27 #3
Lo mismo iba a hacer ella rememorando los extraños momentos vividos, cuando vislumbró en la oscuridad la mochila que había encontrado Carmencita, esa que tanto le había costado acarrear.
Sus vecinas la habían apoyado contra la pared de la cocina.
En un primer momento se dijo que ya la abriría al día siguiente, pero la curiosidad era más fuerte que el cansancio o el sueño, que no sentía después de lo mucho que había dormido durante la tarde.
Se decidió. Se agachó, arrastró el bulto intentando no hacer ruido, la sacó y se sentó en el suelo.
Y entonces, una voz que hablaba en susurros, la sobresaltó.
—¿Qué haces?
Se asomó, miró hacia la habitación y vio la cabeza de Manuel asomar por la trampilla. No pudo reprimir una débil carcajada que inmediatamente sofocó con las manos. Era cómico ver aparecer la cara de su amigo surgiendo del techo como una lámpara.
—Nada —también hablaba muy bajito—. Estaba decidiendo si abrir o no la mochila que encontró Carmencita enterrada entre los escombros.
El miliciano no tardó un segundo en situarse a su lado.
—Vamos a verlo.
Colocaron una vela en el suelo y la encendieron. Desde allí era muy difícil que nadie viera el resplandor, que quedaría oculto por el muro del patio. Manuel dio la vuelta a la bolsa para acceder a las correas.
—¡Pesa muchísimo!
—Cuéntamelo a mí. Tuve que cargar con ella y con la imagen de la Virgen que, además, llevaba en el cajón toda la comida que me había dado la señora María. Sospecho que eso tuvo mucho que ver con mi desmayo...
Desabrocharon las correas y la fueron vaciando con la respiración contenida. No sabían que lo que iban a encontrar los dejaría aún más alterados.
—Pero ¿qué es esto?
Lo miraron todo con los ojos desorbitados, Manuel cogió una pieza y la acercó a la luz de la vela.
—¿Qué es todo eso? —repitió con voz temblorosa Paola.
—En términos generales, es oro. Incluso hay una figurita que parece maciza. Me pregunto de dónde la sacaría el dueño —reflexionó Manuel—. Así pesaba tanto la mochila.
Miró a Paola y, con los dedos pulgar e índice, se apretó los ojos.
—¿Dónde demonios habéis encontrado esto? —preguntó por fin.
Paola se lo contó con todo detalle.
—¿Y dónde vive esa señora a la que llevas la imagen?
—Cerca de la calle Serrano.
Él asintió comprendiendo. Demasiado cerca del Museo del Prado, demasiado cerca del Banco de España, demasiado cerca de todas las familias pudientes.
Probablemente se trataba de un robo o quizá de un intento de huida.
Cualquiera que fuera el motivo, no le cabía ninguna duda de que alguien había llenado aquella mochila de objetos valiosos con la intención de venderlos más adelante.
Paola lo miraba sin entender nada, pero el miedo de los pobres le encogía las entrañas: aquella mochila únicamente traería más problemas a su familia.
Manuel siguió con su registro. Sacó una pistola, la inspeccionó; estaba cargada, pero tenía el seguro puesto.
También había una caja de balas. Según observaba cada objeto, lo dejaba con cuidado en el suelo, todo muy ordenado.
Había también un jersey de lana negro y unos pantalones de caballero del mismo color, parecían limpios y bastante pequeños.
Varios fajos de billetes atados con cuerdas.
Un candelabro de plata despiezado, un joyero de madera con varios relojes de pulsera y uno de bolsillo con leontina.
Una vez que terminó de colocar los hallazgos, los dos se quedaron mirando aquellas cosas sin decir una palabra.
Paola miraba la puerta una y otra vez, como si esperara que en cualquier momento fuera a aparecer la policía.
Tenía miedo y lo único en lo que pensaba era en volver a dejar aquella bolsa maldita en el mismo lugar donde la habían encontrado.
Manuel, sin intuir el terror de su compañera, se acariciaba la barbilla pensativo, mucho más tranquilo que ella, sopesando las posibilidades que todo aquello les podía brindar.
—Los fajos habrá que quemarlos, no tienen ningún valor. Es dinero de la República, solo podrían traerte problemas —declaró después de un rato.
Su amiga lo miró atónita.
—¿Qué estás diciendo? Yo no voy a tocar nada de eso, mañana mismo lo escondo en el montón de donde lo saqué y listo.
—¡No digas tonterías, Pau! Si no lo aprovechas tú, lo hará otro. Lo único que debemos hacer es meditarlo bien antes de actuar.
—¡No, no y mil veces no! ¿Qué pintan esas joyas o ese oro en mi casa? Me acusarán de haber robado, me meterán en la cárcel y vete tú a saber qué más —gritó muy alterada.
—Cálmate y vamos a valorar la situación con cuidado. —La vela se apagó, consumida, y se quedaron completamente a oscuras. Solo algún resplandor repentino de la luna sobre el oro indicaba lo que había esparcido por ese suelo.
—Yo creo que no hay nada que valorar; es mejor tener una bomba en casa que esa mochila. ¿Y si aparecen los civiles, como el otro día, y descubren todo esto? ¿Y el arma? ¿Qué hacemos con el arma?
—¡Pau! —trató de calmarla el miliciano—.
Lo primero que tienes que hacer es tranquilizarte.
Te castañetean los dientes. Vamos a pensar las cosas con detenimiento y si al final quieres dejarla por ahí tirada, lo haces, pero no te dejes llevar por el miedo y pierdas una oportunidad única de salir de esta ratonera, de esta porquería de vida.
Paola suspiró y trató de acompasar su respiración.
—De acuerdo —musitó.
—Aquí hay mucho dinero. —Manuel intentaba que sus palabras fueran convincentes—.
Como te he dicho, los fajos hay que quemarlos.
No tienen valor y pueden ser un foco de problemas, no podrías explicar de dónde han salido.
Pero el lingote, las monedas, las joyas y el candelabro son otro cantar.
No soy un entendido, pero juraría que todo parece realmente bueno y el candelabro seguramente es de plata.
Del arma no hay que preocuparse; yo me la quedo, siempre puede resultar útil en caso de peligro.
Paola, más serena, lo miró sopesando sus palabras. Se había dejado llevar por la angustia al ver todas esas joyas, pero poco a poco comenzaba a vislumbrar el abanico de oportunidades que se les abrirían si lograban convertir todo aquello en dinero.
—Pero será muy peligroso encontrar quien compre esto.
Manuel sonrió en la oscuridad, parecía que su amiga había superado el momento de pánico y empezaba a comprender la magnitud de aquel hallazgo.
—La posibilidad de éxito se basa en la paciencia —comentó el miliciano reflexivo—.
No puedes aparecer con un lingote en el mercado negro y volver después a tu casa como si nada; sería un suicidio.
Lo más suave que te podría pasar entonces sería que te arrestaran.
Hay que proceder de otra manera. Lo primero de lo que hay que deshacerse es del candelabro; sacarás un buen pellizco, pero no levantarás sospechas.
Está destrozado y su único valor es el del material del que está hecho.
Es algo habitual, sabes que hay miles de mujeres que se han desprendido de todo lo vendible para poder comer.
Puedes ofrecerlo por partes en distintos lugares y después ya iremos viendo.
Manuel se puso a guardar todo en la mochila con mucho cuidado.
—Deberías subirla —le dijo ella mientras lo observaba—. Estará más segura contigo y prefiero que nadie vea nada. Los niños pueden decir cosas inadecuadas en circunstancias inoportunas. Si yo me he quedado impresionada, imagínate un niño.
Manuel asintió, se despidieron, y se encaramó al tejado. Primero subió la mochila y después desapareció cerrando la trampilla.
Paola se tumbó en la cama y no supo si reír o llorar por lo que tenía en su poder, algo que podía permitirle traspasar la línea de la pobreza y la humillación para vivir con cierta tranquilidad.
O tal vez la decisión que acababa de tomar la llevara directamente al infierno, arrastrando en su caída todo aquello que amaba y por lo que tanto había luchado.
Sin embargo, se dijo, ella siempre se había arriesgado y, hasta ahora, se contaba en el lado de los que habían sobrevivido.