Vientos de ira 34 #3
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—No nos queda más opción, en serio. Siento haber metido la pata de una manera tan absurda, siento haberos puesto a todos en peligro, lo siento mucho, pero os voy a sacar de esta.

Lo prometo. —Acariciaba el pelo de su vecina, que sollozaba sin poder controlarse—.

No podemos permanecer aquí a la espera de que nos maten, nos detengan, nos interroguen o vaya usted a saber.

Sería un auténtico martirio quedarnos a esperar a ver qué pasa.

Tenemos todo ese dinero, podemos utilizarlo y sé que nos abrirá un montón de puertas, y aún nos quedan más cosas para vender.

—¿Y no te podría ayudar la señorona esa de la Virgen a través de su marido? Has dicho mil veces que es un hombre muy influyente —propuso su vecina, hipando entre llantos.

Paola negó con la cabeza, ni siquiera era necesario verbalizar lo que todos ya sabían: que un tipo como aquel jamás ayudaría a un rojo. Aunque solucionaran el tema del dinero con Feliciano, si este delataba a Manuel, estaban perdidos.

Pili siguió sollozando muy bajito y dejó caer la cabeza contra el hombro de su amiga.

—¿Estás segura de que es la única opción? —preguntó de nuevo José. Miraba a aquella mujer llorar y sentía que su deseo de volver pronto al pueblo se alejaba cada vez más.

—Sí, hermano, creo que es la única posibilidad de mantenernos todos a salvo.

Manuel permaneció en silencio porque no le correspondía a él solucionar aquellos problemas relativos a unas emociones que no compartía.

Desde un punto de vista pragmático, él creía que iban a vivir infinitamente mejor en el país vecino que en el propio; las condiciones en España eran muy difíciles, muy adversas para ellos, con restricciones de todas las libertades, con hambre, con corrupción, con miseria y miedo.

Sin embargo, cuando finalizaron los lamentos y todo quedó dicho, se sintió en la obligación de aclarar algo fundamental.

—Lo que tenemos por delante es un camino durísimo, no exento de riesgos y sin la seguridad de que todo vaya a llegar a buen puerto.

No será nada fácil salir del país y menos sin la documentación adecuada, como me ocurre a mí.

Habrá que asumir que en un determinado momento tendremos que movernos al margen de la legalidad, por lo que hay que planear todo al máximo, hasta el último detalle.

Va a ser muy complicado y tal vez no lo consigamos todos, pero hay que intentarlo.

Paola lo miró molesta. Había sido un varapalo para la familia saber lo que les esperaba, y no le pareció conveniente echar más leña al fuego. No era necesario dar toda la información de golpe, pero Manuel no entendió aquella mirada y se disponía a seguir cuando ella lo interrumpió.

—No le hagáis demasiado caso, es un cenizo.

No digo que vaya a ser un camino de rosas, pero tampoco hay que sacar las cosas de quicio.

Tenemos dinero para hacer un viaje cómodo.

Primero pasaremos por el pueblo, despediremos a los padres —miró a José— y recogeré a mi pequeña Paola.

Si las cosas están tranquilas allí, puedes quedarte; si no, vendrás con nosotros.

Luego seguiremos adelante y cruzaremos la frontera.

Manuel nunca había sido partidario de esconder la realidad y aunque no estuvo de acuerdo con las últimas palabras de su amiga, calló prudentemente.

Jamás había tenido a su cargo otras personas que no fueran soldados y con estos él siempre procuró ser sincero, hasta cuando comprendió que no tenían salida o cuando supo que todo estaba perdido.

Hubiera tenido el mismo comportamiento con esa familia para que estuvieran preparados, para que supieran que estaban asumiendo un enorme riesgo.

Su pelotón arrastraba dos niños —que pronto serían tres—, con lo que eso conllevaba, dos mujeres ya con cierta edad, un muchacho que tal vez no fuera con ellos y Pau.

Era mejor que supieran sus posibilidades desde el principio porque eso les permitiría decidir.

En cuanto se pusieran en marcha, no habría vuelta atrás.

Aquella misma mañana, cuando los niños volvieron a casa, mientras Petra hacía la comida con ojos inquietos y Pili la ayudaba, sin pronunciar una palabra, mientras José recogía en el patio unas uvas que no se venderían en el mercado negro y Manuel había vuelto a su encierro, Paola escribió una carta a su familia en la que, sin aportar detalles, les informaba de que el sábado del segundo fin de semana de octubre, al caer la tarde, visitaría la casa familiar para recoger a la pequeña Paola y traerla de vuelta a Madrid.

Manuel, desde su escondite, entre las tablas del suelo, la miraba escribir concentrada, con la atención puesta en cada palabra que sus manos dibujaban, y un recuerdo lejano y difuso, perteneciente a otra vida llena de otros personajes, le vino a la mente.

Allí estaba la imagen de una Paola mucho más joven e ingenua que escribía a su familia desde la casa de los Ruiz de Villanueva.

Rememoró, entonces, las veces que la había contemplado en aquella postura, con lágrimas en los ojos, mientras engañaba a los suyos para que no se preocuparan, asegurándoles que todo iba bien en Madrid.

Se sintió repentinamente triste. Ya no era su pequeña Pau, ya no era la inocencia y la bondad, no era la sonrisa fácil ni la cháchara continua, ni la ilusión desbordada ni la curiosidad, ya no era la que había sido y nunca sería lo que fue.

Se maldijo una vez más por tanto pesar. No se merecía vivir esa vida llena de penurias, de peligros, de sinsabores, de horror.

Y con una punzada de desesperación se prometió en ese instante tratar por todos los medios, a través de su amor, de devolverle aunque solo fuera una milésima parte de lo perdido.

Tan sumido estaba Manuel en aquellos pensamientos que apenas se percató de que Paola terminaba la carta y se levantaba con ella en la mano, dispuesta a marcharse.

Hasta aquel momento, Paola no había podido comunicarse con su familia, pero en el barrio se hablaba de un chamarilero que, aparte de sus compras y ventas, se sacaba un sobresueldo llevando y trayendo misivas que se saltaban censuras y sospechas.

Así que, sin mucha convicción y sabiendo que podría caer en otro engaño, fue en su busca.

Desdentado, andrajoso y sucio, el chamarilero escuchó las indicaciones que ella le daba acerca de su pueblo y le dijo que por fortuna se dirigía a aquella zona.

Luego, para tantearla, le puso un precio que habría resultado desorbitado en otras circunstancias.

Paola, sin embargo, regateó, aduciendo que no tenía ese dinero y apelando a su condición de viuda pobre.

Después de mucho rogar, llegaron a un acuerdo y se despidieron.

Paola no las tenía todas consigo, aquel hombre podía quedarse con el dinero y tirar la misiva, pero valía la pena arriesgarse, se dijo; no tenía otra opción y, además, se consolaba pensando que, para mantener el negocio, a él le convenía cumplir con sus clientes.

Ya oscurecía y no había dejado de llover en toda la tarde.

Todo rezumaba añoranza en aquella casa y un silencio extraño señoreaba el hogar.

Ni siquiera los niños hacían ruido: Adrián, tirado en el suelo con un montón de piedras, se contaba una historia que nadie más que él comprendía; Carmencita leía una vez más el único libro que había en la casa, ese con el que su madre le había enseñado a leer.

José andaba haciendo mosto con las uvas en la cocina y Paola cosía, pensativa, nuevas prendas para los niños con los retales que había podido conseguir.

Sonaron las llaves y Pili entró a toda velocidad, se quitó el pañuelo que llevaba en la cabeza, lo sacudió un par de veces para eliminar la humedad y lo dejó colgando del respaldo de una silla. Se sentó junto a Paola, esta percibió el aire fresco que emanaba su vecina y sintió un escalofrío.

—Dice que ella no se mueve.

Dejó la costura y se volvió mientras se mordía el labio con preocupación.

—¿En serio?

—Y tan en serio. Dice que de su casa no la mueve nadie, que vosotros os podéis marchar si queréis, que lo sentirá mucho, pero que ella se queda.

—Es peligroso, Pili, muy peligroso. Todo el mundo sabe que somos una familia, que comemos juntos, que nos movemos juntos, que compartimos todo. Si vienen a por nosotros y no estamos, ¿a quién crees que detendrán?, ¿a quién interrogarán?

Pili asintió con pesar. Suspiró y se soltó una horquilla para volver a colocarla con cuidado, abriéndola con la boca, para que sujetara el mechón que se había soltado de su pelo.

—¿Y qué quieres que haga? Llevo intentando convencerla toda la tarde, pero ella no se baja de la burra. Incluso me ha llegado a decir que me vaya yo, si tantas ganas tengo, que ella sabe cuidarse sola.

Paola siguió cosiendo, era un antídoto contra las preocupaciones mantenerse ocupada. Su mente trabajaba a toda velocidad. De ninguna de las maneras contemplaba la posibilidad de dejar a sus amigas allí, pero tampoco se le ocurría cómo convencer a Petra; era muy cabezota cuando se lo proponía.

—¿Y si voy a hablar con ella?

Pili negó con determinación.

—Me parece que por hoy ya ha tenido bastante conmigo. Creo que en la cena no habría que sacar el tema y mañana lo volveremos a intentar.

—Está bien, seguramente tengas razón.

—Pero...

Dejó la frase sin terminar, aunque Paola intuyó sin más las siguientes palabras.

—Lo entendería —dijo por toda respuesta.

—Es mi hermana, siempre hemos estado juntas. No me separaría de ella por nada del mundo, por más que me doliera.

El silencio volvió a adueñarse de todo y Pili se levantó a preparar la cena.

Últimamente no había que preocuparse de la comida, todos los días había algo que llevarse a la boca; con dinero todo era mucho más fácil.

Trataban de ser discretos, de que nadie notara el cambio, pero era grato no tener que preocuparse de ello.

Paola fue tras su amiga y ambas trabajaron sin dirigirse la palabra.