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En la carta el obispo, de manera directa, le informaba de sus pesquisas.
En pocas palabras decía que la pronta puesta en libertad del condenado era, de momento, una utopía, pero que ya había movido sus influencias para intentar sacar a Pablo de la situación crítica en la que se encontraba.
Ahora sabía que para ello se necesitaba tiempo, algo de lo que su amigo carecía.
Por eso había llegado hasta alguien, cuyo nombre por seguridad no mencionaba, que tenía acceso a los archivos carcelarios, con el fin de esconder el máximo tiempo posible el informe de Pablo, que no apareciera entre las condenas recientes.
Este hombre, al parecer, había ocultado su expediente al final de todos los papeles, mezclado con otros documentos.
El obispo continuaba la carta asegurando que de esta forma se había sentido mucho más seguro mientras seguía con sus maniobras para poder obtener la conmutación de la pena de muerte por la de cadena perpetua.
Sin embargo, su «infiltrado» le había comunicado enseguida que, no sabía cómo, el expediente de Pablo había vuelto a aparecer entre los que se iban a revisar de modo inmediato.
Lo había descubierto por azar, al ir a consultar otros archivos.
Volvió a hacer la misma operación y un par de días después comprobó que nuevamente los papeles de Pablo volvían a aparecer en primer plano.
Según su «infiltrado», eso era síntoma inequívoco de que había alguien muy interesado en que fuera ejecutado.
De momento, haberlo descubierto les daba cierta ventaja, porque podían estar al tanto para ir escondiéndolo con regularidad.
La carta acababa preguntando a Sonsoles si conocía a alguna persona que le tuviera tanta inquina a la pareja como para desearle el mal a su marido. Si era así, que se lo hiciera saber por los cauces que don Nemesio, a buen seguro, le habría indicado, con el fin de buscar una solución.
Sonsoles dobló la carta y no supo qué pensar; sentirse en manos de un desconocido, de su diligencia para salvar la vida de su esposo le parecía una bufonada de mal gusto.
Pero era su única baza. Después estuvo un buen rato sentada pensando, tratando de imaginar quién podía ser aquella persona que tenía ese interés descomedido en que Pablo fuera ejecutado, pero no se le ocurrió nadie.
Su marido era un buen hombre que jamás se metía en problemas. Tendría que preguntarle a él.
Y mientras en la casa quedaba la mujer de Pablo reflexionando sobre lo que acababa de leer, don Nemesio bajaba por las escaleras abstraído.
La visita lo había decepcionado mucho, sus expectativas de hacer algo realmente importante se habían esfumado y no alcanzaba a entender qué asuntos podía tener el obispo con aquella familia de andrajosos.
En estos pensamientos se debatía mientras trotaba escaleras abajo, cuando Jesusín lo oyó.
Seguía endemoniado por el engaño y el rencor le inundaba el alma.
Por eso no lo pensó dos veces, llamó a su hermano y le explicó el plan.
Mientras Pepín vigilaba, él se colocó en el tramo inferior, donde apenas llegaba un poco de claridad de un ventanuco del entresuelo y, con rapidez, desde abajo, sacó la mano y sujetó el zapato del religioso un instante.
Distraído como iba, este no tuvo tiempo de agarrarse a la barandilla, tropezó y cayó rodando.
Para entonces los niños habían desaparecido, raudos y silenciosos, por el portal.
Don Nemesio se dio un buen golpe, pero nadie lo vio, así que se sentó en las escaleras y maldijo al obispo, a la señora del cuarto y a todo lo que se le ocurrió.
Se levantó muy digno, sintiendo el dolor en el cuerpo, y trató de calmarse.
Rezó para sus adentros, posiblemente el Santísimo lo hubiera castigado por tanta curiosidad, tanta soberbia.
Cuando salió a la claridad del día, vio a los hijos de doña Sonsoles jugando en el mismo sitio donde los había encontrado al llegar.
Jesusín levantó los ojos con cara de enfado y el sacerdote, para congraciarse con Dios, le lanzó una moneda de céntimo que el niño cogió al vuelo.
No le dio las gracias, solo sonrió con picardía, lo que el religioso entendió de forma equivocada.
Cómo iba a sospechar que el porrazo que se había dado no había sido fortuito.
Siguió andando calle abajo seguido de la mirada de los hermanos, que ya empezaban a pensar qué podrían conseguir con ese dinero para aliviar su hambruna.
Cuando el día llegaba a su fin, Sonsoles, con evidentes signos de alegría, reunió a la familia; los más pequeños ya estaban durmiendo.
Esa noche se habían tenido que conformar con unas pocas sobras que había podido conseguir en la taberna Julio, el marido de Angelines, y con lo de las cartillas, que cada día era menos.
No era extraño que se reunieran todos en aquella estancia cuando caía la noche, que contaran los avatares de la jornada y se apoyaran unos a otros en aquellos duros momentos, recordando también a los que estaban lejos.
Pero aquel día era distinto. Sonsoles se había mostrado inquieta toda la tarde, hacendosa, y cuando le habían preguntado por ese continuo trajinar, había ofrecido la misma respuesta: por la noche lo hablarían.
Por eso se encontraban todos en silencio a la espera de que por fin les contara eso que tanto la perturbaba.
—Esta mañana ha venido un cura de la parroquia con noticias de don Celestino —fue directa al grano.
Todas las miradas confluyeron en sus ojos.
—¿Y? —preguntó Gloria, anhelante.
Sonsoles dejó la carta encima de la mesa para que todos la pudieran leer. Mientras iba pasando de mano en mano, un sentimiento de vulnerabilidad se afianzaba en los corazones.
—¿Quién puede desear el mal a padre? —formuló Angelines la pregunta que rondaba en la mente de todos.
—Nunca ha tenido problemas con nadie —afirmó Gloria.
—No hace falta que tu padre se haya portado mal o tenga enemigos. Lo que todo el mundo sabía es que era un comunista convencido, y cualquiera puede haberlo usado para salvar su propio pellejo o para dar rienda suelta a su odio, irracional, si queréis, hacia los rojos en general —afirmó Julio.
Todos quedaron en silencio. Pensar que un fantasma desconocido depositaba en su padre, que no había disparado ni una sola vez, todo su odio, les generaba un vértigo que iba más allá del momento presente.
Las palabras de Julio eran una constatación de la España dividida, de la sociedad marcada por el rencor, el dolor y la venganza.
—Esperemos que el topo haga bien su trabajo —susurró más para sí que para su familia una Sonsoles esperanzada.
—La vida de padre depende de su diligencia. —Angelines apoyó las palabras de su madre.
—Dudo que haya problemas en ese sentido —aseveró Julio—. En la Iglesia, un mal paso es un grave problema de promoción; nadie quiere quedarse en una parroquia de pueblo.
—Pero padre se está consumiendo. —Puso la nota discordante Gloria—. Tiene que estar viviendo un infierno, aunque no quiera decirnos nada. ¿Os imagináis estar ahí esperando la muerte? ¡Es horrible!
Juan alargó un brazo y atrajo a su novia hacia él en un gesto de apoyo.
—Sobre ese particular no podemos hacer nada, hija —repuso Sonsoles—.
¡Qué más quisiera yo que mover un dedo y tener a tu padre a mi lado!
Pero creo que son buenas noticias. Yo empezaba a desesperarme pensando que don Celestino se había olvidado del tema.
Es un obispo y un obispo no es moco de pavo; tenemos que confiar en él, es lo único de lo que disponemos.
Todos asintieron, hubieran deseado recibir una carta donde les dijeran que su padre estaba libre, pero ni un obispo tenía ese poder, de eso estaban seguros.
Además, ese hombre tampoco podía delatarse; a fin de cuentas, estaba tratando de ayudar a un comunista confeso.
Las influencias había que tejerlas en la trastienda, paso a paso, obteniendo favores, ofreciendo prebendas, creando una red compleja que funcionara como un reloj suizo cuando fuera necesario.
Sonsoles recordaba esas enseñanzas de su madre, de cuando era una adolescente a la que aquellas cosas le aburrían sobremanera, y ella, inmutable, trataba de inculcárselas.
Terminaron la velada y se retiraron a dormir, cada cual con sus pensamientos, con sus miedos, sus alegrías y sus fracasos.
Y se durmieron rápidamente porque el trabajo los obligaba a madrugar, y madrugar hacía que a esas horas todos estuvieran derrotados.
Las velas se apagaron y la oscuridad se hizo la dueña de la casa.
Sonsoles, sin embargo, fue la única que no se retiró a su cuarto. Se dirigió a la cocina, sin saber por qué, y allí, con la ventana abierta, mirando la noche, estaba Jesusín muy serio. Murmuraba algo en francés. Ella creyó entender una oración.
—¿Qué haces aquí, hijo? ¿Te encuentras bien?
El niño se sobresaltó, miró a su madre y la angustia que sentía se extendió por su pequeño cuerpo, pero no dijo nada, mantuvo un empecinado silencio.
—Hijo, ¿te encuentras bien? —repitió ella.
El niño afirmó con la cabeza y retiró la mirada. Sonsoles supo que estaba a punto de llorar. Se acercó a él y lo sentó en sus rodillas. Él se dejó hacer, no había sensación más reconfortante que estar en los brazos de su madre.
—¿Tienes hambre? ¿Es por eso por lo que estás en la cocina? Aquí no hay nada.
Sacudió la cabeza en un gesto de negación y su madre vio que tenía los ojos brillantes.
—¿No le vas a contar a mamá eso que te pone tan triste?
—He hecho algo muy malo. —Y las primeras lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas abarrotadas de pecas.
—Has hecho algo malo y te arrepientes, ¿no es eso?
Jesusín afirmó sacudiendo con fuerza la cabeza. Su madre le acarició y sintió el pelo que, como un cepillo, raspaba sus manos.
—¿Y se lo quieres contar a mamá?
— Mais es que me vas a regañar beaucoup y además mademoiselle Francois dijo que cuando haces quelque chose mal, nuestro Dios nos castigará a nosotros o a quien nous aimons.
Cuando Jesusín se ponía nervioso intercalaba palabras en francés, aunque poco a poco iba dejándolo en el olvido. Mademoiselle Francois había sido su maestra en Francia, una mujer extremadamente religiosa que atormentaba a los niños con infiernos y penitencias.
—¡ Et mon père no va a salir de la cárcel por mi culpa! —concluyó echándose a llorar.
Sonsoles miró a su hijo con ternura y lo apretó contra su pecho.
—Jesús, hijo mío, lo de tu padre no tiene que ver contigo; son unos señores muy malos los que hacen esas cosas. Da igual lo que hayas hecho, ya verás como pronto lo tenemos aquí.
El niño no contestó, escondido en los brazos de su madre.
—Y ahora me vas a contar eso tan malo que te atormenta.
Jesusín le relató su encuentro con don Nemesio, el engaño y la venganza.
Sonsoles se armó de paciencia; su hijo se estaba convirtiendo en un salvaje, aunque luego fuera tan sentido.
Le regañó, le dijo que esas cosas no se hacían, que el sacerdote podría haberse hecho mucho daño y que la venganza no llevaba a ninguna parte.
Pero fue una reprimenda amable, sin gritos ni reproches; ya bastante arrepentimiento arrastraba el crío.
— Mais il m’a trompé! —trató de defenderse el niño.
—No te entiendo, hijo, ¿qué dices que te ha hecho?
—¡Me engañó!
—En su conciencia quedará, cielo. Tú no tienes por qué ser como los demás, ¿entendido?
Jesusín afirmó y volvió a esconderse en el regazo de Sonsoles. No era habitual poder disfrutar de un momento de cariño con su madre y pensaba aprovecharlo. A pesar de la regañina, su corazón se había vaciado y la angustia que lo atenazaba hacía unos momentos había desaparecido por completo.
—¡Y ahora a descansar! —La mujer se levantó y dejó al niño en el suelo, le dio la mano y lo acompañó al cuarto donde sus hermanos dormían hacía un buen rato.
Lo metió en la cama, le dio un beso en la frente y salió sin hacer ruido.
Una vez que estuvo en su cama, sonrió. Cinco de sus siete hijos estaban con ella.
De una tenía noticias y estaba bien, y de Agustín no sabía nada, pero era demasiado vivo para tener problemas.
La familia se iba reuniendo, pero le faltaba Pablo a su lado.
Lo echó de menos. Tanto, que casi le dolió.
«Te sacaré de ahí —pensó—. Te sacaré, mi amor, aunque tenga que descender a los infiernos». Y con ese pensamiento y un poco de esperanza, se durmió.