31 #3
Caminó despacio, tratando de disfrutar del frescor de la tarde, que ya declinaba.
Era curioso como todo permanecía inmutable, el sol, las nubes, el cielo.
.. La naturaleza seguía su curso sin preocuparse de nada, sin importarle que las personas que se movían en su superficie fueran infelices.
No recordaba desde cuándo no corría por las calles de Madrid.
Había olvidado lo que era pasear, no ir preocupada de recoger nada, de proteger nada, de defenderse de nada.
Ni siquiera el hacha, que se había convertido en una parte esencial de su atuendo como la falda o el jersey, le pesaba ese día.
Tenía dinero, mucho, y posibilidades de conseguir más.
Sabía que era un juego peligroso, que la envidia y la avaricia eran arriesgadas, pero se sentía capaz de llegar hasta el final.
Vendería todo lo que pudiera hasta tener suficiente y después huiría, lejos, muy lejos, tanto como le llegara la imaginación.
Sin darse cuenta, sumida en sus pensamientos, dejó atrás los edificios y se internó en el campo.
Al fondo se veía la farola de la esquina que, fijada a un muro, se alzaba frente a su casa.
Era amarillenta y creaba un círculo de luz diminuto que alumbraba las dos paredes de aquel rincón, dejando el resto en penumbra.
De repente, voces rotundas y gritos de angustia surcaron la noche.
Se detuvo paralizada, conteniendo el aliento.
Distinguió un motor en marcha y un segundo después unos faros iluminaron la puerta de su hogar y giraron.
De forma instintiva se tumbó en el suelo, se arañó una rodilla por el ímpetu y se mantuvo alerta, pero el coche terminó de dar la vuelta y se alejó por la calle que arracimaba las viviendas.
Todo quedó en silencio entonces, todo menos su corazón, que se aceleró desbocado.
Su mente era un hervidero de sospechas y se recriminó con inquina el haber tardado tanto en volver.
«¿Y si Manuel...? ¡Dios mío! —pensó—, ¡Sonsoles!
». Una idea muy oscura cruzó su mente y la colmó de angustia.
Sabía lo que había ocurrido, sabía que no tenía que haberse fiado.
Probablemente ella le había delatado para conseguir sacar de la cárcel a su marido. ¡Maldita hija de perra!
Se incorporó y salió corriendo todo lo deprisa de lo que era capaz. La bolsa, de la que nunca se separaba, quedó abandonada en medio del campo.
Abrió la puerta de golpe y se dirigió precipitadamente a la cocina, de donde salía la titilante claridad de una vela. Entró con tal virulencia que se encontró con los rostros asustados de los niños y las vecinas que la miraban sin comprender.
—¿Estáis todos bien? —dijo tomando aire. La familia asintió—. He visto el coche y he creído...
—No ha sido aquí —aclaró Pili con un hilo de voz—. Han entrado en casa de Adán, el de la Luisa. Como siempre, han llegado dando voces, pero solo estaba la madre, la señora esa, la coja que está medio loca, ¿sabes de quién hablo? La Luisa.
Paola asintió.
—Hace meses que al hijo no se le ve —siguió la vecina—, al parecer ha huido, nadie sabe dónde.
El caso es que la anciana se ha enfrentado con valentía a esos tíos, se ha puesto furiosa, los ha insultado.
.. En fin, un espectáculo. Pero han debido de pensar que no valía la pena molestarse con la vieja, simplemente la han empujado al interior de la casa, han amenazado con llevársela si no se callaba y, aun así, ella erre que erre.
Yo creo que le han dado algún manotazo, pero al final se han aburrido y se han largado, esta vez sin presa.
Paola soltó el aire de golpe y con el pulgar y el dedo anular se apretó los ojos.
—Siéntate y respira un poco, que menudo susto te acabas de dar. —Pili se levantó y le cedió su sitio.
Los niños, una vez que se recuperaron del sobresalto, siguieron comiendo como si nada.
—Esto no es vida —comentó Paola suspirando, ya más repuesta.
Petra le sirvió un plato de un guiso que olía estupendamente y le acarició el pelo.
—Es lo que hay, no podemos hacer otra cosa hasta que todo se calme, si es que se calma algún día.
Pero ella no iba a esperar a que nada se calmase como refería su vecina, pensó para sí. Cada segundo que pasaba estaba más decidida a marcharse de allí cuanto antes.
Cuando acabó de cenar volvió a buscar su bolsa, lo que le llevó un buen rato porque, con los nervios, no recordaba dónde la había dejado, y llegó a pensar que alguien se la había llevado.
Finalmente, la reconoció en la oscuridad.
En realidad, no necesitaba volver por ella —nada de lo que contenía valía la pena, nada le iba a servir en la vida futura a la que se enfrentaba—.
Sin embargo, era lo que hubiera hecho en otras circunstancias, habría recuperado los tesoros de su desgracia, y era necesario seguir manteniendo la pantomima de la absoluta pobreza.
Ya era tarde cuando Paola golpeó levemente la trampilla con el palo, deseando que Manuel aún estuviera despierto.
Había tenido que esperar varias horas hasta comprobar que todos dormían; tenía la sensación de que, con la llegada de José, las cosas se habían complicado aún más que antes y cada día le costaba más encontrar el momento de hablar con su amigo.
Pero, para su alivio, la trampilla se abrió enseguida y Manuel asomó su cabeza con cuidado.
—Ayúdame a subir —susurró ella.
La portezuela se abrió por completo y, desde la cama, subió con la ayuda del miliciano.
—Creía que te habías olvidado de mí. —Fue lo primero que dijo—. Empezaba a echarte tanto de menos...
—No mientas —dijo Paola con gesto burlón—, a ver si crees que no sé que me espías.
Si hubiera habido luz, habría comprobado cómo el rubor tintaba las mejillas del antiguo soldado y sus labios se transformaban en una sonrisa avergonzada.
—¿Has encontrado a Pablo? —cambió de tema.
—Sí.
—¿Y?
—No son buenas noticias, te lo advierto. —La diplomacia no era la característica más sobresaliente de Paola.
El rostro de Manuel se ensombreció.
—Cuéntame lo que hayas averiguado.
Y Paola le contó la visita, la noticia del encarcelamiento de Pablo y su condena a la pena capital. Trató de resultar comedida, pero hay noticias que no pueden suavizarse. Manuel estuvo en silencio unos instantes y su amiga pensó que estaba a punto de echarse a llorar. Le cogió la mano.
—Sonsoles me ha comentado que están haciendo todo lo posible por conseguir que le conmuten la pena; hay algo de esperanza, no todo está perdido.
Pero él apenas oía nada. La condena se había clavado en su alma como un dardo envenenado que iba soltando la ponzoña lentamente.
Paola se acercó un poco más y le abrazó.
Él se dejó mimar, pero sin convicción; le faltaba el ansia de las últimas visitas, se había roto y lo había hecho en el más absoluto silencio: ni una queja, ni una lágrima, ni un grito, solo mutismo y oscuridad.
Tanto luchar, tanto sufrir, tanto cavilar para volver a una patria que le obsequiaba con la muerte.
—Di algo, por favor. Tu silencio me asusta.
Pero nada salió de sus labios, no eran palabras lo que necesitaba, lo único que podía calmarle era saber que su familia, la postiza, la del hambre y las calamidades, estaba a salvo. Y no era así.
—Manuel —Paola le acarició la cabeza—, no pierdas la esperanza. Aún hay posibilidades, seguro.
—No me engañes. —Su voz rasgó su propio silencio—. Tú y yo sabemos cuál es su destino.
—No te engaño. De esperanza estoy curtida, de salir adelante, de no ver ni una luz, de sentir que no puedo seguir, de creer que no queda nada... De eso lo sé casi todo. Y te lo repito: no pierdas la esperanza. Si Sonsoles no la ha perdido, tú no tienes derecho a hacerlo.
De pronto, se acordó de algo.
—Alguien me ha dado un regalo para ti —se separó contra su voluntad de esos brazos que la abrigaban y rebuscó entre la falda—, por si te encontraba.
Manuel cogió la bolsa y sin abrirla la apretó con fuerza y, ahora sí, Paola vio correr unas lágrimas brillando por su rostro.
—Jesusín... —susurró.
—Siempre hay esperanza —repitió ella—. Ese niño espera que no lo olvides.
Y dejó que aquel hombre viajara a sus recuerdos, que dejara atrás aquel encierro, que abandonara el tejado de una humilde casa de Madrid y se internara en un pasado que Paola no había vivido junto a él y que no sabía qué le ofrecía, si dolor o felicidad.
—Solía jugar con él a las tres en raya —le explicó Manuel transcurrido un rato—. Es un rabo de lagartija, pero el más gracioso y, sin duda, el más valiente. Yo le hice estas piedras y él las ha guardado todo este tiempo.
—Les ayudaremos. Entre todos conseguiremos que Pablo vuelva con su familia.
—No sé cómo, cariño. No sé cómo.
—Con dinero, ¿con qué va a ser? Y todavía no te permito que me llames «cariño».
Manuel sonrió por primera vez desde que le había hablado de sus amigos, y aquella madrugada le contó muchas más cosas de las que ya sabía.
Le habló de los cigarrillos que fumaba con Pablo, a escondidas, en el campo de concentración, y de la playa inmunda donde vivieron; de cómo, a pesar de lo que creían, fue esa familia la que le devolvió la vida al darle algo por lo que luchar.
Hablaron y hablaron, entre risas y entre lágrimas, entre susurros y abrazos, cuajando de besos sus palabras.
Ya amanecía cuando Paola se descolgó hasta su cama con el alma templada de un sentimiento que creía haber olvidado, de una necesidad de la que creía haberse despojado para siempre.
Cerró los ojos y, sabiendo que Manuel velaba sus sueños desde las alturas, sonrió enamorada y cayó en un maravilloso duermevela.