Vientos de ira 31
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Paola aprovechó que José estaba con los niños en el patio para hablar con Manuel. Dio tres golpes tenues y el miliciano abrió la trampilla y sacó la cabeza.

—¿No nos estamos arriesgando demasiado? El día menos pensado nos buscamos un problema.

—Tenía que hablar contigo. Todos están en el patio; si escuchamos cualquier ruido, diré que estoy descansando y tú simplemente vuelves al tejado sin hacer ruido. —Se tumbó en la cama como si reposara.

Manuel dejó caer la trampilla hasta sujetarla con algo que Paola no pudo distinguir y que solo le permitía sacar la cabeza.

—Ya tengo la dirección de tus amigos, pero no me puedo presentar allí sin más. No están los tiempos para fiarse de extraños que uno no conoce.

Él supo que tenía razón, pero no sabía cómo facilitar el encuentro.

—Solo se me ocurre que les hables de mí, que digas mi nombre, que les cuentes que llevé a su hijo pequeño y todas esas cosas que te he contado. Si te dan con la puerta en las narices, al menos sabré que están aquí.

—Me las apañaré.

Se hizo un silencio que Manuel supo interpretar.

—Pero hay algo más, algo que te preocupa, ¿verdad?

—Sí. Ya te dije que quiero recoger a mi hija pequeña antes de irnos, pero no sé muy bien cómo hacerlo.

Manuel calló un segundo mientras pensaba. Era muy peligroso, pero estaba claro que Paola no se iría dejando a su hija atrás. Ella lo oyó suspirar.

—Lo mejor sería recogerla durante la huida.

Tu pueblo está relativamente cerca del camino que tomaremos para pasar a Portugal; es muy arriesgado, pero es la mejor opción.

Ir ahora sería una locura. Supuestamente tu hermano está aquí, contigo, para ayudarte; sería una provocación aparecer allí sola.

Podrían detenerte y después acompañarte para detenerlo a él.

Paola tomó aire, cerró los ojos un instante y asintió.

—Tienes razón —aceptó decepcionada. Había abrigado la esperanza de tener a la niña en sus brazos en pocos días. Se había imaginado mil veces estar a su lado y ahora lo había visto tan cerca, que la impaciencia la embargó.

El miliciano sintió el desencanto en sus palabras.

—Entiendo tu desilusión, pero no podemos hacer las cosas a la desesperada. Has sido capaz de esperar todo este tiempo, solo debes tener un poquito más de paciencia. Es por la seguridad de todos —razonó.

Ella se disponía a replicar cuando oyeron que la puerta de la cocina se abría. Sin demora, Manuel cerró la trampilla con cuidado de no hacer ruido.

—¡Mamá! —Adrián apareció sonriente, pero al ver a su madre tumbada cambió el gesto, asustado—. ¿Qué te pasa?

No estaba acostumbrado a ver a su madre en la cama y pensó que estaba enferma.

—Nada, hijo, estoy descansando un poco. ¿Qué querías? —preguntó. El niño volvía a sonreír confiado.

—El tío José ha hecho una cosa increíble, ven y lo verás. —La diminuta mano infantil asió la de su madre y tiró de ella como si tuviera fuerza suficiente para alzarla. Ella se levantó sonriéndole con ternura y se fue con él.

Manuel, desde su escondrijo, sintió una triste envidia que le revolvió el alma.

El otoño ya empezaba a pintar los primeros matices en la ciudad, y no solo por las hojas que comenzaban a alfombrar las polvorientas aceras, sino por los días más breves y las noches más frescas.

Paola se había puesto el jersey negro que había encontrado en la mochila; al salir a llenar los cubos de agua y sentir que las temperaturas habían bajado, lo buscó y se lo colocó de cualquier manera.

Le quedaba un poco grande, pero estaba nuevo y abrigaba.

Se acopló la falda y se ciñó el hacha. No se acordaba de la última vez que se había mirado en un espejo, pero supuso que debía de tener una apariencia desastrosa.

No le importó demasiado; tenía preocupaciones más urgentes que mejorar su aspecto, aunque bien era cierto que, si alguien llamara a su puerta con semejantes trazas, ella probablemente ni le abriría.

Suspiró, cogió la bolsa, que tintineó cuando chocaron las piezas del candelabro que aún estaban por vender, y salió.

Esta vez Carmencita se quedaba en casa. Los asuntos que se traía entre manos no eran para compartirlos con una niña, por muy madura que fuera, porque podía ser peligroso y ya estaba harta de exponer a la criatura a situaciones arriesgadas.

Tampoco quería tener que dar explicaciones sobre lo que llevaba en la bolsa; todos en aquella casa parecían haber olvidado la mochila hallada entre los escombros.

La llegada de su hermano José había alterado la rutina y el recuerdo del macuto había pasado a un segundo plano, así que Paola pensaba aprovechar aquel despiste: todos pensarían que tenía cosas para vender en el mercado negro, como siempre, pero nada digno de mención.

Primero visitó a Feliciano, que esta vez la recibió con una sonrisa. Su ayudante, al verla llegar, avisó a su jefe enseguida, así que cuando la campanita sonó, el joyero salía de la trastienda con gesto meloso.

—Buenos días, señora —saludó.

—Buenos días —contestó ella con sequedad; no podía olvidar cómo trató de engañarla la primera vez.

—Supongo que me trae las otras piezas del candelabro.

Paola asintió y fue sacándolas de la bolsa una a una y colocándolas con cuidado sobre el mostrador.

El joyero comprobó el material con el mismo aparato de la vez anterior y entró en la trastienda.

Instantes después salía con las primeras piezas y, escogiendo con cuidado cada una, fue montando la obra completa.

—Muy interesante —susurró—, muy interesante. Es una gran pieza. He hecho averiguaciones para recabar información sobre su valor y, al parecer, es alto. Sin embargo, como no disponemos de ninguna documentación..., porque no disponemos de ningún documento que diga que el candelabro es suyo, ¿verdad?

Paola negó.

—En ese caso —continuó—, hemos de venderlo en otros circuitos menos... cómo le diría yo... menos habituales... No sé si me entiende.

—Hay que ponerlo en circulación en el mercado negro, quiere decir. —Estaba cansada de los circunloquios de aquel sujeto.

—No quería ser yo tan explícito —y soltó una carcajada—, pero veo que está bien informada.

—Lo que quiero saber es cuánto está dispuesto a pagarme. Dónde lo venda y cómo me trae sin cuidado. —El gesto del joyero no le gustaba en absoluto, le crispaba los nervios y no se fiaba de él lo más mínimo.

Feliciano cambió de actitud; le disgustaba el tono de aquella mujer estrafalaria.

Con el primer precio que le ofreció, Paola, sin decir una palabra, recogió sus piezas y volvió a meterlas en la bolsa. Estaba dispuesta a marcharse cuando el joyero la retuvo.

—¡Espere! Podemos adecuar el montante un poco más.

Ya estaba harta, ese tipo la trataba como si fuera idiota y de idiota ella tenía muy poco.

Odiaba el regateo, no se le daba bien, pensaba que las cosas tenían un precio y era eso lo que esperaba, un precio adecuado; nada de engaños ni trapicheos.

Y tampoco le sobraba la paciencia. Se volvió, cogió aire y lo miró fijamente.

—Mire, yo no he venido ni a perder el tiempo ni a que me trate usted como si fuera boba.

He venido a ganar dinero igual que lo hace usted.

Si va a seguir por ese camino, recojo y no vuelvo más.

Ya le dije que tengo otras cosas... Un buen precio me daría la tranquilidad de seguir haciendo negocios con esta joyería, pero hay otras muchas, no lo olvide. Si estoy aquí es por el Portugués...

—Entienda... —Feliciano interrumpió su discurso.

—No, se equivoca, la que tiene que entender no soy yo. El Portugués está dispuesto a darse una vuelta por aquí y tal vez prefiera tratar con él.

Desconocía la relación que habían tenido los dos hombres, pero echó un órdago esperando que funcionase y cuando vio cómo Feliciano tragaba saliva, supo que había dado en el clavo: no quería tratos con Manuel más allá de los negocios.

A partir de ese momento, todo cambió. Ajustaron un precio que a Paola le pareció desorbitado, pero simuló que no le había convencido del todo y el joyero se disculpó aduciendo que se tendría que arriesgar en esos circuitos fraudulentos de los que le había hablado.

Finalmente se dieron la mano y la mujer recogió todo el dinero, más del que jamás hubiera visto en su vida.

Por un fugaz instante sintió una punzada de arrepentimiento —su génesis católica le susurraba que no estaba bien, que aquello era fruto de un robo—, pero solo tardó un segundo en apartar ese absurdo pensamiento.

Al fin y al cabo, se trataba del futuro de todos los que ella amaba y la mochila no tenía dueño.

Al salir de la joyería se coló en el zaguán de un edificio destartalado y oscuro.

Sacó una bolsa de tela cosida a su falda y escondió el dinero, dejando algo fuera por si la asaltaban.

Se lo había aconsejado Manuel: si no encontraban nada, los ladrones se ponían furiosos; era mejor ofrecerles un señuelo.

Antes de salir de nuevo a la calle, miró a derecha e izquierda y, cuando se sintió segura, abandonó su escondrijo para coger el tranvía, que era la forma más rápida y segura de volver a su hogar.

Había evitado ese medio desde que Adrián no estaba, le provocaba demasiada nostalgia, y cuando entró, la añoranza se le hizo casi insoportable.

Recordó el rostro de su marido el día que se conocieron, ¡eran tan jóvenes!

Él trabajaba como cobrador del tranvía en el que ella estaba a punto de subirse.

Madrid aún la asustaba; solo era una simple criada pueblerina contratada en una casa de postín.

Se había tropezado al subir y él fue quien la ayudó a ponerse en pie.

No hizo falta más que sus ojos se cruzasen para que un sentimiento, que aún no comprendían, se les clavara en el corazón.

Aquellos ojos del color del cielo que ahora se diluían en su memoria.