38
Carmen observó a su nieta alejarse. Había crecido mucho en los últimos meses y el pelo se le estaba oscureciendo. A pesar de ello, era aún muy pequeña, avispada y curiosa; apenas un proyecto de vida.
Iba al colegio como cada mañana, feliz de ver a su maestra y de encontrarse con sus compañeros, caminaba dando saltitos y las coletas subían y bajaban acompasadas con sus movimientos; de su mano colgaba la bolsa que le había cosido Carmen y que ella había tomado como el mejor de los regalos.
—¡Qué bonita! ¿Cuándo la has hecho que no te he visto, abuela? —Y torcía la cabeza, interrogativa.
—Ayer por la noche. Por cierto, me ha dicho doña Florencia que esta semana también estás en la primera mesa.
Paz ya había cogido la bolsa de flores y brincaba por la cocina, encantada, mientras Carmen pelaba unas habas para la cena.
—Es que me supe todo el abecedario y fui la mejor en lectura. Doña Florencia me ha dicho que, si hago la plana de sumas bien, me hará su secretaria.
—¿Y ya las has hecho?
—¡Nooo, abuela! No las tengo aquí, las tengo que copiar del encerado en el pizarrín, pero ya verás como no me equivoco. ¿Quieres preguntarme?
—De acuerdo, pero primero tendrás que sentarte; me estás mareando con tanto trajín. —Paz se sentó muy seria frente a su abuela—. A ver..., si a cuatro le sumo seis, ¿qué me da?
—¡Qué fácil! Diez. ¡Ponme una más difícil!
—Tú lo has querido, ¿eh? Esta no sé si te la vas a saber...
—¡Venga! —La niña se acercó más a su abuela y sus ojos, intensamente verdes, la miraron con impaciencia.
—Catorce más ocho.
Paz se puso a pensar, guardó sus manitas bajo la mesa y contó con los dedos. Carmen la miraba de reojo y sonreía por dentro. Su maestra no le dejaba utilizar ese método, pero ella solo sabía hacer operaciones muy simples y aquello era un reto importante.
—¡Ya lo tengo! Son ventidós.
—Veintidós —la corrigió su abuela.
—Eso, veiiintidós. ¿A que voy a ser la secretaria?
Carmen la abrazó y, sonriendo, le dijo que era la niña más lista del mundo.
Y ahora la veía alejarse con toda la felicidad que ella perdía con cada paso que daba la pequeña.
En el bolsillo de su delantal, la carta de su hija, esa que le trajo un chamarilero harapiento, la carta en la que Paola le pedía a su madre que preparara a la niña para llevársela.
«¡Para llevársela!», se repitió, y una lágrima solitaria quiso salir de sus ojos, pero la frenó a tiempo.
Sabía que ese día tenía que llegar, sabía que tarde o temprano tendría que despedirse de la niña, pero nunca creyó que fuera tan pronto, o tal vez había equivocado la dimensión del tiempo y la palabra «pronto» había perdido su significado.
Paz era la alegría de aquella casa, era esa luz que permitía que ella pudiera ver.
Desde que el menor de sus hijos había tenido que huir, la niña se había convertido en su apoyo, en el centro de sus cuidados, de sus preocupaciones, de su orgullo.
Y ahora, una nueva pérdida que añadir a su devastado corazón.
Primero fue Paola, después su Lucía, su José y ahora Paz.
Se dio la vuelta y entró en la casa. Aún no había hablado con Marcial ni con su hijo Manolo, aún no les había dado la mala noticia.
No sabía cómo hacerlo, odiaba esparcir la tristeza entre los que amaba.
Sin embargo, el temor que aquello le inspiraba no era nada comparado con la idea de decírselo a su nieta.
Paz había dejado de hablar de su madre hacía mucho tiempo, no preguntaba por ella, no preguntaba por sus hermanos y en las pocas ocasiones en que el nombre de Paola había salido a colación, cortaba la conversación con un «Ahora mi madre eres tú», refiriéndose a Carmen .
Era muy cabezota, para lo bueno y para lo malo, su voluntad de hierro le permitía esforzarse al máximo en cualquier empeño, incluso en olvidarse de los que ella creía que la habían abandonado.
Porque la niña nunca entendió por qué Paola tuvo que dejarla allí, por qué su madre eligió quedarse con los demás y no con ella.
Nunca lo había verbalizado; tal vez era tan pequeña que no comprendía lo que significaba, que no sabía cómo expresarlo.
Pero el sentimiento estaba ahí, y ese rencor visceral e inocente de la incomprensión —ese que solo los niños son capaces de sentir— permanecía anclado a su corazón como una losa.
Y aun sabiendo todo aquello, Carmen era consciente de que no podía aplazarlo por más tiempo; la fecha se acercaba y todos tenían que prepararse.
Metió la mano en el bolsillo y tocó el papel: ni una palabra de José, ni una sola mención a su hijo pequeño.
No creía que acompañara a Paola en su paso por el pueblo; sería precipitado y peligroso.
Los civiles seguían preguntando por el muchacho, fingiendo que lo hacían de forma casual cada vez que pasaban por allí.
Pero nadie se fiaba y se sentían aliviados de que estuviera a salvo en Madrid.
A ella le encantaría verlo; para Carmen, su hijo era el más especial de todos.
Tan tímido como Marcial, pero más frágil.
Había vivido siempre a la sombra de la familia, arropado por la contundencia de su hermano mayor, por la sabiduría de su padre y por el amor de ella misma.
No era tan independiente como los demás, ni tan decidido; era más sensible y el que más unido estaba a ella.
La mañana se le hizo eterna, angustiada como estaba por lo que iba a suceder.
Paz regresó de la escuela, comió sin dejar de contar las mil y una peripecias del colegio, feliz porque la maestra había vuelto a felicitarla y a nombrarla secretaria.
Después volvió al colegio, igual de alegre, y al caer la tarde esperó con impaciencia a su tío para contarle las novedades.
Manolo la recibió con los brazos abiertos como cada día, no importaba que volviera muy cansado del campo, la llevó en volandas hasta la cocina y la envolvió de cariño como cada tarde.
Carmen no sabía por dónde empezar, así que aguardó a que la pequeña se fuera a la cama.
—Ha llegado carta de Paola. La trajo un chamarilero que venía de la capital —dijo por fin, soltando un sentido suspiro mientras recogía los cacharros y los colocaba en su sitio, ya fregados.
Su marido la miró escamado; llevaban demasiados años juntos como para no reconocer ese tono.
—Diríase que te molesta. —Marcial, sentado en una silla, apuraba el último trago de vino. Manolo los miró en silencio sin comprender aún.
—No, lo que me molesta no es recibir carta de la niña..., ya no recuerdo la última vez que supimos de ella, sino lo que dice.
El hombre se puso tenso imaginando una desgracia.
—¡Habla, mujer! ¿Qué es lo que ha ocurrido?
Carmen sacó la carta y se la tendió, él la leyó y torció el gesto un instante.
—Pensé que era algo más grave. Es lo propio, mujer; la niña tiene que estar con su madre y con sus hermanos.
Manolo también la leyó, la dejó sobre la mesa, pero no dijo nada.
—¡Menudo disgusto se va a llevar la cría! Paz no quiere ni oír hablar de su familia, ya lo has visto —comentó Carmen con insistencia, no comprendía la actitud de su esposo.
—Paz no es tu hija, mujer; es tu nieta. Su madre tiene todas las de la ley para llevarse a la niña cuando quiera, y ni tú ni yo podemos decir nada, aunque hayamos cogido cariño a la zagalilla.
Sabíamos que esto era así, y ella hará lo que su madre diga, le guste o no.
—Dio el último trago al vino y dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco.
—Te falta corazón, marido.
—Seso es lo que te falta a ti, mujer. —Marcial se levantó—. Y no se hable más de este tema. La zagalilla se irá con quien la parió y nuestra vida seguirá como siempre.
Carmen conocía demasiado bien a su esposo y sabía que hablaba su razón, porque su corazón lloraba como el de ella. El hombre se despidió y salió de la cocina malhumorado, se iba a acostar. Allí quedaron madre e hijo en silencio.
—Yo tampoco quiero que se vaya, pero padre tiene razón: Paola está en su derecho —dijo al fin Manolo, dolido.
Carmen se dejó caer en la silla que acababa de dejar Marcial vacía, secándose las manos.
—El problema no es que se vaya, sino que sufra.
Tú lo sabes, Manolo, sabes que no quiere saber nada de su vida en Madrid.
Una niña no es un objeto, no se puede tomar y dejar a su antojo, necesita tiempo para entender lo que pasa.
Ya se ha acostumbrado a esta vida, a sus amigos, a su maestra, se ha acostumbrado a correr por el campo, a acompañarme a lavar.
.. Se ha acostumbrado a estar con nosotros.
Y de repente, tendrá que volver a dejar todo lo que conoce para ir de vuelta a la capital.
—Madre, no sufra. Es muy triste, pero no podemos hacer nada.
—Pues que sepáis, se lo dices a tu padre, que no pienso ser yo quien le dé la noticia a Paz.
Si quiere, que venga su madre y se lo cuente, y si no, os echáis a suertes a quién le toca de vosotros dos.
¡A ver si mi niña va a pensar que la abuela no la quiere con ella!
—Se levantó muy enfadada y salió de la cocina rezongando.
Manolo se quedó mirando los últimos rescoldos de la cocina. Si Paz se iba, la alegría de aquella casa se iría con ella.
Cogió la vela y fue a la alcoba de su sobrina.
La niña dormía plácidamente, ajena a todo lo que se cernía sobre ella.
Se sintió impotente, sus promesas iban a saltar por los aires y la pequeña terminaría por odiar a todos los que no la protegían.
Saboreó con anticipación la congoja de la ausencia y en aquel instante, a los pies de su cama, fue consciente, con desconsuelo, de lo mucho que iba a echarla de menos.
Arropó su cuerpecillo, besó su manita y salió.
Tardó mucho en dormirse y, cuando lo hizo, soñó que volvía al frente y que allí, en medio de la batalla, Paz, en camisón, luchaba por que no la alcanzaran.