Vientos de ira 32 #2
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32 #2

Al llegar a su destino se bajó y, cuando ya empezaba a tomar la calle que desembocaba en la zona sin edificar que precedía su casa, algo llamó su atención.

Se volvió y vio que el joven que casi había subido con el tranvía prácticamente en marcha, el que olía mal, saltaba de este un segundo antes de que se pusiera en movimiento.

Se tensó, todo su cuerpo estaba alerta, pero no quiso delatarse.

Su mente empezó a trabajar a toda velocidad, buscando alternativas por si aquello era una trampa.

La primera, sin duda, era aminorar el paso y comprobar si la adelantaba.

Todavía estaba en una calle donde el tráfico era fluido, había carreteros, calesas, coches; vehículos a los que pedir ayuda en caso necesario.

El joven también ralentizó su marcha. Aquello no vaticinaba nada bueno y el instinto de Paola la instaba a tomar decisiones.

No podía atajar campo través como hacía siempre; era peligroso.

Mejor torcer por la siguiente calle, aunque esta opción tampoco resultaba demasiado segura.

Se trataba de un camino de tierra prensada con casas dispersas, algunas incluso derruidas, que tampoco ofrecían mucho cobijo y por donde casi nunca pasaba nadie, menos a aquellas horas de la tarde.

Pero detenerse tampoco era una opción: se arriesgaba a que la esperara más adelante escondido. Llevarlo detrás le daba más oportunidades.

Se aproximaba a la esquina y, antes de doblarla, metió la mano por debajo de su jersey y puso el hacha en una posición en la que fuera rápido y sencillo hacerse con ella. Apretó el paso y giró. El joven no lo hizo, continuó calle abajo y un débil alivio suavizó los latidos desbocados de su corazón.

A pesar de todo, no bajó la guardia; sabía que el camino no era seguro y que seguir la calle le llevaría más tiempo, puesto que la obligaba a dar un rodeo.

No corría, pero caminaba a toda velocidad con el corazón enloquecido en su pecho.

«Matar o morir, matar o morir», se repetía acariciando el hacha, esperando que, en cualquier momento, en cualquier esquina, la asaltara amenazante ese monstruo que aún no tenía cara.

Sin embargo, y a pesar de todas sus precauciones, no lo vio venir.

Cuando se quiso dar cuenta, ya lo tenía encima; simplemente sintió unos brazos que apresaban su cuello y apenas la dejaban respirar.

De algún modo, el joven había encontrado un atajo y había aparecido justo detrás de ella.

Pensó que estaba perdida, no podía sacar el hacha en esa postura, y la bolsa que siempre llevaba volvía casi vacía; había llegado a la conclusión de que era absurdo cargar con más de lo debido.

Además, no creía que fuera un arma muy efectiva incluso en el caso de que estuviera llena.

Aun así, lo intentó. Imprimió toda la fuerza que pudo y lanzó hacia atrás la bolsa, con tan buena fortuna que algo de su escaso contenido impactó en los ojos al joven, y este tuvo que soltar a su presa, maldiciendo y frotándose la cara.

—¡Zorra! ¡Serás desgraciada! ¡Te vas a enterar, hija de puta! —Era una voz profunda, como de tenor, una voz que contrastaba con el odio que destilaban sus ojos.

Ella no se paró a escuchar los insultos; se dio la vuelta, ágil como un gato, y echó a correr.

La adrenalina daba alas a sus piernas, pero una vez que se recuperó de la sorpresa, aquel tipo salió en su persecución.

Era más rápido y le comía terreno poco a poco.

Paola sentía los billetes moverse en sus escondites, le molestaban y temía a cada paso que acabaran esparcidos por la tierra del camino, lo que le impedía ir más deprisa.

Miró hacia atrás, lo tenía casi encima y decidió, con la desesperación de no encontrar otra salida, enfrentarse a él.

Así que de un salto se volvió y se encaró.

Cuando vio la avaricia en sus ojos, supo que el joyero estafador estaba detrás de todo; sabía bien que ella no era el tipo de víctima apetecible para un ladrón, pues su aspecto gritaba que vivía en la miseria. A no ser que alguien supiera más.

Una navaja brilló, los últimos rayos de un sol deslucido se reflejaron en su hoja y Paola tragó saliva con dificultad.

—Y ahora vas a ser una buena chica y me vas a dar eso que con tanto celo guardas —reclamó el granuja con una sonrisa felina y una boca de dientes amarillentos y descolocados que afeaba su rostro.

Paola dejó caer los brazos en señal de rendición. El joven estaba demasiado lejos para que lo alcanzara con su hacha; tenía que atraerlo y rezar para que el factor sorpresa jugara a su favor, igual que había ocurrido en otras ocasiones. El joven se relamió y volvió a sonreír en señal de triunfo.

—¿Creíste que podrías escapar? —preguntó con condescendencia, con su voz de tenor, mientras se acercaba confiado.

Y cuando menos lo esperaba, el hacha, que el hombre no supo de dónde había salido, se clavó en su hombro.

Aunque Paola había tratado de dar un hachazo con toda la fuerza de la que era capaz, pero un movimiento del ladrón en el último instante evitó que se estrellara contra la cabeza, siempre le ocurría lo mismo y eso restaba valor al efecto sorpresa.

Le hizo un buen corte, pero no lo inmovilizó y, aunque ella todavía tenía el hacha en la mano, su atacante se apartó con rapidez para evitar un segundo tajo mientras gritaba toda clase de barbaridades.

Su herida sangraba con profusión manchando su ropa, pero él no sentía dolor y solo miraba a Paola con furia.

De repente, se abalanzó sobre ella, que levantó el arma de nuevo dispuesta a defenderse hasta la muerte.

No hubo opción, antes de que pudiera darse cuenta, ese hombre con voz de tenor cayó al suelo inconsciente.

Segundos después, una mano se posó en el hombro de Paola y ella se giró con el arma en alto en un movimiento rápido.

—¡Eh, eh! ¡Tranquila, que soy yo!

José estaba a su lado y el agresor en el suelo, inconsciente, con una herida en la sien.

Paola contemplaba todo sin entender. Miró a su salvador, miró al atracador temblando y, sin previo aviso, alzó de nuevo el hacha, enajenada, lista para rematar el golpe.

Su hermano se lo impidió sujetando su brazo.

—Déjalo ya. Vámonos a casa.

—Pero él...

—Da igual, vamos a casa. Este ya se ha llevado lo suyo.

—¿Cómo lo has hecho? —preguntó volviendo la vista, aún conmocionada y con el corazón acelerado.

José levantó la mano y dejó ver una honda. Paola asintió despacio. Después, su hermano la empujó suavemente y la tomó del brazo para obligarla a caminar.

—Vámonos ya. Puede pasar alguien por aquí y no queremos líos, ¿verdad? ¿Y desde cuándo te paseas con un hacha en la mano?

Los dos se alejaron del agresor que seguía en el suelo, parecía que volvía en sí, y se escurrieron por el primer camino que desembocaba en la zona deshabitada que servía de atajo a su casa, saliéndose de la calle para evitar ojos curiosos.

—Lo del hacha es una larga historia, algún día te la contaré. —Paola iba recuperando el color—. ¿Tú crees que morirá?

—No —respondió José con rotundidad—. Por desgracia, se recuperará y atacará a otras mujeres solas, sabe Dios con qué intenciones.

Paola no dijo nada, no quería darle explicaciones a su hermano e implicarlo en sus negocios, al menos no por el momento. Apretaron el paso y José le rodeó los hombros fraternalmente; quería que se sintiera protegida.

Cuando por fin llegaron a su hogar, toda la familia los esperaba impaciente y respiraron aliviados al verlos entrar por la puerta.

Después, Paola se enteró de por qué su hermano estaba allí, de por qué las vecinas habían salido por el campo, de por qué todo el mundo estaba preocupado por su tardanza.

El promotor había sido Manuel, que sabía los turbios asuntos en los que andaba, que conocía el peligro y que presintió que algo no iba bien cuando advirtió que tardaba demasiado en volver.

Se puso en contacto con Pili, le rogó que saliera a buscarla y la vecina lo organizó todo.

La destreza de su hermano con la honda había hecho el resto.

La suerte, una vez más, había caído de su lado.

Feliciano había infravalorado la capacidad de una mujer como Paola, curtida en una batalla que, sin bombas ni armas, había sido tan cruel como el frente más sanguinario.