Vientos de ira 32
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A medida que se sucedían los días, a Paola le asaltaban las dudas sobre cómo tenía que tratar a su hermano, si como a una visita deseada o como a un perseguido.

Si tomaba el papel de hermano, José tendría que poder moverse libremente e incluso buscar empleo.

Pero si ella decidía protegerlo de ojos extraños, en algún momento habría de hablarle de Manuel e incluso mandarle al tejado con él.

No obstante, por lo pronto, mientras salía de dudas, lo mantenía encerrado en casa.

—¿Crees que estoy en peligro? —le había preguntado el muchacho una noche antes de acostarse.

Paola se encogió de hombros.

—No soy capaz de entender por qué alguien querría hacerte daño. Nuestro hermano luchó con el bando victorioso, lo que tendría que ser un seguro de lealtad; padre nunca se ha metido en berenjenales políticos, y madre... ya me contarás. ¿Hay algo que yo no sepa?

José negó con la cabeza.

—Yo de esas cosas no comprendo nada. Manolo jamás habla de la guerra, nunca ha dicho ni una palabra y, que sepa, no tengo problemas con nadie del pueblo, pero algo debe de haber.

Y así quedó todo, poco más se podía comentar.

José era muy servicial y se llevaba muy bien con sus sobrinos, hacía todo lo que le mandaban, trataba de ayudar en todo lo que podía, pero Paola percibía el pesar en sus ojos. Echaba de menos el lugar en el que nació, echaba de menos a su familia, a sus amigos... Echaba de menos su mundo.

Ella odiaba verlo así. Sin embargo, no podía dedicar más tiempo a hacer que José se sintiera a gusto en Madrid. Además, sería un esfuerzo inútil; sus días allí, en aquel hogar, estaban contados. Si todo salía como había planeado, se marcharían en poco tiempo.

Y con ese objetivo en mente, Paola volvió a visitar al joyero y cuando apareció con las primeras piezas de oro, Feliciano silbó y se quedó mirando perplejo a aquella mujer que le había sorprendido tanto.

—Sé que no debo preguntar, aun así, me cuesta no preguntar de dónde ha sacado el Portugués semejante tesoro. ¿Lo ha robado?

Paola lo miró con gesto furibundo y soltó un resoplido.

—En efecto, no tiene por qué preguntar nada, pero por si le sirve de algo le diré que no es del Portugués.

Aquel hombre abrió los ojos desmesuradamente y ella levantó la barbilla con orgullo.

—Así que están haciendo de intermediarios de un tercero... Eso es, como poco, muy interesante.

Paola estaba a punto de estallar al sentir que ese sujeto no la consideraba capaz de ser la dueña de toda aquella fortuna, pero consiguió frenar, cerró los ojos y se dominó.

La soberbia estaba hablando por ella y sabía que era un defecto incontrolable y ridículo.

Respiró profundo y asintió, lo que hizo que Feliciano compusiera una sonrisa de triunfo que a ella le recordó el hocico, en eterno movimiento, de las ratas.

—¡No me diga más! Ahora me encaja todo. ¿Un aristócrata venido a menos que se equivocó de bando?

—especuló el joyero—. Imagino que le pagará unos buenos dineros, porque lo que hace no está exento de peligro; no deja de ser una mujer sola, con joyas o con demasiado dinero en el bolsillo.

En los tiempos que corren es muy arriesgado o, pensándolo bien, quizá es la mejor idea que se le haya ocurrido a nadie.

Porque ¿quién pensaría que alguien como usted pueda llevar todo esto encima?

—Levantó los ojos de las alhajas y los fijó en ella.

Paola creyó ver un halo perverso de avaricia cruzar sus pupilas y sintió repugnancia—.

Quizá, si fuera un poco más inteligente, podríamos hacer negocios usted y yo, no sé si me entiende. ..

Aquella sonrisa le resultó tan amenazadora que decidió que ya sobraban las palabras y era hora de acabar cuanto antes.

—No, no le entiendo y no tengo interés alguno por hacerlo. Me gustaría que dejara esa cháchara absurda y me dijera qué me da por eso —contestó señalando lo que había en el mostrador y tratando de controlar la furia que estaba empezando a adueñarse de ella.

—¿Ya trae usted una idea aproximada de lo que puede valer? —preguntó Feliciano haciendo caso omiso de su tono.

Él solo se estaba metiendo en la boca del lobo dando por sentado cosas que ella, en ningún momento, había afirmado. Era una gran oportunidad que el joyero pensara que venía de parte de alguien que sí conocía el valor de lo que quería vender. Sonrió para sus adentros.

—Por supuesto.

—Bien, pues veamos. Esta esmeralda es soberbia... y el engarce... Son unas piezas de gran valor, sí señor... aunque tenemos el mismo problema de siempre, en este caso agravado, porque me temo que son piezas únicas.

Paola resopló, estaba harta de aquel sujeto. Tanta palabrería estaba minando su paciencia e iba a soltar un improperio cuando Feliciano pronunció una cantidad que ella creyó haber entendido mal. Se trataba de una auténtica fortuna y, sin pretenderlo, no pudo contener una exclamación de sorpresa.

—¡¿Qué?!

El joyero la miró muy fijamente, parecía querer fulminarla con la mirada, pero finalmente sonrió mostrando su cara más perversa. Había malinterpretado la estupefacción de Paola.

—Advierto por su expresión que le parece poco —dijo—, pero su cliente tiene que comprender que son piezas a las que se les puede seguir el rastro. Habría que sacarlas al extranjero y, ahora, con la guerra en Europa...

A Paola le faltaba el aliento y no sabía por dónde seguir ni hasta dónde llegar.

Deseó por un momento que Manuel estuviera a su lado y que juntos pudieran negociar.

La cantidad que ese estafador le había ofrecido le había parecido desorbitada y, aun así, era consciente de que podía conseguir más.

Le turbaba pensar que aún tenía más piezas y relojes, pero lo cierto es que debía esforzarse por sacar lo máximo posible, aunque ante ella estuviera un rufián que no cejaba en su intención de engañarla.

—Si no me puede ofrecer más —consiguió normalizar su tono para dar realismo a sus palabras—, me tendré que llevar las joyas y consultarlo con mi cliente.

El joyero pensó con rapidez y levantó una mano para frenar a Paola, que ya parecía estar dispuesta a recoger su mercancía. Se rascó el mentón, reflexivo.

—Veo que viene bien aleccionada y al parecer es complicado poder regatear cuando uno ya tiene algo en mente.

Un personaje astuto, ese individuo que le manda, sabe de tasaciones y ha elegido una buena intermediaria.

En fin, le daré mi última oferta, por encima de ahí no puedo llegar; esta vez va en serio, y creo que es un muy buen negocio.

Si no se ajusta a las expectativas de ese caballero puede buscar quien le dé más.

—Y le ofreció una cifra sensiblemente más alta que la vez anterior.

Paola trató de serenarse, de digerir su inquina, de disimular su confusión. Lo hubiera golpeado cuando volvió a abrir la boca para pronunciar esa cantidad desproporcionada y, aunque cada vez la ira llenaba más su corazón, no dijo nada, simplemente aceptó.

El joyero se metió en la trastienda seguido por los ojos de su ayudante, que no perdía ni una palabra de lo que se hablaba allí, algo que llenaba de intranquilidad a Paola, por más que Feliciano hubiera insistido en que era de fiar.

Sin embargo, ella no se fiaba de nadie y menos de un desconocido y un golfo estafador.

Cuando tuvo el dinero en sus manos, sin poder evitar que estas le temblaran, salió de la tienda.

Era una cantidad importante, no había visto tantos billetes juntos en su vida y tuvo miedo, mucho miedo.

En su poder estaba el futuro de su familia y no dejaba de ser una mujer minúscula con un hacha en el refajo que nada tenía que hacer contra un hombre un poco entrenado.

Se coló con rapidez en el mismo edificio medio derruido de la ocasión anterior y se escondió tras una columna.

Allí aguardó en silencio, hacha en mano, con todos los sentidos alerta por si oía algo, por si alguien la seguía.

Estuvo más de media hora esperando, pero nada ocurrió, así que repartió los billetes entre la bolsa de debajo de su falda, las bragas y el pecho.

Iba incomodísima; el papel le pinchaba en la piel y tenía un miedo incontrolable de que algo se le cayera.

Respiró hondo varias veces y, cuando se sintió preparada, salió de su escondite y comenzó a andar con brío, directa a la parada del tranvía, sin dejar de escudriñar con disimulo a su alrededor, mientras acariciaba el hacha por encima de la ropa para sentirse un poco más acompañada.

Observaba con recelo a la gente que se movía en torno a ella y cuando alguien se acercaba más de la cuenta se ponía tensa, después se relajaba al comprobar que seguían otro camino o pasaban delante de sus narices sin detenerse.

Llegó a la parada casi a la vez que el tranvía y lo cogió.

Un joven subió tras ella cuando este emprendía la marcha.

Era muy poca cosa y vestía ropas viejas y desgastadas.

No pareció reparar en Paola ni un segundo, pero olía a agrio y por eso ella se alejó en cuanto pagó su billete.