25 #2
No sabía qué hacer. Tris seguía ladrando cada vez con más furia.
Podía echar a correr por el mismo lugar por el que habían escapado los guerrilleros, pero se arriesgaba a que pensaran que los perseguía y le dieran un tiro.
Miró a su izquierda, la linterna de los guardias ya se distinguía al final del camino y las botas retumbaban contra la tierra.
Entró en pánico, no se le ocurría ninguna idea que valiera la pena.
Vio a Leandro aparecer por la puerta sujetándose los pantalones como si acabara de salir de la cama, con una vela en las manos, mandando callar a Tris.
Si hubiera girado un poco más la cabeza, lo habría descubierto agazapado junto a la pared, pero totalmente visible.
El corazón se le iba a salir del pecho y un sudor frío le recorría la espalda.
Las figuras ya eran totalmente nítidas y un suave tono blanquecino comenzaba a teñir los cielos del amanecer.
A su lado, el cajón de la leña. Se movió para colocarse detrás, pero se dio cuenta de que era absurdo, así que abrió la tapa y se metió dentro en posición fetal.
La leñera estaba casi vacía, aun así, con mucho cuidado de no hacer ruido, se echó por encima los troncos que encontró, en un gesto vano de desesperación.
Desde allí se escuchaba perfectamente todo, creyó incluso oír a Leandro murmurar una maldición.
—Buenas noches, Leandro.
—Buenas noches —destilaba pereza, como si realmente acabara de levantarse de la cama.
—Parece que te hemos despertado —dijo uno de los guardias en tono de sorna.
—Algo muy urgente tiene que traerlos por aquí a estas horas, ¿me equivoco?
José, desde su escondite, escuchaba al leñador hablar con total calma, como si nada hubiera ocurrido, como si unos proscritos no acabaran de saltar por su ventana.
—Lo de siempre, amigo, lo de siempre —repuso otro guardia distinto.
—Pues como les dije la última vez, por aquí todo está muy tranquilo, solo animales y árboles.
—Y a mí que me cuesta creerte... Según nuestras informaciones, hay algunas ratas por la montaña que son muy peligrosas, que corren por aquí, cerca de tu casa. A no ser...
Se hizo un silencio. José pensó que escucharían sus latidos si no volvían a hablar.
—A no ser... —Leandro dejó la frase también en suspenso.
—A no ser que sean amigos tuyos y los protejas —concluyó el primer guardia.
Leandro suspiró sonoramente.
—Se lo he dicho mil veces y de mil maneras distintas. Cazo y corto leña para vivir, no quiero tratos con nadie, ya no me queda nada de lo que preocuparme. ¿No les ha ido nadie con el cuento de mi vida?
José admiró el valor de aquel hombre, pero con tristeza comprendió lo que quería decir: la vida le importaba tan poco que no les tenía miedo.
Todo el mundo temía a los civiles, unos por lo que sabían y otros por lo que silenciaban, cualquiera se ponía nervioso en su presencia.
Los vecinos bajaban los ojos y callaban cuando aparecían; hiciesen lo que hiciesen, era mejor no protestar.
Leandro era distinto, los mismos guardias eran conscientes de que a aquel hombre la vida le traía sin cuidado.
Su dolor era infinitamente mayor que la muerte, por eso no la temía, por eso se permitía el lujo de hablar así.
—Un día los pillaremos, como que hay Dios.
—Y a mí qué me cuentan.
—¿Podemos echar un vistazo? —cambiaron de tercio los guardias.
No, no, no y mil veces no. José se sintió indefenso. Con abrir una tapa estaría expuesto, y él sí temía a los civiles. Además, su amigo ni siquiera sabía que estaba allí, era probable que lo delatara sin quererlo al dirigir a los guardias hacia la leñera para alejarlos del rastro de los maquis.
José aguzó los oídos e intuyó que entraban en la cabaña.
—Disculpen el desorden, no esperaba a nadie. —La ironía sobrevoló las palabras de Leandro. Luego, en un susurro le dijo a Tris—: Bien hecho, chico.
A menos de un metro, José le oyó hablar con el perro y quiso decirle que estaba allí, pero no se atrevió a moverse. Los guardias salieron. Escuchó sus pasos bajar los escalones de la entrada, giraron y se acercaron a Leandro, lo supo porque Tris empezó a gruñir.
—¿Siempre es así este maldito chucho? —preguntó uno de los guardias, el que tenía la voz más ronca.
—No le gustan los extraños. Calma, Tris. —Y el perro calló.
José contuvo la respiración, se acercaban. La tapa de la leñera se combó: alguien se había sentado encima. Comenzó a sudar. Tuvo que esforzarse por retener una arcada provocada por el miedo.
—¿Qué es eso? —Era de nuevo el de la voz ronca.
—La leñera. ¿Quieren verla? Tal vez haya alguna rata peligrosa dentro.
El muchacho se sintió perdido, desesperado. Sin saberlo, su amigo le estaba metiendo en la boca del lobo.
—No me gusta el tono de tus comentarios —repuso el mismo guardia.
—Y a mí no me gusta que me despierten de madrugada y que inspeccionen mi casa una y otra vez. No entiendo qué buscan.
La tapa volvió a su posición, Leandro se había levantado.
—Harás lo que nosotros digamos y te molestaremos las veces que sea necesario. Tal vez algún día no te muestres tan soberbio.
La puerta de la leñera se abrió de golpe.
—Solo les queda inspeccionar... —Leandro se asomó al interior.
Y descubrió a José en el fondo, entre los últimos troncos y por primera vez en aquella conversación, sus palabras temblaron un segundo, pero recuperó el tono de inmediato.
—La leñera —concluyó imprimiendo a su voz una seguridad que probablemente no sentía. Mantenía la puerta abierta, pero nadie se asomó.
—Volveremos a visitarte cualquier día. —El de la voz ronca se alejaba—. Y procura controlar a ese animal, no vaya a tener un disgusto.
La tapa se cerró de golpe. José dio un respingo y soltó todo el aire que tenía clausurado en los pulmones.
—Tris gruñe pero no muerde, a no ser que se lo ordene y nunca haría eso con representantes del orden. Pueden estar tranquilos y venir siempre que lo deseen —les dijo Leandro a los civiles, elevando el tono de voz mientras se alejaban.
Era una conversación de locos, absurda, un diálogo lleno de palabras a medias, todos decían lo que no querían decir, pero entendían lo que en realidad era.
Los pasos se alejaron, pero José no se movió de su escondite, sentía un profundo alivio. Entonces escuchó una voz dirigida a él.
—No te muevas hasta que te lo diga.
Por los sonidos que se sucedieron, supo que Leandro acariciaba al perro, se daba media vuelta y subía los escalones. La puerta se cerró y el muchacho se echó a llorar. Por primera vez entendió el horror del que hablaba su hermano.
—¿Qué coño hacías escondido? ¿Estabas espiando acaso?
El leñador había salido de la casa mucho tiempo después y había sacado de su escondrijo al joven indicándole que se mantuviera en silencio, pero en cuanto cerró la puerta se dirigió a él a gritos, sin darle tiempo a esgrimir una explicación.
—¿Tú sabes lo que nos jugamos? ¿Se te ha ocurrido pensar en algo que no sean tus propios deseos? ¡Me cago en la puta! ¡Me cago en todo! ¿Cómo se te ha ocurrido meterte en la leñera? ¡La madre que me parió! ¡Estás mal de la cabeza!
José estaba confundido. Jamás había oído a Leandro hablar tanto, y menos en aquel tono. Parecía otra persona, estaba fuera de sí y la cólera le hinchaba las venas del cuello; nada que ver con el tono calmado que había escuchado hacía un buen rato, había perdido la cuenta del tiempo.
—¡Habla, joder!
El muchacho reaccionó dando un respingo y levantó la vista del suelo.
—Yo... llegaba por el bosque. —Las palabras se le hacían un nudo ante la mirada inquisitiva de su amigo. En el fondo, no era más que un muchacho asustado y todo aquello le venía demasiado grande.
—¡La leñera! ¿Qué hacías en la leñera? —Leandro escupió las palabras.
Toda la ira que su corazón guardaba contra aquellos uniformes, la humillación y el despecho, todo, se concentraba en esos momentos en sus ojos y en la rabia que le provocaba el hijo de Marcial, en el que veía al hijo que él no pudo salvar.
José cogió aire, tragó saliva y poco a poco fue contando lo que le había ocurrido.
—No quería entrar sin saber con quién estabas.
.. Después Tris empezó a ladrar de aquella forma tan violenta y supe que se acercaban los civiles por vuestra reacción.
No encontraba dónde esconderme, pensé en correr al bosque por la parte de atrás, pero ya salían por allí los.
.. esos hombres. —Estuvo a punto de decir «los maquis»—. Me escondí a la desesperada.
Leandro se sentó, se iba serenando y a medida que su corazón se calmaba, tomaba conciencia de su actitud con el joven que, en realidad, no había hecho nada.
—¿Has oído de qué hablábamos?
José negó con la cabeza y la vista en el suelo.
—¿Sabes quiénes son esos hombres? ¿Los conoces?
Volvió a negar.
—Bien, hazte a la idea de que aquí no ha pasado nada, quizá sea mejor así. Ya sabes que de vez en cuando recibo... visitas. Y tú, ver, oír y callar.
Esta vez el muchacho asintió.
—Y ahora a la cama, ya está amaneciendo y en un par de horas habrá que ponerse en marcha para comprobar las trampas —comentó más calmado.
Se levantó, le dio una palmada en la espalda. José comprendió, sin saber cómo, que a su manera le estaba pidiendo perdón.