Vientos de ira 29
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Pablo seguía en la cárcel y el obispo no había dado señales de vida.

En cuanto podían, alguien de la familia se acercaba hasta la prisión para llevar comida y tabaco, aunque no siempre lo lograban.

Muchas tardes, enviaban a los pequeños a las calles a buscar colillas.

Los críos perseguían a los hombres que veían fumando y se peleaban por recoger el desperdicio antes de que se consumiera.

Cuando el fumador iba a pisar los restos del cigarro, ellos se lanzaban para que no lo hiciera, lo que en más de una ocasión les había valido un pescozón.

Cuando llegaban a casa, deshacían las chustas y conseguían algo de tabaco que guardaban para su padre.

Una extraña cotidianidad había vuelto a aquella familia.

Malvivían con lo que les quedaba del dinero que les había dado Agustín —del que no tenían noticias—, de las cartillas de racionamiento y de los trabajos de sus hijas y sus respectivos maridos.

Formaban una familia deforme, donde los niños y las parejas se mezclaban en un conjunto incomprensible para los vecinos, con los que apenas tenían trato más allá del saludo.

Después de la experiencia con su esposo, al que, al parecer, una vecina había delatado, Sonsoles no quería saber nada de preguntas ni de cotilleos.

Se centraba únicamente en mantenerlos a todos bien y en tratar de sacar a Pablo del infierno en el que vivía.

Ya habían pasado dos meses desde que regresaran de Pamplona, pero ni una sola noticia habían tenido.

—Ese no va a hacer nada, te lo digo yo. —Angelines estaba en la cocina con su madre, que se afanaba en sacar un guiso sin apenas ingredientes.

—Yo confío en tu padre y, si él confía en ese hombre, no se me ocurre nada mejor.

Pero dentro de su corazón esa fortaleza que demostraba ante su hija no era más que una cortina.

—No sé, madre. Ha pasado mucho tiempo y la callada por respuesta. A mí no me da buena espina, qué quiere que le diga.

—Al menos sigue vivo, hija, y no sabemos si es gracias a don Celestino o no.

Angelines torció el gesto y salió de la cocina soltando un bufido.

Su madre se estaba agarrando a la tabla de salvación equivocada.

A su pesar, ella pensaba que su padre tenía pocas posibilidades de salir con vida de aquella prisión.

Sintió la angustia recorrerle las entrañas y se sentó en su cama, sacó el costurero y se puso a zurcir calcetines.

Necesitaba estar activa. No hacer nada le revolvía la sangre y no podía dejar que el desánimo se los llevara a todos por delante.

Pablo se había recuperado totalmente de aquella paliza de bienvenida que había recibido en la comisaría antes de entrar en Porlier, pero se encontraba tan débil como todos los demás presos.

Tenía un tono de piel ceniciento, profundas arrugas y una barba mal afeitada.

Lo mejor de aquella tortura eran los instantes en los que tenía visita, en los que veía a Sonsoles y a alguno de sus hijos, y no por lo que le trajeran, sino por la triste alegría que le dejaban.

Les daban muy poco de comer y, gracias a lo que recibía de su familia, no moría de inanición, aunque le pesaban en el alma esos esfuerzos; no dudaba de que aquellas raciones significaban un gran gasto para todos.

No obstante, había un momento que barría cualquier recuerdo, cualquier alegría, cualquier instante de optimismo, y era cuando la corneta lloraba su aviso.

Pablo se sentía morir antes de tiempo, se pasaba las horas dándose ánimo, tratando de decirse que no le podía pasar a él, confiando en que su amigo Celestino estuviera moviendo los hilos necesarios, apoyándose en su compañero Álvaro, el doctor, que también creía en los milagros.

Sin embargo, cuando llegaba la hora del listado, se desmoronaba.

Le faltaba una fe en Dios que dejase a su voluntad el futuro y envidiaba a los que oía rezar con devoción.

Le faltaban unos ideales por los que valiera la pena perder la vida.

Sus convicciones políticas eran muy claras y creía en la igualdad que emanaba de ellas, pero no tenía tan claro que morir por eso tuviera sentido.

Se apoyaba en un rincón, encadenando un cigarro tras otro, y trataba de no decir nada para que las lágrimas no aparecieran de improviso.

Escuchaba las botas mucho antes de que llegaran, trataba de controlar el nerviosismo, sentía revolverse a sus compañeros y odiaba el silencio atronador que se gestaba entre esa marea de hombres hacinados esperando su condena.

Algunas veces sentía la mano del doctor apretarle el hombro en señal de camaradería, pero la mayoría de las veces la soledad más absoluta rodeaba los listados interminables de nombres y apellidos en los que temía estar él.

Cuando acababa el terror, llegaba el espanto. Una noche más en la que se sobrevivía, una noche más en la que se echaba de menos a los que ya no estaban. Todos conocían su destino.

No llevaba ni tres meses en prisión cuando a Álvaro, su mayor apoyo, lo nombraron en una de las funestas listas.

Pablo levantó la cabeza como si hubiera despertado de un mal sueño.

Tan obsesionado estaba con su muerte que había olvidado la posibilidad de que a sus amigos los llamaran antes que a él.

Cruzó una mirada espantada con el doctor, que siempre estaba a su lado, y solo descubrió templanza.

Envidió su postura. El médico le tendió la mano y se la estrechó con fuerza, igual que hizo con Germán Caballero, el maestro, y con alguno más y, después, antes de que volvieran a nombrarlo, salió para unirse al grupo de condenados.

Pablo se dejó caer arrastrando la espalda contra la pared y se cubrió la cara con las manos; ya no escuchó ningún nombre más, ni siquiera se preocupó de que se pronunciara el suyo.

La pérdida de Álvaro fue un duro golpe, y aunque Germán, su otro gran apoyo en aquel lugar inmundo, trató de insuflarle ánimos, Pablo no escuchaba nada ni a nadie.

De repente, había llegado a la conclusión de que aquel era el camino que antes o después todos tomarían.

Jamás se había preocupado por Álvaro porque siempre lo había visto confiado en que su mujer lo sacaría de allí, pero ya no creía en nada, ni siquiera en que Celestino moviera un dedo por él; había pasado demasiado tiempo, sabía que era un grave problema para el obispo y él no dejaba de ser un rojo comunista.

Hasta Sonsoles notó su desidia cuando pudo verlo.

Le preguntó, pensó que se encontraba enfermo, pero él lo negó todo con desgana y apenas quiso hablar.

Abstraído y huraño, escuchaba el parloteo de su mujer.

Estaba derrotado y ella, después de tantos años juntos, lo supo de inmediato.

Intentó animarlo, se ofreció a volver a Pamplona, a pedir dinero a su familia, a lo que fuera con tal de sacarlo de allí.

Empezó a sentirse desesperada, alzaba la voz dentro de aquel gallinero, tratando de convencerse de que su marido no podía escucharla, de que ese era el motivo de su apatía.

—Déjalo estar, mujer, no se puede hacer más de lo que has hecho —gritó por fin él, con la voz entrecortada y ronca.

Las palmas, que indicaban el término de la visita, sorprendieron a Sonsoles sin saber qué decir, y cuando trató de abrir la boca, Pablo ya se marchaba sin siquiera despedirse.

Ella lo vio alejarse, la espalda encorvada, los hombros caídos, la ropa que cada vez le quedaba más grande, y se sintió morir.

Él no podía fallarle, él no; él no podía venirse abajo porque su fuerza residía en la entereza de su marido.

Todo el mundo se marchaba y ella no podía moverse.

Un guardia la empujó y le gritó algo que no fue capaz de comprender, aunque como un autómata siguió a la multitud que escapaba de aquel infierno en el que sus seres queridos estaban encerrados.

Cuando al cabo de un rato llegó a su hogar, se encerró en su cuarto y gritó de impotencia antes de acabar llorando de rabia.

Una semana después de aquel encuentro con Sonsoles, Pablo recibió una carta.

Se extrañó, nadie le había escrito más allá de lo que su familia le ponía de vez en cuando entre la comida, el tabaco o la ropa que le llevaban.

El sobre estaba abierto, como era de esperar, y de él sacó un papel descolorido y escrito con un lápiz cuya punta necesitaba un buen afilado.

Estimado amigo:

Espero que estés bien al recibir esta carta.

Siento que la llamada del Señor no te llevara por el camino correcto y ahora te encuentres en ese trance.

Confía en nuestro Caudillo, él será misericordioso con todos, como un padre lo es con sus hijos.

A veces ha de ser duro para que aprendan la lección, pero los ama sobre todas las cosas, como su Excelentísimo ama España.

¡Viva Franco! ¡Viva España!

Germán Caballero (doctor en Medicina)

Pablo leía la carta sentado en el suelo.

En un primer momento pensó que era de Celestino, de su antiguo compañero que, entre bonitas palabras, se lavaba las manos.

La ira y la rabia iban en aumento con cada nueva línea que leía, hasta que vio la firma.

Primero lo inundó la incredulidad, después la alegría y, por último, se empezó a reír.

Al principio lo hizo para sí, pero después no pudo contener las carcajadas.

El hijo de la gran puta lo había conseguido.

El doctor, su amigo, más listo que todos aquellos de la censura, le había hecho llegar una misiva para mandarle la esperanza que tanto necesitaba.

Sus compañeros lo miraban extrañados y Pablo dejó de reír, pero el gozo que inundaba todo su ser permaneció en su cuerpo como muestra indeleble de lo que el viejo doctor había conseguido transmitirle.