30 #2
—Ya estaba así cuando lo encontré, no tengo ni idea de si está completo.
—Pues el precio varía mucho por ese pequeño detalle. Si es por piezas, solo sirve para fundir, pero si está completo se podría restaurar y su valor se multiplicaría. Podemos dejar esto aquí, compruebas lo que tienes y vuelves con el resto. Lo tratamos de montar y...
—¡Ni hablar! —Paola no se fiaba de nadie, no iba a dejarlo allí sin ninguna garantía—. Deme un precio por lo que le traigo, vuelvo con el resto y si está todo completo, me paga lo que me corresponda.
El joyero la observó admirado; tenía delante a una mujer que no se arredraba y que mostraba una decisión y una valentía bastante impropias en aquellos días.
—Está bien, llegaremos a un acuerdo.
Cuando la puerta se cerró tras ella apenas unos minutos después, Paola suspiró con fuerza, empezó a caminar con determinación y sintió que el corazón se desbocaba en su pecho. La tensión se aflojó y notó cómo sus músculos se relajaban, enviando a su cerebro mensajes de debilidad.
Llevaba una buena suma de dinero en la faltriquera, junto al hacha, y la promesa de poder conseguir más.
«Da un rodeo, no vuelvas directamente, asegúrate de que nadie te sigue.
Atenta en todo momento, coge calles llenas de gente y, a la menor sospecha, corre».
Ahora recordaba claramente los consejos de Manuel.
No le había querido responder. A veces el miliciano se olvidaba de que llevaba sola mucho tiempo, como si ella no se hubiera movido por ese Madrid de rufianes y golfos.
Aceleró el paso, dio pequeños rodeos y no pudo por menos que recoger unas diminutas maderas que encontró al lado de una obra.
Al final del trayecto, la parte de campo que separaba la última calle de su casa, lo hizo a la carrera; sus pies volaban.
Cuando ya tenía a la vista la colonia se frenó, moderó el paso y se acercó con toda la tranquilidad del mundo, como cualquier jornada.
Abrió la puerta, preparada para lanzar un grito de júbilo, pero no llegó a emitirlo por completo, se quedó medio atorado en su garganta al descubrir al invitado que esperaba, sentado en una silla, junto a la cocina.
Abrió los ojos desmesuradamente, tanto como el joven que, con la cabeza gacha, acababa de incorporarse al verla entrar gritando.
—¿José? ¿Eres tú?
No pudo contestar, Pili apareció secándose las manos en el delantal.
—Dice que es tu hermano y me ha dado algunas referencias. No sabía qué hacer, pero al final he dejado que entrara a esperarte. Me pareció peligroso tener a un forastero plantado en tu puerta. —Hizo un gesto con los ojos indicando el tejado y Paola comprendió.
José seguía en medio de la sala sin saber qué hacer; apenas reconocía en esa mujer a la hermana que un día se marchó del pueblo.
Paola, sin embargo, soltó la bolsa y lo abrazó con fuerza, ella supo en el acto quién era; su cara apenas había cambiado ni sus ojos oscuros y profundos y, aunque su cuerpo era el de un joven alto y fuerte, seguía siendo el niño tímido que recordaba.
Se separó con la sonrisa pintada en su rostro, lo miró a los ojos y de inmediato descubrió la tristeza que se acumulaba en ellos.
—Pero, dime, ¿qué haces tú por aquí? ¿Cómo está mi Paola? ¿Se acuerda de mí? ¿Y los padres? ¿Y Manuel? —Parecía una metralleta soltando una tras otra mil preguntas que no daba un segundo para contestar.
José estaba bloqueado, se habían sentado uno junto al otro y tenían aún las manos entrelazadas.
Ella no comprendía que para el joven era una desconocida, un fantasma, la hermana mayor que se fue a Madrid y de la que apenas recordaba nada.
Él era un niño cuando se marchó y escasamente se habían cruzado dos veces más desde entonces, en el par de ocasiones en que Paola había visitado el pueblo, cuando aún era una jovencita que servía y no una mujer ni una madre.
—Deja al muchacho respirar —intervino Pili.
En ese momento sonaron unas llaves y apareció Petra en la casa.
Se quedó pasmada al ver sentado en aquel salón al silencioso hermano de su vecina.
Se acercó a saludarlo, pero el muchacho apenas hizo un gesto con la cabeza, y la mujer, prudente, decidió callar y colocarse llena de curiosidad junto a su melliza.
Más allá, desde la habitación, Carmencita miraba al intruso con recelo y Adrián seguía en el patio con sus juegos, ajeno a aquella convulsión familiar.
José se sentía observado y esa sensación avivaba más su timidez y le hacía apretar la gorra que llevaba en la mano.
Paola lo comprendió y trató de dominar su necesidad de saber de los suyos, aunque el ansia por tener más información sobre su hija la quemaba por dentro.
—Ven —le dijo. Se levantó y lo arrastró tras ella.
Salieron al patio y se sentaron bajo las parras, que ya les proporcionaban algunas uvas. Cuando las vecinas hicieron ademán de seguirlos, Paola se volvió y con un gesto hizo que se quedaran donde estaban. Quería hablar a solas, y hasta Adrián, entre quejas, tuvo que abandonar sus juegos.
Los dos hermanos se pusieron al día sin la mirada indiscreta de nadie.
José le contó el motivo por el que estaba allí y cómo la familia no había encontrado una mejor solución, a pesar de que él lo único que deseaba era volver al pueblo.
También le habló de Paz, de lo feliz que era con los abuelos y mintió al asegurarle que se acordaba mucho de su madre.
Se alegró de haberlo hecho cuando comprobó que a su hermana se le anegaban los ojos de lágrimas.
Le explicó asimismo las peripecias que había vivido para llegar a su casa siguiendo las indicaciones, muy vagas, de su hermano Manolo, y le confesó sus temores, el miedo a que la estuviera poniendo a ella y a su familia en peligro.
Nadie sabía por qué le buscaba la Guardia Civil, ni qué habían dicho de él, ni de qué lo habían acusado.
José parecía cansado y le confesó que estaba hambriento, apenas había comido nada desde que saliera del pueblo —más allá de las provisiones que le llevó su padre y lo que había podido recolectar en el camino.
Entraron. Paola le presentó en condiciones a Pili, pues a Petra ya la conocía, y le dedicó una leve sonrisa, y a sus sobrinos, que no acababan de entender quién era aquel tío que había aparecido de repente en sus vidas.
Ellos no conocían más tías que sus dos vecinas, las que, curiosamente, no eran de su sangre, aunque eso ellos no lo sabían, pues las habían tenido allí desde siempre.
Después comieron el guiso que había hecho Pili y que tuvo que estirarse para uno más, provocando la escasez de las demás raciones.
—¡Aún queda en la cacerola! —anunció Adrián poniéndose en pie sobre la silla.
—Ya no se come más, eso es para mañana —lo reprendió su madre. Había que defender la ración de Manuel.
—¡Pues quiero comérmelo hoy!, ¡tengo hambre! —Y puso uno de sus pucheros.
Pili se levantó, se llevó la cazuela con los restos dentro y la colocó en una balda, lo que hizo que Adrián se pusiera a llorar.
Para que se calmara, Carmencita tuvo que prometerle jugar en el patio a lo que quisiera y así se olvidó un poco de la comida.
La anfitriona miró a José, vio las oscuras ojeras que cercaban sus ojos y observó los bostezos continuos que trataba de contener.
—Deberías descansar un poco. Seguro que no has dormido demasiado en los últimos días. Puedes acostarte en la cama de los niños, luego ya decidiremos cómo organizamos todo. —Se levantó y acompañó a su hermano a la habitación.
Este se tumbó, vestido como estaba, y en pocos minutos dormía profundamente.
Paola volvió a la cocina y se sentó con la cabeza entre las manos. Pili, que acababa de limpiar los cacharros, se sentó a su lado y a los pocos minutos entró Petra, que había ido a tirar el agua sucia. Las tres se miraron desconcertadas.
—¿Y ahora qué? —Pili se secó las manos y comenzó a golpear con los dedos rítmicamente la mesa—. Nos vamos a convertir en un albergue.
—Está huido —confesó Paola.
—¿Cómo que huido? ¿Lo buscan las autoridades? —se alarmó su vecina.
—Sí. —Y les contó someramente la historia que su hermano acababa de relatarle.
Pili se arrepintió de su ironía, le dio unos golpecitos de apoyo en el antebrazo y suspiró.
—¿Y qué piensas hacer? No puedes echarlo de casa, es tu hermano.
—¿Quién habla de echarlo? ¡De ninguna de las maneras!
—exclamó Paola—. Pero mi vida se complica por momentos y aún no sé qué hacer.
Puedo actuar con normalidad, y que todo el mundo sepa que mi hermano ha venido a visitarme, o puedo esconderle en el tejado con Manuel.
Estamos en Madrid, no sé cuán largas son las redes de la ley, tampoco sabemos por qué lo buscan.
Después de un rato comentando posibilidades, las vecinas se fueron a su casa y Paola quedó sola en la cocina tratando de recolocar su vida.
Estaba muy cansada, le pesaba la responsabilidad; todos dependían de ella en mayor o menor medida y en ocasiones pensaba que no podría continuar tirando de aquel peso, que empezaba a ser enorme.
Se rascaba la cabeza con desesperación, tratando de encontrar una salida, cuando escuchó abrirse la trampilla y la voz de Manuel susurrando su nombre.
Se levantó con agilidad, se dirigió al cuarto y se sentó en la cama mirando hacia el techo.
—¿Estás loco? No aparezcas, te pueden ver los niños y lo que nos faltaba. —En su voz bailaba la pesadumbre.
—Sube esta noche y hablamos. ¿Lo has conseguido? ¿Estaba Feliciano?
Ella se había olvidado por completo de ese asunto. Aún llevaba escondido el dinero, pero no se sentía tan optimista como cuando salió de la joyería. Asintió con desgana.
—He oído lo de tu hermano. No desesperes, buscaremos una solución —trató de tranquilizarla Manuel, y desapareció en su mundo de sombras.