27 #2
—No. —Manuel fue tajante—. Y no solo porque nos haya derrotado un dictador.
Aunque hubiéramos salido victoriosos, nuestro mundo, nuestro futuro estaría destrozado.
Hay personas de primera y de segunda. Los de primera son los que alientan desde más allá del peligro; los de segunda, los que se enfrentan a él.
La injusticia es inherente al ser humano; tengas las ideas que tengas, la honestidad es un bien escaso cuando se trata de salvar el pellejo.
—Ya no somos los mismos, hemos perdido todo por el camino —reflexionó Paola—.
Cuando te miro, tengo que escarbar demasiado para ver algo de mi Manuelín.
Supongo que a ti te pasará lo mismo. Ya no soy esa muchacha que llegó a Madrid como un pajarillo asustado.
Me he convertido en un monstruo. —Apoyó la cabeza en las manos y miró al suelo.
—No digas eso —le recriminó él, pasándole el brazo por la espalda en un intento de consolarla, aunque con cierta indecisión, puesto que no quería confundirse.
Ella no se movió, se sintió protegida por aquellos brazos un instante. Hacía demasiado que llevaba una pesada carga que no podía compartir y era reconfortante sentir un abrazo en el que abandonarse.
—Sé que no volverá —susurró.
Levantó la cara de repente y Manuel retiró el brazo.
—Siempre hay esperanza. —Le rompió el corazón pronunciar estas palabras.
—Comprendo que lo dices para que me sienta mejor y te lo agradezco.
Pero Adrián no va a volver. No sé si estará muerto con un tiro en la cabeza, destrozado por la metralla o simplemente se habrá visto forzado a huir.
Sea lo que sea, se acabó. Tengo que poner un punto final a esta espera, a esta agonía. Me está volviendo loca.
El miliciano no sabía qué decir, aún menos qué sentir.
—¡Ojalá tuviera una tumba donde llorar! —continuó su amiga—. No saber es una maldición que acabas arrastrando como una condena. No soy viuda, pero como si lo fuera. Y estoy agotada.
Manuel sufría con su sufrimiento, quería abrazarla y protegerla.
Quería volver atrás y sentarse en las escaleras a charlar mientras ella cosía, como solían hacer en la casa de los Ruiz de Villanueva hacía tantísimos años; robarle los gestos y las sonrisas mientras no se daba cuenta de que la espiaba; amar sus ademanes; su forma de quitarse el pelo de la cara; su mohín de concentración.
El corazón se le desbocó y unas incontenibles ganas de estrecharla y de besar sus labios se abrieron paso entre tanta aflicción.
Se contenía a duras penas y, cuando no pudo más, extendió los brazos y rodeó su pequeño cuerpo.
Paola aceptó, nuevamente, el abrazo y se recostó en su hombro.
Dejaron de hablar, quedaron perdidos en los pensamientos y las emociones, y por unos minutos relegaron sus pesadillas y sus miedos al fondo de su infortunio y se mecieron en la quimera del olvido.
Manuel, con los ojos cerrados, se deleitó en aquel silencio, absorbió todas y cada una de las sensaciones con las que durante años había soñado, intentando no imaginar el final.
Paola, con la vista perdida en el infinito, dejó de pensar un instante y se abandonó al momento.
Arrinconó sus tormentos, sus temores, sus obligaciones y permitió que otro sujetara su desconsuelo.
—Podría morir ahora mismo —susurró el miliciano sin apenas ser consciente de sus palabras, embargado por la dicha.
Paola levantó la cara y enfrentó los ojos de su amigo.
Sabía lo que se escondía tras aquella intensidad dolorida, lo sabía hacía demasiado tiempo, aunque no entendía cómo aquel sentimiento había sobrevivido incluso por encima de la muerte, de las balas, de las decepciones, del exilio y del sufrimiento.
Todo ese afecto volvía a reflejarse en las profundidades de sus ojos, como siempre lo había hecho y quizá ese era el único rasgo que era capaz de reconocer en aquel rostro atormentado.
Manuel se debatía en una lucha devastadora, sintió la fuerza de todo el amor acumulado en aquel abrazo y no lo pensó un segundo; se hubiera echado atrás.
Era el instante preciso, el anhelado y, sintiendo temblar todo su cuerpo, acercó sus labios a los de Paola y la besó.
Lo hizo sabiendo lo que arriesgaba, con temor, consciente de que en cualquier momento podría perderlo todo.
Fue un beso inocente, apenas un roce de los labios.
Se separaron y ella volvió a mirar aquellos ojos con intensidad.
Se encontraba perdida, no era capaz de entender qué estaba ocurriendo.
Solo sabía que aquello, fuera lo que fuera, le hacía sentirse bien.
Se hallaba ebria de sensaciones dormidas, de cariño, de pudor.
El segundo beso llegó igual de sosegado, como si temieran que el sueño se esfumara.
Se reconocieron despacio y se abrieron poco a poco a la intimidad del otro.
Manuel moría de deseo a cada paso, rozaba el llanto que la felicidad a veces provoca, pero el miedo a perderlo todo no dejaba de perfilarse en su alma.
—Creo que esto no está bien. —Paola se separó con lentitud, relamiéndose los labios, haciendo un esfuerzo sobrehumano por no perderse definitivamente en aquellos brazos que tanto la incitaban al abandono.
—Yo... te amo —susurró el miliciano, casi un lamento. Apenas había abierto los ojos intentando prolongar un segundo más su delirio—. El amor nunca está mal, Pau.
—Pero yo no sé lo que siento. No lo sé —dijo ella mientras sus ojos se ahogaban en un manto opaco de dudas.
—No necesitas entender nada, solo déjate llevar donde tu corazón decida. —Manuel le acariciaba la cara con ternura.
—No es tan fácil.
—Adrián sigue aquí, ¿es eso?
Paola se incorporó, se separó de su amigo y suspiró.
—Lo siento, Manuel, en serio que lo siento. Creo que todavía no estoy preparada. Sé que te puede parecer una locura, pero no dejo de pensar que traiciono su memoria, esté donde esté.
El miliciano asintió, se recolocó en la silla y trató de serenar su alma.
—Tú marcas el tiempo. El tiempo y mi corazón.
Yo sé que no podré olvidarte jamás. Ya lo he intentado.
Pero desde el primer día que te vi no he hecho otra cosa que amarte: como amigo, como hombre despechado, como soldado en la distancia y ahora como un peligroso huésped escondido.
Siempre estás aquí. —Y se señaló el pecho—.
Esa es la grandeza y el castigo de mi vida.
No puede haber otra. Tú ocupas todo en mi alma y, pase lo que pase, en este momento me siento dichoso; por fin puedo decir con libertad lo que he escondido todos estos años.
La vela se había apagado y solo los reflejos de la luna se colaban por la puerta del patio, desfigurando sus caras.
—Te amo, vida mía. Te amo, te amo y jamás amaré a nadie más. —Manuel balbucía aquellas palabras como si temiera que, al abrir ese tesoro silenciado durante tanto tiempo, se convirtiera en polvo. Sin embargo, se sintió liberado por vez primera.
Paola lo miraba con los ojos brillantes.
Había olvidado que existían emociones más allá del odio, de la cólera, de la tristeza o del sufrimiento.
Había borrado de su corazón, hacía demasiado tiempo, sentimientos como la fidelidad, el cariño o el amor.
Y entre toda aquella maldad, entre todo aquel lodazal de dolor y rabia, volvía a aparecer ese hombre hablando desde lo más profundo de su corazón.
De nuevo se apoyó en el abrazo de aquel compañero improvisado, extendió una mano y le acarició el rostro.
Comprobó que el tiempo había escrito su paso en la piel; reconoció sus cejas, la arruga que entre ellas se había instalado, profunda; los ojos, siempre cargados de amor hacia ella; la boca, que besó al paso de sus dedos. ¿Cómo era posible no quererlo?
—Odiaría arrepentirme —dijo al fin apartando la mano—.
Sería cruel confundir la necesidad con el amor.
Es preciso que pase el tiempo para olvidar, para conseguir que los fantasmas regresen a sus escondites y me dejen en paz.
Tú te has hecho demasiado importante en mi vida como para volver a hacerte daño.
Tengo que estar segura, Manuel; tengo que estar limpia; tengo que desterrar este dolor y la ira de mi alma.
Y cuando eso suceda, si aún estás ahí, quizá pueda descubrir con claridad qué me une a ti.
Los brazos de su amigo atrajeron con más fuerza aquel diminuto cuerpo y besó su frente.
—No tengo prisa, mi amor. —Y se sintió dichoso de poder hablar con aquella franqueza—.
Estaré esperando ansioso en el piso de arriba, por si decides subir.
Yo tampoco puedo prometerte nada más allá de mis sentimientos.
Como ves, como sabes, soy un proscrito escondido en un tejado que considera un regalo poder asearse y cenar sentado frente a una mesa.
Con eso me conformo, con eso y con descubrirte y escucharte cada mañana, con desear con todas mis fuerzas verte llegar.
Y se quedaron en silencio porque ya no tenían nada más que decirse, porque reposar en aquel abrazo era un regalo del que los dos disfrutaban.
Ella cerró los ojos y dejó de pensar. Ya habría tiempo para plantearse una vida, ahora solo quería recrearse en aquel bien escaso que no se conseguía en las colas del racionamiento.
Él, por su parte, henchido de felicidad, miraba al infinito sin ver más que oscuridad; reteniendo, por primera vez en su vida, el cuerpo que tantas veces había anhelado.
Por fin se soltaron.
—No tentemos tanto a la suerte —dijo Paola con desgana.
—Será mejor que vuelva a mi tejado. —Y una sonrisa se dibujó en sus labios—. Ha sido un placer compartir esta cena con usted.
—Lo mismo digo —le devolvió la sonrisa.
—Buenas noches, Pau.
—Buenas noches, Manuelín. —Y le guiñó un ojo.
Él subió y cerró la trampilla. Paola lo sintió moverse; la madera crujía bajo su peso. Poco después, la casa quedó en silencio; era obvio que se había acostado.