Vientos de ira 31 #2
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31 #2

Pagó y se sentó tratando de dejar a un lado la tristeza, pero su memoria, desbaratada y llena de recuerdos, voló y se escapó por la ventanilla por la que no dejó de mirar hasta que llegó a su parada.

Después caminó apresurada; nadie a su alrededor.

A lo lejos vio la colonia, su hogar y, por fin, se sintió a salvo.

Por la tarde, después de dejar el dinero a buen recaudo con Manuel, se dirigió a casa de Pablo y Sonsoles.

No sabía cómo presentarse, estuvo ensayando todo el trayecto, pero cuando se encontró frente al portal, seguía con la mente en blanco.

Estaba segura de que ni siquiera le abrirían la puerta y, si lo hacían, se la cerrarían inmediatamente en las narices pensando que era una mendiga.

La bolsa que llevaba colgada del brazo tintineaba con cada movimiento.

Había recogido materiales inservibles por el camino, no solo para seguir con su rutina, como le había contado a Manuel, sino porque le daba una seguridad falsa y absurda de cotidianidad. Por si todo salía mal.

Subió los escalones con parsimonia, con esa necesidad de no llegar y de que a la vez pasase todo aquello.

Una vez que alcanzó el rellano, hizo varias intentonas de llamar, pero no se decidía.

Por fin, se obligó a que sus nudillos golpearan la puerta.

Oyó unos pasitos cortos y rápidos al otro lado de la puerta y esta se abrió despacio para que tras ella apareciera un niño de unos nueve años, cara llena de pecas, ojos avispados y pelo rapado.

Antes de que Paola pudiera decir una palabra, desde el interior de la casa, una voz femenina le habló con contundencia.

—¡Jesusín!, ¿cuántas veces te tengo que decir que no abras?

Por el pasillo apareció una mujer entrada en años, enjuta y consumida, que cogió al pequeño de la mano y lo colocó a un lado, fuera de la mirada de aquella mendiga.

—No tenemos nada para darle, lo siento.

Paola levantó el mentón con gesto orgulloso y, cuando la puerta ya se cerraba, preguntó:

—¿Es usted Sonsoles?

La puerta se volvió a abrir despacio y la mujer la miró con desconfianza.

—¿Quién lo pregunta?

—Me llamo Paola y soy amiga de Manuel. Él es quien me ha dicho que viniera a verlos.

—No sé de qué Manuel me habla —contestó con rotundidad, dispuesta a cerrar de nuevo.

Paola pensó que últimamente nadie parecía conocer a nadie en aquella ciudad comida por el miedo. No se fue de inmediato de allí porque se lo debía a su amigo, pero estaba cansada de tener que dar tantas explicaciones.

—Me refiero a ese Manuel que cruzó a Francia con ustedes, el que cargó con su hijo pequeño, el amigo de su marido que, si no me ha informado mal, se llama Pablo, Pablo Martínez. No sé si necesita alguna otra seña más —susurró acercándose.

Sonsoles miró de arriba abajo a la mujer que estaba ante ella, la que había confundido con una mendiga que pedía limosna, y decidió que no tenía pinta de ser peligrosa. Dudó, le había dado muchos detalles. Aun así, no tenía todas consigo.

—Pase —dijo al fin con sequedad.

Paola la siguió por un pasillo que parecía perderse en un infinito de oscuridad y puertas cerradas, pero entraron en la primera sala que se abría a la derecha.

Le recordó su casa. No había visillos; en el centro, una gran mesa desvencijada; varias sillas desiguales y un viejo aparador con velas en una esquina; todo eso conformaba el escaso mobiliario.

Aún no habían abierto la boca cuando una muchacha de unos veintipocos años entró decidida en la estancia.

Se frenó en seco y miró con curiosidad a la recién llegada.

—Gloria, esta es Paola —explicó Sonsoles—. Paola, esta es mi hija Gloria.

Las aludidas se dedicaron un asentimiento mutuo, pero no intercambiaron ninguna palabra. Fue la esposa de Pablo quien continuó:

—Usted dirá —dijo, y se sentó en una silla e invitó a Paola a sentarse con un gesto. Gloria lo hizo en silencio y Jesusín se colocó en las rodillas de su hermana.

—Soy amiga de Manuel, lo conocí mucho antes de que comenzara la guerra. Él...

—Manuel me llevó en brazos cuando yo me cansaba. —Jesusín intervino en la conversación y calló en cuanto su madre le dedicó una dura mirada de reproche.

—¿Cuántas veces he de decirte que los niños callan en las conversaciones de mayores? Ve con tus hermanos.

—Pero yo...

—¡Que no te lo tenga que repetir!

Enfurruñado abandonó la habitación murmurando, pero no obedeció, no fue con sus hermanos, se quedó en el pasillo para escuchar. Sin embargo, Gloria, que lo conocía bien, salió tras él y lo obligó entre quejas a alejarse.

—Disculpe, está un poco asilvestrado —se excusó Sonsoles.

Paola compuso una breve sonrisa. De eso también sabía mucho.

—Me decía entonces que conoce a Manuel desde hace bastante tiempo. ¿Y sabe dónde está ahora?

Paola dudó. La desconfianza era mutua y palpable en el ambiente y desvelar el paradero de Manuel era meterse ella sola en la boca del lobo. ¿Hasta qué punto podía confiar en esa familia? Según su amigo, eran como la suya propia. Decidió ser sincera.

—Mire, no sé si lo hago bien o mal, pero Manuel es mi amigo.

—Sonsoles la miró con curiosidad y se preguntó hasta dónde llegaba esa amistad.

A juzgar por el rubor de la joven, era más estrecha de lo que ella había imaginado en un principio—.

Me ha dicho que para él son ustedes como su propia familia.

Si por mí fuera no estaría aquí, no se lo niego, lo hago por él, pero una indiscreción podría traernos unas consecuencias nefastas.

Sonsoles asintió. Entendía lo que trataba de explicarle.

—Me parece normal que no se fíe, hoy en día nadie confía en nadie, pero para su tranquilidad le diré que mi marido está en la cárcel esperando su ejecución. Lo delataron, así que de indiscreciones sé bastante.

Un silencio se hizo entre las dos mujeres.

—Manuel está escondido en mi casa.

Sonsoles asintió con pesar y Paola continuó:

—Es muy peligroso, imagino que lo sabe. Policía, Guardia Civil, y los que yo llamo «advenedizos» están a la caza.

Asintió de nuevo.

—Dígale que para nosotros sigue siendo nuestra familia, que jamás podremos agradecer lo que hizo en los días de exilio.

Me gustaría decirle que podemos ayudarlo, pero ya ve cuál es nuestra situación, aunque de corazón le deseo lo mejor.

—Se paró y reflexionó un instante, luego prosiguió—.

Si le digo la verdad, ahora mismo no sé qué es lo mejor en estas circunstancias que vivimos; todo parece una maldita trampa.

Paola sopesó la posibilidad de hacerla partícipe de sus planes, pero lo desestimó.

—Siento lo de su marido —dijo a cambio—. ¿Hay alguna posibilidad?

Sonsoles torció el gesto y se secó una lágrima con el dorso de la mano mientras su interlocutora esperaba que se recompusiera.

—No lo sé, hacemos todo lo que podemos y movemos todos los hilos que están a nuestro alcance, pero no sé si será suficiente.

La noticia que me trae usted hoy me llena de pesar y probablemente no se lo diga a Pablo.

Ya sufre bastante y creo que se aferra a la vida pensando que otros están a salvo, entre ellos Manuel.

Si le dijera que está escondido esperando. ..

Calló, no quería seguir, el futuro que se le presentaba a su amigo no era nada halagüeño. Pero Paola tampoco necesitaba más palabras de consuelo. Ya había cumplido con su misión.

—Tengo que irme —anunció—. Solo he venido para que sepan que Manuel está bien, dentro de lo que cabe. Está vivo, y eso ya es mucho decir en estos tiempos. Él solo quería que supieran eso y saber qué había sido de ustedes desde que se despidieron en Francia.

—Dígale que nos acordamos mucho de él —le rogó Sonsoles, conmovida—.

También dígale que aún no sabemos nada de Agustín y que aquí tiene su casa para cuando quiera.

—Se frenó ante el absurdo y rectificó—: Para cuando pueda.

Le hablaré de su visita a Pablo porque sé que le gustará, pero le mentiré. .. Espero que lo entienda.

—Por supuesto y creo que Manuel aplaudirá también su decisión.

Las mujeres se dieron la mano, fueron hacia la puerta y entonces volvió a aparecer Jesusín corriendo por el pasillo y se colgó del brazo de su madre.

—¿Sabe dónde está Manuel? —preguntó.

Paola negó con una sonrisa y acarició la cabeza del niño sintiendo los pelos como púas.

—Manuel también es mi amigo, lo estoy buscando y esperaba que tu madre me lo dijera, pero tampoco lo sabe. —No quería que el niño pudiera decir a un desconocido algo inoportuno.

—Pues si lo ve, le da esto de parte de Jesusín —contestó con ironía y le dejó en la mano una bolsa llena de lo que parecían piedras.

—No te preocupes, si algún día lo veo se lo daré de tu parte.

—Puede visitarnos cuando lo desee. —Sonsoles abrió la puerta y le guiñó un ojo—. Estaremos encantados de saber de usted y de lo que haya averiguado.

Se despidieron y Paola bajó las escaleras con un peso extraño en el corazón; le desagradaba ser embajadora de malas noticias y aquellas lo eran.

Manuel sufriría por su amigo y eso le hacía sentir mal.

Le hubiera gustado poder mentir como iba a hacer la mujer de Pablo, pero no se sentía capaz.

Apretó con fuerza la bolsita que le había dado el niño, la llevaba aún guardada en el puño.

Abrió la mano y la miró, era de tela muy vieja y muy desgastada, tenía una cuerda deshilachada que la cerraba con un nudo.

Lo deshizo y volcó sobre la palma el contenido.

Efectivamente eran seis piedrecitas, tres eran negras y alguien las había tratado de tallar burdamente para que fueran circulares; las otras tres eran marrones e igualmente trataban de ser cuadrados.

No entendió el significado, así que volvió a colocarlas en su sitio y cerró con cuidado la bolsa, que se metió en un bolsillo.