Vientos de ira 35
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Era martes, el día de la semana en el que visitaba la casa de la señora de Palomeras del Viso. No había dejado de llover en las últimas jornadas y los caminos estaban embarrados por el agua, pero no hacía frío, aunque la humedad en los huesos de los pobres se sentía el doble.

Paola se despertó temprano, últimamente dormía mal, tenía pesadillas extrañas en lugares desconocidos.

Se estiró y se asomó a la ventana. Las parras lloraban intermitentemente y, por un instante, su mente quedó perdida en las gotas que seguían inundando el suelo.

Observó el patio. Las maderas que había ido acumulando para quemar en invierno, bien amontonadas contra la pared, se estaban empapando, pero daba igual; no las utilizaría.

Ni eso ni ninguno de los trastos que almacenaban en aquel espacio, esos materiales que con tanto trabajo había ido trayendo de todas partes para intentar darles uso, para luchar a través de ellos con la pobreza.

Se sentía ajena a todo lo que estaba ocurriendo, era como si el control que siempre había mantenido se estuviera escapando por las rendijas que abrían las circunstancias en su existencia.

Siempre supo qué hacer, de dónde sacar, cómo buscar; siempre supo, sobre todo, a dónde volver.

Y ahora todo se ceñía a abandonar aquello, a dejar atrás su hogar, a cerrar una puerta que la había mantenido a salvo, a caminar hacia un futuro incierto e inseguro arrastrando con ella todo lo que amaba y por lo que se había sostenido en pie.

Se abrazó a sí misma, cerró los ojos y suspiró.

Le hubiera gustado tener un mínimo de ilusión, pensar en un futuro que quizá le trajera algo bueno, que quizá rompiera esa cadena de tristeza que hacía años soportaba.

El dinero, frente a lo que siempre había pensado, únicamente la separaba de todo lo que alimentaba su fe.

Se volvió y dejó atrás sus pensamientos, no le servían de nada porque ninguna otra cosa se podía hacer.

Le hubiera gustado ser capaz de doblar la casa como si fuera un pañuelo, con su acera diminuta, con su patio, con su gallinero y sus trastos, guardarla en un hatillo y llevarse todo con ella.

Volver a empezar con aquellas paredes conocidas, con sus parras que daban sombra en el verano, con la trampilla que llevaba al tejado y al cosquilleo de lo prohibido.

Sacudió la cabeza ante un pensamiento tan absurdo y se dispuso a prepararse para salir.

Al final, había decidido ir sola; no la acompañarían ni Carmencita ni Pili, como le había dicho a Manuel en un principio.

No quería que nadie dependiera de sus decisiones, prefería que, si pasaba algo, la cogieran a ella y a nadie más.

Saldría muy temprano, cuando las gentes de bien dormían, caminaría con rapidez y se mantendría alerta en todo momento.

Nada de tranvía, nada de vender en la esquina los huevos; solo pretendía llegar y dejar zanjado el asunto.

Se puso una pañoleta en la cabeza; serviría de muy poco con la que estaba cayendo, pero no tenía nada mejor con lo que protegerse.

El hacha, más presente que nunca, entre su falda descolorida y mil veces usada; el jersey negro que la resguardaba del frío y la Virgen cubierta por un terciopelo que, a su vez, protegió con otro trapo más grueso.

Cuando cerró la puerta tras de sí, un azote de nostalgia restalló contra su corazón al pensar que sería la última vez que cargaba con la imagen; era un paso más hacia la despedida.

Caminó a toda velocidad bajo el aguacero, apenas se cruzó con nadie y cuando llegó era tan pronto que tuvo que hacer tiempo, empapada, bajo aquella lluvia persistente que parecía no tener fin.

Decidió cruzar la calle y guarecerse en la vivienda que seguía en construcción, entre cuyos restos habían encontrado la mochila.

Ya no quedaba ni rastro de las piedras amontonadas junto a sus paredes, todo estaba limpio y preparado para volver a levantar el flamante edificio que antaño debió de ser.

Había obreros dentro, a resguardo del aguacero; los oía despotricar sobre el maldito tiempo.

Se sentó en el suelo, en lo que probablemente sirvió de garita al portero, que aún mantenía el tejado intacto, y se dispuso a esperar.

Tenía frío, le temblaba todo el cuerpo a causa de la humedad, y desde su escondite observaba cómo la ciudad iba despertándose.

No sabía cuánto llevaba allí cuando vio a unos hombres que caminaban directamente hacia ella. Eran más de diez. Unos iban en silencio, con las manos en los bolsillos y con la cabeza gacha para librar el rostro de la lluvia, mientras otros charlaban sin que al parecer les molestara el agua.

Paola se tensó y, tras dejar la imagen en el suelo, tocó el hacha con las manos para darse valor.

Los hombres giraron sin percatarse siquiera de su presencia y por sus comentarios pudo adivinar que eran más trabajadores que comenzaban su jornada en ese inmueble.

Apoyada en la pared, se dejó caer hasta quedar sentada de nuevo sobre las antiguas baldosas de la portería.

Se sintió estúpida, se sintió vulnerable y fue consciente de que era imposible vivir de aquella manera, siempre mirando su espalda, siempre temiendo lo que pudiera ocurrir, siempre con el miedo persiguiendo sus pasos.

Los obreros empezaron con sus tareas e imaginó que no estaría permitido que estuviera allí, así que cogió la imagen y salió.

La lluvia parecía haber dado una tregua a los infelices transeúntes que, como ella, no disponían de nada con lo que guarecerse.

Subió las escaleras, llamó al timbre y esperó que alguien abriera la puerta.

Para su sorpresa, fue la cocinera quien apareció al otro lado. Sonrió y la condujo hasta la cocina.

—Todo el mundo está muy ocupado hoy —dijo a modo de saludo—. Tenemos gente importante para la cena. La señora está indispuesta y el señor se niega a suspender la fiesta. ¡Menuda bronca la de esta mañana! No le digo más que él se ha marchado dando un portazo.

Paola no dijo nada, no le gustaban los cotilleos de las criadas. Ella había sido experta en esas lides y sentía bastante aversión desde entonces. El aroma de la cocina la asaltó una vez más.

—Pero ¿podrá atenderme doña María o vengo en otro momento?

—¡Oh, no! Ha dado indicaciones precisas de que nadie la moleste excepto usted, pero no puede entrar así; lo pondría todo perdido.

Está empapada y llena de barro, y con el lío de la cena todos están un poco alterados.

¡Si pasa y mancha algo, se puede montar una.

..! —La cocinera sacudió la mano para mostrar la magnitud de lo que podía suceder—.

Espere que le traiga alguna cosa que ponerse.

Un momento después, apareció con unas prendas muy usadas pero limpias y unas zapatillas demasiado grandes.

—No he podido encontrar nada mejor —dijo ligeramente compungida. Pídale disculpas a la señora de mi parte.

Paola dejó su ropa bien doblada sobre una silla, ocultó el hacha entre varias prendas y se puso aquellos pingajos.

Luego cruzó el salón, que se hallaba desbordado por una actividad frenética, rumbo al cuarto de doña María.

Llamó a la puerta y entró. La mujer estaba sentada en la cama, apoyada sobre un montón de cojines que aparentaban ser muy cómodos.

Según entró Paola, la miró de arriba abajo, pero antes de que dijera nada, esta se disculpó.

—Siento aparecer con este aspecto, pero me he empapado viniendo para acá y la cocinera me ha prestado esto —se excusó y sin más dejó la imagen sobre una cómoda.

Doña María tenía los ojos hinchados, síntoma de haber llorado y, aunque quería disimular, su voz arrastraba una pena imposible de disimular.

—¿Llueve todavía?

Paola negó.

—Ya había parado cuando subí.

Doña María suspiró. La alegría se encontraba a mucha distancia de allí, su abultado vientre subía y bajaba al compás de su respiración y, en un acto reflejo, ella ponía las manos continuamente sobre él.

—¿Puedo preguntar qué le pasa, si no es una indiscreción?

La mujer la miró un instante y con la mano le hizo un gesto para que se sentara. Ella acercó una silla y se colocó a su lado.

—He discutido con mi marido. Nunca lo había visto así, estaba... furioso. Y todo por esa maldita invitación.

Paola se removió en la silla, pero no dijo nada.

—Tenemos una cena con todos los gerifaltes del gobierno, uno de esos eventos de vital importancia.

—Y al decir las últimas palabras puso la voz ronca de un hombre—.

No me encuentro bien, mi querida amiga. Me encuentro pesada y torpe, me duele la espalda como si me corrieran mil rayos por las piernas, tengo ardores.

.. ¿No se puede atrasar el dichoso evento hasta después del parto?

—En eso no puedo ayudar, señora; es algo que se me escapa. Comprendo que su esposo debería entenderlo, pero no sé si estas cosas, con gente tan importante, pueden retrasarse sin que tengan consecuencias para la carrera de su marido.

Doña María asintió con poco convencimiento.

—Se me están haciendo larguísimos los últimos meses —suspiró.

—Siempre ocurre lo mismo. Al final, una desea que pase todo de una vez.

Las dos mujeres siguieron hablando de los pormenores del final del embarazo y del parto.

Después la señora rezó sus oraciones, que Paola estaba segura, ahora tenían que ver con el momento del alumbramiento.

¡Qué ocupada tenían a la Virgen aquellas señoronas, como las llamaba Pili!

No le extrañaba que quedara tan poco para los pobres.

Había pasado más de una hora y era la hora de marcharse. Paola se armó de valor.

—Señora María, le tengo que dejar la imagen aquí. Alguien vendrá a recogerla desde la iglesia. Mande usted recado, por favor.

La cara de extrañeza de su interlocutora condensó todas las preguntas en un solo gesto.

—Me marcho a vivir al pueblo, ya no volveré más —mintió Paola.

—¡¿Cómo?! ¿Por qué? Eso no puede ser. No... No puedes dejarme en estos momentos.