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Paola, Manuel y José caminaron por senderos secundarios, por zonas poco transitadas en las que era difícil encontrarse con alguien, tratando de sortear todos los pueblos con los que se topaban.
El antiguo miliciano dirigía la expedición, porque había aprendido a orientarse durante sus años de soldado y no era la primera vez que se veía en una situación similar.
Paola, a su lado, miraba de modo permanente a su alrededor, con desconfianza, siempre alerta, echando mano de su hacha en cualquier instante en el que la más leve de las sospechas hiciera saltar sus alarmas. José, taciturno como siempre, callaba.
Se escondían en cuanto vislumbraban cualquier presencia, ya fuera pastor, carretero o leñador, y esperaban a que se alejara para seguir su marcha.
Se alimentaban de lo que cazaba José con su honda, con la que era realmente diestro y, de vez en cuando, los hermanos entraban en alguna población y compraban un poco de queso, pan, cebollas, fruta o cualquier cosa que los campesinos quisieran venderles.
También ese vino que templaba sus noches.
No hacía demasiado frío aún, pero cuando el sol desaparecía, bajaban mucho las temperaturas.
Solían dormir al raso, si encontraban alguna edificación en ruinas, un refugio de pastores o un cobijo natural, se guarecían de las inclemencias del tiempo e incluso, en algún caso, hicieron una pequeña hoguera para comer caliente.
No sufrieron incidentes, los campos más alejados de las zonas pobladas parecían estar abandonados; era obvio que faltaba mano de obra, todos aquellos hombres que o bien habían fallecido o estaban encarcelados se habían visto obligados a dejar sus tierras desamparadas.
Las mujeres no podían hacerse cargo de esas fincas tan lejanas, y sin cuidados, los rastrojos y las malas hierbas las pintaban de desolación.
En un determinado momento del trayecto, tendrían que dejar a un lado la ruta hacia Portugal y se desviarían hacia el norte por veredas escondidas, para dirigirse al pueblo de Paola, donde recogerían a la pequeña Paz.
Manuel ya había advertido a su compañera de que le parecía un duro trayecto para una cría tan pequeña, a lo que ella había respondido que la niña iría con ellos costara lo que costase.
Eso fue al salir de Madrid, cuando apenas habían andado unos pocos kilómetros, pero con el paso de los días y lo exigente del trayecto, Paola empezó a ver las cosas desde una perspectiva diferente, y un atisbo de arrepentimiento se instaló en su corazón por no haber escuchado las prudentes palabras de Manuel.
Tras tantos días de caminata por senderos intransitables, entre maleza, zarzas y pedregales, soportando penurias, frío y hambre, no sabía muy bien si había sido una decisión acertada.
Sus ansias de reencontrarse con la niña le habían nublado el juicio, pero tampoco estaba dispuesta a admitirlo, a poner en palabras lo que desde hacía varias jornadas le rondaba la cabeza.
Una noche, fuera ya de la ruta portuguesa, descansaron cerca de un pueblecito que Manuel no supo identificar.
Acamparon junto a una laguna y allí se refugiaron hasta que la oscuridad los cubrió por completo.
Estaban lejos de cualquier senda, vereda o camino y se sintieron protegidos entre la maleza que lamía el agua.
Tenían hambre, pero ninguno se atrevía a decirlo en voz alta; los problemas que no tenían solución era mejor obviarlos.
Estaban cansados y debían soportar la humedad, que hacía que la sensación de frío les mantuviera despiertos y helados, pero en silencio.
Fue una de esas noches largas, interminables.
Manuel dejó que Paola se acurrucara contra su hombro para darse calor.
José los miró y puso un gesto que Paola supo descifrar, pero no dijo nada.
Durmieron a trompicones y, poco antes del amanecer, se pusieron en marcha de nuevo con el frío instalado en sus huesos.
Acababan de salir de la protección de los matorrales y tomaban rumbo hacia el norte, cuando cerca de las primeras casas del pueblo vieron luces y escucharon voces.
Aún estaban lejos, aunque no dudaron en buscar resguardo de inmediato.
Pretendían rodear el pueblo, pero una comitiva compuesta de varias personas salía de él y hasta allí llegaban sus gritos.
Aguzaron la vista y se recomendaron silencio con la mirada.
Las primeras luces del alba perfilaban las siluetas. Paola sintió que el corazón se le detenía cuando creyó intuir los uniformes. Miró a Manuel con los ojos desorbitados, y este afirmó e hizo un gesto de tranquilidad.
—Hay civiles —susurró protegida por una frondosa encina.
—No sé qué están haciendo, pero nada bueno. —El miliciano estaba a su lado—. Este pueblucho es demasiado pequeño para tener un cuartel. No sé qué demonios les habrá traído por este lugar perdido.
—¿Y qué hacemos ahora? —preguntó Paola preocupada; apenas se oían las palabras que articulaba.
—Nada. Parece que van hacia los abrevaderos. Nos mantendremos escondidos y callados. No saben que estamos aquí —respondió Manuel.
Las imágenes se iban haciendo más visibles a la luz de la mañana, que volvía a presentarse cargada de nubes.
A empujones, los guardias civiles conducían a dos hombres, sus manos atadas a la espalda, hacia los abrevaderos.
Algunas mujeres lloraban e imploraban piedad para ellos, pero los civiles se mantenían impasibles.
Llegaron a los pilones y uno de los guardias se volvió a la comitiva y gritó algo.
Las voces de las mujeres dejaron de oírse.
Entonces obligaron a los detenidos a ponerse de rodillas y comenzaron a hacerles preguntas.
Desde donde estaban, Paola y sus compañeros no alcanzaban a escuchar lo que decían ni los unos ni los otros, a pesar de que los captores vociferaban.
Supusieron que los arrestados se negaban a contestar; era posible que ni siquiera supieran lo que les preguntaban.
Los golpearon con las culatas de sus fusiles hasta que cayeron al suelo como fardos de harina.
Los alzaron por los brazos para que se incorporaran y volvieron con las preguntas y los golpes.
El espectáculo era espeluznante y Paola dejó de mirar; sentía casi en sus carnes aquella violencia infligida contra hombres que no tenían ninguna posibilidad de defenderse.
—Los están interrogando —musitó Manuel.
José, mientras tanto, observaba todo con desesperanza, convencido de que algo parecido le podría suceder a él en poco tiempo. Sintió que el vello de sus brazos se le erizaba.
Uno de los hombres maniatados se puso en pie de repente, encaró a sus captores y gritó algo.
El sonido cortante de un disparo cruzó la mañana y el cuerpo sin vida del arrestado, tras un instante en el que la cabeza se movió bruscamente hacia atrás, se derrumbó.
Una de las mujeres soltó un aullido y se lanzó al suelo, pero ya nada se podía hacer por él.
El otro arrestado se mantenía con la cabeza gacha y Paola hubiera jurado que su cuerpo temblaba con los pequeños espasmos del llanto, aunque no podía asegurarlo; no sabía si era fruto de su imaginación.
El guardia que había disparado, todavía con la pistola en la mano, se dirigió al que seguía de rodillas y, sujetándolo del pelo, le levantó la cabeza.
Gritó algo, lo amenazó con el arma y siguió con sus preguntas, pero esta vez debió de obtener las respuestas que esperaba porque, tras un buen rato escuchando, se giró y dio una palmada a su compañero en señal de triunfo.
Guardó el arma y sujetó del brazo al preso, obligándolo a levantarse.
Después se encaminaron hacia las casas y se perdieron entre las diminutas calles del pueblo, dejando abandonado un cadáver y a la mujer que lo lloraba, sin un ápice de misericordia.
—Ya se van —murmuró Manuel.
—¡Lo han matado! —dijo Paola, aún con el alma perturbada—. ¿Lo habéis visto?
—Son unos canallas. —La voz de José se oyó por primera vez.
—¿De verdad quieres echarte al monte? ¿Quieres acabar así? —Paola se giró hacia su hermano con gesto inquisitivo; los ojos perdidos, secos, indefinidos.
El muchacho tragó saliva y, tras un instante de duda, afirmó sin convencimiento.
—No es momento de discusiones familiares. —Manuel interrumpió a los hermanos—. Aún tenemos que conseguir llegar; ya allí, que decida. Creo que tenemos que irnos cuanto antes. No me gustaría cruzarme con esos en ninguna parte.
—Pero ¡vamos en la misma dirección! —Paola estaba horrorizada. En ese momento se oyó un motor renquear, dio un par de explosiones y el sonido se fue alejando.
—Ahí tenemos la solución; no parece que vayamos a encontrarnos pronto —dijo Manuel apesadumbrado, y se levantó para continuar caminando, esta vez lo más lejos posible de cualquier zona habitada.
Se desviaron del camino que se dirigía al pueblo y se mimetizaron de nuevo con la maleza que los protegía, pero desde la lejanía pudieron ver al hombre asesinado.
Seguía en el mismo sitio en el que había caído; parecía que los lugareños se habían olvidado de él y de la viuda, que continuaba llorando a su lado.
Nadie más acompañaba a la desafortunada pareja, nadie más se había atrevido a cruzarse con los agentes que ostentaban la autoridad, nadie quería arriesgarse a Dios sabía qué.
El miedo es incontrolable y nada podía hacerse por aquella pobre alma prematuramente aniquilada.
Al cabo de unos minutos, sin embargo, como si se hubieran puesto de acuerdo, como las hormigas que abandonan el hormiguero cuando creen que están seguras, uno tras otro, todos los habitantes de aquel lugar se acercaron al pilón a consolar a la viuda.
—¡A buenas horas! —farfulló José.
—Es porque ya se fueron los civiles, tú mismo has oído el coche —contestó el miliciano.
—¡Menudos cobardes! —insistió el joven.
—No los juzgues, muchacho. Aún no tienes ni idea de lo que es el miedo.