Vientos de ira 28
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Paz jugaba en la puerta de su casa. Hacía varios meses que su tío se había ido a Madrid, pero aún no había regresado.

Estaba nerviosa porque por fin habían encontrado sustitutos para el antiguo maestro del pueblo, de modo que ya habían abierto la escuela y la abuela le había dicho que quedaba poco para que fuera con las demás niñas.

Echaba de menos poder contárselo a su tío, explicarle que ya había visto a la profesora, que acababa de instalarse en el pueblo con su marido, que sería el maestro de los chicos.

Al principio no le había gustado, con sus amigos había corrido a espiar sus movimientos y le había parecido una señora muy tiesa que tenía cara de grajo.

Pero un día se cruzó con ella por casualidad y, sonriéndole, le había preguntado su nombre.

—Paola, señora, pero todo el mundo me conoce como Paz.

—Me encantará tenerte en mi clase, Paz.

Había seguido su camino después de dar unos golpecitos cariñosos en su cabeza y esto le había encantado, que no pusiera pegas a su cambio de nombre. Por eso echaba de menos a José, porque ya había contado a todos ese encuentro, a todos menos a él.

Carmen se asomó a la puerta y la llamó. La niña se sacudió la tierra de su vestido y entró.

—Anda, ayúdame a preparar la cena.

—Abuela, ¿cuándo vuelve José?

Carmen se detuvo un momento y suspiró tratando de controlar su pena. Cada vez que preguntaba por su tío, la niña intuía el halo de tristeza de su abuela.

—Pronto, hija, pronto.

—¿Tú crees que llegará antes de que empiece el colegio?

—No lo sé.

—Pero ¿tantas cosas tiene que hacer?

—¡Basta ya! Cuando sea necesario, volverá. Y no quiero más preguntas.

Paz no sabía qué pasaba, pero estaba segura de que había un misterio que rodeaba a su tío.

Nada era igual desde que se había ido; todos parecían más tristes, más enfadados.

Cuando oían llamar a la puerta se sobresaltaban y cuando ella preguntaba, todos terminaban contestándole mal, siempre con desagrado.

El abuelo y su tío Manolo llegaron a la hora de siempre, cuando comenzaba a declinar el sol.

Paz los vio entrar, lavarse y sentarse a la mesa como todos los días.

Después toda la familia salió a la calle a disfrutar de la fresca.

Salían con sillas y algunos vecinos se juntaban y conformaban un círculo, donde se hablaba del campo y se veía pasar el tiempo mientras los niños jugaban.

Ese día tocaba el escondite y cada dos por tres una voz infantil desgranaba los números.

Anochecía cuando unos faros rompieron la oscuridad antes de que el sonido chirriante de un motor cubriera el silencio de amenaza.

—Son los guardias —informó un vecino como si los demás estuvieran ciegos.

Todos esperaron con el corazón encogido sin moverse del sitio, no fueran a pensar que huían, preguntándose por quién irían esta vez, aunque ya nadie decía una palabra. De fondo, las risas de los niños que seguían jugando contrastaban con la tensión de sus mayores:

—¡Por Sebas! Estabas detrás de la higuera.

—Te lo ha chivado este.

—De eso nada. Te vi yo.

—¡Eres una tramposa!

Cuando el coche se detuvo frente a la casa de Marcial, los niños dejaron de jugar y, asustados, se escondieron tras sus padres. Ya conocían lo que solían traer esos vehículos. Marcial se levantó y con paso cansino se dirigió a su puerta.

—¿Desean algo?

—¿Es usted Marcial?

El hombre asintió.

—Queríamos hablar con su hijo José. ¿Está en casa?

Paz se había sentado en las rodillas de su tío Manolo, pero este se levantó para acercarse a los guardias y a su padre, y la niña se cambió a las rodillas de su abuela. Nada más apoyarse, sintió que temblaba.

—¿Por qué tiemblas, abuela? ¿Tienes miedo? Si el tío José...

—¡Calla, hija! A estos siempre les tengo miedo. Tú ya sabes...

—Sííí... ver, oír y callar. ¡Me lo has dicho mil veces!

Escucharon a Marcial informar a los guardias de que José no estaba en el pueblo, que estaba en Madrid ayudando a su hermana viuda, madre de varios niños.

—¿Y hace mucho que se fue o se ha enterado de que íbamos a venir y le han entrado ganas de ver a su hermanita?

—Se fue hace varios meses —contestó Manolo, más contundente que su padre.

—¿Y usted es...?

—Manolo, su hermano mayor.

El guardia que hablaba se tocó el mentón un instante, se quitó el tricornio y se secó la frente.

—¿Y cómo sabemos que lo que dicen es verdad?

—Pregunten a los vecinos, ellos se lo confirmarán. José hace meses que no está en el pueblo.

Los guardias se arrimaron al corrillo de los vecinos, preguntaron y todos coincidieron en que José se había marchado, incluso alguien comentó que lo había visto con el hatillo por la carretera. Volvieron a mirar a Marcial y, contrariados, se dirigieron hacia donde estaba.

—Necesitamos hablar con él... Nada de importancia, unas simples aclaraciones. Tal vez podría darnos la dirección de su hija en Madrid.

Marcial se sobresaltó. Si estaban dispuestos a buscarlo en la capital, la cosa era más grave de lo que se había temido.

—Lo siento, señor, pero no conocemos las señas; nunca hemos estado allí.

—¿Y su hijo? ¿Cómo se iba a encontrar con su hermana?

—Ellos se escribieron y quedaron en un punto donde lo recogería mi hermana. Es todo lo que sabemos. —Esta vez fue Manolo el que contestó.

Los guardias cruzaron la vista con complicidad y un silencio tenso se creó alrededor de los cuatro hombres.

Marcial clavaba los ojos en el suelo, Manolo les mantenía la mirada.

Por fin, los civiles decidieron irse, no sin antes recordarles que si José volvía era su obligación presentarse en el cuartelillo.

Informarían a sus superiores por si había que buscarlo en Madrid.

Marcial volvió a su silla y Manolo lo siguió.

Ya nadie tenía ganas de comentar nada, nadie sabía con quién se jugaba las cartas.

Aquella noche, Leandro tuvo visita. Desde el porche, José los vio llegar tras una diminuta lámpara que se balanceaba siguiendo la cadencia de los pasos del hombre que la portaba.

Primero fueron unos silbidos que el joven confundió con pájaros, después Leandro salió también al porche y oteó el camino.

Solo oscuridad. Por último, se colocó las manos en la boca y emitió unos sonidos muy parecidos a los que, momentos antes, habían enmudecido el bosque.

Eran cuatro. Llevaban fusiles colgados del hombro, pasaron por delante de él rápidamente y se colaron en la cabaña. Cuando José se disponía a entrar, Leandro se lo impidió.

—Ya te lo dije. Cuanto menos sepas, mejor será para ti.

Así que el muchacho se sentó con Tris a esperar. El perro ni se había inmutado con los visitantes.

No había pasado ni una hora cuando el animal comenzó a ladrar, el pelo se le erizó y las fauces se le anegaron de saliva. Alguien más se acercaba. Dentro de la casa comenzó la actividad, ruido de las sillas al desplazarse, la ventana trasera que se abría, y voces apagadas maldiciendo la tiranía.

José comprendió que debía esconderse, pero no sabía si aún podía entrar. Tris dejó su puesto, salió corriendo hacia el camino y él se sintió vulnerable sin la compañía del perro. Nervioso, pensó en unirse a los que escapaban por detrás, pero en ese momento apareció Leandro por la puerta.

—¿Qué coño haces ahí? ¿Esperando que te descubran?

José no supo qué responder; intentaba ser discreto y siempre se equivocaba.

Sabía cuál era su escondite, por las otras veces que los guardias los habían visitado, así que entró en la casa, desplazó una piel de vaca curtida que había en el suelo y levantó la trampilla que conducía a los cimientos de madera de la cabaña.

Se arrastró hasta la cara norte, donde había un agujero preparado para ocasiones así, y se coló dentro.

Sabía que Leandro volvería a colocar la alfombra en su sitio, pero, incluso si los civiles encontraban la trampilla y se asomaban, era imposible que nadie pudiera verlo.

Y entonces sonó el primer disparo, distante.

El corazón del muchacho se desbocó. A lo lejos se seguían oyendo los ladridos de Tris, escuchó también la voz de Leandro, pero no podía distinguir lo que decía.

De repente, el perro calló. Un segundo disparo, también lejano, rasgó la noche, y otro y otro.

Perdió la cuenta. Ahora tampoco oía al leñador hablar.

Quería saber qué había ocurrido, pero no se atrevía a salir de allí.

Se sobresaltó cuando Tris volvió a ladrar con furia y entonces oyó claramente la voz de Leandro ordenándole callar. Alguien más gritaba. Después todo quedó en silencio.

José se quedó hecho un ovillo en el fondo del agujero, sin atreverse a respirar siquiera. Por más que trataba de escuchar algo, solo le devolvía silencio la noche. Temió por su amigo, por el perro y rezó para que la trampilla se abriera y Leandro le indicara que podía salir. Nada de eso ocurrió.

Estaba aterido de frío y la humedad le calaba los huesos, pero sobre todo tenía miedo, mucho miedo, un miedo tan intenso, tan cerval que paralizaba todo su cuerpo. Y no solo eso, se sentía profundamente solo.

Al cabo de una hora más o menos cayó en un duermevela del que despertó sobresaltado.

Sacó la cabeza del agujero y la oscuridad no le devolvió nada.

No podía continuar allí, notaba calambres en las piernas y hacía mucho tiempo que todo estaba en calma.

Así que se decidió, salió del agujero y se arrastró hasta la trampilla.

Se paró y puso todos sus sentidos alerta, pero parecía que el mundo hubiese desaparecido allí arriba.

Empujó con vigor, pero las maderas no se abrían.

Lo intentó otra vez y el resultado fue el mismo.

Finalmente entendió lo que pasaba: como siempre, Leandro había colocado la piel de nuevo y desde abajo, con tan poco espacio, ese peso era muy complicado de levantar.