Vientos de ira 28 #2
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28 #2

Se tumbó boca arriba y con todas sus fuerzas trató de salir, el portillo se movió, pero volvió a caer.

Se precipitó una lluvia de polvo que le cegó los ojos.

Empezó a perder los nervios. Estaba muy asustado.

Si no lograba huir de allí moriría de frío, de hambre o de terror; daba lo mismo.

Se arrastró de nuevo hasta el agujero para respirar, se sentó en el fondo y trató de coger fuerzas.

Gritar era absurdo; si Leandro no estaba allí, nadie podría oírlo.

Intentó tranquilizarse, la angustia que sentía únicamente le pondría las cosas más difíciles y no había más posibilidad que reunir las fuerzas necesarias para levantar la puerta de aquella trampa.

Respiró hondo varias veces y reptó de nuevo hacia la salida.

Se puso boca arriba una vez más y levantó las piernas para ver si así hacía más fuerza.

A punto estuvo de conseguirlo, incluso vio el cuero de la parte de atrás de la alfombra, pero le fallaron las fuerzas en el último momento y todo se vino abajo.

Se sintió perdido y abandonado y pensó que moriría allí solo.

Volvió al agujero, al menos ahí se encontraba más cómodo.

Estaba dejándose llevar por el sueño, el frío y la desesperación cuando el ladrido de Tris rompió el silencio.

Aquel sonido lo despejó, aguzó el oído y le pareció escuchar una voz.

Bajó la cabeza y se concentró, tratando de discernir si aquello era un espejismo, un peligro o su salvación.

Entre los ladridos del perro volvió a escucharla; alguien parecía buscarlo.

—José, hijo, ¿dónde estás?

Inmediatamente reconoció la voz de su padre.

—¡Padre! —gritó—. ¡Estoy aquí!

—¡José! ¡Gracias a Dios! —Marcial parecía aliviado—. ¿Dónde estás?

El muchacho le dio las instrucciones, Marcial entró en la casa y levantó la trampilla. Un José lloroso y lleno de barro surgió de los bajos de la cabaña y se abrazaron mientras Tris seguía ladrando como si quisiera recordarles que no había regresado aún su dueño.

—¡Tris, calla! —lo regañó José como hacía Leandro. El animal dejó de ladrar y empezó a gruñir muy bajito; estaba atado y gracias a eso su padre se había podido acercar a la cabaña.

—¿Qué ha ocurrido? —interrogó a Marcial.

—Ha habido una batida en las montañas. Bajaron ya de madrugada con varios presos, otros no han podido contarlo.

—Oí los tiros.

—También han arrestado a Leandro. Se lo llevaban para interrogarlo. Pobre hombre, ¡con lo que ha pasado! Y yo temí por ti. Los guardias también estuvieron en casa preguntando por tu paradero, dijimos que estabas en Madrid desde hacía meses, pero no sé si nos creyeron.

—¿Han detenido a Leandro? —José no podía pensar en otra cosa, después de todo lo que el leñador había hecho por él—. ¿Crees que... que le harán daño?

—No tengo ni idea, hijo —confesó su padre—, pero tú vuelves a correr mucho peligro. No sé qué malnacido estará detrás de todo esto, pero quiere nuestro mal. Tenemos que sacarte de aquí.

—¿Y adónde voy a ir ahora? —preguntó el muchacho desconcertado, dejándose caer en una silla.

Marcial se quedó callado. No tenía una respuesta para aquella pregunta, cualquier lugar le parecía peligroso.

José estuvo escondido en la cabaña dos días más, con la única compañía de Tris y sus propios y negros pensamientos, mientras su familia resolvía cuál habría de ser su destino.

Al fin, una noche, Marcial y Manolo subieron al monte escondidos en la oscuridad, procurando que nadie los viera.

Después de mucho discutir, habían decidido que Madrid era el sitio más seguro para él, mucho más seguro que el pueblo donde no podían fiarse de nadie.

En la capital no lo conocían y dar con el paradero de Paola sería complicado para los civiles que lo buscaban, sobre todo teniendo en cuenta que la casa estaba a nombre de Adrián y no de ella.

Habían llegado a la conclusión de que José, lejos del pueblo y de quien quería hacerle daño, no tenía tanta relevancia como para perder demasiado tiempo en búsquedas inútiles.

El joven estaba aterrado. Si dejar a su familia y echarse al monte ya había sido duro, Madrid se le antojaba como un monstruo que devoraba a todos los que se le acercaban.

¿No podría quedarse allí, en aquel monte que conocía, junto al perro?

Sin Leandro, seguro que a nadie le interesaría ese lugar, pero su hermano y su padre no estuvieron de acuerdo con él y José no tuvo más que decir.

Al día siguiente, cuando ya había caído definitivamente la noche, el joven, sin pasar por el pueblo, sin despedirse de su madre ni de su sobrina, arropado por la negrura, dejó el monte que había sido su hogar y puso rumbo a la capital.

Paz oía hablar a todos en susurros, trataba de comprender qué era lo que ocurría, pero nadie contestaba a sus preguntas.

Eres muy pequeña para entender, eso era todo lo que conseguía escuchar.

Algunas veces el nombre de José salía a colación, era entonces cuando todos callaban y cuando la abuela se sacaba un pañuelo de la manga para secarse las lágrimas que nublaban sus ojos.

Era una niña, pero la infancia no lleva aparejada la ignorancia, ni se le puede esconder el dolor, por eso la pequeña sabía que algo no iba bien en aquella ciudad que a todos hacía daño.

Y en medio de aquel silencio enrarecido que ella no alcanzaba a descifrar, comenzaron las clases.

Las escuelas estaban en la calle del mismo nombre y Paz llegó de la mano de su abuela, que le había hecho una bolsita de tela donde llevaba un diminuto bocadillo por si tenía hambre.

Otras muchas niñas se agolpaban en la puerta, casi todas amigas de juegos.

Los niños tenían la entrada por el otro lado, así que no los veían.

Estaba muy nerviosa, aquella noche se había despertado un montón de veces haciéndose mil preguntas sobre las aulas, la maestra, lo que tenían que aprender.

La abuela ya le había enseñado a leer, y escribía todas las letras, mayúsculas y minúsculas, con destreza.

Su tío Manolo había sido el encargado de enseñarle los números, los recitaba hasta el cien, y también a sumar.

Sintió un cosquilleo en el estómago cuando se soltó de la mano de Carmen para ponerse en una fila, según indicaba la profesora que, en aquellos momentos, acababa de aparecer por la puerta. Las más pequeñas delante, las mayores detrás.

Se llamaba doña Florencia. Era una mujer menuda, con los pómulos muy marcados y una nariz que recordaba a las aves rapaces.

Tenía además unos ojos grandes y expresivos, de un verde desleído que desprendían cierta comprensión.

Paz comprobaría a lo largo de los días que su vestuario no variaba: los tonos siempre los mismos —marrón, verduzco o gris—, una falda por debajo de la rodilla, un jersey o una blusa abrochada hasta el cuello, sobre ellos una rebeca, y zapatos negros con tres dedos de tacón.

Siempre muy tiesa, a menudo las manos enlazadas por debajo del pecho.

Nunca levantaba la voz, pero solo una mirada bastaba para que las niñas se pusieran en tensión.

Entraron en el aula y Paz quedó maravillada.

Los pupitres de madera vieja tenían un pizarrín en cada sitio y de él colgaba una tiza; encima de todo, una cartilla para aprender a leer.

Había un crucifijo en la mesa de la maestra, que se encontraba sobre una tarima, un mapa de España y la foto de un señor muy serio que la niña no había visto en su vida.

Leyó la placa para sus adentros. «Don Francisco Franco Bahamonde.

Caudillo de España». Seguía sin conocerlo y no sabía qué era un caudillo.

Doña Florencia fue colocando a cada una de sus alumnas en el lugar correspondiente y allí se mantuvieron en pie para rezar. Después, con un gesto, la maestra les indicó que se sentaran y empezó a hablar. Tenía una voz aflautada y un poco desagradable.

Paz no perdía una palabra, atenta a todo para no cometer ninguna equivocación. Pronto se daría cuenta de que no había nada de lo que preocuparse, a la mayoría de sus compañeras nadie les había enseñado nada y, en comparación, ella iba muy avanzada.

Por eso, cuando apenas llevaban una semana de clase, doña Florencia decidió depositar en la niña su confianza para apoyar su labor, a pesar de que esta fuera de las alumnas más pequeñas.

El día que la eligió para ser su ayudante, Paz entró como un ciclón en la cocina. La abuela hacía la comida inclinada en el hogar y se asustó al sentirla entrar de esa manera.

—¡Abuela, abuela! La maestra me ha colocado en la primera fila porque soy la que se lo ha sabido todo y voy a ayudarla a enseñar a otras niñas las letras —chilló dando saltitos alrededor de Carmen—. ¡Soy su ayudante, soy su ayudante!

Estaba exultante, y su abuela le dedicó una sonrisa orgullosa; pronto en el pueblo se sabría que su nieta era la más lista.

Con la llegada del atardecer, se repitió la misma escena.

No habían acabado de regresar los hombres del campo cuando se lanzó a los brazos de su tío para contárselo.

Llevaba un buen rato impaciente, en la puerta, mirando el camino donde se alzaba la cruz de piedra y desde donde el sol declinaba.

En cuanto lo vislumbró, siempre caminaba primero, salió corriendo calle arriba.

Manolo, al enterarse, le dio dos vueltas en el aire y le hizo mil fiestas.

—¡Tengo la sobrina más lista del mundo! —dijo, por fin, tendiéndole la mano para echar a andar hacia el interior de la casa con ella.

—Me tienes que enseñar más cosas —rogó la niña—. ¡Quiero ser siempre la ayudante de doña Florencia!

—No corras, zagala; no corras tanto que la soberbia es un pecado muy feo. —Marcial se volvió y reprendió a su nieta—. Otras niñas también tienen que disfrutar de lo que disfrutas tú ahora.

Paz no contestó. El abuelo era un aguafiestas, nadie le iba a quitar su puesto porque nadie iba a trabajar y a estudiar tanto como ella.

Se disgustó, pero no dijo nada. Sabía que cuando Marcial abría la boca había que respetarlo, hasta su tío Manolo, con lo fuerte y lo grande que era, callaba cuando su padre decía algo.

Lo miró un instante y siguió caminando un poco cabizbaja.

Le hubiera gustado contárselo a José también, pero no estaba y nadie sabía cuándo iba a volver.

Había decidido no preguntar más por él; cada vez que decía algo, todo el mundo se ponía triste, así que lo añoraba en silencio.

Odiaba Madrid, odiaba ese sitio donde todo el mundo iba y ya no regresaba.

Puso un puchero y miró sus alpargatas, no quería que nadie le preguntara.

Observó cómo el polvo se levantaba a su paso y se quitó con furia una lágrima que asomó a sus ojos.

Manolo miró a la niña, que de repente se había quedado callada. Iba a decirle algo, pero se lo pensó mejor. Su padre tenía razón, Paz tendría que aprender a ser humilde.

Habían transcurrido pocos días desde la marcha de José cuando volvió Leandro, que estuvo en el pueblo apenas una hora.

Lo habían interrogado y los signos de las preguntas estaban marcados en su cuerpo, pero ningún vecino le dijo nada.

Cogió provisiones y se subió al monte de nuevo.

Esos malnacidos no habían podido sacarle ni una palabra; era complicado hacer hablar a un muerto y él hacía años que lo estaba.

Cuando emprendía el regreso, se cruzó con Marcial y Manolo, que volvían del trabajo.

Estos hicieron ademán de acercarse, pero el leñador, con un rápido gesto, se lo impidió.

—Mejor ni me conocéis —susurró al pasar—. Esos hijos de puta están por todos lados.

Y siguió caminando como si no los hubiera visto en su vida. Cojeaba y movía el cuerpo de un lado a otro sin perder su dignidad. Marcial negó con la cabeza despacio, lleno de incomprensión.

«¿Cuándo acabará esta guerra sucia?», se preguntó. Pero no dijo nada. Antes de que pudiera hacerlo, Manolo interrumpió sus pensamientos.

—¿Habrá sobrevivido el perro? Es lo único que le queda a ese pobre hombre. Espero que José lo dejara libre y que el perro no se haya ido.

—Seguro que está bien —lo tranquilizó Marcial—. Tu hermano parecía tenerle mucho cariño; se habrá encargado de que el animal esté en condiciones para cuando regrese su dueño.

En efecto, José quería al perro, se había encariñado con él desde el primer día, y en las últimas jornadas había sido su única compañía, su amigo, su protección.

No estaba dispuesto a dejar morir al animal, atado a aquella estaca, de hambre o sed y seguro que nadie se atrevería a subir allí, a delatarse como amigo de Leandro y arriesgarse a acabar detenido por dar de comer a un perro.

Así que lo preparó todo, escondió comida en distintos sitios rodeando toda la cabaña. Con el agua no había problema, el pequeño arroyo que corría a escasos metros le saciaría la sed. Confiaba en que se quedara por allí cerca por si su dueño volvía, Tris sentía veneración por él.

El día de su marcha, cuando José cogió sus cosas y comenzó a caminar, el perro lo miró sin entender y siguió sus pasos mientras se alejaba.

—¡No, Tris! Tienes que quedarte. —Y le indicó con el dedo que volviera.

El animal se dio la vuelta, lo miró y nuevamente salió tras él.

—Tris..., no puedo llevarte conmigo. —José soltó el hatillo y lo depositó en el suelo. Se puso de rodillas frente a él y le acarició la cabeza con cariño—. Escucha, amigo, tienes que esperar a que vuelva Leandro; este es tu sitio, no puedes venir conmigo. Cuida de la cabaña, ¿de acuerdo?

Tris lo miraba como si entendiera sus palabras, y cerraba la boca y los ojos con cada caricia.

—¡Vamos, Tris! ¡Al porche! —le ordenó.

El perro lo miró una última vez y, obediente, se dio la vuelta.

José lo vio subir las escaleras y tumbarse junto a la puerta de entrada.

La cabeza sobre las patas y la mirada triste.

«Es mucho más listo y fiel que muchas personas», pensó para sí.

Recogió sus cosas y siguió su camino. Se volvió una vez más, y el brillo de los ojos del animal lo despidió de las montañas.

Las lágrimas cegaron su visión. Tuvo un último pensamiento para Tris y para Leandro: «¡Ojalá vuelva pronto tu dueño!

—deseó—. ¡Ojalá estés ahí para darle la acogida que se merece! ».

El perro no se movió de la puerta.

Leandro lo encontró allí, más delgado, menos lustroso, pero igual de feliz por recuperar de nuevo a su dueño. El hombre tiró todo al suelo y se dejó abrazar por aquel monstruo peludo que le limpió a lametazos la cara.

—¡Basta, Tris!, ¡basta!

Pero Tris estaba tan feliz que siguió con su ritual de saltos, lametones y ladridos de bienvenida haciendo que Leandro se sintiera, por fin, en su hogar.