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Hicieron una sopa con verduras y pollo; podían comprar cosas mejores, pero sería un alarde absurdo, aquellas pobres gentes no tenían más que hacer que mirar a todas horas tras los visillos.
El pollo lo había traído Paola en su bolsa de desechos, como un trasto más, al igual que las verduras, algo que no llamaría la atención de nadie.
Media hora después, Petra entró con cara de pocos amigos y se sentó con los demás.
Los niños no sabían muy bien qué pasaba, pero intuían que algo no iba bien, por eso aquella noche se mantuvieron callados, comiendo la deliciosa sopa con la cabeza gacha.
Después recogieron todo y Carmencita y su hermano se fueron a dormir.
Petra, Pili, Paola y José se quedaron en la cocina a la luz de las velas.
El silencio era muy incómodo y de vez en cuando se oía un suspiro o un bostezo, pero nadie sabía qué decir.
—Imagino que os habrá dicho mi hermana que yo no me voy a ir a ningún sitio. —Petra por fin se decidió.
Paola asintió y José la miró confundido.
—No es muy razonable, Petra.
—¿Y qué consideras tú razonable? ¿Largarnos a sabe Dios dónde? Al menos aquí lo conozco todo.
Paola miró a su vecina con disgusto.
—Es peligroso quedarse —insistió.
—Pero ¡si yo no he hecho nada! ¿Quién te manda a ti a meternos en tus problemas? —Su tono demostraba la cólera que la invadía.
—Lo siento, Petra, lo siento muchísimo. Siempre he hecho las cosas pensando en todos. Esta vez simplemente me equivoqué.
—¡Me equivoqué, me equivoqué! —se burló con amargura—. Y ¿dónde nos deja eso a los demás? ¿Fue tu amigo el del tejado quien te lo aconsejó? ¿Fue él, que ya está cansado de vivir en una ratonera?
—¡Basta ya, hermana! —Pili salió en defensa de su vecina—. No es justo que te pongas así con la niña. Si hemos sobrevivido ha sido gracias a ella, y tú lo sabes. Si tienes miedo y no quieres irte lo entiendo, yo me quedaré contigo, pero no puedes acusarla de hacer algo para perjudicarnos.
Pero Pili no pudo seguir. Carmencita, con ojos de sueño, acababa de hacer acto de presencia y miraba sin entender a las tres mujeres; era extraño verlas discutir y no comprendía qué pasaba.
Su madre, sentada aún en la silla con la cabeza entre las manos, ni siquiera se había percatado de su presencia, pero levantó los ojos cuando su vecina calló.
—¿Os estáis peleando?
—¡Oh! No, no, no —dijeron al unísono. Las tres mujeres dulcificaron el gesto como si estuvieran programadas y se acercaron raudas a la niña, que no se había creído nada.
—¡Os estabais peleando! ¡Lo he oído desde el cuarto! —afirmó con obstinación.
—Pero ya se nos ha pasado —Pili contestó antes de que nadie dijera nada.
Carmencita las miró escéptica. No parecía que le estuvieran diciendo la verdad y torció la cabeza.
—No quiero que discutáis —dijo por fin—. Tenemos que estar todos juntos y llevarnos bien. Mamá siempre me lo dice cuando Adrián y yo regañamos: somos nuestra única familia y si estamos aquí es porque cada uno de nosotros hemos puesto de nuestra parte. ¿Verdad que siempre nos dices eso?
Las tres bajaron la cabeza. La niña tenía toda la razón, si estaban vivas era porque cada una había cumplido su cometido.
—Ve a la cama, hija, te prometo que se acabó la discusión. —Paola se levantó y se acercó a la pequeña, le dio un beso en la frente y la empujó levemente para que se fuera.
Después se volvió y, con los ojos brillantes, abrazó a cada una de las hermanas.
—Si no quieres venir estás en tu derecho —le dijo a Petra—.
No será nada fácil la huida y ni siquiera puedo asegurar que tengamos éxito.
Tampoco sé a lo que os enfrentáis quedándoos aquí.
Siento en el alma que estéis en esta situación por mi culpa, me encontraré vacía sin vosotras y jamás podré agradeceros lo que habéis hecho por mi familia, pero no debo ser egoísta.
Paola se separó definitivamente de ellas, que la miraban con ojos indecisos.
—Que sepas que si voy no lo haré porque tú me lo pidas, iré porque Carmencita necesita a alguien con dos dedos de frente a su lado —anunció Petra componiendo un gesto de fastidio—. ¡Odio que me ocultes las cosas, niña!
Así que ese era el problema, se dijo Paola; ahora lo entendía.
Su vecina se sentía dolida porque la habían ninguneado, porque se habían tomado decisiones sin tener en cuenta su criterio, decisiones importantes que afectaban a su vida.
Comprendió que se había comportado de forma egoísta y soberbia, había dado por sentado que su decisión se asumiría sin más, y era lógica la respuesta de aquella buena mujer. Volvió a abrazarla.
—Lo siento, lo siento en el alma. A veces actúo de una forma horrible —le susurró al oído.
Petra se separó y le colocó el pelo tras la oreja.
—No sé qué ibais a hacer sin mí —concluyó levantando los hombros.
José asistía a toda aquella palabrería sin entender nada.
No compartía esa emoción, no alcanzaba a comprender por qué antes no y ahora sí, no entendía los abrazos, los perdones, las tímidas sonrisas; se sentía un extraño que viviera al margen de aquella familia fraguada en las penalidades y en la miseria.
Desconocía sus códigos secretos, su pasado, sus dolores, sus envidias y rencores —si es que había de aquello—.
Por eso, una vez más decidió callar, como hacía siempre que no veía claras las cosas, pero se alegró de que al fin todo estuviera resuelto.
La tensión entre las personas le provocaba malestar.
Él, por su parte, confiaba en poder quedarse en su pueblo y seguir con su vida, con sus padres, con su hermano, en aquellas tierras que lo habían visto nacer.
El obligado encierro en esa maldita ciudad, en esa casa, en esa habitación, con esa familia impostada cuyos comportamientos no alcanzaba a descifrar, cada vez se le hacía más cuesta arriba.
Nuevamente las penurias, las miserias y el dolor unían a unos y alejaban a otros.
Daba igual la sangre que corriera por las venas, los lazos que se habían gestado en la soledad de la ausencia pedían su espacio en aquel mundo de apoyos y rechazos.
Muchos años atrás, José había visto partir a su hermana con la tristeza lamiéndole las entrañas, pero el tiempo, capaz de desgastar cualquier arista, acabó por convertirla en una mujer ajena cuyo empeño en salvar a todos era incapaz de comprender.