Vientos de ira 30 #3
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30 #3

Paola se quedó absorta en el vacío con las manos escondidas en su cabello.

No podía creerlo, otra alma atormentada que echarse sobre los hombros.

¿Cuándo acabaría aquella pesadilla? Comenzaba a sentirse incapaz de seguir al frente de toda esa variopinta y condenada familia, siempre esperando su decisión, siempre esperando la solución a cada una de las encrucijadas que asomaban a su existencia.

Y mientras, ella vivía atormentada por la derrota.

Quería descansar, tranquilizarse, preocuparse solo de sí misma, no enfrentarse a hombres asalvajados, rencorosos, llenos de violencia que se creían con el derecho de hacer daño gratuito a los demás amparados en sus uniformes.

No quería negociar con sinvergüenzas por muy honestos que fueran, ni poner una granada en el negocio de un malnacido, ni amenazar con un hacha a un cabrón repugnante.

Estaba harta, estaba muy harta de mirarse a sí misma y solo descubrir miseria, dolor, violencia y miedo.

Quería romper todo lo que la rodeaba, coger una maza y tirar las paredes, destrozar los tazones, quemar la madera que aún quedaba, hacer saltar por los aires el gallinero, no dejar ni un solo recuerdo de su paso por allí.

Porque aquella ya no era su casa, no era un hogar en el que ofrecer seguridad a sus hijos, en el que reír y ver pasar los años en paz.

No era lo que soñó con Adrián, cuyo fantasma ni siquiera la acompañaba ya.

A medida que aquellos turbios pensamientos tomaban posesión de su mente, ella, sin percatarse siquiera, se balanceaba en la silla en la que estaba sentada, con las manos cruzadas sobre el pecho, tarareando una canción de cuna que su madre le enseñó, con los ojos cerrados y la tristeza cubriéndolo todo.

Manuel, desde las alturas, contemplaba su ruina, su derrota, sus movimientos desesperados buscando una señal que le indicara un camino seguro.

Y le dolió ver así a quien tanto amaba y se preguntó si no estarían entre todos cargando sobre sus frágiles hombros demasiada responsabilidad.

Y entre tanto tormento, a él únicamente se le había ocurrido preguntar por el dinero.

Se odió a sí mismo por su falta de tacto y contempló ese mundo absurdo que se desmoronaba a su alrededor.

Paola se permitió esos instantes de debilidad, se permitió volver a su infancia, a su pueblo, a lavar en el río, a escuchar los consejos de su madre.

Se permitió los recuerdos felices con su marido, se permitió la esperanza de que todo acabara pronto.

Y para cuando Adrián, su pequeño, entró llorando en la cocina con una rodilla sangrante, la metamorfosis se había producido.

—¡Mamá, me he caído! —gritaba llorando—. ¡Me he hecho sangre!

Carmencita entraba a su lado llevándolo de la mano.

—¡Es que es un desobediente! Mira que le he dicho que se iba a caer.

Se levantó decidida, como si todo lo que había sufrido hacía unos minutos nunca se hubiera producido, se acercó a sus hijos y les dio un abrazo tan fuerte que ambos se quejaron. La niña la miró confundida.

—¿Estás bien?

Su madre asintió y los besó en la frente.

—Vamos a ver qué te has hecho ahí. —Cogió en brazos al niño, lo sentó en una silla y miró la raspadura—. Yo creo que vamos a tener que cortar por aquí; no, por aquí, o por aquí...

Su madre iba subiendo por la pierna del niño, simulando que su mano era un cuchillo, y cuando llegó a la altura de la ingle le hizo cosquillas.

—¡Por aquí, por aquí, por aquí!

Las carcajadas del pequeño llenaron de alegría la sala. Le curó con un poco de agua con sal y lo retuvo unos instantes contra su pecho. Después los dejó marchar.

Manuel seguía sus movimientos con devoción.

Había asistido a su desesperación, a su tristeza y a su reconstrucción posterior, a la fuerza que ahora emanaba de su pequeño corazón.

Envidió su valentía y su determinación. Estaba seguro de que ya habría tomado una decisión, ya habría encontrado la mejor solución que pudiera haber.

La noche hacía mucho tiempo que había sembrado de sombras la casa.

Sonaba el viento contra las ventanas y se colaba por debajo de la puerta, pero todavía era un viento templado.

José dormía en el suelo de la habitación de sus hijos, y Paola, esperando que el cansancio y la seguridad que le proporcionaba un techo seguro, a pesar de la siesta, mantuvieran a su hermano en los brazos de Morfeo, decidió hablar con Manuel.

Dio tres golpes suaves en la trampilla y esta se abrió.

Desde allí, él la ayudó a alzarse, cogiéndola con fuerza por los brazos, y cerraron de nuevo.

Apenas se movieron, el crujido de las maderas en el silencio nocturno retumbaba por toda la casa.

Manuel se inclinó, quería saludarla con un beso, pero Paola lo rechazó con dulzura.

Instantes después, ante la decepción que leyó en su mirada, fue ella la que se acercó, le rozó los labios y él se conformó.

—¡Menudo pájaro el tal Feliciano! —comenzó Paola entonces—. Quiso engañarme hasta que pronuncié tu nombre. Hubiera querido no tener que hacerlo, pero...

Y en pocas palabras le contó lo sucedido y el dinero que había obtenido, sin olvidar mencionarle que el candelabro entero tenía mucho más valor.

—Seguro que está completo, estoy convencido de que es un robo —aseveró Manuel—. Alguien quería fugarse con todo esto cuando lo sorprendió la muerte. Lo que me extraña es que no hubiese un cadáver a su lado.

—Quizá lo había. Nosotras tiramos de la mochila y no miramos más, pero estaba bajo una montaña de escombros pegada al edificio.

Manuel asintió, pensativo.

—Tal vez la bolsa quedó a la vista y el dueño cubierto —reflexionó—.

¿Y qué te parece lo del lingote? Por más vueltas que le doy no encuentro una razón lógica.

Estas cosas suelen estar en los bancos; nadie guarda un lingote de oro en casa, ¿o sí?

Será muy complicado deshacernos de algo que, aunque tiene muchísimo valor, es muy peligroso.

Paola apenas escuchaba el parloteo incansable de su amigo. Suspiró. Estaba a punto de verbalizar la decisión que había tomado aquella tarde. Sabía que caería como una lluvia de piedras, por lo que intentaba escoger las palabras con cuidado.

—Manuel —susurró, al fin, y por su gesto él supo que se avecinaba algo importante. Calló y se dispuso a aguantar lo que viniera.

—Dime.

—Quiero irme de aquí.

Él la miró sin comprender, pero Paola no le dio tiempo a reaccionar, porque siguió hablando.

—Quiero reunir todo el dinero que podamos vendiendo las joyas y después quiero escapar de esta ratonera. Ya no puedo más, tengo que cerrar este capítulo de mi vida y empezar lejos, fuera de todo este odio, de este rencor, de esta violencia. Nunca me lo planteé porque era imposible, pero ahora...

Calló y tomó aire mientras se enfrentaba a los ojos de su amigo, que la miraban incrédulos.

—No sabes de lo que hablas, ni siquiera lo imaginas, te moverías con dos perseguidos. Es muy peligroso, demasiado arriesgado, y más con dos niños.

—Tres, no dejaré atrás a mi pequeña Paola. La recogeremos camino de Portugal, que será nuestro destino.

El miliciano enarcó las cejas y pensó por un instante que su amiga no se encontraba bien.

—¡Es una locura!

—No hay prisa, tenemos tiempo de planearlo bien. Hay que vender todo poco a poco, sin levantar sospechas.

Manuel la miró; su expresión era obstinada. Extendió el brazo y ella volvió a acurrucarse en su pecho. Quedaron en silencio unos minutos, hasta que él confesó:

—Son demasiados kilómetros y luego la frontera. No sé si puedo enfrentarme de nuevo a todo eso; es mucho peor de lo que puedas imaginar.

—Ahora no estarás solo, iremos de la mano.

—Paola le impidió decir las palabras que volvían a asomar a su boca, poniéndole un dedo en los labios—.

Lo necesito, Manuel; necesito sentir que todos estáis a salvo.

Siguen los fusilamientos, se sigue apresando a hombres y mujeres, sigue el hambre y las enfermedades.

Todo es igual de horroroso. ¿Qué crees que pasará si te descubren aquí?

¿Y qué vida tendrás si no te descubren? No hay solución, amigo mío, no la hay.

Mira a mi hermano; es casi un niño, solo se ha dedicado al campo, a ayudar a mi padre, ¿qué mal ha hecho para merecer este exilio?

Manuel sabía que tenía razón en todo, pero se confundía en un detalle.

Su temor no era por él, que cruzaría mil veces las fronteras, caminaría lo que fuera necesario, se expondría a los peligros que se pusieran en su camino, pero lo haría de nuevo solo.

Su miedo nacía precisamente de ella, de lo que supondría poder perderla ahora que estaba tan cerca.

Tomó su barbilla y levantó su cara. Aún tenía restos de haber llorado, pero vio en aquellos ojos pardos una determinación imposible de doblegar.

Había asistido a la gestación de esa imprudente idea desde su atalaya, había observado cómo se rehacía después de la tormenta, de la derrota y del miedo, cómo llegaba a la conclusión de que había que arriesgarse, matar o morir; ese le había dicho que era su lema.

—¿Estás segura de que quieres arriesgarte y arriesgar a tu familia emprendiendo ese viaje?

Ella asintió con contundencia. Se sentía más fuerte rodeada de aquellos brazos y así se lo transmitió.

—Empezaremos a planearlo en secreto tú y yo. Aún queda mucho por hacer, pero con dinero todo es más fácil, ¿no crees? —Sonrió con amargura, a sabiendas de que se estaba embarcando en una aventura cuyo desconocido final podría convertirse en tragedia.