Vientos de ira 37
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Las manos le dolían con cada pequeño movimiento que hacía, pero no quería asustar a su familia y por eso no se quejó ni se curó adecuadamente hasta que los niños se fueron a la cama.

Cuando estuvo segura de que dormían, se reunió con los demás en la cocina.

Estaban ansiosos por conocer qué había ocurrido y ella, por fin, pudo comprobar el estado de sus heridas que la estaban mortificando. Petra la miró preocupada.

—¿En qué telares andáis metidos para que parezca que volvéis de una batalla? Anda, ven que te cure bien esas manos.

—Creo que tengo varios cristales dentro, porque me pinchan cuando trato de coger algo.

Petra acercó una vela y estudió los cortes.

Algunos eran realmente profundos. Uno a uno los fue desinfectando con agua y sal.

En aquellos donde Paola se quejaba de pinchazos, rebuscaba con una aguja hasta encontrar los pedazos de vidrio y sacarlos.

Algunos se veían muy bien y era fácil extraerlos; con otros, de tamaño reducido, costaba más.

A pesar de que no podía evitar los gestos de dolor, Paola no se quejó más allá de lo estrictamente necesario.

Cuando su vecina terminó, y mientras cubría las heridas con unos trozos de tela limpia a modo de vendas, Pili, llena de curiosidad, le preguntó por lo sucedido.

José estaba a su lado, nervioso, moviendo rítmicamente una pierna sin perderse ni una sola de las palabras de su hermana que, tras un suspiro, soltó la tensión que aún guardaba en su corazón y contó con todo lujo de detalles la visita, la llegada a la parada del tranvía y todo lo que aconteció después.

—¡Virgen Santísima! El día menos pensado nos das un disgusto. —Petra acababa de atar los dos últimos cabos del jirón de tela.

—Tenías que haberme dicho que fuera con vosotros —se decidió José, por fin, a expresar lo que estaba pensando.

—Te confieso que habría sido una buena idea, pero no supimos anticiparnos a lo que se nos vino encima. La próxima vez, si es que hay una próxima vez, contaremos contigo, puedes estar seguro —le dijo dándole una palmada cariñosa en la espalda, a lo que siguió un gesto de dolor.

Continuaron comentando los pormenores de la jornada y, bien entrada la noche, las vecinas se fueron a su casa.

En la cocina, mal iluminada, quedaron José y su hermana, ambos en silencio, cada uno en sus fantasías, sus miedos, sus esperanzas y sus dudas.

Fuera, en el patio, un búho rompía la tranquilidad de las sombras cuando Paola se puso en pie, pero antes de que anunciara que se iba a dormir, escuchó la voz profunda de su hermano.

—Yo no quiero ir a Portugal ni a ningún otro sitio.

Ella se volvió a sentar, contrariada. El día había sido demasiado largo y lo último que necesitaba en aquellos instantes era discutir con José.

Estaba deseando ver cómo se encontraba Manuel, deseando alzarse al tejado y acurrucarse en esos brazos que habían compartido sus desventuras, pero sabía que su hermano necesitaba desahogarse.

—Si todo está bien con los padres, podrás quedarte —le animó.

—Sabes de sobra que no crees lo que dices. Ni tú ni yo tenemos ninguna esperanza de que hayan dejado en paz a nuestra familia, conocemos el pueblo y sus miserias, sus chismorreos y sus envidias; la cosa va para largo y yo no quiero tener que irme de allí otra vez —insistió él de mal humor.

—José... —Paola se paró un segundo a reflexionar acerca de sus palabras, toqueteando descuidadamente los trapos que Petra le había colocado en las heridas—.

Esto no va de lo que queramos o no queramos hacer, es algo mucho más complicado.

Yo tampoco quiero irme de aquí, no pedí que hubiera una guerra ni perder a mi marido, no decidí que mis hijos pasaran hambre ni que tuviera que despedir a mi hija.

No, hermano, nada de eso hubiera querido, pero ahí está y hay que adaptarse a las circunstancias, porque es una cuestión de supervivencia.

—¿Y lo de Manuel es también una cuestión de supervivencia? —La ira habló por José.

—¿Qué de Manuel? —preguntó ella, confusa.

—He visto cómo os miráis y hay noches en las que pasas mucho tiempo en el tejado. Crees que soy un niño, que estoy dormido, pero os oigo.

Paola sintió que la vergüenza y la rabia, a partes iguales, inundaban su corazón.

No creía que nadie, absolutamente nadie, tuviera derecho a juzgarla, pero ese resquicio de culpabilidad que siempre la acompañaba cuando estaba con el miliciano se convirtió en una pared insalvable.

Apretó los labios y miró al suelo, resoplando.

José intuyó arrepentido que había sobrepasado la línea de la confianza y estaba dispuesto a disculparse cuando escuchó la voz dolorida de su hermana.

—No eres quién para pedirme explicaciones.

Tú no tienes ni idea del infierno que he pasado y no te voy a permitir que valores mi comportamiento por lo que crees saber.

Hago lo que considero más justo en cada momento, pero si con ello te vas a sentir mejor y va a desaparecer esa inquina que leo en tus ojos, te diré que Manuel es mi gran amigo, mi protector, mi guía cuando no sabía qué camino coger, mi apoyo y mi aliento en la desesperanza.

Hasta ahí. No voy a engañarte porque, como bien dices, ya no eres un niño, quizá con el tiempo lleguemos más allá, pero por ahora, ahí arriba —y señaló el tejado—, solo hablamos y hacemos planes.

José se sintió abochornado, la juventud lo instigaba a hablar de más y por eso a menudo prefería mantenerse en silencio.

Tenía la sensación de que no era capaz de controlar sus palabras, le llegaban sin avisar, muchas veces repletas de esa ira sorda que provoca la impotencia y, cuando quería frenarlas, ya se escuchaban en el aire y no pocas veces producían dolor.

Alargó una mano y tomó la de Paola, sintió que toda ella temblaba e imaginó que estaba furiosa con él.

—Lo siento, he sido un estúpido bocazas.

En realidad, lo que me molesta es no poder seguir con mi vida en el pueblo como siempre, hacer lo que hacía y con quien lo hacía.

Yo no he hecho mal a nadie, pero —bajó la cabeza con pesar— me enfado y parece que tengo que herir de acuerdo al dolor que siento yo.

Paola aflojó la tensión y frente a ella vio a un joven, poco más que un muchacho, sufriendo por algo que no acababa de comprender. Suspiró y soltando su mano le revolvió el pelo.

—Eso no está bien. No es bueno guardar rencor contra inocentes por un daño del que ellos no son responsables.

Haremos todo lo que esté en nuestras manos para que vuelvas al pueblo, pero no te puedo asegurar que sea posible, habrá que esperar.

Lo que sí está claro es que no puedes quedarte allí y aguardar a que los civiles te detengan sabe Dios con qué motivo.

Esos no preguntan, o preguntan demasiado fuerte, y no voy a permitir que nadie te haga daño. Ya bastante dolor soportamos.

José asintió. Aún estaba compungido. Se levantó con desgana y dio las buenas noches a su hermana después de besar su mejilla.

Paola lo vio salir de la cocina encorvado y sintió pena e impotencia, sintió el rencor que le había desaconsejado y un poquito de culpabilidad por no haber sido totalmente sincera.

Manuel era más que un buen amigo y él había intuido con acierto la realidad.

Apagó la vela y se fue a su dormitorio sin olvidar llevar con ella la cena del miliciano.

Dio unos golpes en la trampilla y esperó.

No se escuchaba nada y pensó que tal vez se había quedado dormido.

Lo intentó una vez más y el resultado fue el mismo.

Se bajó de la cama y supuso, contrariada, que tal vez el sueño fuera más reparador que la comida.

Estaba a punto de tumbarse cuando la portezuela se abrió sin hacer ruido y ella, reconfortada, volvió a subirse en la cama y estiró los brazos para izar con cuidado la cena, cosa por cosa.

Después elevó las manos, prueba inequívoca de que quería subir.

A Manuel le costó más que de costumbre auparla. Paola casi se cae y tuvo que agarrarse al reborde del suelo del tejado con una de sus manos.

—¡Cuidado! —susurró—. Casi me caigo. ¡Estás medio dormido!

Manuel emitió un breve gruñido y ella se introdujo en sus dominios.

Había subido una vela y un mapa viejo que había comprado hacía ya tiempo para ir decidiendo el camino que iban a tomar.

Encendió la vela y, al ver el rostro de su amigo, supo que algo no iba bien.

Estaba pálido, ojeroso y demacrado, acentuado su aspecto por la titilante luz de la vela.

—¿Te encuentras bien?

Manuel se subió la camisa y mostró el porqué de su aspecto.

—¡Dios mío! ¡Estás herido!

En el costado tenía un buen corte, del que parecía haber manado mucha sangre.

La camisa tenía una enorme mancha y un buen desgarro.

Al lado de su manta vio otra camisa vieja empapada.

Era obvio que con ella había tratado de taponar la herida.

No entendía cómo podía haberle escondido el desgarro y la sangre durante todo su periplo por Madrid.

Paola se miró las manos, las tenía inutilizadas.

—¿Te duele? Túmbate.

El miliciano asintió, obedeció y se recostó sobre la manta.

—No es profunda, me cogió de refilón. —Su voz era un susurro doloroso—. Ya parece que no sangra.

Ella estudió los daños. Efectivamente era un corte longitudinal, no se introducía demasiado en el cuerpo, pero sí era profundo. En aquel tejado insalubre podía infectarse con facilidad, llevaba varias horas sin curar y presentaba un aspecto negruzco y feo.

—¿Por qué no me lo dijiste? Te habríamos curado hace rato.