Vientos de ira 25
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Los primeros días de José en la montaña transcurrieron con facilidad, adaptándose con premura a aquel medio.

Le gustaba tanto la naturaleza que se sentía como pez en el agua.

Pronto aprendió las rutinas diarias y empezó a salir a buscar leña junto con Leandro, una leña que este bajaba al pueblo para venderla y poder comprar lo necesario para vivir.

También cazaban y ponían trampas para alimentarse y, por las noches, frente a la chimenea, mascaban en silencio sus pesares.

Sin embargo, a medida que pasaban los días —que se fueron convirtiendo en semanas—, cuando ya llevaba allí más de dos meses, a José empezó a faltarle su familia cada día más.

Nunca se había separado de ellos; echaba de menos el bullicio de las comidas, el calor en la mirada de su madre, el orgullo en los ojos de su padre y el torbellino infantil que era Paz.

Durante el día, el trabajo lo tenía absorbido, no quería ser una carga para Leandro y se esforzaba en sacar adelante todo lo que este le pedía, pero al llegar la oscuridad, llegaban los fantasmas de las ausencias.

Leandro no ayudaba, era tan reservado que podía pasar horas mirando el fuego sin despegar los labios.

José había oído en el pueblo su trágica historia, pero no se atrevía a sacarle el tema, a pesar de que, en varias ocasiones, tras un buen trago de vino, creyó ver en los ojos del leñador el rastro indiscutible del dolor.

Poco a poco, instalado en esa rutina, las jornadas se le empezaron a hacer interminables.

Aquel día estaba atardeciendo en sangre. Un viento húmedo destemplaba su alma mientras perdía la vista en el horizonte, que se rompía por las copas de los árboles en la linde del bosque. Olía a pino, a leña recién cortada y a melancolía.

—Voy a bajar —murmuró como si orase.

—Haces mal, alguien puede verte y te pondrás en peligro de forma absurda.

—Voy a bajar esta noche —insistió—, nadie me verá.

—No estás aquí detenido, eres libre de hacer lo que te plazca, pero piensa primero en las consecuencias; no solo para tu familia, también para mí.

—Nadie me verá. Sé esconderme —repitió con cabezonería.

Leandro se encogió de hombros y no dijo más.

Cuando, al caer la noche, la montaña se fundió en la oscuridad, José supo que sería el momento adecuado.

Ese cielo sin luna era perfecto para moverse entre las sombras sin ser visto.

Así que levantó la cabeza para despedirse y se dejó engullir por la negrura de los árboles, decidido a coger el camino más corto, eso sí, tomando todas las precauciones.

Era silencioso, lo había aprendido con Leandro cuando este le enseñaba a cazar.

Tenía un buen paseo, pero no se despistó ni un momento, permaneció atento a cada sonido, a cada atisbo de luz, a cualquier detalle que no encajara con ese bosque que ya formaba parte de él.

Ya de madrugada llegó a su casa, abrió el pequeño portón que daba al patio, lo cruzó en silencio y se acercó a la puerta de entrada.

No quería asustar a nadie, pero no le quedaba más remedio que hacer patente su presencia de alguna manera, por lo que dio la vuelta por la zona de los aperos y se colocó bajo la ventana de la habitación de su hermano Manolo, que también había sido la suya.

Estaba abierta de par en par, puesto que, a pesar de las horas, hacía bastante calor, mucho más que en la sierra.

Trepó procurando no hacer ruido y se coló en el cuarto.

Su hermano dormía profundamente, dejando escapar ligeros ronquidos intermitentes.

Se aproximó con cuidado y lo despertó, procurando que no se asustara.

—¡Me cagüen! ¡Qué susto! —exclamó Manolo, incorporándose de golpe. Acababa de descubrir el rostro guasón de José, que se tapaba la boca casi sin poder contener la carcajada.

—Tenías que haberte visto la cara. —Y volvió a entrarle la risa, que trató de sofocar sin éxito.

—¿Qué coño haces aquí? ¿Ha pasado algo? —Manolo luchaba por despejarse.

José negó con la cabeza.

—Quería saber qué tal estaba todo —dijo sin más, y luego admitió—: Os echaba de menos.

—¿Sabes lo peligroso que es? Yo también te echo de menos, pero no puedes bajar al pueblo por ningún motivo, ya te lo explicamos.

—¿Cómo va todo? —insistió—. ¿Y los padres? ¿Y Paz?

—Pero ¿es que no me escuchas? Estamos todos bien, sabes que en caso de que pasara cualquier cosa, te avisaríamos —bufó su hermano.

—¿Os apañáis en el campo?

—¿Me estás escuchando? ¡No puedes venir al pueblo, José!

—Lo sé, joder, lo sé. Pero a veces siento que no puedo más, Manolo. A veces me entra un gusanillo que apenas soy capaz de controlar y necesito hablar con ustedes y saber que todo está bien. Me asfixio en aquel silencio, en la tristeza que rodea a ese hombre; podrías tratar de entenderlo.

—¿Y si te ve la niña? ¿Lo has pensado? Creería que ya has vuelto y... no sé cómo podríamos arreglar ese desastre.

José bajó los ojos, reconocía que su hermano mayor tenía razón. Había sido una idea descabellada y peligrosa y se arrepintió de inmediato.

—Será mejor que me vaya.

Manolo lo observó, suspiró, se echó el pelo hacia atrás y trató de ponerse en su piel. Un joven solo, en las montañas, viviendo con un desconocido cargado de fantasmas, sin tener siquiera la certeza de su regreso. Era duro tener que renunciar a todo.

—¡Espera! Ya que has bajado, quédate un rato y me cuentas cómo te va a ti la vida.

José sonrió, incrédulo.

—Pero antes me tienes que prometer que no volverás al pueblo hasta que te llamemos.

—¡Hecho! —susurró y se sentó en la cama feliz, con eso se conformaba.

Los hermanos charlaron sin descanso un par de horas, al cabo de las cuales Manolo le hizo saber que era hora de marchar.

—No dejes que amanezca. En la noche estás seguro, pero con las primeras luces eres presa fácil de los ojos madrugadores; ya sabes, las paredes del pueblo lo ven todo.

José se escabulló sin hacer ruido y caminó hasta el bosque, donde se sintió más seguro.

Le quedaba poco para llegar a la cabaña cuando los ladridos de Tris lo alertaron.

No iban dirigidos a él —Tris jamás se inmutaba cuando llegaba—, por lo que dedujo que alguien más acababa de acercarse al refugio.

Se paró en seco y trató de distinguir algún ruido, voces o cualquier pista que le permitiera identificar a lo que se enfrentaba, pero solo el suave siseo de las hojas de los árboles le contestó.

Trató de orientarse en la oscuridad, calculando a qué distancia estaba y concluyó que aún le quedaba un buen trecho.

Con infinitas precauciones se fue aproximando más y más.

Antes de llegar al claro, pudo ver un resplandor mortecino que se colaba por las rendijas de las contraventanas de la sala principal.

Estaban cerradas, pero dentro alguien se movía a la luz de las velas.

Se sentó al pie de un árbol. No le pareció prudente presentarse, tal vez era una de esas visitas de los guardias civiles de las que le había hablado Leandro, aunque no le parecía una hora apropiada para esos menesteres. Se dispuso a esperar.

Pero no tardó en aburrirse.

La curiosidad aguijoneaba su tedio y lo incitaba a reducir distancias e investigar.

Las palabras de su hermano, en el polo opuesto, le hablaban de precaución y, mientras tanto, el tiempo pasaba y su indecisión crecía.

Decidió acercarse un poco más y, como a medida que avanzaba no hallaba un lugar donde esconderse, acabó por llegar a la pared de un lateral de la casa.

Tris levantó la cabeza y lo miró con sus ojos oscuros y acuosos, abrió la boca, donde brillaron unos feroces dientes, y bostezó.

Por un momento, José se temió que no le hubiera reconocido, pero el perro se hizo nuevamente un ovillo y siguió durmiendo sin inmutarse cuando él se arrimó y le regaló una caricia.

El animal abrió los ojos y lo miró agradecido.

Dentro se oían voces, pero quienquiera que fuese, hablaba en susurros y era imposible distinguir las palabras.

José estaba cada vez más cansado, tenía sueño y comenzaba a sentir el frío, porque a aquella altura la temperatura bajaba y más a esas horas de la madrugada. A pesar de las advertencias de su hermano Manolo, no pudo evitar entrar en una especie de insensato duermevela.

Se despertó sobresaltado. Tris se rebullía intranquilo, se levantó y se desperezó. Luego se tensaron sus orejas y se quedó inmóvil, como una estatua, olfateando el aire. Por último, empezó a ladrar con furia, de vez en cuando paraba para gruñir y después, encolerizado, seguía ladrando.

Se oyó movimiento en la cabaña, ruido de sillas y pasos acelerados, los murmullos se hicieron urgentes y José no sabía qué hacer.

Volver al bosque desde su posición era muy peligroso, los árboles estaban demasiado lejos y, aunque corriera, quedaría extremadamente expuesto.

La única solución era escapar por detrás de la cabaña, allí la espesura casi lamía las paredes de la vivienda.

Tris estaba como loco, las babas chorreaban por sus fauces y tenía el pelo erizado, pero no se movía de su sitio. Dentro seguía la agitación. Oyó que se abría el ventanuco de atrás y las voces le llegaron ahora con más nitidez, lo que significaba que su vía de escape se cerraba.

—¿Cómo sabes que son los civiles? —escuchó que decía una voz desconocida.

—No lo sé, pero Tris los huele a distancia; nunca se pone así, solo con ellos —contestó Leandro.

—Algo le habrán hecho —respondió otra voz—. No olvides lo del Tuerto ni la nota.

—Eso está hecho. Corred mientras los entretengo; no es habitual que suban a estas horas, suena a soplo.

—Será por el zagalico ese que tienes...

—Espero que no.

Se despidieron en voz baja y salieron pitando hacia los árboles, protegidos por la sombra del refugio que por allí estaba pegado al bosque. José pudo distinguirlos en la oscuridad. Eran dos, parecían jóvenes y llevaban un fusil al hombro. «Maquis», pensó sin dudarlo.