Vientos de ira 36 #4
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Y cuando creía que lo había visto todo, cuando aún estaba perplejo por lo que acababa de suceder, Paola se puso de nuevo en acción.

No estaba preparado para presenciar lo que hizo a continuación.

Sin perder de vista al hombre que estaba en el suelo, se acercó y cogió el hacha que, en su desesperación, el sujeto se había arrancado y que yacía abandonada a su lado.

Después la limpió con su falda deslucida y llena de polvo y se preparó de nuevo para atacar.

El tipo del chichón miraba todo aquello sin dar crédito y, vacilante, volvió la vista a su captor.

—Si dices una palabra te mato. —Manuel lo tenía cogido por detrás, la navaja rozando su cuello.

Él asintió acobardado, volviendo a posar la vista en su amigo, que se quejaba con leves gruñidos mientras se desangraba.

Se dirigieron a la salida, dejando allí al moribundo. Atravesaron la zona de la tienda y, en el vano de lo que había sido la puerta, vieron sentado a un chaval enclenque, que no tendría más de quince años y que, dándoles la espalda, fumaba y silbaba sin preocuparse por lo que pudiera pasar dentro.

Paola le indicó a Manuel que se detuviera y ella se aproximó por detrás, hacha en ristre, pero justo cuando estaba casi encima, el muchacho se dio la vuelta. Su gesto fue la viva imagen del horror y, antes de mediar palabra, salió corriendo sin mirar atrás.

El miliciano arrimó al del chichón a la pared, lo obligó a sentarse y se situó frente a él sin bajar la guardia.

—¿Cuántos trabajáis para Feliciano?

El tipo se revolvió incómodo, lo pensó un instante y se rascó la cabeza.

—Cuatro.

—Y de esos, ¿cuántos nos estáis buscando?

—Tres.

—¿El muchacho que acaba de salir corriendo es uno de ellos?

—No —dijo con desgana y cierta dosis de miedo que trataba de controlar—. Ese es un granuja que hace pequeños trabajos, sobre todo de vigilancia.

—¿Y el que falta?

—¡Y yo qué coño sé! —se enfadó—. ¡Pregúntaselo al jefe! Hoy solo nos mandó a la parada al Luci y a mí. El Pasmao no sé dónde anda.

—Deberíamos irnos —interrumpió Paola.

—Dile a Feliciano —continuó Manuel sin atender la demanda de su compañera— que como me busque, me va a encontrar, y te aseguro que no le va a gustar la visita. Llévate a tu amigo antes de que se desangre y dejadnos en paz.

—No le va a hacer gracia tu mensaje. Pagó una fortuna por lo que le llevó esta... —se topó con la advertencia adherida a los ojos del miliciano—, por lo que le llevó tu amiga.

—Pues ahora el mensaje es para ti. —Manuel acercó más el arma a su cuello, haciendo un diminuto corte del que brotó un hilillo de sangre—. Si te vuelvo a ver, te mato. Procura no cruzarte en mi camino. Esta vez has tenido suerte, pero no me tientes.

Un suave quejido salió de los labios del matón.

—¿Me has oído? —le susurró Manuel al oído con voz amenazante. El sicario asintió de mala gana—. Y ahora vas a entrar ahí a por tu compañero y lo vas a ayudar para que le curen esa herida, si no es demasiado tarde.

Separó la navaja y le indicó con ella que se levantara y que se fuera.

El sicario se incorporó y, con paso inseguro, se alejó de la pareja que lo vio adentrarse en la nave.

Había fracasado de nuevo y no quería ni imaginarse lo que se le avecinaba cuando apareciera con el Luci medio muerto y las manos vacías.

—¡Vámonos! —rogó Paola de nuevo.

Manuel, como saliendo de un mal sueño, la tomó de la mano y ambos se fueron a toda prisa sin mirar atrás.

—¿Crees que nos volverán a seguir?

—Lo dudo, cariño; se han llevado un buen susto. Espero que el chaval ese, el Choli o como se llame, no intente hacerse el valiente, pero tenemos que ser muy prudentes: hay otro fulano por ahí que no sabemos cómo es y que también está en el ajo.

Continuaron andando, tratando de evitar las calles concurridas, mirando constantemente a todos lados. Dieron un enorme rodeo, tomaron caminos que los alejaban de su destino, para torcer de repente y seguir por otro lado, siempre atentos a los rostros con los que se cruzaban.

Llevaban más de tres horas caminando cuando por fin decidieron dirigirse a casa de Paola, cruzaron el campo e hicieron los últimos metros casi corriendo, pero antes de separarse, ya que Manuel entraría de nuevo por detrás, el miliciano se acordó de algo.

—Debería haberme llevado también la navaja del otro —soltó de repente, acariciándose la frente cuando ya estaban a pocos metros de su destino.

—¿Cuál? ¿Esta?

Paola sacó de uno de los bolsillos de su falda una navaja enorme ya cerrada. Manuel la miró perplejo.

—¿Cuándo...? Mejor déjalo, creo que tienes demasiadas cosas que explicarme.

Ella, sintiéndose ya segura cerca de los muros de su hogar, sonrió.

—No contaste conmigo. En general, por mi aspecto nadie cuenta conmigo, pero ¿cómo demonios crees que he sobrevivido hasta hoy? Subestimar a una mujer desesperada puede llevar a la perdición a un hombre vanidoso.

Manuel compuso un gesto indefinido a caballo entre la admiración y el recelo.

—Algo oí a tu hermano del hacha. ¿Siempre la llevas encima?

—Sí, sin ella me siento desnuda.

—¿Y eres capaz de...?

—Sí —lo interrumpió Paola sin dejarlo concluir, con el rostro devastado—. Ya te dije que soy un monstruo, un monstruo capaz de matar antes de que acaben conmigo. Sabes mi lema, matar o morir, literal. Y hasta ahora he tenido suerte.

Antes de dejar el atajo, se separaron.

Petra y Pili aparecieron por la puerta de la cocina seguidas de los niños y de José.

Se las veía preocupadas por la tardanza, pero ya estaban acostumbradas a los cambios de planes de su vecina.

La ropa sucia y rota, las heridas de las manos, todo indicaba que algo había salido mal, pero no preguntaron; ya se enterarían más adelante de lo ocurrido.

Paola se sentía agotada y hambrienta, no había probado bocado desde la mañana, y el delicioso aroma que surgía de la olla que estaba al fuego le provocó un mareo.

—Vayamos todos a la cocina y os cuento cómo me he caído en un agujero que estaba sin señalizar.

¡Estas dichosas obras! Me tengo que lavar y pronto será la hora de la cena.

—Se volvió hacia Pili y le susurró que abriera la ventana de atrás para dejar a Manuel que entrara, mientras el resto de la familia se alejaba en sentido contrario.

Ya en su habitación y con un par de cubos de agua helada, Paola se desvistió y comenzó a lavarse.

Se frotaba con fuerza, sin sentir el frío.

Quería limpiarse el miedo, el odio, el arrepentimiento, la negrura de su corazón y la constatación de que su alma estaba condenada.

Las primeras lágrimas cayeron serenas, después se atropellaron y fueron ríos de angustia al comprobar que lo único capaz de quitarse con aquel jabón, que olía a miseria, era el polvo.