29 #2
Se levantó con la misiva en las manos y fue donde Germán fumaba, mientras explicaba algo a unos jóvenes que lo atendían casi con devoción.
Enseñaba a leer y a escribir y las operaciones básicas de matemáticas a los presos más jóvenes que querían aprender.
Según sus propias palabras, de poco les iba a servir más allá de ver por escrito su sentencia y entender lo que ponía, pero al menos estaban entretenidos y no pensaban en ese futuro siniestro que los aguardaba.
Algunos ni siquiera habían llegado a la veintena.
—¡Maestro! Te necesito —lo llamó Pablo con voz resuelta. Se sorprendió Germán al escucharlo, después de los depresivos días que llevaba tras la marcha del doctor.
—En un segundo, Páter. —Dio unas últimas indicaciones a sus alumnos y se levantó tocándose los bolsillos en busca de un cigarro que no tenía.
Páter era el mote de Pablo, se lo había puesto el propio Germán cuando se enteró de que había colgado los hábitos. A partir de ahí, los más cercanos lo conocían con ese apelativo a pesar de que la mayoría ignoraba por qué.
Cuando los dos amigos estuvieron juntos, Pablo lo llevó a un rincón, en la zona donde había menos compañeros porque apestaba a desperdicios. El hedor era irrespirable.
—¿No podías arrastrarme a un sitio más asqueroso?
No hay Cristo que aguante esta peste. Si no fuera porque te conozco, diría que has resucitado de entre los muertos, Páter.
—Y tratando de taparse la nariz, el maestro le dio una palmada en la espalda—.
Me alegro de que lo hayas superado, no podemos hacer más.
—No puedes ni imaginarte lo que ha pasado.
Germán lo miró extrañado, no entendía aquella felicidad repentina en su compañero.
—Toma, pero que no lo vea nadie. —Y le pasó hecha un gurruño la nota.
El otro hombre extendió el papel y se puso a leer. Su cara iba tomando tonos rojizos a medida que sus ojos descifraban el mensaje.
—Pero ¿qué mierda es esta? —farfulló indignado antes de terminar de leer, lanzando el papel al suelo.
—Pero ¿qué haces? —Pablo se agachó y lo recogió. Miró a su alrededor, pero los demás estaban cada uno a lo suyo.
—¿Tú eres imbécil? ¿Qué mierdas son esas del Caudillo y su puta calavera? —susurró—. ¿Y esto te ha puesto tan contento? —preguntó estupefacto. A duras penas podía contener la ira; pensaba que Pablo se había vuelto loco.
—¡¿Quieres escucharme de una puta vez?!
Ahora sí, algunos prisioneros se volvieron hacia ellos y muchos se preguntaron qué hacían en el rincón que llamaban «de la mierda» —un sucedáneo de las letrinas—.
Pero eso quedó en segundo plano ante la posibilidad de una pelea.
Aquellas palabras podían significar el inicio de una reyerta y eso, entre hombres ociosos, era un aliciente.
Los dos presos se miraron desafiantes unos instantes, se escuchó decir son el maestro y el Páter, se tensó la situación y, por unos segundos, partidarios de uno y otro midieron las fuerzas.
Pero para decepción general, al final ambos salieron de ese rincón y se sentaron en el suelo con gesto contrariado, sin mirarse siquiera.
Poco a poco dejaron de despertar interés, permitieron que pasaran unos minutos en silencio, cada uno en sus divagaciones, para disfrutar de algo de privacidad.
—Te escucho —dijo por fin Germán con los brazos cruzados y el gesto hosco.
Pablo volvió a tenderle la carta, pero antes de que la cogiera con ademán cansino lo miró fijamente.
—Olvídate de toda la mierda escrita, solo lee la firma y después me dices.
Germán arrancó el papel de las manos de su compañero y fijó directamente la mirada en la última línea. Levantó los ojos, Pablo arqueó las cejas frente a él y el maestro comenzó a negar con la cabeza muy despacio.
—¡Será cabrón! —susurró sonriendo—, así que la firma Germán Caballero.
Le devolvió la carta a Pablo y le palmeó la espalda.
—El muy cabrón lo ha conseguido. Te juro que me alegro casi como si me hubiera librado yo.
—¿Entiendes ahora todo? —dijo Pablo más relajado—.
Se ha saltado la censura, los imbéciles que leen el correo solo han visto «Caudillo», «Excelentísimo», «Viva Franco», «Viva España», y ni han reparado en la firma.
Poner tu nombre era la señal, también quería que tú lo supieras.
Nuestro doctor está a salvo y nos manda un mensaje de esperanza.
—¡Ya decía yo que te notaba raro!
Y ambos hombres se echaron a reír mientras Pablo hacía añicos la carta.
Los presos que se hallaban más cerca, al oír las risas, se volvieron y pensaron que se habrían reconciliado los que, un rato antes, se miraban con inquina.
Rápidamente perdieron el interés. Para Pablo y Germán aquello era más que una alegría, era una victoria; uno de ellos, al menos uno de aquellos apestosos rojos comunistas había driblado a la muerte.
Y no solo eso, en la carta había otra información muy relevante: una esperanza.
No a todos los que llamaban en las listas los fusilaban; había alguno, muy pocos, de eso estaban seguros, que conseguía salvarse de una muerte prematura y violenta.
Jesusín jugaba en la acera con su hermano Pepe. Tenían hambre, siempre tenían hambre desde que volvieron de Francia.
—¿Sabéis dónde vive la señora Sonsoles Elizalde de Solá?
Los niños levantaron la vista y se encontraron de cara con un sacerdote bastante joven que llevaba un maletín bajo el brazo.
—Mi madre se llama Sonsoles, pero no sé si es De Solá. —Jesusín contestó metiendo sus manos sucias en los bolsillos. Pepín, a su lado, se rio.
—¿Y dónde vive tu madre, guapo? —volvió a preguntar con voz melosa el religioso.
—¿Qué me da si se lo digo? —tentó a la suerte el niño.
El sacerdote torció el gesto y pareció por un momento que le soltaría un pescozón.
Jesusín, viéndolo venir, estaba dispuesto a salir corriendo antes de que lo pillara, pero nada de eso ocurrió.
El cura metió una mano bajo la sotana y sacó una moneda de peseta, los críos se le quedaron mirando con los ojos muy abiertos; aquello era una pequeña fortuna.
Se la puso delante de la cara al pequeño y volvió a preguntar por su casa.
—En este portal. —Jesusín señaló el que estaba justo a su espalda—. En el cuarto derecha.
El niño extendió la mano, pero la moneda ya había desaparecido bajo los pliegues de la sotana y, para cuando trató de protestar, el religioso ya estaba entrando en el portal. Corrió tras él.
—¡Eh, oiga! ¿Y mi peseta? Me ha engañado.
El sacerdote se volvió y con una sonrisa desagradable le revolvió el pelo.
—El pecado de avaricia es de los más graves.
—¡Pues el de la mentira es aún peor! —gritó enrabietado el pequeño, pero ya el joven religioso subía las escaleras de dos en dos y no oyó lo que pensaba aquel crío de él.
Sonsoles estaba aventando los viejos colchones de lana de las camas pequeñas cuando el sonido perturbador del timbre rompió el silencio y la tranquilidad de su casa.
Se quedó petrificada; cada vez que sonaba la puerta, se sobresaltaba y un miedo irracional corría por todo su cuerpo.
Sabía que no era lógico, que nadie volvería a por unas mujeres y unos niños, pero no lo podía controlar.
Estaba sola en aquel momento y le costó reaccionar.
Por fin, ante la insistencia del timbre, recorrió el pasillo titubeando y abrió. Un sacerdote aguardaba en la puerta y la saludó con una sonrisa, de forma educada.
—¿Sonsoles Elizalde de Solá?
La mujer asintió, relajándose al observar el hábito.
—Soy el padre Nemesio, sacerdote de la iglesia de Nuestra Señora de Covadonga. Me envía don Celestino.
Sonsoles sintió que el corazón se desbocaba en su pecho, pero intentó mantener la calma y, echando mano de los buenos modales que había aprendido en su familia, invitó al religioso a entrar.
El hombre miraba con recelo aquella casa semivacía, de paredes deslucidas y alguna que otra humedad, y se preguntaba qué se le habría perdido al obispo con aquella familia.
Sin embargo, no era asunto suyo y don Celestino le había dejado muy claras las consecuencias que cualquier filtración podría tener para su carrera.
Era un asunto personal, de vital importancia, le había explicado, y don Nemesio se tenía que ceñir con exactitud a las instrucciones que él le diera.
Por eso estaba allí, para seguir las órdenes de su excelencia reverendísima.
Llevar una carta, esa era su primera misión, y después de tanto secretismo, después de caer en el pecado de la vanidad pensando que había sido el elegido, se encontraba en aquella pobre vivienda haciendo más caridad que otra cosa.
Trató de quitarse esas ideas de la cabeza y se centró en acabar, con la mayor celeridad posible, su cometido con la señora Elizalde de Solá —menudo apellido rimbombante para aquella muerta de hambre.
—Siéntese, por favor. —Sonsoles lamentó no tener nada que ofrecer al sacerdote más que una silla desvencijada y vieja.
—No se preocupe, estoy bien así. El obispo me ha encargado que le dé esta carta en mano.
—Y, manteniéndose en pie en todo momento, la sacó de su carpeta y se la tendió—.
Además de informarle de que yo seré el correo para cualquier aviso que tenga a bien hacerle llegar.
Me encontrará habitualmente en la iglesia o en la casa parroquial, en el número dos de esta misma calle.
No dijo más. Se le notaba incómodo, con ganas de salir de allí, y Sonsoles no quiso hacer más larga su estancia.
Se lo agradeció cortésmente y lo acompañó a la puerta.
Ella tampoco tenía ningún interés en alargar la espera.
Según cerró, se apresuró por el pasillo hasta la sala sobre cuya mesa había quedado la misiva abandonada.
Abrió el sobre, impaciente, y leyó con ansia.
Se sentó porque ya no le sostenían las piernas y se secó una lágrima solitaria que no sabía si era de alivio o de preocupación, quizá de ambas.