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La amistad pervive a pesar de los desastres, de los infortunios y de la lejanía, siempre que sea una amistad verdadera, siempre que sea fuerte, de esas que se fraguan en los momentos difíciles, en las situaciones peligrosas, en las pérdidas.
Manuel sentía que con la familia de Pablo era así, que todo lo que habían vivido, lo que habían superado, lo que habían compartido, había creado unos lazos invisibles que perdurarían en el tiempo.
Por ello, cuando empezaron a organizar los planes de huida, tuvo la imperiosa necesidad de contactar con aquella familia que estaba sufriendo tanto, de saber qué había sido de su amigo, de ayudar en lo posible a los demás.
Durante toda la jornada, los aguaceros habían dado una tregua en aquel otoño lluvioso, y había salido un tímido sol para templar las almas y pintar de ocres todo lo que los rodeaba.
Paola, acostumbrada al exceso de actividad, se ahogaba sin poder salir y los días se le hacían eternos.
Carmencita había preguntado más de una vez por qué ya no llevaban a la Virgen, los huevos a vender o cualquiera de las otras cosas que hacían a diario.
Su madre, sin saber qué responder, le había dicho que tenían que descansar para el invierno, y la niña pensó que aquello era muy raro, aunque al final había dejado de preguntar y se la veía feliz trajinando por la casa.
Aquella noche, Paola se sentía sola a pesar de tener la casa llena y, cuando tocó la trampilla para subir la comida a Manuel, sabiendo que todos dormían ya, decidió auparse al tejado a charlar.
Esas visitas, que habían comenzado como algo esporádico, se habían convertido en más habituales de lo que ella hubiera deseado.
Al principio se justificaba a sí misma aduciendo que eran muchos los preparativos o que había una gran necesidad de organizar un montón de cosas, pero al final tuvo que reconocer, no sin cierto pesar, que se sentía especialmente bien junto a Manuel y que, durante todo el día, cada vez más a menudo, se sorprendía pensando en lo que ansiaba que llegara la noche para compartir esos ratos sueltos.
Aunque se negara a admitirlo, los días que no podía visitar el tejado porque las vecinas se quedaban más de la cuenta, porque José no terminaba de irse a dormir o simplemente porque ella lo evitaba, el malhumor la invadía y se iba rabiosa a la cama.
Manuel la saludó con una sonrisa radiante. Él jamás le pedía que subiera, simplemente anhelaba a cada momento su compañía y se sentía dichoso cuando sus brazos menudos sobresalían a la espera de que él la ayudara a alzarse.
Y aquella noche el milagro se produjo.
Apenas un rato después, el miliciano comía con ganas mientras su amiga buscaba una excusa para justificar su presencia allí.
Sin embargo, no hubo ocasión para explicarse, porque nada más terminar, él dejó el plato a un lado y expuso su deseo de ir a casa de Pablo a despedirse.
Quería saber cómo seguían las cosas, qué novedades había con respecto a su amigo, quería abrazar a Sonsoles y a los niños, transmitirles mucho ánimo y también, si a Paola no le parecía mal, dejarles un poco de dinero; quizá sirviera de algo en el proceso al que se enfrentaba el antiguo seminarista.
Paola lo miró sin comprender. Pocos días antes, Manuel le había advertido de los peligros que podía correr si salía de casa —Feliciano probablemente no habría abandonado la búsqueda—, y, sin embargo, ahora era él quien pretendía pasearse por medio Madrid siendo un prófugo.
—¿Y no puedo ir yo como la última vez? —preguntó, aun sabiendo que sería inútil—. Les transmitiré el mensaje que quieras, les llevaré una carta; lo que te parezca. Y, por supuesto, les daré dinero.
—Necesito verlos, despedirme cara a cara —rebatió Manuel—. He pasado mucho a su lado, he compartido tantas cosas que sería interminable enumerarlas. No es un capricho, cariño, es una necesidad.
Paola lo comprendía, ella misma había querido hacer lo mismo por María y estaba segura de que los lazos que las unían no eran nada comparables a los que Manuel había tejido en las penurias que vivió con aquella familia.
Compuso un mohín de enfado fingido y solo dijo:
—¿Cuántas veces te he dicho que no me llames «cariño»?
—No es lo que tú piensas, mujer engreída, te he dicho que tienes «caradeniño».
Los dos quedaron mirándose un instante y de repente, soltaron una carcajada a la vez.
—¡Chis! Nos van a oír —pudo decir Paola entre risas contenidas.
—Tienes razón —susurró él mientras se secaba las lágrimas. Respiró con fuerza y se serenó—. En serio, cariño, necesito hacerlo.
Ella lo miró fijamente en la oscuridad y afirmó con la cabeza.
—Pero yo te acompañaré.
Ya no hubo más discusión sobre ese tema, se perdieron en los planes y los sueños de futuro. Paola se acurrucó como solía y él la abrazó mientras acariciaba su cabello y se abandonaba en aquel paraíso que era su compañía.
Al día siguiente, se las apañaron para que Manuel pudiera salir de su escondite mientras José entretenía a los niños en el patio, ordenando aquel revoltijo y aprovechando que el sol había aparecido de nuevo.
Hacía un par de días que el muchacho andaba melancólico y si de por sí ya era tímido y callado, últimamente parecía haberse quedado mudo.
Solo se le escuchaba cuando andaba liado con sus sobrinos.
Manuel se puso una gorra y no se quitó sus ropas llenas de polvo.
Todo eso, unido a la barba que no se había afeitado en los últimos días, daba como resultado una figura que tenía una apariencia de hombre mayor que en nada se parecía a él.
Salieron por separado. El miliciano se escabulló saltando por una ventana que daba a la parte de atrás de la casa, después anduvo por el campo dando un rodeo para que nadie supiera dónde vivía.
Al cabo de un rato, más allá del atajo, Paola se colocó a su lado sin decir una palabra, con la falda descolorida, su jersey negro y, aunque él no lo supiera, su inseparable hacha en la cintura.
Se sentía frágil sin ella y nunca se sabía cuándo podría ser necesaria.
Caminaron en silencio, uno junto al otro.
En un momento dado, ella le tomó del brazo y pudo sentir la fuerza que emanaba su determinación, pero no dejaba de mirar a todos lados con desconfianza; no se sentía segura, creía que los seguían y apretaba el paso sin darse cuenta de que terminarían corriendo.
—Más vale que te relajes, Pau. Intenta comportarte con naturalidad —le dijo Manuel ante su nerviosismo.
—Tengo la absurda sensación de que todo el mundo nos observa.
—¡Claro! ¡Es que todo el mundo nos observa!
Vas llamando la atención, como si te hubieras puesto un cartel en la frente con la palabra «culpable».
Miras constantemente hacia atrás, me llevas a la carrera como si estuviéramos huyendo, y pareces un animal acechando una presa.
Es lógico que nos miren. Y, por cierto, me estás apretando tanto el brazo que me lo vas a arrancar de cuajo.
Notó que de inmediato la presión de su mano se diluía, después ella lo miró con una sonrisa nerviosa.
—Ir a tu lado es como caminar junto a una bomba a punto de estallar.
—¡Hombre, gracias! —bromeó el miliciano.
—No te ofendas, pero pocas veces me he sentido tan insegura. Pienso que en cualquier momento nos pueden parar y pedirnos la documentación, y entonces ¿qué haremos?
—Lo estás arreglando... —Manuel hablaba en un susurro y parecía que paseaba tranquilamente por la calle—. Quizá hubiera sido mejor haber venido solo. Nadie nos va a parar ni nos va a pedir nada, a no ser que tú te sigas comportando como una fugitiva.
La mujer trató de serenarse, tomó aire y lo soltó con un resoplido.
—Esto es una locura.
Él se detuvo y la observó con un gesto de contrariedad.
—Creo que no he sido capaz de explicarte lo que Pablo y su familia representan para mí.
No es ninguna locura, Pau, no es ninguna chiquillería, ni una cabezonería, ni un deseo absurdo.
No pondría a ninguno de los tuyos en peligro, y mucho menos a ti, si no les considerara tan importantes.
El peligro, las penalidades, incluso la cercanía de la muerte nos convirtió en un solo ser.
Sé que es difícil de entender, pero no acierto a expresarlo mejor.
Siento que les debo una explicación y toda la ayuda que pueda.
Yo me arriesgo por lo que creo, pero por supuesto que tú no tienes por qué hacerlo.
Si quieres volver a casa, lo entenderé. Si quieres acompañarme te lo agradezco, pero no me hables más de locuras y de absurdos.
Paola bajó la vista y creyó comprender a su amigo.
Pili y Petra significaban para ella lo mismo que esa familia para él.
Habían compartido esos ratos en los que todo parecía venirse abajo, esos en los que solo se puede remontar el vuelo si a tu lado tienes quien confíe en ti.
Ella no podría dejarlas atrás por nada del mundo.
—Lo siento. Sé que he sido muy egoísta —admitió con cierta congoja.
Manuel tiñó su dura mirada de ternura y sin decir nada más comenzó a andar. Paola lo siguió y agarró su brazo de nuevo, pero esta vez no hubo presión. Si seguía estando nerviosa o tenía miedo, supo disimularlo. Apenas hablaron hasta llegar a su destino.
Sonsoles estaba en la cocina lavando la ropa interior, ajada y amarillenta, de toda la familia.
El agua estaba helada y las manos las tenía teñidas de rojo.
En la pileta de granito gris frotaba contra la piedra rugosa cada una de las prendas.
El jabón no siempre llegaba con las cartillas y por eso mareaba la ropa a golpes una y otra vez.
Pensaba en Pablo mientras retorcía la colada, cuando alguien llamó a la puerta.
—¡Voooy! —Gloria ya recorría el pasillo y, con precaución, se asomó a la mirilla—. ¿Sí?
Últimamente se habían acostumbrado a no abrir sin preguntar quién había detrás.
—Soy Paola, estuve hace unas semanas con la señora Sonsoles —se oyó una voz femenina.