35 #2
Por primera vez en mucho tiempo, Paola sintió que aquella señora de la alta sociedad le estaba dando una orden; se había dirigido a ella como lo haría con una criada, y no con una amiga.
—Lo siento, pero no puedo quedarme aquí —insistió ella, molesta y algo humillada.
—¿Es por dinero? ¿Por la comida? —preguntó María—. ¿No es suficiente lo que te mando? Puedo darte más.
Hablaba atropelladamente con los ojos cargados de ansiedad y Paola empezaba a agobiarse. No había contado con la posibilidad de tener que dar muchas explicaciones.
—No, señora, no es eso. No sabe lo que le agradezco todo lo que ha hecho por mi familia.
—¿Entonces?
—Tengo una hija en el pueblo con mi madre y necesito ir a por ella.
—¡Ah, bueno! —dijo la señora de Palomeras del Viso con mal disimulado alivio—. Si es solo eso no hay problema. Yo haré que te la traigan, solo tienes que darme la dirección de ese lugar y un coche irá a recogerla.
Paola era consciente de que cada vez todo se liaba más y se hundía en sus propias palabras. Lo que estaba escuchando le quemaba la sangre. ¡Hubiera sido tan fácil saber eso unos meses atrás! Ahora podría disfrutar de su pequeña y no penar pensando si podría recogerla o no.
—Señora, tampoco le puedo dar demasiadas explicaciones, solo quería despedirme, agradecer su ayuda, desear que su parto sea una horita corta y que su hijo nazca sano y fuerte.
Doña María miraba sin entender. Aquel día parecía estar todo en su contra, primero la discusión con su marido y ahora esto.
Había llegado a ver en Paola una auténtica amiga, una de las pocas personas con las que podía contar, y resultaba que la iba a abandonar en el peor de los trances, cuando más necesitaba sus palabras, sus conocimientos y su compañía. La miró con hostilidad.
—Pues nada, con Dios y que te vaya bien —pronunció las palabras con rabia. Se sentía defraudada. Se dio la vuelta y se quedó mirando la ventana. Pequeñas gotas volvían a estamparse contra los cristales.
—Señora —Paola volvió a intentarlo—, le juro que no me queda otro remedio. Estoy en apuros, tengo un grave problema que no puedo contarle, pero que me obliga a abandonar mi casa. ¿Cree que si no fuera una cosa así me marcharía?
La señora de Palomeras giró la cabeza y miró de frente a la que había considerado su amiga y descubrió en sus ojos aflicción. Ella misma tenía un nudo en la garganta.
—¿Tan grave es? —se rindió.
Paola se lo jugó todo y asintió. No era sensato estar diciendo aquellas palabras, pero sentía que debía mucho a esa mujer.
Doña María, contra todo pronóstico, extendió su mano y tomó la de su amiga. Sus pieles se rozaron; una suave, perfumada, la otra llena de callos y surcada de arrugas.
—¿No puedo ayudar en nada?
Paola negó, tragándose las lágrimas.
—Su posición no se lo permitiría. Disculpe lo que voy a decirle, pero su vida y la mía no tienen nada en común, solo se cruzan en los minutos que compartimos, nada más.
Yo vengo de la calle, no soy lo que usted ve.
Lucho cada día, cada segundo por llevar algo a mi casa, por que mis hijos no mueran de hambre, no pasen frío.
Y para usted esas palabras no significan nada.
Tiene hambre y alguien le pone un plato caliente, tiene frío y alguien le da calor.
Sus preocupaciones y las mías en nada se parecen.
Por eso le ruego que lo entienda, que comprenda que lucho para que mis hijos tengan una vida mejor como usted luchará para que a su hijo no le falte de nada.
Una lágrima solitaria de aceptación corrió por la mejilla de aquella mujer que sentía en el alma que perdía a alguien importante en su vida, que sabía que echaría de menos a Paola.
—He venido —continuó esta— porque usted se ha portado conmigo como una amiga y a las amigas no se las abandona sin una explicación.
Me ha dado comida para mis hijos y ropa para abrigarnos y eso, créame, en los tiempos que corren es mucho, muchísimo.
Tenía la necesidad de darle las gracias, de corazón y en persona.
—No sé quién tiene que agradecer más a quién.
—Doña María torció la cabeza y se volvió a palpar el vientre—.
Yo estaba perdida y sola, y tú alimentaste mi alma, que es tan importante como alimentar el cuerpo.
He esperado con impaciencia cada una de tus visitas, he escuchado con atención cada una de tus palabras y me he sentido un poco mejor con cada cosa que te daba.
Perdona si he sido brusca, si me he portado de manera egoísta, pero, aunque no lo creas, dejas una huella en mi corazón y un vacío en mi alma.
No alcanzo a imaginar lo difícil que debe de ser tu vida, quizá tendría que haber puesto más atención, aunque ya es tarde para eso. ¡Te echaré tanto de menos!
Y las dos mujeres se abrazaron, tan diferentes, tan lejanas, tan distintas y tan unidas en aquel momento.
—Si necesitas algo, no dudes en acudir a mí, ¿entendido?
Paola asintió, no le salían las palabras; el nudo de añoranza que llevaba sintiendo los últimos días acababa de agrandarse.
—Le haré llegar por algún medio noticias sobre mí —prometió—, y espero que me conteste y me cuente cosas de su hijo, de sus progresos y de su vida.
Por fin se despidieron y Paola salió de la habitación dejando la Virgen para no hacerse cargo de ella nunca más. Se sentía extraña, como si le faltara algo, y es que el peso de la imagen estaba unido a las visitas a aquella casa.
Se fue a cambiar, pero no encontró su ropa en la silla donde la había dejado. La cocinera se acercó enseguida y le entregó dos paquetes en una bolsa de tela.
—No pensará ponerse todo eso empapado, cogerá una pulmonía. Llévese lo puesto, ya no le vale a nadie.
Paola la miró desconfiada, dejó la bolsa en el suelo y revolvió el paquete que tenía la ropa.
—Está ahí, al fondo —indicó la cocinera.
—No dirá nada, ¿verdad?
—¿Yo? Cada uno se defiende como puede. La vida no es tan fácil como parece en esta casa. No vivo aquí, solo trabajo, y también tengo que apañármelas como puedo.
Después de revolver un poco más, Paola encontró lo que buscaba: sacó el hacha y se la colocó para que pasara desapercibida.
—Le he puesto también unas galletas para los niños.
Seguir allí le pesaba, así que dio las gracias a la cocinera, bajó las escaleras y se perdió entre la lluvia que había empezado a arreciar de nuevo, escondiendo las lágrimas que no se había permitido hasta ese instante.
Llegó a su hogar sin incidentes; el día no estaba para seguir a nadie.
El agua había vuelto a calarle hasta los huesos, por lo que lo primero que hizo fue cambiarse de arriba abajo y encender la cocina junto a la que se sentó para entrar en calor.
La casa se hallaba en silencio. Intuyó que todos estaban con las vecinas y agradeció esos ratos de paz.
Tenía que pensar, necesitaba alejarse de ese sentimiento de abandono y tristeza que la acompañaba cada vez con más fuerza.
Se trataba de caminar hacia una vida mejor, se trataba de salvar la vida, se trataba de seguir avanzando en contra de las circunstancias.
Sin embargo, no conseguía remontar esa sensación de pérdida, de rendición, de derrota.
Manuel apareció en el marco de la puerta, pero Paola no lo vio.
Estaba de espaldas, con la cabeza apoyada en las manos y los codos sobre la mesa, tan perdida en sus pensamientos que no le oyó acercarse.
Se sobresaltó cuando sus brazos rodearon su cuerpo y se relajó cuando aspiró el conocido aroma que emanaba de su persona.
La besó el cabello empapado y ella se irguió y se apoyó contra él.
—¿Cómo ha ido? —preguntó. Después se giró, tomó sus manos y se sentó frente a ella.
—Todo lo bien que cabía esperar.
—Pues no pareces muy contenta.
—No lo estoy.
—¿Qué te preocupa?
Elevó los ojos y observó a su amigo; necesitaba otro buen afeitado.
—No sé cómo me preguntas algo así. Me preocupa todo, pero ahora mismo no es preocupación lo que siento, eso ya llegará cuando se acerque el momento.
—¿Entonces?
Se levantó deshaciéndose de las manos de Manuel y extendió los brazos. Giró y volvió a quedarse donde estaba.
—Este es mi mundo, esto que ves; toda esta miseria es mi mayor tesoro. Aquí creí que sería capaz de alcanzar la felicidad con mi marido y mis hijos, que sería el hogar donde envejecería junto a Adrián.
Manuel agachó la cabeza. El dolor que aquellas palabras le producían solo resonaría en su corazón, no podía permitir que saliera de ahí. Obligó a su amor a permanecer en silencio y únicamente el final de su tristeza habló por él.
—Nada es eterno, a nada nos podemos aferrar porque nada nos pertenece —filosofó.
—Pero yo no sabía eso. Yo me crie entre campos inmutables y personas que maduraban y envejecían al paso de la vida, no a trompicones y antes de tiempo.
Me cuesta dejar atrás todo esto; me cuesta mucho, Manuel.
Me siento vulnerable fuera de estas paredes.
Quiero sentarme bajo mis parras, en mi patio, bañando a mis hijos en los baldes al sol.
Quiero guisar en esta cocina, recuperar mis muebles, oír la risa de mis pequeños.
.. volver atrás. Pero sé que eso es imposible y esa idea no me deja respirar.
La añoranza no me deja vivir, me está ahogando sin remedio.
Se dejó caer en la silla como si de repente le hubieran fallado las fuerzas.
—Sé que tengo que hacer muchas cosas y sé que tengo que buscar la ilusión en los cambios que se avecinan, pero la nostalgia empieza a adueñarse de mi voluntad y amenaza con no dejarme seguir adelante —concluyó derrotada.
Manuel la miraba confundido, no sabía qué decir para ayudar a que recuperara el ánimo.
—¿Quieres bailar? —dijo de pronto.
Paola lo miró sin comprender.
—¿Bailar?
—Eso he dicho, bailar. ¿Cuánto hace que no bailas?
—No te entiendo. ¿Es que no has escuchado nada de lo que te he contado?
El miliciano se levantó y alargó la mano.
—¿Quiere concederme este baile, señorita? —puso la voz engolada. Ella no pudo contener la carcajada.