Vientos de ira 37 #2
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37 #2

Manuel se encogió de hombros y se tumbó, era evidente que apenas tenía fuerzas para hablar.

Paola sopesó sus posibilidades. Con sus manos vendadas era casi imposible hacer nada, pero no quería salir a aquellas horas a avisar a nadie; ir en busca de sus vecinas podía alertar a cualquiera de que allí ocurría algo o los niños podían despertarse con el jaleo.

No lo pensó más, había muy pocas opciones, así que bajó de nuevo a la cocina y cogió todo lo que se le ocurrió; aquello que había visto utilizar a Petra, que siempre había sido la encargada de las curas.

Agua, sal, vinagre, ajo, cebollas y un montón de telas limpias.

Volvió a subir, se tuvo que izar prácticamente sola, lo que le costó muchísimo más, y sintió un dolor profundo y acerado en las manos.

Una vez que estuvo arriba, se quitó sus propios vendajes y limpió la herida de Manuel con agua y sal.

El escozor le quemaba en sus propias lesiones, pero trató de no dar la impresión de estar sufriendo por ese motivo.

Después preparó un emplasto con ajo, vinagre y cebolla que picó y colocó sobre el corte.

—Esto seguro que te va a molestar.

Cuando puso la mezcla en la piel, el miliciano dio un respingo y cerró los ojos.

—¿Molestar? ¡Escuece más que un sabañón! —exclamó. Suspiró y trató de contener el malestar.

—Ahora voy a tapar la herida con estos trapos limpios y en un rato te lo quito. Entretanto, puedes ir comiendo; está muy rico.

Manuel no tenía apetito, pero su experiencia le decía que había que aprovechar el alimento para recuperarse cuanto antes. Su amiga lo miraba, pensativa, mientras él cenaba con desgana.

—Se acerca la fecha para irnos —dijo por fin—. Las cosas cada vez se complican más y la fecha para recoger a mi hija está a la vuelta de la esquina.

Él asintió.

—No te preocupes, un poco de descanso y estaré listo en un par de días.

De momento, creo que lo más sensato es salir de casa lo mínimo indispensable.

Tus vecinas pueden acercarse a por el racionamiento de vez en cuando para no levantar sospechas y encargarse de traer la comida.

Y si preguntan por ti, que le digan a todo el mundo que estás enferma —dejó el plato a un lado y volvió a tumbarse componiendo un rictus de dolor.

—José no quiere venir con nosotros. Quiere quedarse en el pueblo —dijo Paola por toda contestación, apoyándose en una viga junto a él.

—Eso es peligroso, habrá de esperar el momento oportuno. Tienes que convencerlo.

—A veces pienso que tiene algo planeado, como un as en la manga, pero con ese carácter tan cerrado nunca sé lo que le pasa por la cabeza.

—Es muy joven, mujer; a esa edad no se ve igual el peligro. —La vela titiló con fuerza por una corriente de aire que se levantó de pronto—. Tiene que ser duro que te obliguen a dejar todo atrás sin entender el porqué. Hay que darle tiempo.

—Eso sería perfecto en otras circunstancias, pero precisamente tiempo es lo que nos falta. Temo que llegue allí y se empeñe en no moverse.

Manuel ahuecó un brazo y, sin palabras, Paola supo lo que quería decir; se apoyó con cuidado en su pecho y de inmediato se sintió reconfortada.

—Deja de preocuparte por todo, ve paso a paso. Cuando aparezca el problema trataremos de resolverlo, pero no puedes tenerlo todo controlado. Vamos a empezar un camino lleno de dificultades e incertidumbres, a menudo tendremos que decidir sobre la marcha, y en más de una ocasión meteremos la pata.

Paola tomó aire y lo soltó de golpe. Sabía que tenía razón, que no podía preverlo todo.

Sin embargo, cada vez que pensaba en lo que tenían por delante, la angustia invadía su universo y unas irrefrenables ganas de abandonarse y dejar que todo siguiera su curso la asaltaban.

En ese instante, en aquella postura, en aquel tejado, en aquella casa hubiera deseado entregarse al paso monótono del tiempo y simplemente descansar.

—Había subido un mapa. Lo tengo hace meses —dijo ella—.

Lo compré en una vieja papelería de Madrid y lo he abierto infinidad de veces, soñando con el camino que seguiría para recuperar a mi hija.

Pero, en realidad, tampoco entiendo muy bien cómo se supone que sabe uno por dónde va.

Yo simplemente pongo el dedo y sigo las líneas que creo que me acercan a mi pueblo.

—No es difícil interpretar un mapa, es como un dibujo con caminos. Se elige la ruta y se sigue.

—Ya. —Paola bostezó y cerró los ojos. De repente, se incorporó de nuevo—. Te voy a quitar eso. —Y señaló la cura—. Petra dice que con un rato es suficiente, que si no se reblandece la herida y empeora.

—No sabes lo que voy a agradecerlo.

La mujer sonrió.

—¿Sabes que eres un enfermo pésimo? —dijo mientras le abría la camisa y empezaba a quitarle las tiras de trapo para descubrir el corte.

—No te has encontrado tú uno mejor. ¡Aaah!

Manuel se calló y apretó la mandíbula, Paola estaba retirando los restos del emplasto y volvía a limpiar la herida.

—Ahora te la vuelvo a vendar. Esta noche tienes que dormir boca arriba para que no sangre otra vez, y mañana haremos otra cura. Le pediré a Petra que me ayude a preparar algún remedio, de esos que ella conoce, para que cicatrice cuanto antes.

—¡Miedo me da! Ya sabes lo que dice el refrán...

Ella lo miró sin comprender.

—Ya he olvidado casi todos los refranes. Mi madre se sabía tantos... —comentó con añoranza.

—Pues ahí va uno para la doctora Paola. De médico, poeta y loco, todos tenemos un poco.

Se miraron, trataron de conservar la serenidad, pero el rictus de Manuel se rompió en una sonrisa y ambos acabaron soltando una carcajada que trataron de contener; una risa que conjuraba las tensiones de aquella jornada y mantenía a raya los temores de ese futuro tan incierto que se cernía sobre todos ellos.