Vientos de ira 26 #2
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26 #2

—Si sabe a qué hemos venido y sabe lo que ocurre, no sé a qué viene este sermón de las buenas maneras.

Yo fui bien educada en el saber hacer de la alta sociedad, pero el tiempo corre en nuestra contra para perderlo en circunloquios absurdos.

Realmente, no tengo ni idea qué hago aquí.

Estoy porque mi marido me lo pidió, pero he malgastado ya varios días y siento que su vida se va agotando cada minuto que pasa, y después de todo eso viene usted a darme lecciones de moral y me lanza una filípica que me importa un pimiento.

La pregunta es sencilla. —Se había levantado de la silla y se encaraba con el obispo.

Gloria se incorporó a su vez y sujetó a su madre, obligándola a que volviera a sentarse.

Más tranquila, continuó—: La pregunta es muy sencilla, ¿puede ayudar a mi marido?

Porque si no puede, estoy perdiendo el tiempo y me vuelvo a Madrid —suspiró y dejó caer los brazos, como si un cansancio extremo se hubiera desatado en su cuerpo devastado y frágil.

El obispo tardó unos segundos en recuperarse, no estaba acostumbrado a que le hablaran así, y menos una mujer.

Había esperado entrevistarse con una señora de la alta sociedad navarra, hija de quien era, pero ante él tenía otra cosa, otra cosa que no supo definir, algo que lo sorprendía y horrorizaba a partes iguales.

—Vayamos, pues, a lo que le interesa —dijo por fin don Celestino, cruzando los brazos.

Sonsoles había perdido el ímpetu, aún peor, había perdido la confianza y Gloria notó la frustración que sentía por haber malgastado tiempo y dinero yendo hasta allí.

No creía que pudieran sacar nada en claro y ante la rendición de su madre decidió ser ella la que cogiera las riendas hasta agotar el último cartucho.

Su padre nunca hablaba por hablar, algo tenía que saber aquel obispo.

—Mi padre es Pablo... —comenzó.

—Sé de sobra quién es su padre —la interrumpió el hombre.

Ella lo miró desconcertada—. Su padre es un antiguo compañero y amigo de nuestra época del seminario.

Tengo una gran deuda con él, no una deuda económica, algo mucho más importante, algo que no olvidaré.

Sin embargo, conociendo a Pablo como lo conozco, dudo que me pida ayuda a cuenta de esa deuda; nunca habría mandado a su familia y no me hubiera puesto en esta situación si no fuera por algo extremadamente importante.

—Su tono se había alejado de los cielos de la alta jerarquía para rozar a los simples mortales.

—Y lo es —afirmó la muchacha—. Es un caso desesperado. Mi padre está preso en la cárcel de Porlier, en Madrid, sentenciado a pena de muerte.

Consternado, don Celestino bajó la cabeza, se acarició la barbilla, reflexivo, y asintió lentamente, mostrando en su gesto dolido cuánto le había conmocionado la noticia.

—Pena de muerte —murmuró.

—¡Tiene que ayudarnos! ¡Es nuestra única esperanza! —resonó de pronto la voz de Sonsoles, más una súplica que una petición. Las lágrimas, que parecían no tener fin, amenazaban de nuevo sus ojos—. Mi esposo nos dijo que usted sabría qué hacer.

El obispo se mantuvo en silencio, juntó las manos como si rezara y bajó la cabeza otra vez.

Las dos mujeres lo observaban en silencio, ávidas de recibir una buena noticia.

El religioso pensaba, era mucho lo que le pedía el bueno de Pablo, era muy arriesgado, pero no le quedaba otra opción.

Se lo debía, se lo debía al joven seminarista, al hombre que se marchó, al padre e incluso al comunista.

Pablo era bueno, él lo sabía, era un buen hombre tuviera las ideas que tuviera, era justo y leal, no se merecía acabar así.

—¿Saben cuáles son los cargos que pesan contra él? —se pronunció por fin. Ellas negaron, sacudiendo la cabeza—. ¿Estuvo en el frente?

—Mi padre era furriel del bando republicano —contestó Gloria, sin saber si esa aclaración sería suficiente.

—¿Furriel? No sé qué es eso. Perdone, señorita, mi ignorancia sobre estos temas.

—No disparaba, si a eso se refiere, se encargaba más bien de repartir suministros a las unidades.

—Entonces, ¿no tiene delitos de sangre? —volvió a preguntar el obispo, mostrándose más optimista ante esa noticia.

—Mi marido, señor obispo, no ha disparado ni un solo tiro. Iba armado porque así establecía el reglamento, pero jamás sacó su arma de la funda.

—Bien, bien...

—¿Podrá ayudarle?

La cara de Sonsoles mostraba por primera vez un átomo de esperanza. El obispo no había hablado de imposibles y no las había echado de allí con cajas destempladas. Consideró que era un buen comienzo.

—Señora, voy a hacer todo lo que esté en mi mano, se lo aseguro.

Hay personas que, independientemente de sus ideas, que como comprenderá no comparto, son almas de Dios.

Y su marido es una de ellas. Viví varios años a su lado y me precio de conocer la esencia del corazón.

Pablo es un buen hombre, si no temeroso de Dios, sí de la justicia.

No se merece que lo asesinen de un tiro en la cabeza; él jamás haría algo parecido.

Sonsoles se secaba las lágrimas, a pesar del minúsculo alivio que sentía, no conseguía controlar el llanto cada vez que se mencionaba el nombre de su marido. Don Celestino se levantó y se acercó a aquellas dos almas afligidas.

—¿Son ustedes creyentes? —interrogó con suavidad.

Sonsoles asintió, los sollozos apenas le permitían unir dos palabras. Su hija no dijo nada.

—Pues rece, rece con mucha fe, porque vamos a necesitar toda la ayuda de Dios. —Y le dio unas palmaditas en la espalda.

Gloria pensó que, si su padre tenía que salvarse a base de rezos, lo tenía complicado.

—¿Cree que podrá sacarlo de la cárcel? —le preguntó al religioso.

—No lo sé, señorita, no lo sé. Habrá que ir por partes. Lo primero es conseguir que le conmuten la pena por cadena perpetua, pero antes de eso, tengo que poner en marcha todas mis influencias para evitar que, en el transcurso del tiempo que hace falta para solucionar esto, lo ejecuten.

Ante estas palabras, los sollozos de Sonsoles se intensificaron.

—Tranquilícese, señora, eso no va a ocurrir; será mi misión primordial. Me alegra ver que al menos tiene una familia que lo apoya y es capaz de remover cielo y tierra para salvarlo.

Se volvió a sentar y juntó las manos de nuevo. Su rostro denotaba tristeza y preocupación. Suspiró y volvió a hablar.

—Esta reunión jamás ha existido; no las conozco, ni las he visto nunca.

No intenten ponerse en contacto conmigo pase lo que pase.

Como hombre de Dios, tienen mi promesa de que haré todo lo posible por salvarlo y, ante cualquier imprevisto, yo me pondré en contacto con ustedes mediante alguien de mi confianza.

Y recen, recen todo lo que se sepan —insistió—.

Yo estoy muy lejos de la capital y mi influencia se va debilitando con los kilómetros, pero confíen en Dios. Él sabrá guiarme.

El obispo se levantó de nuevo, fue hasta un cajón y sacó un papel y un lápiz. Se lo dio a Sonsoles y le pidió todos aquellos datos que podrían ser importantes para su caso, incluidas sus señas. Después las bendijo y las despidió.

—Transmítanle toda mi fuerza y díganle que, aunque se perdió en el camino hacia Dios, Él siempre permanecerá a su lado.

Madre e hija se incorporaron y se despidieron de don Celestino, que no pudo por menos que hacerles una última recomendación.

—No podemos salir de aquí juntos, sería una temeridad.

Ya hay quien está indagando. Son tiempos de tinieblas, Satán campa desbocado por este país de pecadores.

Salgan ustedes por aquella puerta que da al templo, quédense a rezar unos minutos como si fueran mujeres piadosas; mientras lo hacen, yo desapareceré por la sacristía.

No olviden lo que les he dicho: no nos conocemos.

Una vez que abandonaron la catedral, y como había tiempo hasta que el tren saliera, Sonsoles quiso darse un último paseo por su Pamplona natal.

No había echado de menos aquella ciudad de su juventud hasta el momento en que volvió a verla.

Caminaron hasta la plaza del Castillo, pasaron por el café Iruña, donde Sonsoles había acompañado a su familia muchos domingos de un tiempo olvidado, callejearon por el casco antiguo y desembocaron en la plaza del Ayuntamiento, donde comenzaban las fiestas a las que nunca fue.

Iba rescatando recuerdos que habían quedado en las profundidades del olvido y según caminaba, relataba a su hija las historias de aquellas calles.

Le hablaba de sus paseos, de su infancia, de los lugares donde tenía alguna anécdota que compartir.

Fueron también a las murallas y desembocaron en la Taconera.

El gélido viento que procedía de las montañas no parecía ser un impedimento para el deambular de aquellas dos mujeres, que iban de un lado a otro compartiendo remembranzas.

—Aquí, en este banco, bajo ese magnolio, nos encontrábamos tu padre y yo a escondidas.

—¿A escondidas?

—Tu padre llevaba hábito y yo era una señorita de postín. ¿Te imaginas el escándalo? —sonrió.

—Pero padre no llegó a ser cura, ¿verdad?

—¡Oh, no! Lo rescaté yo antes. —E hizo un guiño. Después miró a su alrededor con melancolía—. No me hago a la idea de que pueda pasarle algo, no sería capaz de resistirlo.

—¿Puedo preguntarle algo?

—¡Claro! —contestó levantando los ojos para tratar de combatir la pena y la añoranza.

—¿Cómo tuvo valor para dejar esta vida de... —Gloria no sabía qué palabra utilizar— de lujo? ¿No se ha arrepentido nunca? —Desde la tarde anterior, no había podido dejar de pensar en la renuncia de su madre.

Sonsoles la miró con cariño, lo llevaba esperando desde que salieron de la casa de su familia. Negó con la cabeza y después suspiró.

—No hace falta valor, hija; hace falta amor, mucho amor, muchísimo, y ese amor te da alas para lo que tenga que venir.

Yo habría podido tener muchas cosas, trajes maravillosos, joyas, viajes, una casa como la de mis padres, pero jamás habría conseguido ni el amor ni la felicidad.

Tu padre me ha regalado eso, lo que no compra el dinero, lo que solo se consigue una vez en la vida.

Me ha dado los mejores años de mi vida, me ha dado una familia, pero, sobre todo, me he sentido amada todos y cada uno de los días que han transcurrido desde que lo conozco.

Él es el único motivo por el que no me derrumbé cuando tuve que separarme de vosotros, no sé si puedes llegar a comprender lo que es dejar atrás a tus hijos, a merced de la guerra.

Me ha acompañado y me ha sostenido durante los días más duros de mi existencia.

Lo amo como el primer día, lo necesito lo mismo que cuando nos fugamos como dos proscritos, lo echo de menos cada segundo que está lejos de mí.

Tengo que sacarlo de esa maldita cárcel como sea, porque si tu padre muere, yo moriré con él.

Lo siento aquí. —Y se tocó el corazón—. Siento que este no querrá seguir latiendo si no es junto al suyo.

Gloria miró a su madre y vio algo distinto; ya no vio a la madre, vio a la mujer, vio el sentimiento, la necesidad, el miedo y comprendió por qué había sido capaz de desprenderse de todo aquello para seguir a quien tanto amaba.

Los envidió. Algún día le pediría que le contara los detalles de esa maravillosa historia de amor, pero en estas circunstancias no era lo más adecuado.

Sentía a Sonsoles frágil, caminando en una fina línea entre la desesperación y la esperanza.

—¿Crees que ese obispo cumplirá su palabra? —El temor teñía sus palabras.

Gloria asintió.

—Es un hombre de Dios y creo que le pesa demasiado eso que nos ha dicho que debe a padre.

Así que, si no lo hace desinteresadamente, lo hará para saldar una deuda.

—Y dibujó una sonrisa de complicidad—. ¡Venga, señora!

¡Arriba ese ánimo! Hemos conseguido lo que padre nos pidió, ahora solo queda esperar y confiar en don Celestino y sus influencias.

—No me llames señora.

—Es para recordarte de dónde vienes... ¡Estrella! Por favor, trae unos dulces —imitó a su abuela y ambas se echaron a reír.

—Volvamos —dijo al fin Sonsoles—, no vayamos a perder el tren.

Y las dos mujeres, cogidas del brazo, caminaron por las calles de Pamplona rumbo a la plaza de San Jorge, donde se encontraba la estación.

El viento no había amainado y hojas y papeles bailaban desacompasados a su alrededor.

Era un viento gélido, extraño, un viento de cimas y neveros, un viento que no ayudaba a calmar el corazón.

Cogieron el tren. Observaron cómo desaparecía la ciudad con la esperanza de que hubiera valido la pena el viaje.

Era descorazonador tener que dejar en manos de un desconocido el destino de un marido y un padre.

—¿Cuál crees que será esa deuda de la que hablaba el obispo? —preguntó Sonsoles después de un rato de trayecto—. ¿Qué puede deberle ese hombre a tu padre?

—Ni idea, madre, ni idea —repuso la hija, y luego, sonriendo, añadió—: Tuvo que pasar hace muchos años, así que se lo tendrá que preguntar a él cuando salga de la cárcel.