Vientos de ira 34 #2
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—Querido hermano, te presento a Manuel, un amigo que tenemos escondido en el tejado —dijo Paola a modo de saludo ante el estupor del muchacho, que se había puesto en pie en un acto reflejo.

José quedó desconcertado. Sus ojos se habían abierto de forma desmesurada e iban constantemente de su hermana al extraño y volvían de nuevo a su hermana.

No le salían las palabras, no sabía qué decir, estaba petrificado, pero, sobre todo, cada vez era más consciente de que no tenía ni idea de quién era Paola.

Abrió la boca y la volvió a cerrar. Sus pensamientos volaban desbocados, inconcretos, aturullados y no era capaz de ordenarlos en una secuencia lógica de palabras.

—No hace falta que digas nada. De momento solo escucha y te contaré la historia.

—Su hermana aprovechó el silencio para continuar—.

Manuel es un viejo amigo de la época en la que yo servía en Madrid, y participó en la guerra defendiendo a la República.

Se exilió a Francia y, en cuanto volvió, lo persiguieron y acabó llamando a mi puerta.

A los amigos no se les niega la ayuda, y lo escondimos.

Además, le debemos mucho; gracias a Manuel y sus contactos, hubo una época durante la contienda en la que no nos faltó la comida, y esas cosas no se olvidan.

Entre el tejado y el techo hay un espacio y ahí lleva encerrado desde hace meses, escondido del mundo.

Como comprenderás, los niños no saben nada.

Paola dejó de hablar y miró a José. Este aún mantenía su silencio.

—Puedes confiar en él, te lo aseguro.

Manuel extendió la mano y José se la estrechó sin pronunciar una palabra.

—Y una vez que ya sabemos todos quiénes somos, vamos al meollo de la cuestión. Os voy a explicar por qué él está aquí y qué es lo que ha ocurrido.

Paola dudaba y, sin darse cuenta, comenzó a titubear porque no encontraba las palabras adecuadas para decir aquello que quemaba sus labios.

Manuel le apretó el antebrazo y José miró ese gesto de cariño con cierta extrañeza, pero no dijo nada.

Su hermana era una mujer adulta. Aun así, no le pareció bien esa familiaridad; seguía casada, aunque Adrián estuviera desaparecido.

Al final, tras ese momento de inseguridad, ella decidió ir al grano y soltar las cosas tal y como eran. Se sentó, se recogió un mechón de pelo tras la oreja y suspiró.

—Corremos mucho peligro —comenzó por lo más difícil.

Su hermano y Pili la miraron desconcertados.

—Tenemos que irnos de aquí —les dijo.

—¿Lo han descubierto? —José miró de soslayo a Manuel, pero Paola negó con la cabeza.

—No, no es por él. El asunto es mucho más complicado y necesito daros una explicación más detallada para que entendáis lo que nos ha llevado a esta situación.

Entonces les narró a grandes rasgos lo que había sucedido desde que habían encontrado la mochila, cómo descubrieron lo que contenía, las dudas que les generó lo hallado y, finalmente, cómo habían tomado la decisión de convertir aquellos objetos en dinero.

—Y, bueno... —concluyó con un suspiro—, el caso es que hemos empezado a vender las cosas en el mercado negro.

Pili no daba crédito a lo que estaba oyendo, pero su mente se había lanzado a atar cabos a toda velocidad. Su pie zapateaba el suelo sin control.

—No me digas más, niña. El ataque de ayer fue por eso.

Habías ido a vender algo. —Su vecina se levantó y se acercó a la puerta del patio, se quedó mirando un instante hacia afuera y de repente se volvió—.

¡Tú no estás bien de la cabeza! Sabes de sobra que esa gente no se anda con tonterías.

Parece mentira que a estas alturas seas tan inconsciente.

Y tú, Manuel, ¿cómo se te ocurre dejar que se ponga en peligro de esa manera?

—Acudimos a alguien de quien pensamos que nos podíamos fiar —se justificó ella—, pero nos equivocamos.

—Por no decir que podían haberte matado —intervino José con el ceño fruncido, rompiendo su persistente silencio.

—¡Nunca hay que confiar en esa gentuza! Parece mentira, niña —repitió Pili—, que no te lo imaginaras.

—Siento lo que ha pasado, eso ya no tiene solución. Probablemente fue una mala idea, pero lamentarse no lleva a ninguna parte. —Manuel no quería extenderse en las explicaciones, ya bastante culpable se sentía como para remover más la porquería.

Pili se sentó de nuevo y fue Paola quien se levantó; los nervios le impedían permanecer quieta.

—Fui a una joyería que regenta un individuo que era un conocido de Manuel, un lugar donde de modo ilegal se pueden poner en el mercado negro piezas como las que tenemos nosotros.

Son piezas únicas, reconocibles y, por tanto, según hemos podido saber, hay que sacarlas al extranjero.

El caso es que vendí un candelabro y me dieron mucho dinero, más del que he visto en toda mi vida.

—Miró por la ventana del patio, añorando antes de tiempo todo lo que había sido su mundo—.

Como las cosas iban bien, me llevé un puñado de joyas.

La cantidad que me ofreció ese tipo era astronómica, para marearse.

Supongo que en los círculos donde se mueven las personas que llevan estas cosas, precios así serán absolutamente normales, pero para nosotros es una fortuna.

Se volvió, tomó un vaso y lo llenó con el agua de una jarra que había sobre una repisa.

Miró a Manuel buscando no solo su complicidad, sino también su aliento.

A lo lejos se comenzaron a escuchar unos truenos; se acercaba una tormenta.

La luz que entraba en la cocina desde el patio de repente se esfumó y los grises se comieron el espacio.

Manuel sonrió a Paola y la invitó a continuar, quedaba la peor parte.

—Pues bien, después de pagarme por las joyas, alguien me siguió e intentó quitarme el dinero.

Ahora ya sabéis el verdadero motivo de la agresión.

Si ahí acabara la historia, si con dejar de aparecer por allí desapareciera el problema, no os habría tenido que reunir aquí.

Lo realmente peligroso es que mucho nos tememos que este fulano no se va a quedar de brazos cruzados, no va a parar hasta que no recupere su dinero, que en realidad es nuestro dinero, y no solo eso, es muy posible que pretenda localizar y después delatar a Manuel a las autoridades.

En estos tiempos que vivimos no hay mejor manera de limpiar las fechorías pasadas.

Pili soltó un gritito de angustia y se llevó las dos manos a la boca, como si quisiera evitar que todo el pánico que sentía en esos instantes se desbocara sin control e inundara el ambiente.

—¿Y cómo sabe ese que Manuel está aquí? —José aún no era consciente de la envergadura de lo que su hermana estaba insinuando.

—Porque casi se lo dije yo —contestó Paola.

—¿Cómo que casi? —la interrogó. No era hombre de acertijos.

—Para evitar que me estafara, que eso es lo que pretendía en un primer momento, le dije que venía de su parte. —Y apuntó a Manuel, que levantó las cejas en señal de disculpa.

—Así que ahora sabe que o bien lo escondes tú o bien sabes dónde está escondido —concluyó José.

Paola se sentó, derrotada, y miró a cada uno a los ojos buscando una comprensión que solo halló en los de Manuel.

—Eso es, precisamente de eso se trata. Estamos en un buen lío. ¿Por qué crees que he dicho al principio que corremos peligro?

—Y ahora, ¿qué vamos a hacer? Si no he entendido mal —Pili estaba pálida como una hoja de papel blanco, pero se esforzaba por que no le temblara la voz—, estamos en el punto de mira de un estafador y sus secuaces, que buscan robarte el dinero que has sacado por una mochila que a su vez robasteis.

Y también en el de las autoridades, que van a saber que hemos escondido a un rojo en el tejado de la casa durante meses. Creo que estamos bastante jodidos.

Todos la miraron sorprendidos, pues no estaban acostumbrados a oír de sus labios esas palabras tan soeces.

—Pili, la mochila no es robada; estaba enterrada bajo un montón de cascotes, y no tiene ninguna identificación que nos hubiera sido útil para su devolución.

—¡Ya! —contestó la vecina, y cierto sarcasmo asomó a sus pupilas.

—No tiene lógica discutir ahora por eso. Lo hecho hecho está, para bien o para mal. El caso es que nos quedamos la mochila y ahora es nuestra —zanjó el tema Manuel.

—¿Qué opciones tenemos entonces? —preguntó José un poco atemorizado también.

Paola cogió aire y se dispuso a soltar la bomba. La expectación que estaban despertando sus palabras tensó todo su cuerpo y supo que, si tomaban la decisión, no habría marcha atrás; que todo lo que conocían quedaría enterrado por mucho tiempo. Sintió miedo.

—Deberíamos irnos de aquí.

Pili la miró desconcertada.

—¿Irnos adónde?

—Fuera del país.

—Pero ¡si medio mundo está en guerra! ¿Tú has perdido la cabeza?

¿No has tenido bastantes bombas, ni bastantes muertes, ni bastante sangre?

Es obvio que os habéis metido en un buen lío con el estafador ese, pero tendremos que solucionarlo de otra forma.

El remedio no es salir corriendo a la desbandada como si fuéramos pollos descabezados.

Mi hermana se muere si le cuento que quieres que abandonemos nuestra casa.

—Habíamos pensado en Portugal; es neutral —indicó Paola, mirándola fijamente.

—¿Y qué se nos ha perdido en ese país? ¿Me lo quieres explicar?

No conocemos su idioma ni sus costumbres, y yo no quiero moverme de aquí.

—Había levantado tanto la voz que Paola le pidió que la bajara, se acercó a ella y la abrazó.

Pili se echó a llorar y su vecina tuvo que contener el impulso de abandonar y ceder.