Vientos de ira 39
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El sol aún no había salido, pero la luz lechosa de la madrugada se dejaba entrever. Una brisa gélida soplaba aquella mañana en la que el otoño ya se había instalado definitivamente.

Pili, Petra y los niños habían partido la noche anterior rumbo a Badajoz; un mínimo equipaje y el dinero suficiente para viajar de forma cómoda hasta la ciudad extremeña era su bagaje.

Allí, esperarían a que los demás llegaran.

Paola, Manuel y José tenían que seguir un camino diferente para pasar por el pueblo y recoger a la pequeña Paz.

Deberían viajar a pie o alquilar un carro, en cualquier otro transporte podían pedirles la documentación y Manuel carecía de ella, estarían entonces en un callejón sin salida.

Las vecinas y los niños tenían por delante muchos kilómetros, pero todos confiaban en que dos mujeres con dos niños no levantaran ninguna sospecha, el país estaba lleno de viudas que volvían a los pueblos amparadas por sus familiares.

Paola salió al patio y miró aquel espacio atestado de cacharros con añoranza.

El gallinero, ya vacío —pocos días atrás se habían comido las dos últimas y viejas gallinas que había robado en Vicálvaro—.

Las parras, cuyos troncos retorcidos parecían más grises que nunca, se empeñaban en ofrecer todavía algunos racimos secos como si quisieran chantajearla en su marcha.

Miró las piedras que conformaban el diminuto camino hacia ninguna parte, ese suelo que había sido el centro de los juegos de sus hijos, las piedras de Adrián todavía en equilibrio.

Todo le hablaba de despedida y tristeza, de abandono, de derrota.

Estaba apoyada en el marco de la puerta y una voz desde el interior la apremió para que se apresurara, se les hacía tarde.

Manuel había estado inspeccionando el contenido de la mochila que encontró Carmencita, valorando todo lo que les quedaba, y cavilando dónde guardarlo durante el viaje.

Aunque era peligroso, después de mucho discurrir, decidió coger también la pistola y, al guardársela, se sintió un poco más seguro; recordó las palabras que Paola le había dicho respecto a la tranquilidad de llevar su hacha al cinto y la comprendió.

Lo recogió todo para evitar que nadie pudiera notar que el tejado había estado ocupado todos esos meses.

No esperaban que nadie entrara en la casa, pero no podían asegurarlo y, si lo hacían, era mejor que no vieran allí la manta, las velas y todo lo que había ido acumulando con el paso de los días, una señal inequívoca de que esa familia había escondido a un sospechoso.

Era mejor que los vecinos creyeran que habían emigrado en busca de nuevas oportunidades, de modo que, una vez que los niños abandonaron la casa, se dedicó a limpiarlo todo y a bajar sus cosas.

José, por su parte, tenía poco que hacer más allá de lo que le encomendaba su hermana.

No sentía tristeza por dejar Madrid, a él no se le había perdido nada en esa gran ciudad que no había llegado a apreciar, y su único pensamiento giraba en torno a su pueblo, a la posibilidad tan remota de que pudiera quedarse con su familia.

No se imaginaba en Portugal, nada se le había perdido allí.

Prefería volver a las montañas, a esos parajes que conocía tan bien antes que seguir a su hermana en lo que consideraba una locura.

Todavía estaba la casa de Leandro, podía buscar a los hombres de la sierra y unirse a ellos, saber de los suyos y protegerlos, tener encuentros con sus padres.

Y si ya no estaban, no tendría ningún reparo en vivir solo en los montes hasta que todo se olvidara y pudiera de nuevo volver a su hogar.

Se reunieron los tres en la cocina con las pocas cosas que iban a llevarse, víveres incluidos.

Ninguno decía nada porque cada cual estaba sumido en sus temores.

A Paola se le hacía el alma jirones por tener que abandonar su hogar, el refugio de su familia, el lugar en el que había vivido lo mejor y lo peor de su vida.

Manuel estaba preocupado por el camino, sabía de los peligros que iban a correr y de las pocas probabilidades de éxito.

José se perdía en profundas reflexiones sobre cuándo y cómo decirle a su hermana que él no iría a ninguna parte. Sin embargo, nadie dijo lo que pensaba.

—Bueno, es hora de marchar. Yo saldré por la ventana de atrás y daré un rodeo para unirme a vosotros en el atajo.

Esperadme sentados para que no se vean vuestras siluetas cuando empiece a salir el sol.

A partir de este momento, estaremos en continuo peligro, no lo olvidemos —comentó Manuel con seriedad.

Los dos hermanos asintieron.

—Según salgas, cerramos la ventana y después nos iremos nosotros —añadió Paola.

Todos se levantaron. Paola apartó su pena y la redujo a un sentimiento lejano que se escondía en lo más profundo de su mente. Manuel saltó y José cerró la ventana mientras su hermana cogía los hatillos. Echaron la llave a la puerta y se perdieron por la calle que llevaba al atajo.

—¿Estás llorando?

—No es nada, José, la nostalgia de dejar mi hogar.

El muchacho, aprovechando ese momento de confidencia y sinceridad, decidió explicar sus planes.

—No voy a ir a Portugal.

—Eso dependerá de cómo estén las cosas en el pueblo, ¿no? —preguntó su hermana.

—No, Paola, da igual cómo estén las cosas. No me voy a ir. ¡No me da la gana!

—José, no seas cabezota, tienes que...

—No insistas, lo tengo decidido —cortó sus palabras, no iba a oír más explicaciones—. Si todo se ha tranquilizado, perfecto; si no ha sido así, me echaré al monte.

Paola abrió los ojos de par en par y comprendió que hablaba con la determinación de quien le ha dado mil vueltas a un asunto. Aun así, trató de disuadirlo.

—Eso sería una temeridad. ¿Tú solo en el monte?, no lo veo. Además, podrías poner a los padres en peligro si tratas de verlos.

—Nunca haría eso. Buscaré a los hombres que se esconden en el bosque, esos para los que no ha acabado la guerra y huyen de los civiles. Y si ya no quedan, aguantaré allí hasta que todos se olviden de mí.

—Pero ¡eso pueden ser años!

—Da igual años o siglos. Tengo la decisión tomada. ¡Mira! Ahí está Manuel.

Y así dio por concluida la conversación.

Su hermana no contaba con argumentos para convencerlo de lo contrario.

En realidad, se trataba de cambiar un peligro por otro.

Ella no podía asegurarle que su aventura fuera a salir mejor que la de él y, ante eso, prefirió callar.

Nada era bueno en aquellos momentos, nada seguro, nada certero.

Manuel apareció con paso firme. Su herida había cicatrizado muy bien gracias a los cuidados de Paola que, dirigida por Petra, había preparado emplastos y curado, desinfectado y vendado la herida a diario con dedicación y mimo.

El mayor peligro, le había dicho la vecina, era que se le infectara.

«No es una puñalada, es un corte —había confirmado al verlo—, lo cual es una buena noticia, pero hay que tener cuidado porque es profundo, así que tendrás que ser muy metódica y limpia.

Lava tus manos muy bien antes de cada cura y todo saldrá a pedir de boca».

Y, siguiendo estas simples instrucciones, la herida del miliciano pronto se curó.

Los hermanos se levantaron cuando Manuel llegó hasta ellos y comenzaron a caminar con paso decidido.

Podrían haber cruzado la ciudad, lo que hubiera sido mucho más rápido, pero prefirieron algo menos peligroso.

No querían tener problemas antes de iniciar su peripecia, así que la rodearon por caminos y vías pecuarias hasta llegar a la carretera de Badajoz, donde empezaron realmente su viaje por senderos desconocidos.