36 #3
Llegaron a un cruce, Manuel iba a girar a la izquierda, pero Paola lo arrastró a la derecha.
Conocía aquellas calles de memoria; más de una vez había utilizado sus esquinas para el estraperlo.
Se trataba de un barrio que tenía muy pateado y en sus incursiones con Carmencita habían descubierto todos los recovecos.
Condujo a su amigo por un callejón y desembocaron en las ruinas de un viejo negocio cuyo cartel aún podía leerse en la puerta: T APICERÍA P ACHECO H ERRANZ .
Cruzaron el umbral por el hueco de una puerta desaparecida y se adentraron en lo que antaño seguramente fue la tienda; solo las marcas de cemento en el suelo señalizaban el lugar que, parecía, ocupó un gran mostrador.
Todo el tejado se había desmoronado y anduvieron pisando cascotes hasta desembocar en la zona del taller, donde el techo se mantenía en mejor estado, aunque había agujeros por todas partes.
Era una nave enorme, llena de piedras, polvo y algún resto del trabajo que se realizaba, carcomido por las polillas y cubierto en parte por los escombros.
—¿Esto tiene salida? —inquirió Manuel.
—Nunca he entrado aquí. —Paola hablaba en susurros, como si alguien pudiera oírla—, pero creo que puede ser un buen sitio para escondernos.
Él miró a su alrededor y torció el gesto.
—Si no hay otra puerta más allá, este lugar es una ratonera. En caso de que ese malnacido estuviera acompañado y nos hayan seguido, aquí no tenemos forma de defendernos —declaró—. Más nos vale que sí haya salida, porque tenemos que largarnos ya mismo.
Paola no estaba de acuerdo, ella era más de esperar y atacar.
Y siempre, por una razón u otra, había conseguido salir airosa con aquella estrategia.
Tocó su hacha, su compañera, pero no era momento de discutir, por lo que decidió seguir a Manuel, que ya caminaba decidido para cruzar la nave.
Llegaron al final del enorme espacio y encontraron, aliviados, una puerta de metal que fueron incapaces de abrir.
No parecía cerrada con llave, pero estaba claro que fuera había algo que impedía que batiera sobre sus goznes.
El miliciano apoyó todo su cuerpo y Paola también empujó con todas sus fuerzas, pero la puerta apenas se abrió unos centímetros, lo justo para comprobar que los cascotes impedían su movimiento.
Se miraron con desaliento.
—Las ventanas están demasiado altas para poder escapar por ahí y eso sin contar con que los cristales están reventados. No queda otra que volver y salir por donde entramos —sentenció Manuel.
Paola asintió, se dio la vuelta con determinación y comenzó a desandar el camino de nuevo.
Apenas habían dado unos pasos cuando escucharon ruidos en la zona de la tienda, pisadas que crepitaban; alguien había entrado y caminaba sobre las ruinas de aquel lugar.
Manuel se paró en seco y se puso un dedo en los labios, indicando silencio.
Se mantuvieron expectantes, pendientes de cualquier señal y, en efecto, comprobaron que alguien se acercaba.
Sin pensarlo un segundo, se escondieron tras una de las montañas de escombros, donde aguardaron casi tumbados.
—Ha sido una mala idea —susurró su amiga aterrorizada.
—Si viene solo el tipo ese, no hay problema.
La mandíbula del miliciano estaba tensa, todo su cuerpo rígido, y cuando Paola lo miró, descubrió al soldado que había sido en otro tiempo.
Casi podía observar sus pensamientos discurrir por su cabeza, sopesando las posibilidades.
Ella nunca sería capaz de hacer algo así, puesto que se lanzaba a la desesperada sin estrategia ninguna, sin medir consecuencias o peligros.
—Lo importante es que no nos descubra. No puede habernos visto entrar, echará una ojeada y si no nos encuentra se marchará a buscar en otro lugar —continuó Manuel en un murmullo.
—¡Pero estamos demasiado a la vista!
—¡Silencio!
Divisaron una silueta que se internaba en la nave desde lo que había sido la tienda, sin mucha convicción, saltando, sin preocuparse por que lo vieran, sobre los cascotes, mientras ellos se pegaban más al suelo con la esperanza de pasar desapercibidos.
No volvieron a emitir un solo sonido mientras oían los pasos de aquel sujeto pisando piedras y cristales; permanecieron quietos, controlando, entre la escasa luz grisácea que entraba por las ventanas, sus movimientos; conteniendo la respiración.
—¿Algo? —se oyó una voz desde la tienda.
—No, nada. ¡Esto es enorme! —contestó el que estaba más cerca de ellos.
Manuel miró a Paola, levantó dos dedos y ella asintió.
—Dile al Choli que se quede en la puerta vigilando por si los ve por la calle —continuó el mismo tipo, el que había entrado primero y que parecía ser el cabecilla.
El miliciano cerró los ojos con pesar. Luego miró a su compañera, ahogado en el desánimo, y levantó tres dedos. La cosa se ponía fea. Enfrentarse a uno era una tarea relativamente fácil a tenor de su envergadura, con dos la cosa se ponía peliaguda, pero contra tres, estaban perdidos.
El sicario seguía caminando por la nave, soltando maldiciones de vez en cuando. Posiblemente el otro hombre, al que no alcanzaban a ver, también los buscaba, pues oyeron cómo llegaba a la puerta del fondo, intentaba abrirla sin resultado, y soltaba un bufido por el esfuerzo.
—Por aquí no hay salida. O están por ahí escondidos como ratas o se han ido antes de que llegáramos.
—El Choli dice que los vio entrar, pero no salir.
Manuel se preguntó cómo los habían seguido con tanta velocidad, pero pronto cayó en la cuenta de su error.
Ellos solo podían reconocer a uno de los tipos, el que atacó a Paola, mientras que los tres matones de Feliciano sabían perfectamente quién era ella.
Bufó para sus adentros, no se podía perdonar ese descuido, había sido una torpeza intentar coger el tranvía y además en la misma parada desde la que siguieron a Paola.
Las pisadas se acercaban peligrosamente.
El miliciano acercó su mano a la de su compañera y la apretó con fuerza; era el momento de intentar salvarse.
Mientras el tal Choli continuara en la puerta, eran dos y no tres a los que habría de enfrentarse —llegar hasta allí entre los cascotes llevaba su tiempo—.
Por el contrario, si los descubrían tumbados en el suelo, no tendrían ninguna posibilidad de luchar.
No quedaba otra, era ahora o nunca. Soltó la mano que con tanto amor apretaba y, sin que ella supiera qué se disponía a hacer, cuando los pasos estaban prácticamente encima, se levantó.
Los dos hombres se sobresaltaron al ver su figura aparecer tras los cascotes, pero fue solo un instante, enseguida se pusieron en guardia.
—Mira a quién tenemos aquí —dijo el del chichón en la cabeza—. Supongo que eres el rojo hijo de puta del que nos ha hablado Feliciano. ¿Dónde has escondido a tu zorrita? Creo que le debe algo a mi jefe.
Manuel no se dejó amilanar y se mantuvo erguido, en silencio, con gesto sereno y desafiante que contrastaba con su barba, sus ropas y sus greñas. Ya había observado que empuñaban unas navajas de gran tamaño y aspecto amenazador.
—No debemos nada a nadie —dijo con voz calmada—. Fue un trato justo.
Los sicarios se echaron a reír.
—Juraría que Feliciano no piensa lo mismo. Si te parece, le dices a esa putita que salga de donde se haya escondido y, como buenos chicos, nos acompañáis a ver al jefe.
Mientras hablaban, Paola se había arrastrado de la forma más silenciosa que había podido hasta situarse detrás de los dos hombres que parecían tan seguros de sí mismos.
Se había arañado las rodillas y se había clavado varios cristales en las manos, pero no sentía el dolor; la adrenalina había empezado a jugar su papel y la idea de sobrevivir era lo único que llenaba su mente.
No podían fallar, tenía que volver junto a sus hijos.
Sacó el arma, que tanta protección le había brindado siempre, y se preparó.
Manuel, con el rabillo del ojo, la había visto arrastrarse sin comprender qué pretendía hacer —estando el tal Choli en la puerta era imposible que pudiera escapar.
—No voy a ir a ningún sitio —declaró el miliciano con rotundidad.
El del chichón se aproximó aún más; el gesto hostil, la navaja resplandeciente.
—Si no vienes, te llevo en pedazos —amenazó—. Después cogeré a la hija de puta esa que me...
Sin previo aviso, Manuel se lanzó sobre él, sin darle tiempo a terminar la frase, cogiéndolo desprevenido. Era la tercera vez que aquel sicario infravaloraba a sus enemigos.
Se enzarzaron en una pelea que el antiguo militar, más corpulento y mejor preparado, tenía muchas posibilidades de ganar.
El otro, una vez que comprendió lo que pasaba, al ver a su amigo en apuros, se lanzó también sobre Manuel, que se defendía de las tarascadas como podía.
Y de repente, el del chichón vio surgir a Paola por detrás de su compinche, abrió los ojos desmesuradamente e intentó avisarlo de lo que estaba a punto de pasar, pero no tuvo tiempo.
Concentrando las fuerzas de las que disponía, apoyadas en su determinación, ella dejó caer su pequeña y afilada hacha, con toda la furia de su alma, con toda la desesperación de su vida, con todo el hartazgo que cada día le suponía, con la ferocidad de una madre que cuida de sus cachorros.
El sicario cayó al suelo, el hacha clavada en el cuello, la sangre corriendo a borbotones y las manos intentando taponar la herida.
Manuel aprovechó el despiste de su contrincante, la mirada de angustia que le dirigió a su compañero, para arrebatarle la navaja, que manejó con destreza, consiguiendo reducir al matón.
Aún se estaba preguntando qué había ocurrido allí, de dónde habían salido Paola y el hacha, pero por encima de todo, se preguntaba cómo había tenido la valentía y los arrestos de hacer algo así sin titubear.
Esa mujer nunca dejaría de sorprenderlo.