30
La mañana se levantó ventosa a pesar de la época del año en la que se encontraban.
El cielo, cada vez más plomizo, amenazaba con desatar un fuerte temporal.
Las nubes venían de Toledo y eso era un mal augurio, porque cuando esas masas grisáceas llegaban de aquel lado, la tormenta era inminente.
Un potente relámpago iluminó el cielo y, segundos después, el trueno hizo que los niños entraran corriendo por la cocina.
—¡Qué susto! —Adrián se colocó junto a su madre. Pili también entró en ese momento a toda velocidad.
—Ya está empezando a llover, ¡menudos goterones! De mi puerta aquí me he puesto pingando, verás esta tarde. —Se paró en seco y miró a Paola, desconcertada—. ¿No me dirás que vas a salir con la que está cayendo?
Su vecina asintió mientras se colocaba el hacha y cogía la bolsa, que tintineó con parte del candelabro dentro.
—¿Y Carmencita? —insistió Pili.
—Carmencita hoy se queda en casa. Tú tienes turno de tarde, ¿no?
La mujer asintió contrariada.
—Si todo va bien, estaré aquí para comer —afirmó Paola y, sin esperar contestación, salió.
Al abrir la puerta, la recibieron fuertes ráfagas de viento que azotaron su rostro con una furia húmeda.
Se colocó el pañuelo que cubría su cabeza, apretó el nudo y comenzó a caminar.
Instantes después ya estaba empapada, pero no le dio importancia; iba tan preocupada por lo que tenía que hacer, que no sentía ni la lluvia ni el viento, solo deseaba salir airosa de su cometido y conseguir una buena suma de dinero.
La tormenta había pasado cuando empujó la puerta de la joyería Mariscal. Hasta el día anterior, nunca había oído hablar de aquel negocio, pero Manuel le instó a que probara.
—Primero preguntas por don Feliciano Orduño. Si te dicen que ya no trabaja allí, te vas, ¿me has entendido? No contestes a ninguna pregunta, te vas a toda prisa.
Paola asintió, memorizó aquel nombre y siguió escuchando en silencio. Estaban en el tejado, de madrugada, cuando todos dormían.
—Si consigues hablar con él, le dices que vas de parte de Manu el Portugués.
—¿Ese eres tú?
—Así me llamaban, algún día te contaré por qué.
—¿Y es seguro delatarte de esa manera? ¿Y si después vienen a por nosotros?
—Creo que el Feli es de fiar, aunque en estos tiempos no hay que fiarse de nadie. Es un sinvergüenza honesto y yo ya le puse las cosas en su sitio hace tiempo. He hecho mil negocios con él y puede tratar de engañarte, pero que yo sepa, nunca ha vendido a nadie. Y mira que sabe cosas, el tío.
Paola no estaba nada convencida, Manuel conocía a ese sujeto de cuando el viento soplaba a favor, de cuando Madrid pertenecía a la República y él era alguien importante.
Ahora las tornas habían cambiado, la ciudad no era segura y Manuel era un proscrito.
Le expresó sus dudas, pero su amigo se encogió de hombros y levantó las cejas.
—Tenemos pocas opciones. Vender objetos de valor no es ir a una esquina a ofrecer huevos.
Yo confío en ese hombre, lo único que le interesa es ganar dinero, nunca se ha preocupado del origen de las mercancías, y creo que es más peligroso contactar con un desconocido.
Además, estamos hablando de un pedazo de candelabro que creemos que es de plata, pero no lo podemos asegurar y ni siquiera sabemos si está completo. Probablemente solo sirva para fundir.
Al final, después de muchas deliberaciones, Paola se decidió, sobre todo cuando Manuel expuso la posibilidad de arriesgarse a ir él mismo.
Esas palabras le erizaron el vello solo de pensarlo y notó una angustia que hacía mucho tiempo que no sentía.
No quiso pararse a pensar por qué le afectaba tanto lo que pudiera ocurrirle, pero tomó una decisión.
—Iré —concluyó con el alma colmada de miedo.
Y ahí estaba, frente a la joyería; había transcurrido una noche entera, pero el terror no la había abandonado.
Según empujó la puerta, escuchó sonar la campana que indicaba que alguien había entrado.
Los nervios a flor de piel y los sentidos alerta.
Inmediatamente, tras un mostrador desvencijado que tenía varias piezas debajo de un cristal bastante sucio, apareció un muchacho de no más de quince años, desgarbado y raquítico, con unas orejas desmesuradas y una sonrisa cargada de dientes torcidos y amarillentos.
—¿Qué desea la señora?
Dudó. Estaba claro que aquel joven no podía ser Feliciano Orduño; no tenía edad. Estuvo a punto de darse la vuelta y marcharse, pero obligó a sus piernas a mantenerse en su lugar. Tomó aire y se acercó al mostrador.
—Busco a Feliciano Orduño —dijo con seguridad.
El muchacho la miró de arriba abajo con desconfianza, se rascó la cabeza tratando de ganar tiempo y fijó los ojos en los de Paola, que le sostuvo la mirada.
—¿Y se puede saber quién lo busca?
Ella negó con la cabeza en un gesto duro.
—Quiero hablar con el señor Orduño, si es posible. —Dejó la bolsa en el suelo y escuchó tintinear el metal. Se llevó la mano a la cintura, sintió el volumen tranquilizador del hacha, sopesó las posibilidades con respecto al muchacho y se dijo que podría salir airosa en caso de necesidad.
—Espere un momento —pidió al fin el dependiente con gesto contrariado.
Se relajó un instante. Las cartas estaban echadas.
Si se había equivocado Manuel y salía otro hombre de la trastienda, ante un ataque, no tenía nada que hacer.
Odiaba vivir sospechando, vivir a la defensiva como si un peligro inminente bailara continuamente sobre su cabeza.
Suspiró y miró con desgana las piezas llenas de polvo que se amontonaban en el mostrador.
—Soy Feliciano Orduño —escuchó que decía una voz—. Mi ayudante me ha dicho que quiere verme.
Ella observó los rasgos del recién llegado con cuidado.
Tal y como le había contado su amigo, se trataba de un hombre robusto, con barba espesa y un dato que no daba lugar a equívoco, tenía un ojo de cada color: uno marrón muy claro y otro negro.
Definitivamente se trataba de él. Feliciano comenzó a hacer sonar los dedos contra el cristal en señal de impaciencia y Paola dejó a un lado su reconocimiento.
Sacó de la bolsa cuatro partes del candelabro y las puso sobre el mostrador.
—Quiero vender esto —expuso con firmeza mirando fijamente aquellos ojos desiguales. No pensaba delatar a Manuel si no era inevitable.
—¿Y para eso me haces salir? Te podía haber atendido este. —Feliciano señaló al muchacho de las orejas prominentes, que puso una sonrisa bobalicona—. Déjame ver.
Observó las piezas, se acercó una lupa al ojo y empezó a negar con la cabeza.
—No sé de dónde habrás sacado esto, pero no vale nada —comentó con desprecio—. Unos céntimos, poco más.
Ella sabía que estaba mintiendo; sus ojos caprichosos habían cambiado al observar la pieza y el color de la avaricia se había instalado en ellos.
La vida le había enseñado a conocer al género humano y sus bajezas, y estaba segura de que quería engañarla.
Aquel hombre acababa de mostrarle su lado sinvergüenza y Paola recelaba de ese otro lado honesto del que hablaba Manuel.
Dudaba si renunciar al intercambio y marcharse de allí sin cumplir su objetivo o hablar de su amigo. Empezó a sudar.
—¿Me está escuchando? Ya le he ofrecido un precio, no me haga perder más el tiempo.
—¿Podría hablar con usted a solas? —se decidió. Y miró al dependiente que seguía allí con las manos enlazadas en la espalda, manteniendo un gesto de devoción cada vez que su jefe abría la boca.
Feliciano la observó con ojos inquisitivos y vio dureza y decisión tras ellos. Dedujo que se había dado cuenta de que había intentado mentirle, pero no alcanzaba a imaginar qué secreto querría contarle a solas.
—¡Espérame en la trastienda! —se dirigió a su empleado—. Guarda las piezas que están sobre la mesa, después de limpiarlas, donde tú sabes.
El muchacho salió de inmediato, traspasó una cortina y se perdió en la parte de atrás.
—¿Y bien?
—Vengo de parte de alguien que usted conoce, de Manu el Portugués —soltó Paola de golpe—. Me ha encargado que le diga que más vale que me dé un buen precio o vendrá él en persona a hacer negocios.
Feliciano miró a la mujer que estaba frente a él con desconfianza.
—¿Manu el Portugués? ¡Yo no conozco a ninguna persona que se llame así!
Todo se iba desarrollando según lo previsto. Manuel le había advertido que primero negaría conocerlo; era muy precavido, un viejo estafador, sinvergüenza y vividor que había sabido salir adelante de mil avatares.
—Me dijo que diría eso. También me dijo que le preguntara si su señora estaba ya a salvo en Portugal. —Paola reproducía como un loro unas frases que no comprendía, pero que al parecer tenían un sentido para ellos; secretos de antiguos camaradas.
—¿Será verdad? —exclamó Feliciano tocándose la barba con una sonrisa en los labios.
—Es verdad —constató Paola.
—Así que el jodido está vivo, como siempre con sus líos, y me manda negociar con una mediadora que se llama...
—Da igual mi nombre, solo quiero que me diga lo que vale eso.
—Y señaló las piezas que estaban sobre el mostrador—.
Hace unos momentos intentó engañarme, sé que son de plata y Manuel también lo sabe.
Tengo algunas cosillas más, pero solo las traeré aquí si me da un buen precio; de lo contrario buscaremos otro comprador.
Paola ya había decidido poner todas las cartas sobre la mesa. Demostrar debilidad era lo más peligroso, ella lo sabía bien.
—¿Y de dónde habéis sacado...?
—Nada de preguntas, ese es el trato —le cortó con contundencia. Sudaba a mares, no sabía si todo aquello daría resultado, lo que sí sentía era el miedo amarrado a su alma.
—¡Vaya, vaya! Veo que el Portugués se rodea de buenos camaradas, siempre supo elegir. ¡Menudo genio! Revisémoslo de nuevo. —El joyero tomó otra vez una de las piezas y la miró con detenimiento—. Esto es antiguo, parte de un candelabro de plata bastante grande. ¿Tienes todas las piezas?
Ella se encogió de hombros.