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—¡Cuéntame qué ha pasado! He oído lo que les has dicho a los demás, pero no sé hasta dónde podías contar.
Era de madrugada. Todos dormían menos Paola y Manuel, que estaban refugiados en el tejado tratando de poner en orden todo lo que había ocurrido.
Ella le contó al detalle los sucesos de la mañana.
A los demás les había tenido que mentir, hablarles de un robo frustrado y un intento de violación; no podía poner aún sus cartas sobre la mesa.
—Tendría que haber ido contigo —se lamentó el miliciano—. Yo ya sabía lo peligroso que es ese hombre, pero lo creía más honesto dentro de su negocio. Y también pensé que mi nombre tendría algún valor. Me equivoqué.
—Pues ya ves que de honesto no tiene nada, al fin y al cabo, no es difícil unir cabos; te recuerdo que eres de los vencidos.
—La voz de Pola denotaba cierto temor—. Se habrá dado cuenta de que si me mandas a mí es porque tú no puedes ir.
Creo que, de alguna forma, los hemos puesto a todos en peligro. ¿Vendrá a por nosotros?
Manuel sacudió la cabeza arriba y abajo con pesar. Se sentía inútil.
—Seguro. La cantidad de dinero que te ha dado es lo suficientemente suculenta como para que no quiera dejarla marchar y, visto lo visto, la posibilidad de verme entre rejas será otro buen aliciente.
No fuimos lo que se dice amigos, pero trabajábamos bien juntos, aunque le paré los pies en alguna ocasión. Supongo que no me habrá perdonado.
Paola se acomodó bajo su brazo.
—¿Y cómo me dijiste que fuera a él si es tan peligroso? —preguntó. No lo entendía.
—No lo sé..., no sabes cuánto lo siento —se disculpó—.
Creo que me cegaron las circunstancias; era necesario convertir en dinero nuestro pequeño tesoro, no conozco a muchos que hagan lo que hace Feliciano y realmente pensé que era de fiar.
Además, creí que sabiendo que estaba yo detrás.
.. Está claro que me equivoqué —repitió con pesar—, no calculé bien mis posibilidades, aunque dudo que nos hubiera ido mejor con cualquier otro de estos estafadores profesionales, que seguro que han surgido como setas en otoño para aprovecharse de la necesidad.
—¿Qué crees que debemos hacer?
Manuel pensó unos instantes, se sentía tan culpable de haber llevado la inseguridad a esa familia que se había pasado todo el día maldiciéndose.
Había sido un necio, había confiado en la decencia de alguien que no lo merecía y había sobrestimado sus posibilidades pensando que él mismo era alguien que, para su desgracia, había dejado de existir hacía tiempo, alguien cuyo nombre significaba algo para los demás.
Si le sucedía cualquier cosa a aquella familia, no se lo perdonaría jamás. Paola intuyó sus pensamientos.
—No es culpa tuya. —Y le acarició el rostro—. Como tú bien dices, si no hubiera sido con este habría ocurrido con otro; no te castigues. Desde que comenzó la maldita guerra no hemos tenido una vida normal. Al menos he encontrado en ti un compañero de viaje, y eso hace mucho más sencillo el camino.
Manuel la miró con ternura y no pudo evitar besarla.
El silencio se hizo fuerte entre ellos mientras se perdían en sus pensamientos.
—Creo que hay que empezar a pensar en organizar todo para la huida.
No sé cuánto tiempo tardará ese malnacido en localizarnos, pero una vez que lo haga, estamos perdidos.
Si se entera, nos delatará. —Manuel había roto el silencio, dando forma a las palabras que ambos ya conocían.
Los sucesos de la mañana iban a desencadenar un río de peligros a los que no podrían enfrentarse; adelantar su marcha era la opción más razonable.
Paola tenía a su lado la caja con todo el dinero que había conseguido. La cogió y se la puso sobre las piernas, la abrió y se quedó maravillada de ver todos esos billetes.
—¿Has contado el dinero?
Manuel asintió.
—Hay mucho, muchísimo. Hay suficiente para empezar una nueva vida y aún tienes más joyas con las que negociar.
—Ojalá pudiéramos chascar los dedos y estar a salvo, utilizar el dinero y olvidar estos malditos años. —Paola soñaba.
—No te hagas ilusiones. Queda lo peor, cariño: queda conseguir despistar a un ejército completo.
Tendremos que caminar kilómetros, pasar penurias, enfrentarnos a muchos peligros y no imagino qué más.
Hemos de estar preparados, esto no es ningún juego; hay que pensar las cosas con mucho cuidado, los caminos que hemos de seguir: todo.
Planear es lo más complicado, porque de ello depende el éxito de una empresa como esta.
Ella se apretó aún más contra su pecho, había sentido un escalofrío recorrer su cuerpo.
Abandonar su hogar, aquellas paredes que habían protegido su infortunio, le provocaba un profundo vértigo, era como dejar atrás el único lugar en el mundo donde encontrarse a salvo.
Su amigo tenía razón, quedaba la parte más peligrosa, en la que se lo iban a jugar todo, y su ejército solo contaba con tres mujeres, dos hombres y dos niños; un contingente muy débil si se tenía en cuenta el que tenían frente a ellos.
—Pero no pensemos en todo eso ahora. Seamos optimistas —la animó Manuel, que temía haberse excedido y que sus palabras la hicieran venirse abajo. Aún no la conocía lo suficiente. Le tomó la barbilla entre los dedos y se la alzó—. Se puede conseguir, lo vamos a conseguir, ¿eh?
Paola asintió y se apoyó de nuevo en su pecho, su mente ya estaba en funcionamiento.
—En primer lugar, hay que hablar con José. Tiene que saber que estás aquí, tiene que participar en los planes.
—Por supuesto —aceptó Manuel.
—Los niños lo sabrán en el último momento, no dejan de ser niños y pueden comentar cualquier cosa que para ellos no sea peligrosa, pero que ponga en jaque toda nuestra organización.
El miliciano estuvo de acuerdo con ella.
—Y...
—Tienes que dejar de salir. —Manuel cortó lo que iba a decir—. No puedes dejarte ver, es lo más peligroso, por esta zona no hay muchas casas y se tarda poco en preguntar, y menos en localizarte.
—Tengo que ir a ver a doña María, aunque sea una última vez —declaró Paola—.
Sería inaceptable no despedirme. Ella nos ha mantenido a salvo con sus paquetes de comida, y no hay que olvidar que su marido es alguien importante en las altas esferas y si se empeña, si piensa que puede haberme pasado algo y le da por indagar, es posible que intenten buscarnos antes de tiempo.
He de dejar la imagen en su casa; no quiero que además de fugada me busquen por robo y sacrilegio.
Manuel la besó en la coronilla, pensativo. El olor de su cabello tranquilizaba su alma.
—Me sigue pareciendo muy peligroso. ¿No podría acercarse una de tus vecinas? Me quedaría más tranquilo —concluyó.
Paola negó con la cabeza, escuchaba aquel corazón latir a distintos compases según de lo que estuvieran hablando. Cerró los ojos y se perdió un instante en aquel sonido tranquilizador.
—No pienso poner en peligro a otras personas, no me parece buena idea, pero te prometo que trataré de pasar desapercibida. Iré con Pili en vez de con Carmencita y me vestiré como un hombre. Todavía queda algo de la ropa de Adrián; me estará enorme, pero puedo arreglar alguna prenda para ese día.
—¿Y qué diría esa señora cuando te viera aparecer con esas pintas? —razonó él.
Ella suspiró. En su afán por tranquilizar a su amigo había olvidado lo fundamental, y Manuel tenía razón: lo de vestirse de hombre era absurdo. Torció el gesto. Eso de jugar a espías ya empezaba a venirle grande. ¡Todo era tan difícil!
—Pero tengo que arriesgarme —dijo con tono de desaliento—. Se lo debo.
Casi había amanecido cuando Paola bajó a su cama.
Tenía que reconocer que la compañía de Manuel cada vez se le antojaba más imprescindible y no por la protección que pudiera ofrecer, sino por el sentimiento que iba naciendo en sus entrañas y que no acababa de explicarse.
Le hubiera encantado seguir ahí arriba, acunada en sus brazos, planeando en susurros su partida.
Había tenido que hacer un impresionante esfuerzo para separarse de su lado, porque lo que realmente le hubiera encantado habría sido encogerse en su regazo y dormir con él, junto a él, respirando ese aire viciado con aromas olvidados, pero había que ser cautelosos, y permanecer en el tejado era un peligro innecesario.
Manuel la observó deslizarse en silencio y meterse en la cama mientras un vacío intenso y desgarrador se abría en su pecho, en ese mismo punto en el que instantes antes la cabeza de la mujer que amaba daba calor a sus entrañas.
A la mañana siguiente Paola no se apresuró, no preparó su bolsa, no llamó a Carmencita y ni siquiera se vistió para salir.
Cuando sus vecinas entraron para cuidar de Adrián y la encontraron allí, sin visos de moverse, se asustaron.
No entendían qué ocurría y su primer temor fue que, después de los últimos acontecimientos, estuviera enferma o que hubiera caído en un estado de desesperación similar al que había sufrido cuando dejó marchar a su hija.
Paola estaba tan centrada en sus preocupaciones que no fue consciente de sus miradas de incertidumbre y, cuando lo hizo, decidió que había llegado el momento de explicar por qué aquel día iba a ser muy diferente.
En primer lugar, les pidió que una de ellas volviera con Carmencita y Adrián a su casa, era muy importante que los niños fueran ajenos a lo que allí se iba a tratar, la hermana que se quedara en casa de Paola se lo contaría a la otra más tarde.
Petra se ofreció a llevarse a los niños y Pili se quedó a la espera de las noticias, frotándose las manos, nerviosa, sin intuir lo que se le venía encima, ni por qué tanto secretismo.
Estaba en la cocina sentada junto a José cuando Paola apareció seguida de Manuel.
El joven dio un respingo y Pili se llevó las manos a la boca, confundida.