Vientos de ira 36 #2
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36 #2

Gloria reconoció a la mujer que esperaba en el descansillo, pero no al hombre que la acompañaba.

—Un segundo.

Cuando la muchacha se giró, su madre ya se acercaba y con un movimiento rápido abrió la puerta de par en par.

Al principio no lo reconoció, se quedó parada, indecisa, mirando fijamente al extraño que tenía frente a sí, pero cuando él se quitó la gorra y sonrió, Sonsoles se llevó la mano a los labios y los ojos se le llenaron de lágrimas.

—Pero ¿qué haces aquí? —La esposa de Pablo tomó a Manuel de la mano y lo arrastró dentro de la casa. Paola los siguió y Gloria cerró enseguida la puerta.

Se dirigieron al salón, donde nada había cambiado desde la última vez que la muchacha había estado allí; la misma escasez de muebles, las mismas velas, la misma tristeza.

—Manuel, ¡has venido! —articuló por fin Sonsoles con emoción.

—Y cómo no, mujer, tenía que hacerlo. Pero, cuéntame, ¿qué se sabe de tu marido?

—Siéntate, hijo, siéntate. ¿No es peligroso que estés aquí?

Esta muchacha me dijo que andabas escondido en su casa.

No te dejes ver, mira lo que nos ha pasado a nosotros; lo delataron.

—Se secó las lágrimas, estaba tan nerviosa que contaba las cosas a borbotones—.

Todo era mentira, lo de los panfletos esos de que volviéramos; una trampa.

Al poco de llegar, apresaron a Pablo. Tú lo conoces, Manuel, sabes que mi marido es más bueno que el pan.

Pues van y lo condenan a muerte. ¿Dónde se ha visto semejante tropelía? Con lo que hemos pasado...

El llanto volvió a apoderarse de Sonsoles, que trataba de contenerlo sin éxito.

El miliciano, sentado a su lado, le tomó la mano con cariño, pero un tumulto de gritos se acercó por el pasillo.

Jesusín se lanzó a sus brazos y le rodeó el cuello.

Los otros dos hermanos, más tímidos, simplemente saludaron.

—¿Cómo estamos, zagal? —Manuel separó al niño y lo miró de arriba abajo—. ¡Veo que sigues siendo un alambre!

Jesusín sonrió y se quedó sentado en sus rodillas.

—Es que siempre tengo hambre. Pero, une chose , ¿sabes que se llevaron a mon père y lo tienen encerrado?

—Ya me está contando tu madre.

—¿Has venido para sacarlo? —preguntó con los ojos llenos de esperanza.

—Ojalá pudiera, zagal.

Paola, como convidada de piedra, asistía a toda aquella complicidad con un sentimiento de ternura emocionada.

Era obvio que ese niño tenía una fe ciega en su amigo, que lo veía capaz de conseguir lo que los demás no podían, y no tuvo ninguna duda de que ese cariño se habría gestado en las penas compartidas y en los peligros superados.

Estuvieron hablando un buen rato. Sonsoles se disculpó por no poder ofrecerles más que un vaso de agua, pero fue suficiente para afrontar las confidencias.

Poco a poco se había ido tranquilizando y, de forma más ordenada, le contó el calvario que habían vivido hasta llegar a desvelarle la mejor de las noticias, que a Pablo le habían conmutado la pena, lo que había llenado a todos de esperanza.

—¿Y ahora? —se interesó Manuel.

—Pues de momento no temo por su vida, pero la condena es de treinta años.

—¡Treinta años!

—Sí, Manuel, treinta. Nuestra única esperanza está en don Celestino, ese obispo amigo suyo, el mismo que ha conseguido que lo saquen de esa galería maldita.

La última vez que hablamos me dijo que tiene que dejar pasar un tiempo prudencial, para no levantar sospechas, y que después empezará a trabajar de nuevo para hacer que la pena sea mucho más leve.

—Ya veo. Es curioso que sea un religioso quien lo esté ayudando, con lo ateo que es Pablo.

Ambos rieron con ganas.

Después le tocó el turno a Manuel, que contó su historia, los meses que llevaba escondido en el tejado, los problemas que habían tenido y cómo se veían obligados a salir del país.

—En realidad he venido a despedirme —concluyó.

Aquellas palabras esparcieron un halo de tristeza por todo el salón. Hacía mucho que no estaban juntos, pero se reconocían cerca; ahora hablaban de una distancia inmensa. El primero en romper el silencio fue el pequeño Jesús, que, volviéndose, lo miró desolado.

—¿No vas a volver jamais ? Podrías quedarte a vivir avec nosotros, esta casa est très grand . Puedes dormir conmigo, te dejo un sitio.

Las palabras del niño enternecieron a todos, con más fuerza a Paola, que sintió en su alma la pérdida de su hija.

—Volveré, zagal. Volveré y jugaremos a lo que tú ya sabes. —Y le guiñó un ojo—. Tengo tu bolsa preparada entre las cosas que me voy a llevar. ¡Ah!, y tienes que dejar de decir esas palabras en francés; ya no estás allí, ahora estás en España.

—¿Me lo prometes? ¿Me prometes que volverás y jugaremos?

—¡Que sííí! Y ahora dejad que hablemos los mayores.

Los niños salieron del salón y Gloria se fue tras ellos con la excusa de cuidarlos.

—Así que os vais... —dijo Sonsoles con pesar. Manuel asintió—. ¿Podremos comunicarnos?

—Siempre que os mantengáis en esta casa sí, os escribiré y os contaré si lo hemos conseguido. Quiero que la próxima vez que veas a Pablo le digas que he venido, que... Que quiero que sepa..., que me gustaría... —se le atragantaron las palabras.

—Lo sé, Manuel, lo sé; le trasladaré tus sentimientos. Sé que le hará muy feliz enterarse de que has venido, que estás bien y que puedes conseguir la libertad que a él le falta.

Se levantaron, no había que tentar a la suerte y ya era hora de marchar. El miliciano abrazó a Sonsoles con fuerza y se separó sin soltarla de las manos, después giró una de las callosas manos femeninas y dejó sobre ella un paquete que le había acercado Paola.

—Ten, te servirá de ayuda. Si podemos, te enviaremos más.

—¿Qué es esto? —preguntó la mujer extrañada mientras rompía el paquete por una esquina y veía el perfil inconfundible de los billetes—. Pero...

—Agradéceselo a ella —la interrumpió Manuel sin dejar de señalar a Paola—, fue quien encontró ese dinero.

—No, esto no está bien. Vosotros lo vais a necesitar más que yo.

—No sufra —intervino Paola—, nosotros tenemos más que suficiente y ustedes son muchos.

Sonsoles se rindió y, con voz temblorosa, dijo:

—Muchísimas gracias, hija, toda ayuda es poca. Mi madre también me manda de vez en cuando algo y con eso, las cartillas, lo que sacan mis hijas y yernos y esto, tendremos para una buena temporada.

Se acercó a ella y la abrazó también.

—Nos vamos, se está haciendo tarde —concluyó Manuel—. Te escribiré y espero que, cuando me contestes, Pablo esté a tu lado.

—Dios te oiga, hijo, Dios te oiga.

Salieron al pasillo seguidos por Sonsoles, y cuando estaban a punto de marchar, Jesusín llegó corriendo y se abrazó a las piernas del miliciano, que hizo el gesto de revolverle un pelo que no tenía, porque lo llevaba rapado. Desde las profundidades de la casa, Gloria llamaba a su hermano.

—Cuidaos mucho —se despidió Manuel.

—Sed prudentes y no os fiéis de nadie por esos mundos de Dios. Y muchas gracias por venir y por el dinero —contestó Sonsoles, separando a su hijo del miliciano. Después se puso de puntillas y le dio un beso en la mejilla.

Una vez se encontraron en la calle, Paola miró a su amigo, tenía los ojos brillantes y un gesto extraño en el rostro. Sin poder contenerse, lo abrazó y por fin Manuel rompió a llorar.

Caminaron de vuelta con paso rápido, no era necesario arriesgarse más de lo imprescindible.

Se cruzaron en varias ocasiones con policías y guardias, pero ninguno pareció tener el más mínimo interés por aquella pareja de pordioseros que marchaban a buen paso.

En cada ocasión, Paola comprobó cómo el corazón se le desbocaba y se preguntó si a Manuel le pasaría lo mismo.

Lo miró de reojo, no parecía inmutarse, tal vez aún estaba ahogado en la tristeza, y eso le hacía mantenerse ajeno al peligro, o tal vez disimulaba muy bien.

Decidieron tomar el tranvía, era más seguro y rápido. Ya próximos a la parada, Paola vislumbró una silueta conocida, se frenó en seco y tiró de la manga de su amigo para que no siguiera andando. La figura en ese instante se giró al sentirse observada.

—¡Es él! El que quiso robarme.

Pero ya era tarde. El sujeto que la había perseguido pocos días antes y que fumaba tranquilamente en la parada, apoyado en la marquesina, los había visto. Manuel supo de quién se trataba antes de que ella dijera nada; la marca del chichón que tenía en la frente lo delataba.

—¡Corre! —Tiró de la muñeca de su compañera y la arrastró hacia el lado contrario.

El sicario de Feliciano, después del estupor inicial, los persiguió.

La pareja corría levantando la curiosidad de todas las personas con las que se cruzaban.

En otras circunstancias, Manuel se habría encarado, sabía que reduciría a ese tipo sin dificultad, pero lo último que necesitaban era una pelea en pleno centro de Madrid.

Le pareció más sensato emprender la huida y, de no quedar más remedio que enfrentarse, hacerlo fuera de ojos indiscretos.

Su perseguidor, por segunda vez, había calculado mal sus posibilidades.

La apariencia del hombre que acompañaba a la zorra del hacha era la de un tío mayor, aunque por su forma de correr era posible que todo aquello no fuera más que un burdo disfraz.

Poco a poco iban tomando distancia, pero cada vez eran más los transeúntes que se paraban a observarlos; ver a una pareja correr de aquella manera y no sentir curiosidad, era imposible, máxime cuando otro hombre los perseguía.

Ellos lo sabían, se sentían angustiados.

Eran conscientes de que en cualquier momento los podrían detener, entonces se descubriría la verdad y todos sus planes se vendrían abajo.