26
Estrella irrumpió en el salón con una gran bandeja. Dejó tres tazas de porcelana finísima sobre una pequeña mesa de centro y llenó la que estaba más cerca de la señora con café y leche. Después se dirigió con cortesía a Sonsoles y Gloria.
—¿Desean las señoras café o té?
—Café con un poquito de leche, por favor. —De las profundidades de sus recuerdos, Sonsoles rescató sus buenos modales juveniles. Su hija la miraba perpleja al oírla hablar de esa forma.
Gloria también pidió café. ¿Cuánto hacía que no probaba nada igual?
Hubiera deseado un tazón de desayuno lleno hasta arriba, pero se tuvo que conformar con aquella diminuta taza.
La criada dejó la cafetera, de la misma porcelana que las tazas, sobre la mesa y un azucarero a juego.
Desapareció en silencio y, antes de que pudieran abrir la boca de nuevo, volvió a entrar con un plato de dulces caseros.
—Si hubiera sabido que ibas a venir, hubiera encargado algo de Pedro Mayo —le dijo la anciana señora a su hija—. Con esto de la guerra no siempre tienen esos dulces que tanto te gustaban.
Gloria escuchaba todo sin comprender aquella verborrea absurda.
Había probado un pastel y le había parecido una maravilla.
A duras penas se contuvo de coger el segundo inmediatamente después; su madre no lo vería bien, pero no era capaz de retirar los ojos del plato.
El café hacía tiempo que se lo había bebido.
¿Cómo aquella señora podía tener de todo? Dulces, azúcar, café...
—Coge otro pastel, hija. Los ha hecho Estrella, tiene muy buena mano para los dulces. —Y le arrimó el plato.
Su madre estaba muy seria, pero Gloria cogió lo que le ofrecían, dos a la vez, sin ni siquiera mirarla. Después, la señora acercó la bandeja a su hija, que negó con la cabeza.
Sonsoles deseaba terminar pronto con todo aquello, no quería verse las caras con ninguno de sus hermanos porque, aunque se sentía fuera de lugar, estaba llena de sentimientos; unos sentimientos que amenazaban con ahogarla.
Los recuerdos se agolpaban en su alma y corrían en desbandada por todo su ser.
Volvía a verse en aquella casa y todo le dolía.
Decidió ir al grano, ya no pertenecía a ese mundo de las apariencias.
—Necesito su ayuda, madre —le dijo.
La anciana se sobresaltó y Gloria, con la boca llena, observó la reacción de ambas mujeres. Su abuela mantuvo la compostura y después su boca formó una breve y falsa sonrisa.
—Hay tiempo para todo, créeme. Siempre has sido muy impaciente. —De inmediato se arrepintió de esas palabras y dulcificó el tono—. Le pediré a Estrella que os prepare un par de habitaciones. ¡Tenemos tanto que contarnos! Después del viaje...
—No, madre, no hay tiempo —la cortó Sonsoles con brusquedad—. No vamos a quedarnos, este ya no es mi sitio. El día que me marché dejé de pertenecer a esta familia y usted lo sabe mejor que nadie, pero necesito que me haga un favor, un favor muy grande, aunque solo sea por caridad.
La mujer torció el gesto, no le gustaba en absoluto la actitud de su hija, que parecía haber olvidado todas las buenas maneras, toda la educación que había recibido.
¿Y aquellas ropas? Se asemejaba más a una pordiosera que a una señorita de aquella familia.
Se contuvo de hacer comentarios y simplemente decidió escuchar eso que era tan importante, pero Sonsoles no se decidía.
El silencio se hizo tan profundo que el tictac del reloj de pared se adueñó del espacio.
Gloria vio la ocasión de coger otro pastel y servirse, aunque con torpeza, un segundo café; no estaba dispuesta a desaprovechar aquella oportunidad, pero el chocar de la porcelana pareció despertar a su madre y a su abuela.
—Tú dirás. —El tono de la anciana cambió drásticamente de nuevo—. Las cosas siempre acaban siendo a tu manera.
—Necesito que me ponga en contacto con un obispo de Pamplona. Tengo que hablar urgentemente con él —solicitó la hija, decidida a no escuchar el último comentario.
—¿El obispo? ¿Y qué te hace pensar que puedo conseguirte una cita con él? ¿Y para qué quieres hablar tú con un obispo? —la interpeló. Podría haber seguido formulando una pregunta tras otra, pero se calló. Sonsoles parecía no atender a más razón que la suya.
Gloria asistía a aquel combate en silencio.
Su abuela nunca había sido su abuela y su madre parecía distinta en aquella casa.
Poco sabía de su pasado; más allá de lo que le había confesado hacía unos días.
Sonsoles nunca había hablado de su juventud, pero abandonar esa vida, esos lujos.
.. No hacía más que preguntarse cómo había podido cambiar todo aquello por tantas penurias y sinsabores y concluyó que probablemente nunca lo supiera.
Sonsoles suspiró. Era justo contar el porqué de su petición. Y someramente, sin entrar en muchos detalles, le refirió que su marido estaba en la cárcel condenado a pena de muerte y que les había pedido que se pusieran en contacto con el obispo.
—No sabemos para qué ni por qué, solo nos ha encomendado el encargo de que le contemos que está en la cárcel. Piensa que él sabrá qué hacer.
—¿Lo conoce?
Sonsoles se encogió de hombros.
—No sé nada más. Llevamos varios días intentándolo...
—¿Lleváis varios días y no habéis venido hasta hoy? —la interrumpió contrariada, furiosa quizá, pero manteniendo la compostura de modo envidiable.
—Madre, tiene que entenderlo, no he vuelto a pisar esta casa desde.
.. no hace falta que se lo diga. Para mí también es humillante llegar aquí a pedir un favor después de tantos años.
Podía haberme cerrado la puerta en las narices, podía haberme encontrado con padre o con alguno de mis hermanos.
Si no fuera porque a Pablo se le acaba el tiempo. ..
No pudo terminar de hablar, escondió la cara entre las manos y comenzó a sollozar. La rabia por no poder controlar el llanto se unió a su tristeza. Su madre se levantó y le acarició el pelo.
—Nunca has dejado de ser mi hija, jamás habría permitido que después de tantos años alguien se atreviera a cerrarte la puerta.
El mundo ha cambiado, todo está patas arriba, pero he aprendido a ser una persona distinta a tu padre.
Lo que permití entonces, jamás lo habría consentido ahora.
El sufrimiento de una madre solo puede entenderlo otra, y ahora que tú lo eres, me comprenderás.
Intentaré hacer lo que me pides, pero, mientras, os quedaréis aquí, os daréis un buen baño y comeréis conmigo —dijo con contundencia.
Sonsoles negó con la cabeza, pero con tan poca convicción que la anciana ni siquiera se percató de su negativa. Se levantó, llamó a Estrella para que lo preparara todo y, por último, mandó recado a su guía espiritual.
Solo unas horas y toda su influencia fueron suficientes para concertar la tan ansiada cita.
Gloria tardaría muchos años en olvidar la casa, el baño y la comida que les ofreció su abuela.
Sería el único recuerdo que se llevaría de ella, pero en su mente quedó grabado como un sueño que, años después, se preguntó si había sido cierto.
Finas toallas, fragante jabón, sábanas suaves con aroma a lavanda, un oasis de lujo en medio de su enquistada miseria.
El viento soplaba con fuerza cuando salieron de aquella casa al día siguiente.
Hubo abrazos y buenos deseos, así como la promesa de verse pronto, una promesa que sabían que jamás se cumpliría, una certeza que de pronto apenó profundamente a Sonsoles.
La edad de su madre y las circunstancias que vivían le hicieron comprender que aquella sería la última vez que la vería.
Su vida estaba muy lejos de allí y su madre era muy mayor, pero volver a sentir su aroma y oír su voz la reconfortaron en la pérdida que aún no se había producido.
Un sacerdote las estaba esperando en la puerta de la catedral y, en silencio, las acompañó a la sacristía.
Era un extraño lugar para el encuentro, pero no pusieron ninguna objeción a la cita; se habrían entrevistado hasta en el infierno si hubiera sido preciso.
El religioso les abrió la puerta y la cerró tras ellas; él quedó fuera de la sala.
El obispo estaba sentado en una silla y vestía con sobriedad, nada revelaba que pudiera tratarse de alguien importante en la jerarquía de la Iglesia. Al verlas se levantó.
—Supongo que es usted doña Sonsoles —dijo dirigiéndose a la mujer de Pablo. Esta asintió.
Le tendió la mano y ella besó el anillo. Iba a comenzar a hablar, pero el obispo se adelantó.
—Han sido ustedes muy imprudentes —hablaba muy bajito, como si alguien pudiera estar escuchando.
—¿Imprudentes? No entiendo lo que quiere decir, reverendísimo; nosotras no hemos hecho nada. —Sonsoles lo miraba perpleja.
—Venga aquí, siéntense y deje que se lo explique.
Madre e hija se sentaron en unas sillas que estaban preparadas frente a él. Se sentían un poco intimidadas, un obispo era una figura muy relevante en aquella ciudad.
—Han sido muy imprudentes por sus continuos intentos de verme. Las cosas se tienen que hacer de forma más sutil, sin poner a nadie en un compromiso como lo han hecho ustedes. No sabía quiénes eran ni por qué me buscaban con tanto ímpetu, pero ya ha habido quien se ha encargado de informarme.
Gloria miró a su madre y comprobó cómo su rostro empezaba a arrebolarse y le temblaba el labio, síntoma inequívoco de que estaba a punto de explotar. Temió lo peor, extendió una mano y le tocó el brazo con un leve apretón que quería transmitirle calma.
—Escuchen —continuó el obispo—, estar en relación con un comunista no es algo que le convenga a mi reputación. Y con su proceder tan, cómo diría, tan poco recatado han podido...
—¡Basta de charla! —estalló la mujer al fin, como se temía su hija.
—¡Madre, por Dios! ¡Tranquilícese!
El obispo estaba boquiabierto, pero Sonsoles estaba descontrolada.