

Dormitaba entonces en cualquier lugar, aprovechando los minutos en los que la tristeza le daba tregua.

Tris se colocó a sus pies y el hombre acarició su lomo, distraído.