Vientos de ira 33 #2
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Cuando todo terminó lo condujeron de nuevo a las celdas, creyó ver miradas acusadoras entre sus compañeros, a pesar de que nadie se fijó en él —más allá de observar su rostro desencajado, sus movimientos descoordinados y los murmullos que salían de su boca como una retahíla—.

Aún no era capaz de comprenderlo, pero todo era producto de su imaginación, de su locura, de su incapacidad para frenar su descontrol.

No se había dado cuenta de que en aquel lugar nadie le conocía, nadie había convivido antes con él, nadie sabía de su suerte ni de su desgracia, porque aquella noche a Pablo lo habían cambiado de galería.

Sonsoles había visitado con asiduidad al padre Nemesio en busca de noticias. Era consciente de que a aquel sacerdote lo molestaba su presencia, aunque no entendía el porqué. Se suponía que eran los representantes de Dios en la Tierra y que, por tanto, se debían a los demás.

Sin embargo, don Nemesio tenía otras aspiraciones y aquella mujer era la prueba palpable de que el obispo no lo había tomado en serio, lo había colmado de expectativas y al final, simplemente le había encargado un asunto de poca monta: ser el mensajero de un secreto, que ni siquiera le había confiado, con relación a una pobre señora que además era pesada e insistente.

No conseguía comprender el interés de su ilustrísima por aquella familia.

En su amargura y alentado por su ambición, no había sabido leer entre líneas, no había traducido la premura del religioso ni su nerviosismo ni sus ojeras.

No había sido capaz de comprender que incluso en lo más pequeño se puede esconder algo inmenso.

Lejos estaba él de saber lo sumamente importante y delicada que era esa cuestión para don Celestino, que trabajaba contra reloj para salvar a su amigo y compañero del horror de esa muerte.

Un día, en una de esas insistentes visitas de Sonsoles, el sacerdote se enfadó.

—Si no viene a rezar a la iglesia, es mejor que se quede en casa. Le he dicho un millón de veces que en cuanto sepa algo se lo haré saber.

Sonsoles lo miró furiosa.

—Vendré las veces que haga falta. Esta es la casa del Señor y usted no me puede impedir que entre.

El religioso bufó indignado.

—Pero ¡si aún no sé siquiera si es usted creyente! ¿Es que no tiene nada mejor que hacer? Las mujeres se deben a una serie de obligaciones...

—¡No se le ocurra decirme lo que tengo que hacer! —Sonsoles levantó un dedo acusador—. ¡Y claro que soy creyente! Aunque con sacerdotes como usted, con esa incapacidad de ponerse en el lugar de los demás, se me quitan las ganas. Me soportará las veces que sea necesario, ¿entiende?

—Está en la casa de Dios, por favor. Guarde un poco de decoro.

Sonsoles lo miró con antipatía, se dio la vuelta y se fue maldiciendo entre dientes.

No se fiaba de aquel sacerdote, que ya se había dado a conocer.

Estaba claro que no le hacía ninguna gracia ayudarles y eso jugaba en su contra.

Quizá estaba escondiendo las noticias, tal vez su alma era tan negra como su sotana.

Al llegar a su casa decidió mandar aviso a don Celestino. Temía que por aquel otro cauce no le llegara ninguna nueva. No obstante, no hizo falta. A la mañana siguiente, don Nemesio se presentó en su hogar y, sin pasar de la puerta, le tendió una carta que tenía el sello del obispo.

El sacerdote se quedó plantado. Sonsoles lo miró con desconfianza y le preguntó si quería algo más.

—La respuesta —contestó muy serio el cura.

Ella pensó un instante.

—Voy a leer lo que me dice el señor obispo y, si necesita una respuesta, no se preocupe; ya me pongo en contacto con usted, me acerco a la iglesia y de paso rezo. —Lo saludó y cerró la puerta, dejando a don Nemesio en el rellano masticando su inquina.

Las piernas le temblaban cuando entró en el salón.

Angelines llegó justo cuando leía la misiva y se puso detrás de su madre para poder enterarse también.

En pocas palabras, don Celestino les informaba de que había conseguido que conmutaran la pena de Pablo a treinta años, lo que probablemente él sabría ya.

Había tenido que remover cielo y tierra, y de momento dejaría ahí sus pesquisas; no era cuestión de que nadie se preguntara qué hacía un obispo interesándose en la causa de un comunista.

Igualmente les comentaba que seguiría trabajando más adelante para poder sacarlo de prisión, pero que por ahora se daba por satisfecho.

Sabía que las condiciones de la cárcel eran muy duras, pero Pablo habría de tener paciencia.

Pedía también que le hicieran llegar su cariño, su ánimo y, aunque sabía que había abandonado el camino del Señor, lo instaba a retomarlo.

De cualquier forma, les indicaba que él no dejaba de rezar por todos.

En la posdata les pedía encarecidamente que hicieran desaparecer la carta; nunca se sabía a qué manos podría llegar. Si la quemaban, mucho mejor.

Sonsoles levantó los ojos del papel, los tenía anegados de lágrimas, aunque, después de tantos sinsabores, esta vez eran de alegría. Las dos mujeres se fundieron en un abrazo. Pablo estaba a salvo.

Cuando llegó Gloria y se enteró de la noticia, no pudo evitar gritar de júbilo y bailó por la casa con todos sus hermanos como si se hubiera vuelto loca.

En la siguiente visita que Sonsoles hizo a la cárcel, Pablo ya había cambiado de galería y ambos sabían lo que eso significaba. Por primera vez en mucho tiempo, la mujer descubrió en los ojos de su marido algo que creía perdido: un soplo de esperanza.