35 #3
—Se te ha ido la cabeza definitivamente —exclamó entre risas, pero tomó su mano y se levantó.
—Nadie nos puede ver aquí; estamos en una cocina que da a un patio, los niños están con Petra y nosotros vamos a bailar —le susurró al oído.
Ella volvió a sonreír, se enlazaron y él comenzó a tararear sin apartar la boca de su oído una canción de Conchita Piquer muy de moda entonces.
Giraban con parsimonia y aquella mujer devastada de nostalgia cerró los ojos, dejándose llevar por la voz y los movimientos que parecían alejarla de la realidad.
Manuel ya no recordaba la letra y se olvidó de cantar, pero siguieron girando sin parar al son de una melodía que solo ellos escuchaban.
—No estarás sola, comenzaremos en otro lugar y tendrás tu parra, bañarás a los niños en un balde, conseguirás que las paredes de tu nueva casa te den seguridad y, si me lo permites, yo te cuidaré.
—No necesito que nadie me cuide —contestó Paola en tono de burla sin abrir los ojos.
—Pues dejaré que tú me cuides a mí.
—Ni lo sueñes —sonrió—. Cada uno se cuidará solo.
Manuel la atrajo aún más y la besó. Ella se dejó abrazar y respondió al beso, y todo desapareció: ya no estaban en una cocina miserable, ni vestidos con andrajos, no estaban escondidos, ni el peligro los acechaba.
Todo se esfumó, porque necesitaban que desapareciera, y solo quedaron ellos dos en medio de la nada, girando abrazados para conjurar el vértigo que el futuro les proporcionaba.
—¿Te he dicho que tengo miedo? —susurró Paola rompiendo el silencio.
—No, pero es normal, aunque seas la mujer más valiente que he conocido.
—¿Y has conocido muchas? —lo interrogó e inmediatamente se arrepintió de su indiscreción y apretó los ojos en un vano intento de borrar la última pregunta.
—¿Tengo que contestar?
Se habían parado y Manuel la miraba con ojos risueños.
El rubor teñía las mejillas de Paola y ella se negaba a separar los párpados.
Por fin, lo miró con un gesto infantil de culpa y consiguió que él se echara a reír.
La abrazó con fuerza y la giró en el aire.
Ella se aferró a su cuello y se sintió un poco más feliz.
De repente, sonaron las llaves y ellos se frenaron en seco.
Manuel salió volando hacia la habitación, Paola lo siguió y cerró la puerta, simulando que acababa de salir del cuarto, para darle tiempo a su amigo a volver a su escondite.
Se maldijo en silencio por aquel descuido; se había dejado llevar y casi los descubren.
—No sabíamos que habías llegado —comentó Petra, que entraba con Adrián de la mano y sacudía la toquilla que llevaba sobre los hombros perlada de gotas. A su lado Carmencita escondía algo bajo la rebeca.
—Me he tumbado un momento para descansar.
La vecina la miró entrecerrando los ojos, pero no dijo nada.
—¡Mira lo que me ha hecho la tía! —exclamó entonces su hija sacando de golpe una muñeca de trapo. Se la mostró ilusionada a su madre, quien alabó el trabajo de la vecina.
Los niños se quedaron jugando en el comedor, Adrián con sus sempiternas piedras y Carmencita con su nueva muñeca, feliz porque Petra le había prometido hacerle más vestidos.
Las dos mujeres entraron en la cocina.
—¡Menudo tiempecito! No ha parado de llover en todo el día. —Paola sacó unas verduras del paquete que le había dado la cocinera de doña María y las puso sobre la mesa.
—Tienes tú las mejillas muy coloradas, ¿no? —inquirió la melliza.
Ella se frenó un instante, cogió aire y volvió al trabajo. No dijo nada.
—¿Estás segura de lo que haces, niña? —Petra le quitó el cuchillo e hizo que se sentara.
—No sé de qué me hablas.
—Yo creo que sí; nunca te he tenido por tonta.
—No es lo que piensas, simplemente hablábamos. Tenemos muchas cosas en las que pensar.
—¿Seguro?
—Petra, si quieres decirme algo, háblame en cristiano. Ya te he dicho que solo charlábamos.
—No soy quién para decirte qué debes hacer y qué no, pero te recuerdo que estás casada. No sé qué significa eso para ti.
—Si te soy sincera, me dice poco y según pasa el tiempo, menos. En realidad, creo que soy viuda, si no ¿por qué Adrián no está aquí? —Volvió a levantarse y siguió lavando verduras.
—¿Y si está en otro país? ¿O en América? Dicen que muchos huyeron allí.
—¿Y si simplemente lo mataron? Hace mucho que acabó la guerra, no me he movido de esta casa, no he dejado de esperar, pero.
.. ¿Ni una carta? ¿Ni un mensaje con un amigo?
¿Ni una sola señal de que está vivo? No, Petra, él no era así.
—Y le dolió hablar por primera vez en pasado—. Adoraba a su familia y me quería a mí.
—Tal vez esté herido...
—¡Basta! No me lo pongas más difícil, no me ayudes a mantener una ilusión que solo me impide seguir adelante.
Yo lo amaba, lo amaré toda mi vida, pero tengo que continuar.
Manuel y yo, de momento, somos amigos; no ha pasado nada de lo que me tenga que sentir avergonzada, sabes que jamás te mentiría.
Me encuentro bien con él, me da seguridad, protección, me ayuda a tomar decisiones y me hace sentir un poco más viva.
Petra meneó la cabeza y compuso un gesto severo.
—Eso no suena demasiado bien, ¿no crees? Siempre te las has ingeniado tú sola sin tener que pedir ayuda a nadie.
—Sé que puede sonar raro, incluso injusto, pero si no dejo que Adrián se vaya, seré una infeliz toda la vida. Aunque sé que adorabas a mi marido, él no está, pero yo sí y te necesito. Os necesito a todos, mucho, porque sois todo lo que tengo.
Petra cogió las verduras que Paola había lavado y empezó a cortarlas.
—Espero que no te equivoques, niña, pero si tú eres un poco más feliz, yo lo soy más de verte. —Y sonrió—. Y, por cierto, sí, menudo tiempecito tenemos.
Manuel escuchaba atento lo que hablaban en la cocina.
A veces le costaba entender lo que decían porque el ruido monótono de la lluvia se lo impedía.
Lo cotidiano de su estancia en el tejado hacía que más abajo se olvidaran de su presencia y él, sin nada mejor que hacer, seguía la conversación.
A Paola le dolía la marcha, le dolía abandonar aquella casa, pero no solo porque era su hogar, no solo porque era el lugar al que volver, su mundo, como le había confesado a él.
Paola temía que al irse estuviera abandonando el recuerdo de Adrián.
Le cayó una gota en la cara. Miró hacia arriba y descubrió un diminuto reguero que se precipitaba por una viga.
Allí había una pequeña gotera por la que se filtraba el agua, la única que Adrián no habría visto cuando reparó el tejado.
«Adrián, siempre Adrián», pensó, un fantasma que desde el más allá se colaba entre Paola y él, invencible.
Se la había arrebatado una vez y amenazaba con volver a hacerlo, porque luchar contra un recuerdo se le antojaba un imposible, y se sentía impotente al advertir con nitidez que podía perderla de nuevo.
Se movió un poco para evitar que le cayeran más gotas y entonces escuchó cómo entraba José y se unía a las mujeres en la cocina.
Envidió poder moverse con la libertad de los demás, aunque era consciente de que sus últimas salidas ponían en peligro a todos.
Intentó retomar el hilo de la conversación tratando de despejar su mente de pensamientos oscuros.
—¿De dónde sales tú? —preguntó entonces Paola mirando a su hermano, que llegaba empapado.
—Le pedí que trajera agua —intervino Petra—. Estaban los cubos vacíos.
—Os he dicho que por ahora no quiero que salga, no necesito que nadie lo vea y vuelvan a hacernos una visita para saber quién es.
—Pero ¡si está diluviando! —José se quitó el jersey y Paola se preguntó cuándo había crecido tanto—. Solo he ido hasta la fuente, lo necesitaba. Si paso más tiempo encerrado me voy a volver loco.
No quería que sonara a queja, pero lo había parecido. Sabía que su hermana hacía lo que podía, pero no estaba acostumbrado a vivir así, y las paredes se le venían encima cada vez con más frecuencia y más intensidad.
—¿Crees que podré quedarme en el pueblo? —añadió sin más preámbulo. No podía pensar en otra cosa desde que Paola había anunciado sus intenciones de marchar a Portugal.
Ella se encogió de hombros. Un olor muy agradable comenzaba a desprenderse del guiso. Lo miró y se dio cuenta de que esperaba una respuesta. Suspiró, buscó un poco de apoyo en Petra, pero esta solo enarcó las cejas y puso cara de circunstancias.
—No lo sé —dijo al fin, a sabiendas de que aquel era el mayor deseo del muchacho—. ¿Tan horrible sería venir con nosotros?
José reflexionó un instante y trató de medir sus palabras para que no se entendieran mal.
—Agradezco todo lo que estás haciendo por mí, hermana, y no quiero que pienses que no lo valoro, pero este no es mi mundo.
Me asfixia esta vida de reclusión y de falta de actividad.
Añoro el pueblo, subir a los campos con padre, volver a ver a mis amigos, y lo peor de todo, es que no entiendo qué mal he hecho para que tenga que estar encerrado o huyendo —se lamentó—.
¿De verdad no crees que las cosas pueden haber mejorado allí. ..? ¿Que habrán dejado de buscarme?
Paola no creía que las cosas hubieran mejorado en absoluto. El odio que se había instalado entre unos españoles y otros era común a cualquier lugar y su pueblo no sería menos. Aun así, no quiso desanimarlo todavía más.
—Sí, supongo que es posible que las cosas se hayan calmado —comentó sonriendo con fingida despreocupación— y que puedas volver a tu vida de siempre.
El joven la miró a los ojos y supo que mentía, pero lo conmovió su esfuerzo por disimular lo que pensaba.
Él también estaba convencido de que todo seguiría igual, porque las malas lenguas y los malos sentimientos nunca descansan.
Sin embargo, no quería rendirse de antemano, habría que esperar y dejar abierto un resquicio a la esperanza.
La lluvia seguía repiqueteando en los cristales de forma persistente, y un ligero viento se colaba por debajo de la puerta advirtiendo de la proximidad del invierno.
La mente de Paola era una máquina que trabajaba a toda velocidad, sentía el peligro cerca, no sabía explicarlo, pero su intuición le decía que no podían perder el tiempo, porque aquel reducto de seguridad que siempre consideró su hogar se había hecho muy vulnerable.
Pensó en Manuel, encerrado por encima de ellos; en Petra, que preparaba la cena junto a ella; en sus hijos, que jugaban tranquilos en el suelo; en Pili, que acababa de aparecer empapada y maldiciendo aquel tiempo desagradable; y en José, que se mantenía pensativo a su lado.
Todos esperaban de ella el milagro, todos confiaban en ella para seguir adelante, todos se dejaban llevar por sus decisiones.
¿Y si se equivocaba? Empezó a poner la mesa, distraída.
—¡Ummm! ¡Qué bien huele eso! ¡Tengo tanta hambre! ¡Carmeeen! Hoy cenamos también. —Adrián había guardado sus piedras y, nervioso, daba toquecitos a su hermana para hacerle partícipe de la gran noticia.
Paola dejó sus pensamientos aparcados junto a sus preocupaciones y sonrió con ternura al contemplar cómo el pequeño se disponía a echar una mano sin que nadie se lo pidiera.