38 #2
Esperaron a estar todos juntos para hablar con la niña. Cenaban en la cocina como cada noche y la pequeña no dejaba de parlotear. Estaba emocionada porque doña Florencia le había regalado un pequeño misal por ser la mejor de la clase.
—Come y calla un poco —le dijo Marcial, que aquella noche se mostraba más huraño que de costumbre.
Paz lo miró extrañada. El abuelo no era muy parlanchín, pero no solía hablarle así.
—¿Está enfadado conmigo?
Él dijo que no con la cabeza.
—Es que no paras de hablar y se te va a enfriar la cena —contestó, partiendo un trozo de pan que se había quedado duro.
Los tres adultos, sentados alrededor de la mesa, se observaron con desaliento mientras Paz contaba todas sus aventuras, pero al cabo de un rato notó que algo extraño ocurría.
Dejó la cuchara en el plato y los miró despacio sin abrir la boca, después continuó comiendo en silencio. Todo en ella se puso alerta.
—Hemos recibido carta de tu madre —fue Manolo el que se decidió a contarle a la niña la nueva.
Ella siguió comiendo como si no hubiera oído nada, pero su manita tembló ligeramente al llevarse la cuchara a la boca.
—Va a venir a por ti, quiere que estés con ella y con tus hermanos —concluyó su tío.
Paz levantó la cabeza muy despacio, la angustia se dibujaba en su rostro sin filtro ninguno. La barbilla le temblaba.
—Dile que no venga, tío. Yo estoy muy bien aquí con vosotros y ella tiene más hijos. Dile que me deje aquí.
—Eso no depende de nosotros, mi niña. Ella es tu madre y es quien decide qué hacer. —Carmen trató de suavizar la situación—. También quiere estar contigo.
—¡Mi madre eres tú! —gritó la niña.
—¡Tu madre es tu madre! Y no seas desconsiderada y contestona. —Marcial dio una fuerte palmada en la mesa que hizo que Paz diera un respingo.
—¡No me iré! —replicó llorando, no le importaba enfrentarse al abuelo—. ¡No me iré! ¡No me iré! ¿Qué va a decir doña Florencia, que se queda sin secretaria? ¿Y quién va a acompañar a la abuela a los recados? ¿Quién te va a esperar a ti, tío, al volver del campo?
—Paz... —la llamó su abuela a punto de echarse a llorar también.
—Déjame, abuela. Déjame quedarme aquí contigo, por favor —rogaba ya sin fuerzas, ahogada en el llanto, mientras se secaba unas lágrimas frotándose los ojos con los nudillos.
—¡Basta ya! Harás lo que tu madre diga. —Marcial se levantó de la mesa—. Y ahora te vas a la cama, que no quiero oírte más, niña maleducada.
Paz abrió los ojos y miró a su abuela, que no pudo sostenerle la mirada.
Después se volvió hacia su tío, que observaba el plato casi intacto que tenía frente a él; tampoco tuvo el valor para alzar la vista.
Por último, se enfrentó a su abuelo, que con un dedo señalaba la salida de la cocina.
Se levantó y su banqueta chirrió lastimeramente al arrastrarse por el suelo. Dio un pequeño salto para bajarse.
—Os quería mucho, pero ya no os quiero.
Y se marchó casi corriendo. Carmen iba a salir tras ella, pero su marido se lo impidió.
—Cuanto menos nos quiera, más fácil le será decirnos adiós.
El abuelo había perdido toda la fuerza con la que había mandado a su nieta a la cama, volvió a tomar asiento, dio un trago a su vaso de vino y fijó la vista en los rescoldos de la cocina, que ya empezaban a volverse grises.
—Mira que le he cogido cariño a la jodía niña... —murmuró.
Carmen recogió los platos; ninguno había terminado el suyo. Manolo dijo que iba a acostarse, dio un beso a su madre en la frente y, cuando iba a salir de la cocina, su padre lo frenó.
—Déjala tranquila tú también.
—Cada cual toma sus decisiones, padre. Nunca sabes lo que es más acertado —contestó Manolo y sin más palabras salió.
Entró en la habitación de su sobrina. La pequeña lloraba quedamente bajo las mantas, ni siquiera se le veía la cabeza. Él se sentó en la cama y apretó la mandíbula.
—Paz, escúchame...
—¡Vete! —Y una cascada de hipidos sonó a continuación.
—Paz, me gustaría que me...
—¡Vete! ¡Ya no te quiero! ¡No os quiero a ninguno!
—Eso no es cierto, nosotros no podemos...
—¡Todos me echáis!
Manolo perdió la paciencia, cogió la sábana y lanzó toda la ropa a los pies de la cama.
La niña ni siquiera se había desnudado, solo se había quitado los zapatos.
La tomó en brazos y aunque al principio trató de resistirse, su tío la abrazó tan fuerte que rompió todas sus defensas y acabó enlazada a su cuello, llorando con desconsuelo.
Él dejó que se vaciara sin decir una palabra.
Permitió que se le rompiera el corazón ahogado por la pena de aquella chiquilla. Poco a poco se fue tranquilizando.
—Me encantaría que te quedaras aquí —le susurró al oído—, y también a los abuelos.
Pero es tu madre quien toma esas decisiones, no nosotros.
Ella no te abandonó, no te dejó a la buena de Dios.
No tenía otra opción, tuvo que tomar una decisión muy difícil y muy dolorosa, pero seguro que todo este tiempo no ha dejado de pensar en ti.
Sabía que estabas en buenas manos, que nosotros te cuidaríamos y por eso te dejó marchar tranquila.
—¿Y por qué yo? ¿Por qué no dejar a los demás?
—Paz hablaba entrecortadamente, entre los hipidos que aún no había logrado contener.
Ese era el centro de su dolor, el origen de su impotencia; ahí radicaba la gran pregunta y de ahí partirían todas las ausencias que arrastraría Paz a lo largo de su vida.
Manolo fue sincero.
—No lo sé, cariño. No lo sé. Quizá porque Carmencita es la mayor, y la puede ayudar más, y Adrián era demasiado pequeño.
La barbilla de la niña aún temblaba.
—¿Vendrás a verme?
A Manolo se le partía el alma.
—Te lo prometo.
—¿No me lo dices de mentirijillas para que no llore? ¿No me engañarás como todos hacen?
—Te prometí que no me iría de casa y aquí estoy, ¿no?
Entre las lágrimas que aún cubrían sus ojos esmeralda, Paz compuso una sonrisa.
—No vas a llorar más, ¿verdad? Y no quiero ver esa carita triste. Con tu madre vas a estar muy bien; ella te quiere mucho y te va a cuidar y a proteger. Yo me encargaré de ir a verte o de traerte para que veas a los abuelos.
—¿Me lo prometes también?
—Muchas promesas ya, ¿no te parece? Haré todo lo posible, y ya sabes que soy muy cabezota. —No quería mentir a la niña y las cosas de momento no estaban para viajes.
Paz se quedó tranquila. Su pequeño corazón latía más confiado y ya no se sentía tan abandonada, aunque todavía estaba enfadada con el abuelo.
Se acostó y su tío la arropó.
—Aún quedan muchos días para que vengan a por ti. Hablaremos mañana, ahora... ¡a dormir!
Le dio un beso en la frente y salió de la alcoba.
Ya en la suya, se tumbó y se perdió en las sombras del techo.
Tanto sentimiento se acumulaba en su corazón que tardó mucho en conciliar el sueño.
La echaría tanto de menos que no quería pensar lo que aquella casa sería sin esa criatura que todo lo llenaba, no quería pensar lo que sufriría su madre, lo que no diría su padre.
No quería pensar, simplemente eso: no quería pensar en nada aquella triste noche.