27
Tal y como había vaticinado Pili, Paola solo necesitaba reposo y sobre todo alimento.
Petra hizo un buen guiso de legumbres, utilizando gran parte de lo que tenían para toda la semana, y sacó un plato bien cargado para su vecina.
Al ver la comida, Paola sintió náuseas y pensó que no sería capaz de ingerir nada, pero a medida que las cucharadas iban cruzando su garganta, una sensación placentera y reparadora inundó su cuerpo.
De igual modo, estaba convencida de que no podría dormir —miles de pensamientos, miedos y dolores golpeaban su mente con fuerza—, pero en eso también se equivocó.
Durmió muchas horas, y cuando despertó, la tarde estaba declinando y las sombras comenzaban a colarse en las estancias de una casa que permanecía en absoluto silencio.
Se incorporó y fue consciente de que se sentía mucho mejor, a pesar de que el rostro aún le dolía y notaba la piel del labio tan tensa que parecía a punto de desgarrarse.
Se aseó. La hinchazón persistía, y un mapa de mil colores se vislumbraba en su cara cuando se miró en una pequeña fuente de alpaca, la única que había guardado todos aquellos años.
Estaba abollada, pero era un regalo de boda y siempre le traía a la memoria otros tiempos, la constatación de que, no hacía tanto, había sido feliz.
Pensó en esos años dichosos, cuando formaban una familia completa.
Sin embargo, siempre que le venía a la mente cualquier atisbo de alegría, la asaltaba, como un mal sueño, el recuerdo de su pequeña Paola; le asaltaban las dudas y se preguntaba cómo estaría, si aún se acordaría de ella.
Entonces, un vacío que apenas le dejaba respirar acuchillaba su pecho de dolor.
También pensó en Adrián; sus rasgos se desdibujaban en su memoria.
Ya había dejado de esperarlo, era una ilusión absurda y demasiado dolorosa.
El tiempo demuestra con su paso lo que no queremos ver, nos revela con cada tictac del reloj lo que ya no está.
Y Adrián se había ido. Prefería pensar que había huido a América, que se vio obligado, que estaba a salvo, pero cuando la nostalgia apretaba fuerte, cuando los velos de las ilusiones desaparecían, el horror la embargaba y lo imaginaba muerto en cualquier lugar.
Se entristeció. Apenas recordaba ya sus ojos, esos de los que se enamoró; apenas se acordaba de él; apenas tenía un hueco en su vida.
¿Lo estaría traicionando?, se preguntó, pero inmediatamente supo que era imposible traicionar a un fantasma.
Dejó la fuente en la cocina y salió al patio para encontrarse con su familia, pero no había nadie.
Le extrañó el silencio feroz de aquellas paredes y un temor sordo se adueñó de su corazón.
Salió a toda prisa y los vio a todos en el patio de las vecinas.
Los niños jugaban y Petra cosía. Pili le abrió la puerta con una sonrisa.
—¿Qué tal te sientes?
No pudo responder porque Carmencita salió corriendo y se abalanzó sobre ella preguntando si ya estaba bien, si podrían salir de nuevo. Tenía el miedo pintado en su gesto infantil. Paola sonrió, besó a su hija en la coronilla y anunció a todos que estaba perfectamente.
Se quedaron a cenar en casa de las vecinas y cuando llegó la hora de dar la velada por concluida, estas la enviaron de vuelta a su casa.
—Los niños hoy se quedan aquí para que descanses sin ninguna interrupción.
Paola intentó protestar, pero no hubo manera de convencer a nadie. A los niños también les tentaba la novedad, las promesas de juegos y, al final, no tuvo más remedio que irse sola.
Encendió una vela, suspiró y se sentó en su cama.
Había perdido la cuenta de cuánto tiempo hacía que la casa no estaba vacía y el silencio se le antojaba ensordecedor.
Vacía no, se dijo: Manuel andaba en algún lugar del tejado.
Miró al techo y fue consciente de que nadie le habría subido comida; solo ella se encargaba de eso.
Fue a la cocina y reconoció el plato de su amigo sobre la mesa, cubierto con un trapo; Petra debía de haberlo dejado preparado para cuando se levantara y había olvidado decírselo.
Llenó una jarra de agua, quitó el paño y buscó algo de pan.
Era negro y estaba duro, pero no había otra cosa.
Haciendo malabares, fue a la habitación y con el palo de la escoba dio tres golpes en la trampilla.
Él abrió y ella lo pensó mejor y le indicó que bajara.
Primero aparecieron los pies y, colgándose de los brazos, el miliciano se dejó caer sobre la cama con agilidad.
Estaba demacrado y pálido, tenía el pelo sucio y la barba le había crecido mucho.
Se quedó mirándola fijamente con gesto de inquietud.
—¿Cómo estás? ¡He estado tan preocupado! ¿Qué te ha pasado?
Paola le devolvió la mirada y pensó que la vida se había quedado marcada en cada arruga prematura que surcaba su rostro. Parecía agotado.
—No me preguntes lo que es obvio. Hambre, cansancio y preocupaciones; un cóctel mortal. Y no menciono los golpes del guardia civil —contestó y se tocó la cara con prudencia.
Manuel asintió pensativo.
—Súmale mi presencia, por si no tenías problemas —hablaba con un deje de tristeza.
Paola, conmovida, le puso un dedo en los labios y sonrió.
—Ya estoy bien —dio por concluido el tema—. Hoy los niños se quedan con Pili y Petra, así que te vas a asear y después vas a comer en una mesa y una silla como un ser humano. Tú también necesitas respirar; el hambre, las preocupaciones y la desesperación no son solo mi patrimonio.
Cogió todos los baldes que las vecinas habían dejado llenos para que ella no hiciera ningún esfuerzo y los llevó a la cocina.
Al punto, Manuel la ayudó. Le dio jabón y unos trapos —hubo un tiempo en el que fueron toallas— y se marchó para proporcionarle unos momentos de intimidad.
El agua limpia fue una experiencia deliciosa y estimulante para el joven miliciano; aunque fría, le reconfortó el alma.
Pensó con tristeza en cómo algo que siempre le había parecido tan simple, se volvía un placer.
Estaba secándose, ya se había puesto los pantalones limpios que Paola le había dejado sobre una silla, cuando en susurros la voz femenina le preguntó si podía entrar.
—Pasa —le dijo mientras se colocaba a toda prisa una camisa.
Todo había pertenecido a Adrián.
—Te he traído esto. —Y le enseñó una navaja de afeitar—. Había olvidado que estaba aquí, pero la he recuperado del fondo del armario.
Manuelín sonrió, se acercó a la pila, se enjabonó la cara y comenzó a afeitarse con lentitud, porque el filo estaba muy desgastado y había tenido que raspar el óxido. Cuando terminó, tenía un aspecto completamente distinto. Suspiró y se giró por completo.
—Gracias, Pau. Gracias y mil veces gracias. Nunca podré agradecerte... —Vio el gesto serio de su amiga y se calló. Se sentó y ella le acercó el plato.
Ella lo observaba comer reflexiva, sumergida en un mutismo insondable, y Manuel, aunque trataba de disimular, devoraba aquellos mezquinos alimentos casi con desesperación.
El hambre lo torturaba a menudo, aunque jamás se quejaba.
Para Paola era obvio que un hombre de su envergadura necesitaba más, pero también sabía que era lo máximo que podía ofrecerle.
Todos pasaban penurias, todos pasaban hambre y los niños eran lo primero.
Pensar que pudiera fallar el paquete semanal de doña María la llenaba de zozobra; era su mayor fuente de alimento, su obsesión.
Sin eso, estarían condenados y las enfermedades se abalanzarían sobre ellos sin piedad; lo oía a diario en su barrio, en las colas del racionamiento, a sus vecinas.
Desechó esos pensamientos de su mente y decidió preguntar a Manuel por su vida, por su familia, hablar de otra cosa que no fueran sus propias preocupaciones, desterrar por unas horas tanto miedo y compartir el dolor de otro, las vivencias de otro, el mundo de otro.
No le apetecía estar sola, no le gustaba la casa tan vacía; le provocaba malas sensaciones ver todo tan ordenado.
—Cuéntame algo de estos últimos años. ¿Tu padre está bien?
Manuel la miró desconcertado, con la boca llena, pero de inmediato, la perspectiva de una conversación con ella lo entusiasmó.
Le contó lo poco que sabía, que su padre había huido a Portugal con los señores; de hecho, fue él quien conducía el automóvil que los llevó.
A partir de ahí, perdía el rastro. Muchas veces se preguntaba si habrían regresado, pero sabía que era mejor mantener la distancia, era mejor que pensara que no tenía un hijo, porque saber de él solo le traería problemas.
Desde que se marchó al frente y su padre al exilio, la comunicación se hizo imposible, y tal y como se habían desarrollado las cosas, era mejor dejarlo ahí. Era un rojo proscrito y escondido.
Le habló de la guerra, de la muerte, de las pesadillas.
Trató de no ser cruel, de no ser muy explícito, que Paola no sintiera el mismo terror que había sentido él y lo trasladara a su marido.
Mejor hablar desde la distancia, desde un razonamiento moral, desde el arrepentimiento más puro y más culpable por aquella barbarie.
Notó la tristeza que se posaba con más fuerza en los ojos de Pau, de su Pau, y quiso cambiar de tema.
Silenció un instante sus palabras y, antes de que pudiera proseguir cambiando el rumbo de sus comentarios, la oyó suspirar.
Parecía que le estaba leyendo el pensamiento cuando tomó la palabra.
—No me protejas, sé de esta maldita guerra lo mismo que tú. En otro escenario quizá, pero no menos doloroso.
—Siento que me equivoqué, Pau —confesó él por fin—. Siento que jamás se debe defender nada con la muerte y menos con la muerte de inocentes.
Paola asintió, pero un rencor perdido en sus entrañas pugnaba por salir.
—¿Ha valido la pena?