30 #4
Manuel suspiró, se llevó la mano al cabello y se arrepintió de antemano de aquella locura.
La besó, no se le ocurría mejor contestación a esa pregunta sin respuesta.
Paola le devolvió el beso. Sabía que Adrián seguía allí, entre ellos, no la dejaba abandonarse, pero también era consciente de que todo sería más fácil lejos de los recuerdos, las ausencias y los dolores.
No era culpabilidad lo que había en su corazón —ese sentimiento se había ido diluyendo como el recuerdo de su esposo—, era más bien el respeto a su memoria, a su casa, a sus hijos, lo que la frenaba.
Pasaron un rato reconociéndose, rescatando antiguas sensaciones olvidadas en un pasado que, aunque no fuera lejano, estaba en otro mundo al que ya no pertenecían.
Por fin Paola, con un gran esfuerzo, se separó de aquellos brazos, y Manuel la dejó ir porque sabía de sus dudas y de la lucha interna que soportaba.
—Voy a dormir. Mañana tengo que llevar la Virgen a la señora María y me cuesta un buen rato llegar allí.
—Con el dinero que vas a sacar podrías dejar de danzar por una miserable propina.
Ella lo miró con condescendencia.
—Parece mentira que seas un militar. ¿No os enseñan estrategia a los soldaditos?
—Aun sin verla, el miliciano supo que ella sonreía—.
No, Manuel, tengo que seguir con mi vida como siempre.
Agradeceré la propina como siempre, pasaremos penurias como siempre, recogeré madera para el invierno como siempre.
Ni un ápice de mi rutina variará, nadie sospechará nunca lo que me propongo.
El dinero lo esconderás aquí arriba y solo se utilizará cuando nos vayamos.
Él asintió. Posiblemente otra vez la prudencia de Paola fuera lo más conveniente y su estrategia la más certera y segura.
Se levantaron, tratando de no hacer ningún ruido, y Manuel se acercó a ella.
Le quedaba algo por solucionar, algo a lo que había dado muchas vueltas.
La incertidumbre ya empezaba a hacer mella en él.
—Me gustaría pedirte un favor.
—¿Un favor? Tú dirás.
Manuel ya le había hablado de Pablo y Sonsoles; someramente le había contado su periplo por Francia y lo absurdo de su decisión de volver.
Ahora estaba intranquilo. Lo que se encontró en España distaba mucho de lo que habían creído entender por la propaganda.
Muchas noches tenía pesadillas en las que aparecía su amigo, pesadillas en las que veía a Pablo y a su mujer frente al pelotón de fusilamiento mientras sus hijos lloraban.
Nunca había creído en las premoniciones, pero la pesadilla recurrente lo tenía preocupado. Y sabía cómo localizarlos.
—Me gustaría que cuando vayas a la ciudad busques a mis amigos y me cuentes cómo se encuentran.
—Madrid es muy grande y está derruida, no sé si lo recuerdas. —Paola sonrió con ironía, pero Manuel no lo podía ver—. Si no tengo señas...
—Sé cómo llegar a ellos. Hay una pequeña casa que fue su residencia antes de la guerra, en el barrio de la Guindalera.
Pablo me dijo que dejaría allí su dirección debajo de un azulejo naranja que está entre los marrones que sostienen la verja; hace años tuvo que arreglarlo y no encontró de ese color, por eso es distinto a los demás.
No debes coger el papel, solo memorizar lo que ponga y dejarlo en el mismo sitio.
Todos sus hijos conocen el escondrijo, es una forma de poder comunicarse para reencontrarse de nuevo.
Paola aceptó y Manuel, esperando que la casa no tuviera nuevos inquilinos, le dio la dirección. Le quedaba un poco apartado de su recorrido habitual, tendría que seguir el arroyo Abroñigal hasta la plaza de las Ventas y desde allí subir por Alcalá, pero no le importó.
—No te preocupes, me las arreglaré con o sin vecinos. Al fin y al cabo, no tengo ni que entrar.
A la mañana siguiente, Paola y Carmencita salieron con su Virgen a cuestas, pero en vez de dirigirse a casa de la señora María, se desviaron hacia la plaza de Manuel Becerra. La niña le advirtió que por allí no se iba, pero su madre la tranquilizó explicándole que tenían que hacer un recado antes.
La casa estaba deshabitada, tenía un diminuto jardín lleno de maleza rodeado de una verja tan baja que cualquiera podía meterse dentro.
El azulejo naranja era llamativo y desentonaba con el resto.
Se dirigió allí con determinación, dejó la imagen en el suelo y disimuló, como si tuviera algo que la molestara en un pie.
Su hija la miraba desconcertada, pero estaba acostumbrada a las rarezas de su madre, por lo que su instinto le dijo que se pusiera delante para cubrir de miradas indiscretas lo que hacía.
Vio cómo levantaba un azulejo y sacaba una pequeña caja de lata oxidada, dentro había un papel amarillento que Paola tardó un segundo en leer. Después volvió a depositarlo en la caja, esta en el hueco, y por último colocó encima el azulejo, que encajó con un clic.
—¡Ya está! —Paola se levantó con decisión, tomó de nuevo la imagen y se dirigieron hacia la calle Serrano.
—¿Qué era eso? —preguntó la niña, muerta de curiosidad.
—Es un secreto, hija. Ahora no puedo contártelo, pero pronto lo sabrás todo.
Y con esas enigmáticas palabras continuaron su camino hasta la residencia de los señores de Palomeras del Viso.
Allí, María ya hacía alarde de su embarazo.
Un vientre muy abultado la precedía en su lento caminar.
Le había confesado a Paola que estaba un poco asustada, pues no eran pocas las posibilidades de que un parto se complicara y eso significaba un sufrimiento que se sentía incapaz de superar, por eso, en cada visita, le rogaba una y otra vez que le relatase cómo se producía el alumbramiento.
Paola trataba de tranquilizarla, de asegurarle que todo saldría bien, que dispondría de un médico y una matrona para ayudarla y que no olvidara que era una mujer fuerte.
Cuando le hablaba con esa delicadeza veía que sus pupilas se dilataban, que su cuerpo se destensaba y respiraba con más tranquilidad.
Rezaba con premura, como si necesitara más tiempo para la batería de preguntas que tenía preparadas en cada ocasión.
Muchas veces Paola no podía por menos que reír, pues María no parecía percatarse de que ella no tenía más conocimiento que los partos de sus tres hijos.
Las cuestiones médicas que algunas veces planteaba se quedaban sin respuesta.
—Mire, señora, no tiene por qué preocuparse, ya tendrá tiempo de hacerlo si surge algún problema.
Ahora disfrute de lo que tanto ha anhelado.
Además, esto ya no tiene solución. Es como cuando uno se lanza al vacío, no hay vuelta atrás.
El bebé saldrá, con su miedo o sin él; no va a quedarse ahí dentro.
Y así se les pasaba el tiempo entre confidencias que cada vez eran más íntimas, tanto que, en alguna ocasión, llegaban a ruborizarse.
Por increíble que pareciera, Paola era consciente de que no solo empezaba a apreciar a María, sino también a considerarla una amiga.
No terminaba de confiarse ni de relajarse lo suficiente con ella como para abandonar los tratos formales, pero aquellos momentos la reconfortaban.
Ahora sabía, gracias a sus muchas conversaciones, que, a pesar del dinero, María no tenía con quién compartir sus incertidumbres, ni sus anhelos, ni sus miedos; su marido estaba demasiado ocupado con sus negocios y sus politiqueos y cuando ella lo asaltaba con una duda, él sonreía y le decía que eso era cosa de mujeres y que no podía ayudarla.
Ante el desconcierto de su esposa, le prometía algún regalo, y siempre terminaba la conversación aseverando que su hijo no daría problemas.
Y esa era otra de las preocupaciones recurrentes de la futura madre, el miedo a que fuera una hija y su marido la detestara por ello.
Era indudable que aquellas visitas de Paola le servían de desahogo a la señora de Palomeras, y contaba con tristeza que cuando salía con su esposo a los distintos eventos, las conversaciones eran protocolarias, encorsetadas en unos parámetros de los que era imposible salir sin que las demás señoras te señalaran con el dedo, haciendo que tu marido fuera significado a su vez.
Y esa era una de las razones por las que no tenía amigas.
No contaba con ninguna mano generosa y desinteresada que tranquilizara su alma, que la guiara, solo aquella mujer que le traía a la Virgen era capaz de escuchar con discreción sus problemas, sin juzgarla.
De ahí la importancia que para ella tenían sus charlas con Paola.
Aquella tarde María le obsequió con un café que le pareció lo más exquisito que había probado en su vida y con unas pastas que había hecho su cocinera, que tenían un delicioso sabor a mantequilla.
Antes de irse, sacó el paquete de comida correspondiente, que cada vez era más abultado y que cada vez le costaba más encajar en el cajón, también envolvió unas pastas y se las metió en el bolsillo de la falda.
—Para los niños. He leído que el azúcar es bueno para el cerebro. —Y se despidió.
Paola salió hacia la cocina y la señora María, con las manos en la espalda, levantando su vientre, se quedó mirando cómo se alejaba por el pasillo.
Según llegó donde la esperaba Carmencita, Paola sacó una pasta del bolsillo y se la tendió. La niña se la llevó a la boca, la saboreó y le brillaron los ojos.
—¡Está riquísima! —dijo con la boca llena—. ¡Nunca había probado nada igual!
Su madre metió la mano en el bolsillo y le dio otra, lo que la niña recibió con una alegría desbordante.
Siguieron su camino, esta vez con la bolsa de los trastos vacía y la cabeza llena.
Paola daba vueltas y más vueltas a su plan, del que cada vez estaba más convencida.
Los niños no recordaban el sabor de la mantequilla, del azúcar, de un simple dulce; les faltaba inocencia y les sobraban calamidades.
Estaba claro, se decía una y otra vez, que no desaprovecharía esa oportunidad que el destino había colocado en su camino.
Sus hijos tendrían un futuro lejos de allí, comerían galletas e irían limpios, dormirían con sábanas y acudirían al colegio y, si no fuera así, se dejarían la vida en el intento.
Empezaba a trazar su estrategia y el primer paso estaba claro: recoger a su hija del pueblo.
Su madre ya había cargado con esa responsabilidad demasiado tiempo y, no solo eso: quería ser ella quien la criara, quien la viera crecer, quien escuchara sus risas.
Había llegado el momento de recuperar a su pequeña.