Vientos de ira 33
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Pablo se había ido acostumbrando al horror de la prisión, aunque echaba mucho de menos a su amigo el doctor.

Su pérdida, a pesar de tratarse de una alegría, le había enseñado a no encariñarse con los hombres que compartían su destino y, a excepción de Germán, el maestro, no había entablado amistad con nadie más.

Si ya era traumático ver partir a tantos hacia la muerte, haber conocido sus historias y sus esperanzas le habrían llevado a la locura.

Pasaba los días reflexionando sobre Dios, sobre teología y sobre filosofía, tratando de recordar textos que había leído en su juventud y que algunas tardes, entre cigarro y cigarro, discutía con Germán, al que le gustaba más hablar de literatura.

Les comían los piojos y las chinches, y los días que no les llegaban las raciones de las familias se alimentaban de un repugnante «aguachirri» , como lo definía el maestro; una suerte de caldo marrón con tropezones, que no acertaban a adivinar qué era, pues carecía de sabor.

Les templaba el estómago, pero no alimentaba.

Si se hubieran tenido que mantener con aquello habrían muerto de inanición o de cualquier enfermedad de las que circulaban por aquel lugar siniestro.

Por eso los familiares, siempre que era posible, se abrían paso a codazos para lograr que les llegara algo a sus esposos y padres.

Para Pablo, las visitas eran el momento más feliz en la rutina malsana de la prisión, cuando recibía noticias, cuando veía las caras de aquellos por los que soportaba aquella terrible situación.

Le traían tabaco envuelto en papel y no había que ser muy astuto para darse cuenta de que lo conseguían en la calle, pero a él le valía; el tabaco era su único consuelo en las noches en las que se leía la lista de condenados.

También le llevaban una especie de tartera con comida, que no siempre llegaba a sus manos, y ropa limpia.

Sonsoles no perdía la sonrisa en cada visita, no paraba de animarlo, de prometerle que lo sacaría de allí, pero Pablo sabía leer en sus ojos y la falta de noticias durante aquellos meses no auguraba nada bueno.

No solía preocuparse de en qué día vivían, pues allí todos eran iguales.

Sin embargo, en esta ocasión en concreto sabía que estaban a martes; el día anterior lo había visitado su hija Angelines y había mencionado que, aunque era lunes, su marido había tenido que ir a trabajar.

La corneta sonó triste aquella noche, los presos se prepararon para ver aparecer a su verdugo y cuando este surgió de la oscuridad, los nombres fueron desgranándose uno a uno, con ese recochineo que algunos carceleros imprimían a la inmundicia.

Pablo fumaba apoyado en la pared, la cabeza gacha y el corazón encogido, sin querer ser partícipe de cómo cada cual se enfrentaba a lo inevitable.

Germán, a su lado, murmuraba una letanía que nadie comprendía, quizá producto de la superstición, porque no era hombre de rezos.

Y tras una de aquellas pausas crueles, cuando pensaban que ya había acabado la dolorosa enumeración, en la soledad y el silencio de aquellas paredes, retumbó su nombre, nítido, completo, brillante. Pablo Martínez Sanz.

Siempre se había preguntado cómo afrontaría la muerte, si se derrumbaría, si lloraría, si se sentiría orgulloso.

Quería prepararse, que la nada no lo cogiera desprevenido, pero en ese instante supo que nadie está preparado para conocer un terrible destino de antemano.

Quizá, pensó en un remolino de cavilación absurda, el problema radicaba en que nunca llegamos a conocernos completamente a nosotros mismos y, ante sucesos incomprensibles, no somos capaces de vaticinar nuestras respuestas, por más lógicas que nos parezcan.

Pablo tiró el cigarrillo al suelo y lo pisó con fuerza mientras miraba las pequeñas chispas que surgían de él antes de apagarse definitivamente.

Tal vez era una similitud con su vida. Metió las manos en los bolsillos y se internó entre sus compañeros, que abrían un pasillo para que saliera, donde el silencio aún era más denso.

De reojo vio a Germán caminando junto a él.

Cuando el maestro ya no pudo continuar más a su lado, le susurró con lágrimas en los ojos:

—¡Ánimo, amigo! ¡Ánimo, Páter!

Pablo asintió, le hizo un gesto con la cabeza y se colocó junto a los demás reos.

Nunca había visto llorar a Germán, ni siquiera cuando se fue el doctor; siempre pensó que su templanza contenía las emociones, pero en eso también erró.

Para su perplejidad, sin embargo, se percató de que él no sentía nada, no tenía ni siquiera miedo; si se paraba a pensarlo, lo único que encontraba en su corazón era un inmenso alivio.

No había sido consciente durante todos aquellos días de que ya estaba muerto mucho antes de que su nombre apareciera en la lista.

Pensó en Sonsoles, en sus hijos, pensó que ya no podría protegerlos nunca más y sintió la nada caer sobre él. Caminó porque todos caminaban, guardó silencio porque nadie hablaba, respiró porque no quedaba otro remedio.

Llegaron a un cruce de galerías. Estaba oscuro.

Él se movía como en un sueño, como si nada de eso fuera real, arrastrando los pies por un suelo que parecía no sostenerlo.

Se habían parado, alguien lo empujó. Gritaban nombres, volvían a decir algo, pero él ya había dejado de oír.

Un nombre conocido resonó en su cerebro y le hizo reaccionar: lo estaban llamando.

Lo oyó una vez más, con más nitidez, y pareció que la bruma de sus ojos se disipaba.

—¡Pablo Martínez!

—Presente —acertó a pronunciar.

Una mano lo agarró de la manga y lo lanzó en una dirección distinta a la que seguían el resto de los presos.

A su lado, un muchacho sollozaba en silencio caminando junto a él.

Pablo pensó que los estaban repartiendo en pelotones, pero no era capaz de entender cuál era el sentido de todo aquello.

Cerró los ojos un instante y respiró profundamente.

Estaba rodeado de cuatro carceleros y en el medio caminaban el muchacho, que seguía lloriqueando, y él.

«¿Cómo va a ser nuestra muerte?», se cuestionó angustiado; le hubiera gustado preguntar para anteponerse a lo que les esperaba, pero sabía que era inútil.

La luz lo deslumbró cuando alcanzaron una sala que tenía cuatro sillas colocadas contra la pared y una puerta en el lado opuesto.

Los guardias no hicieron ningún ademán, simplemente les ordenaron que se sentaran.

«¿Tortura? —se preguntó Pablo—, ¿nos van a torturar antes de matarnos?

». Un nudo de angustia mezclada con un pánico indescifrable le recorrió las entrañas y todo el alivio que había sentido al escuchar su nombre desapareció de golpe.

El muchacho que lo había acompañado todo el trayecto había dejado de llorar, pero miraba desconfiado a su alrededor con los ojos hinchados.

—¿Qué crees...?

—¡Silencio! —La voz de uno de los carceleros retumbó contra las paredes.

El joven dio un respingo y en su mirada Pablo contempló el terror.

Varios minutos después, la puerta se abrió y un militar salió por ella con un uniforme impecablemente planchado y unas botas relucientes.

Después de meses en la inmundicia, Pablo envidió, en un sentimiento ridículo en aquellos instantes, el olor a loción y la pulcritud de su aspecto.

Él se enfrentaría a la muerte como un pordiosero.

El soldado sostenía en sus manos unos papeles que parecía estudiar con detenimiento. Por fin levantó la mirada y la posó en los dos hombres que tenía frente a él. No había ni odio ni rabia en sus ojos, solo indiferencia.

—Pablo Martínez, ¿es usted? —Y lo señaló. Pablo asintió y se levantó—. Puede usted pasar.

Siguió al militar y entraron en una oficina.

Para alivio del condenado, esa sala no tenía ninguna pinta de ser un lugar de tortura.

El soldado dio la vuelta, se sentó detrás de un escritorio, y dejó los papeles sobre él.

Le indicó al reo que tomara asiento, cogió un cigarro y lo encendió.

Pablo volvió a sentir envidia y miró con codicia el paquete de tabaco que descansaba junto a los papeles.

—Según los documentos que me constan...

El militar se puso a leer, ante el desconcierto del preso, un montón de órdenes, decisiones y fallos, de todo lo cual Pablo únicamente retuvo en sus oídos una frase: «... han decidido conmutarle la pena de muerte por otra de treinta años».

Se quedó paralizado mientras aquel sujeto, de forma interminable, seguía leyendo, pero él no era capaz de escuchar ni una sola palabra más, se descubrió con perplejidad falto de sensaciones.

Había soñado con ese día, con ese momento, con ese instante cada noche y, ahora que llegaba, lo único que sentía eran unas irremediables ganas de llorar, pero era consciente de que no podía.

Por extraño que pareciera, solo tenía ojos para el paquete de cigarrillos.

Y es que algo se había ido rompiendo con cada paso que lo alejaba de la celda rumbo al paredón, ese paredón que, no entendía por qué, se disipaba ahora.

Ya era tarde para la alegría, para saborear la victoria, para el júbilo, porque esa noche habían fusilado a su corazón junto a los otros presos de la lista.

Ni siquiera tenía fuerzas para sentirse a salvo y únicamente se le ocurrió pensar en los que sí habían seguido otro camino, un sendero que sin duda transitaba hacia una muerte segura, el destino que le hubiera correspondido a él mismo, ese del que lo había librado un golpe de suerte que le hacía sentir culpable.